sábado, 9 de enero de 2016

LA MARAVILLOSA MARGARITA



Creo que mi padre nunca vio un partido de fútbol entero. No le gustaba ese deporte. Decía que le aburría esa persecución por conseguir un balón con patadas y golpes.

Aquella tarde fue la excepción. Era algo más que un partido de aficionados. Sólo se jugaría la primera parte y después comenzaría el verdadero espectáculo. Eso fue lo que me dijo para que le acompañase. Con mi padre habría ido al fin del mundo. El campo de fútbol, de mi pueblo, estaba más cerca.

Mientras caminábamos por la estrecha senda de camino al campo deportivo me fue contando cosas sobre las plantas que nos rodeaban, sobre los pájaros que nos salían al encuentro y sobre lo necesario que era respetarlos.

Cuando llegamos a la entrada del recinto destacaba una gran pancarta donde se anunciaba el espectáculo de La maravillosa Margarita. Le pregunté sobre aquel anuncio a lo que me contestó que Margarita era una artista que quería mostrar, al mundo entero, su verdadero don. Me sorprendieron mucho sus palabras así que no le pregunté más. Deseé conocerla.

Buscamos un sitio donde sentarnos y poder ver el partido o aquel simulacro. Sólo duró un cuarto de hora. El desenlace fue rápido. Dos de los jugadores se disputaron el balón con tanto entusiasmo que tuvieron que salir del campo en camilla. Por otra parte, no había jugadores en el banquillo que los supliesen o los posibles temieron salir al terreno de juego por si terminaban en las mismas condiciones. El partido se suspendió para ser jugado en otra ocasión.

Mientras retiraban lo concerniente al fútbol mi padre me dijo que le esperase allí sentada. Me dijo que iba a saludar a una conocida. Como siempre he sido muy obediente cumplí su orden, pero me senté de manera que podía seguirle con la mirada. Me sorprendió. Se acercó hasta una mujer regordeta vestida de negro de cabello rizado y pintada de una manera exuberante. Mi padre le tendió la mano y ella se la estrechó con una gran sonrisa. Durante unos instantes hablaron animadamente. En un momento dado, ella le hizo un gesto a un señor que iba vestido con frac y que estaba a unos pasos de ellos. En la mano llevaba una chistera. Durante unos minutos los tres estuvieron hablando muy cordialmente. Se despidieron y mi padre regresó junto a mí. Me contó que aquella señora era bailarina. Mi cara de asombro, ante su afirmación, sirvió para recobrar una de las casi olvidadas sonrisas de mi padre. Le dije que no podía creerle. Aquella mujer estaba muy gruesa y pesada. Su cuerpo no se correspondía con el de las bailarinas que suelen ser delgadas y etéreas. Fue entonces cuando mi padre me explicó que en nuestro cuerpo se producen muchos cambios propios del paso del tiempo. Me contó que Margarita había bailado ballet clásico durante muchos años, pero que no había podido resistir el duro esfuerzo de esa profesión y que, por eso, la había abandonado. Ella emigró a Holanda durante los años sesenta. Buscaba una vida mejor. Allí fue donde mi padre la coincidió. Mientras me contaba estas cosas descubrí facetas que ignoraba de la estancia de mi padre en las Tierras Bajas. Cuando le había preguntado sobre ese lejano país siempre me había dicho que era un lugar tan húmedo que no pudo adaptarse.

El espectáculo continuó. Las sorpresas aún no habían terminado para mí. Entró una furgoneta en el recinto. La estacionaron en el centro del campo. Se trataba del vehículo de mi vecino Jeremías. ¿Por qué le habían dejado aparcar aquel armatoste con ruedas en medio del espectáculo? Al instante, el hombre vestido con el frac y la chistera se colocó junto a la furgoneta. Llevaba un gran megáfono en la mano para dirigirse al público. Durante varios minutos estuvo hablando de la sorprendente trayectoria de Margarita. Se trataba de la increíble y maravillosa bailarina que había colgado sus zapatillas de baile para mostrar, a todo el mundo, sus verdaderas dotes. Continuó su discurso con elocuentes explicaciones sobre la descomunal fuerza que, aquella mujer, tenía. Dijo que era capaz de arrastrar aquel vehículo cargado con diez hombres dentro. Afirmó que sólo lo haría tirando de una cuerda sujetada por sus dientes. Recuerdo que la perorata me resultó eterna y chillona. Por fin pasó a la acción. Aquel cachivache se llenó con los diez voluntarios. Entonces Margarita tomó el megáfono y habló. Primero dio las gracias al público que allí se encontraba y, a continuación, asió la soga. Antes de sujetarla con los dientes buscó, con la mirada, a mi padre. Le sonrió. Le guiñó un ojo. Creo que sólo me di cuenta yo de ese detalle. Se hizo el silencio. Comenzó a tirar y tirar. El hombre del frac volvió a hablar por el megáfono. Repitió hasta la saciedad que la fuerza de Margarita era extraordinaria. El público se levantó entusiasmado y aplaudió la proeza de aquella mujer. Ella soltó la maroma y saludó a diestro y siniestro mientras no dejaban de aplaudirle. El espectáculo había terminado.

Cuando volvíamos a casa, mi padre me preguntó si me había gustado la actuación de La maravillosa Margarita. Le miré y le comenté, muy seriamente, que yo no había visto moverse nada. Volvió a aparecer la sonrisa cristalina en el rostro de mi padre y me dijo:

 «No hace falta verlo, sólo hay que creerlo



4 comentarios:

  1. Creo que no te lo esperabas con un desenlace así ¿verdad? Gracias por la lectura y comentario.

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  2. Increïble, gràcies per compartir-lo. Què bons records i com t'entenc, era una persona tan "especial" de les que no s'obliden mai. "Una bona persona" vol dir tant ... en soles tres paraules.

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  3. Era mi padre y no puedo ser neutral, pero era una persona que siempre intentaba hacer la vida agradable a todos. Gracias por la lectura y comentario Susi.

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