sábado, 23 de enero de 2016

LA FUNCIÓN DE AQUEL AÑO


Don Servando alimentaba nuestra ilusión con aquella función de Navidad. Siempre conseguía implicarnos con la construcción del decorado, el vestuario y así hasta hacernos creer que era de todos. Ese año, nos dijo, muy ilusionado, que pretendía que El Belén de 1942 fuese el más recordado, por los tiempos de los tiempos en la memoria del pueblo. Quería que saliese todo perfecto, por eso, en noviembre, ya comenzamos los ensayos como si fuésemos a representarlo de un momento a otro. Había arriesgado y había introducido actos y diálogos nuevos. Todo salía como tenía previsto salvo el esfuerzo extra que costó convencer a la madre de Pepito, pues debía hacerle un disfraz distinto al del año pasado. Don Servando pensó que con un papel nuevo haría que se centrase más en la representación, por tal motivo, ese año sería un chino que hablaría de Buda aunque, por supuesto, se convertiría al cristianismo por obra y gracia del Espíritu Santo.
El resto de los niños y niñas que formábamos parte del reparto, el nuevo texto nos resultaba muy complicado, pues teníamos que aprendernos unas palabras tan raras que no era fácil memorizarlas. Yo era una de las principales actrices del grupo y esta vez tenía que decir menos frases que en otras ocasiones, pero tenía muchas en latín.
A pesar del esfuerzo de don Servando, los ensayos eran un auténtico desastre. Pepito no conseguía aprenderse el lado exacto del escenario por donde debía hacer sus entradas y salidas y nos distraía con sus idas y venidas. Después de varias equivocaciones suyas, nos reíamos y todo terminaba por enfadar a don Servando.
Aquella tarde el ensayo parecía salir mejor. Estábamos a punto de terminar cuando se abrió la puerta de golpe. Entraron varios curas de las parroquias de los pueblos más cercanos y otros señores que luego supimos que eran los alcaldes. Todos los niños nos quedamos asombrados por aquella inesperada visita y, hasta el travieso de Pepito, se quedó quieto mirándoles con cara de asombro. Don Servando dejó los papeles que tenía en la mano y se bajó del entarimado para hablar con ellos. A pesar de que ese día el ensayo funcionaba mejor que nunca no lo pudimos terminar.  Al día siguiente, don Servando se fue del pueblo. Tardó bastante pero cuando regresó no nos llamó para continuar con los ensayos de El Belén.
Por fin, un día, casi en las vísperas de Navidad, nos dijo que debíamos representar el Belén, pero que aquellas partes del texto que había cambiado no las haríamos, se excusó en que no las habíamos ensayado suficiente. Nos dijo que imaginaba que recordaríamos la función del año pasado y seguro que con un ensayo o dos lo haríamos de maravilla.

Yo estaba disgustada porque no podría lucir el disfraz nuevo. Había conseguido aprenderme las frases en latín  a la perfección y pensé que no era justo que no lo hiciésemos pero, no obstante,  me conformé, en seguida; sin embargo, fue Pepito el que más protestó. Se había ilusionado con la idea de lucir su gorro de chino y los bigotes que le había hecho su madre y no hacerlo le enojaba.
El día de Nochebuena todo el pueblo estaba en el local parroquial. Las chicas más mayores salieron a cantar su repertorio de canciones religiosas y después nosotros, los niños del pueblo, representaríamos el Belén. 
Comenzó la función y a pesar de los cambios de última hora, parecía que todo marchaba como una auténtica seda hasta que le tocó el turno a Pepito. No salía a escena cuando lo avisaron y cuando lo hizo apareció con el sombrero de chino y los largos bigotes. Ante su inesperada indumentaria, fuera de contexto, nadie dijo nada así que aprovechó la sorpresa para colocarse en el centro del escenario y recitar:

“ Por aquí, por allá,
Se ve la sombra de Mustafá.
Soy un chino que a China viene y va,
Nadie me ve, ni nadie se fija en mí.
Me voy a Belén por aquí,
Y así, las alas de Buda me cubran a mí.”

Todos se quedaron en silencio ante los versos que recitó. Nadie dijo nada y todos miramos a don Servando que estaba en un rincón del escenario haciendo de apuntador. No salía del asombro por aquella improvisación pero al instante se puso a aplaudir y reír por la ocurrencia de Pepito. A su vez, todos le imitaron y aplaudieron y rieron también la gracia de aquel niño vivo y travieso que había decidido decir el verso que se había aprendido y usar el disfraz que su madre le había hecho para el Belén nuevo. 
Muchos años después comprendí lo que significaba aquella función de Navidad. Cuando crecí y fui yo quien se encargó de organizar las funciones de teatro, entendí por qué aquella función de 1942 nunca se nos olvidó.


4 comentarios:

  1. Muy bien por Pepito..
    bonito relato..

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    1. Pepito no entendía de censuras. Gracias por la lectura y comentario.

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