sábado, 7 de noviembre de 2015

LA LÁPIDA DE LLÀTZER




 A Patricia Payà que me lo propuso
En su familia la muerte era el tema favorito de conversación. En realidad, les preocupaba más la ceremonia final que la propia muerte. No había comida, cena o reunión donde no se comentase cómo prepararían, cada uno, su último viaje. Todos los hermanos participaban de esa obsesión pero Llàtzer, en particular, era el que más preocupado estaba.
Llàtzer era el cuarto hermano de los siete que habían conseguido sobrevivir. No era ni mejor ni peor que los otros pero sí se distinguía del resto por su espíritu aventurero. Decía que deseaba tener alguna aventura antes de irse al otro mundo, por eso, se fue como voluntario a la Legión para cumplir con su patria. Una vez se licenció del ejército, estuvo viajando, más de dos años, por la península y el norte de África. Decía que quería conocer su amado país, ese por el que estaba dispuesto a dar hasta su última gota de sangre, como buen legionario que fue.
Volvió al pueblo y a su trabajo de siempre: el de carretero. Ahora sólo debía dejar transcurrir su vida hasta que llegase su muerte, esa que tanto quería preparar y bien. Un día, cuando volvía de uno de los transportes que hacía al puerto, ya con su carro vacío, tirado por su querida jaca Rubia, tuvo un percance que decidió sobre el resto de sus días. El camino se angostaba  y casi anochecía en el instante en el que se levantó un viento feroz, revuelto, desagradable, que revolvía todo lo que encontraba a su paso. Rubia, movió las orejas en señal de precaución y miedo por la tormenta que se avecinaba. Llàtzer comprendió el gesto del animal y la animó, con unos cuantos gritos al compás de unos golpes que le propinó con las riendas, para que acelerase el paso. Calculó mentalmente la distancia y el tiempo que disponía para recorrerlo antes de que la lluvia hiciese acto de presencia y pensó que podía llegar a su casa antes de la tormenta, sin embargo, se equivocó. El cielo se oscureció en pocos segundos y los primeros truenos se dejaron oír como si fuesen el rugido de un animal feroz que se despierta de un letargo involuntario.
Rubia aceleró el trote, nerviosa por los relámpagos que se dibujaban delante de ella. La yegua resoplaba por llegar lo antes posible a la casa. Esos fogonazos secos y llenos de luz le asustaban bastante. El animal dio un respingo cuando aquel árbol cayó delante de sus patas. Llàtzer, que estaba de pie animándole a que corriese más, perdió el equilibrio y aunque tenía  las riendas firmemente asidas, no pudo evitar caer al camino. Fue un golpe seco que resonó como si un saco pesado golpease el suelo. Todo el peso de su cuerpo se concentró en su cadera derecha. Sintió el tronzar del hueso cuando se le partió y, a continuación, un fuerte dolor le hizo casi perder el sentido.
Aquella tormenta cambió el rumbo de su vida. Su cadera reparada, condicionó todo lo que le rodeaba. Aquella caída  le había dejado varias secuelas, entre ellas, su pierna derecha que ahora era más corta que la otra, aunque tampoco le importó demasiado. Llàtzer dejó de trabajar. Vendió su carro y a su jaca Rubia. La pensión vitalicia que le concedieron por el accidente, no era muy grande pero le bastaba. A partir de ese instante sólo se dedicaría a pensar y preparar su último viaje, aunque, por supuesto, ese debía tardar bastante.
Pasaba los días sentado a la puerta de su casa, en invierno se sentaba buscando el sol y en verano la sombra, charlaba con los vecinos y los transeúntes y siempre estaba acompañado por su música favorita: las canciones de Manolo Escobar.
Los vecinos se habían acostumbrado a su presencia y a sus pronósticos del tiempo acompañados por los acordes de los pasodobles escobares, así que la convivencia se convirtió en amable para todos.
A pesar de su siempre alegría por la vida, la obsesión por la preparación de lo que sería su última morada, nunca le abandonó. Llegó hasta tal punto su obsesión que lo preparó todo muchos años antes de que le hiciese falta.
Entre las cosas que más le preocupaba hasta quitarle el sueño, estaba la lápida se su sepulcro. Estuvo varios meses pensando qué motivo escultórico pondría en el centro y la frase que le acompañaría para que le recordasen siempre. Habló y consultó con el marmolista sobre cuál sería la mejor imagen y por fin, encontró la solución a ese dilema. El boceto le gustó. En la parte central iría una imagen de Lázaro, el amigo favorito de Jesús, ya muerto y resucitando obediente ante su reclamo. Le fascinó la idea. Pensaba que aquella imagen debía de ser muy real y así, los que visitasen el cementerio pensarían que el muerto y enterrado, que sería él, se incorporaría, en el acto, cuando Jesús le visitase. Además, a aquella imagen le hacía falta una frase sonora, una frase impactante. Después de unas cuantas noches pensándolo y de discutirlo con sus hermanos y con el marmolista, al final dio con la frase clave:
“Aquí yace Llàtzer, rogad por su alma.”
Era la frase redonda, aunque él hubiese preferido que ésta llevase su marca, es decir, escribirla a su manera. Al marmolista le costó bastante hacerle comprender que no podía escribir el verbo “yacer” con ‘ll’ por mucho que se empeñase, pues él no estaba dispuesto a cometer una falta de ortografía a sabiendas. Habría sido un descrédito para su negocio.
Por fin, cuando la lápida estuvo lista, Llàtzer no faltó, ni un día, a visitarla. El picapedrero la guardaba en su almacén protegida con una bandera nacional que él conservaba de sus años de legionario. Todas las tardes hacía su visita. Pasaba unos minutos sentado frente a ella, imaginando cómo quedaría puesta sobre su nicho. Una vez satisfecha su imaginación, la volvía a cubrir con enseña roja y gualda y se iba a su casa, contento pues contaba con que todo estaba ya resuelto y bien hecho. Todo estaba listo.
Por desgracia una mala enfermedad hizo que no tardase muchos años en llegar ese momento y tal como él le había indicado a su hermana más pequeña, todo se llevó a cabo tal y como lo había programado. Todo se hizo como él deseó, salvo un detalle. Cuando su hermana fue al almacén del marmolista para ver la lápida que Llàtzer había encargado, la miró horrorizada. Aquella imagen de un muerto levantándose era macabra, a ella no le gustaba. Sin ninguna contemplación por estar quebrantando la voluntad de su fallecido hermano, ordenó que se hiciese una nueva con el nombre y fecha de nacimiento y muerte. No tenía que tener ninguna imagen bíblica que pudiese asustar a nadie. A continuación ordenó, al marmolista que rompiese esa espantosa lápida pues ella no la quería ni ver.
No sabemos qué habría opinado su ya sepultado hermano de la decisión tomada pero ya todos se olvidaron de Llàtzer para siempre.

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