sábado, 26 de diciembre de 2015

MANOS GRANDES, PESO PLUMA


A mon pare.

En mi rutina diaria viajo en el trenet un par de veces al día. 
Lo que os voy a contar me sucedió a las ocho de la noche de la víspera de Navidad. Aquel día me sentía especialmente cansado. En la fábrica hubo mucho trabajo de última hora. Todos los años, por esas fechas, ocurría lo mismo. Siempre era urgente y todo el personal nos desvivíamos por dar curso a un gran pedido de fusibles que había que montar y enviar lo más pronto posible. Durante la jornada no paré ni un sólo instante. Aunque la tarea no era muy complicada sí requería un trabajo extra manual. Concentré toda la energía de mi cuerpo en mis manos para ser más rápido y más hábil en el montaje de las piezas. 
Cuando salí de la fábrica me resultó reconfortante caminar hacia la estación y poder estirar las piernas y los brazos insensibles y así desentumecerlos. La posición acuclillada, durante más de ocho horas, mantenida en la fábrica, me hacía sentirme torpe a la hora de moverme. Subí al vagón destartalado del trenet en dirección a mi casa. Me quedé de pie, como solía hacer pero noté que el cansancio se adueñaba de mi voluntad. Las manos me dolían especialmente, las había sometido a la constante presión del destornillador de montaje. Mis piernas también parecían revelarse, como si no quisieran sostenerme más, y, reclamaban, un merecido descanso. Vi el sitio libre y me senté. Por inercia apoyé mi brazo y dejé descansar mis manos abiertas sobre la barandilla. Durante unos segundos no miré a nada ni a nadie y sólo presté atención a mis cansados dedos que deseaban recorrer aquel tubo metálico y frío que parecía conferirles un poco de alivio a las falanges entumecidas. En ese instante, mientras las estiraba, percibí la mirada de aquel hombre bajito que estaba sentado a mi lado. Con gran interés, ojeaba todos mis ejercicios de descanso. Deduje que sentía curiosidad. No me preocupó su indiscreta expresión; estaba tan cansado que no le presté mucha atención, aunque, aquella manera de mirarme, ya comenzaba a rayar en la mala educación. A pesar de todo continué desentumeciendo mis manos como si estuviese solo; me sacó de mi ensimismamiento aquella vocecita que salió de la garganta del minúsculo hombre cuando me habló.
-Disculpe, señor. Llevo un buen rato observándole y no puedo evitar hacerle una pregunta indiscreta.
Su voz, casi infantil, contrastaba con su cara ajada por las inclemencias climáticas evidencia de su trabajo a la intemperie.
Asentí y le dije que podía preguntarme lo que quisiera, pues, en ese instante, también sentía la misma curiosidad que él por saber qué quería de mí.
-Verá, llevo un buen rato observándole las manos. Usted habrá pensado que soy un impertinente. No se equivoca. Le he mirado detenidamente, pero es que no puedo evitarlo. Tiene usted unas manos tan grandes que me he sentido acomplejado ante ellas.
Esa ocurrencia me hizo sonreír. Era la primera vez que me decían semejante cosa. Prosiguió sin prestar atención a mi sorpresa.
-Lo cierto es que usted tiene las manos de un verdadero luchador. ¿Ha boxeado alguna vez? –Sin esperar mi respuesta prosiguió. –Yo he sido boxeador, sabe usted, aunque, como se podrá imaginar, era un peso pluma y en el ring siempre me defendí como un verdadero jabato.
Mientras me narraba estas facetas de su vida deportiva que, tenían muy poco interés para mí, me di cuenta de que toda la gente que iba en el vagón nos miraba. Todos prestaban oídos a lo que decía aquel hombrecito. Él también se dio cuenta de que había captado la atención de todo el pasaje del vagón, por eso, comenzó a sentirse importante. Elevó la voz para hablarme y, a su vez, se incorporó del asiento para ponerse frente a mí.
-Digo yo, que usted, con esas manos tan grandes que tiene, podría darme un buen golpe.
Noté que comenzaba a envalentonarse ante mí y a chulear con sus palabras. Con una de mis mejores sonrisas le dije que yo no había boxeado nunca y tampoco me había pegado con nadie pues era pacifista. El hombrecito ya no me escuchaba, se movía delante de mí, con pequeños saltitos, colocando los brazos en guardia como si se encontrase en un ring.
 -Venga, márquese un intento de golpe y verá como me defiendo de usted. Todos reían de la ocurrencia de aquel hombre que me desafiaba sin ningún motivo. Opté por no hacer nada. Deseé que el trenet corriese más rápido para llegar a mi parada lo antes posible. Con resignación, escuché los grititos de provocación del hombrecito y las risas de los pasajeros. Antes de que se detuviese el trenet me levanté y me dirigí a la puerta y el hombrecito me persiguió con sus nerviosos movimientos.
 -No huyas, vamos encárate conmigo y lanza un golpe con esas manos tan grandes que tienes.
Se colmó mi paciencia, me volví y le dije:
 -Ya le he dicho que no soy violento, pero si quiere que nos peleemos lo haremos en otro momento, ahora es imposible porque es Navidad.
 Ante mi comentario todos los pasajeros dejaron de reír y celebrar la ocurrencia del hombrecito. El trenet se paró. Ya bajaba los peldaños hacia el andén cuando pude escuchar el gritito del hombre que me decía:

 -Oiga, señor, es usted todo un caballero. ¡Feliz Navidad!



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