domingo, 17 de enero de 2016

VOY A CONOCER LA VERDAD


«Voy a conocer la verdad»
Y así se despidió de su mujer y de sus amigos, aquella tarde de octubre, un día caluroso, para esa época del año. Y se subió en aquel tren, sin prisa y sin tristeza por dejar a sus conocidos, a su amada, y sí con la alegría de pensar que a partir de ese momento lo conocería todo, sin el filtro institucional que le impedía saber qué ocurría, realmente, en su país.
Desde el asiento de aquel vagón, miró a sus acompañantes, un campesino, cargado con sus paquetes envueltos en periódicos y una mujer que no era tan mayor como pretendía aparentar. Les saludó y aunque le contestaron, no se mostraron predispuestos a entablar una conversación con él. Durante horas, los tres, dormitaron en sus asientos hasta que el ocasional y fuerte frenazo del tren, les sacó del ensimismamiento al llegar a aquella estación desolada.
«Señores, el tren estará aquí un buen rato»
Dijo, el interventor, a voz en grito.




El incidente propició la ocasión de poder cruzar alguna palabra entre ellos. Fue el campesino el que primero habló. Comenzó por explicar que estaba asombrado de ver a un viajero, tan bien vestido, que viajaba en el vagón de los pobres, en vez de ir en el de los señores. El periodista, comprendió que era el momento adecuado para indagar. Le dijo que viajaba hacia la zona del conflicto y que quería saber la verdad de lo que ocurría, por eso estaba en ese vagón, con la gente corriente. También le confesó que no creía las noticias que llegaban a las otras partes del país, pues podían ser ciertas y que ante todo deseaba conocer la realidad.
Por unos instantes, el campesino dudó. En su cara se mostró el temor, más que la prudencia, antes de hablar. Al fin, se decidió pero, en ese instante, fue la mujer la que intervino para sorpresa de ambos.
«La verdad… la verdad es que nos están matando, señor, y sólo por pedir lo que es nuestro» terció. El periodista aunque lo intentó haciéndole más preguntas, ya no consiguió arrancarle ni una palabra más. El campesino, alertado por su propia suspicacia, con otro tono, sí habló pero esta vez lo hizo sobre lo incómodo que resultaba viajar en tren, máxime con esos líos de tiros tan grandes en la zona. El cambio de tema intrigó, más aún, al periodista que procuró redirigir la conversación y le preguntó a qué ‘lío’ aludía, pero aunque le azuzó, varias veces, para que lo explicase, el aldeano ya no volvió a mencionar nada relacionado con la revuelta, sólo aludió al relente que penetraba por las grietas del vagón y que provocaba más frío cuando se estaba quieto. Sacó una manta de su paquete y se envolvió en ella a la espera de que volviese el tren a arrancar. El silencio volvió a adueñarse del vagón.
Arrancó el tren. La parada no fue tan larga como sospechaban. Se desplazó con lentitud y los siguientes kilómetros se hicieron más largos y penosos por el pausado ritmo y el sepulcral silencio. Volvió a pararse, casi en seco. En medio de la oscuridad, esta vez no había ninguna estación. No había apeadero alguno ni una señalización que justificase la parada pero sí un enorme socavón en las vías, resultado de la explosión de uno de los cartuchos lanzados por los amotinados.
«Señores, el viaje finaliza aquí.» Gritó el interventor ya fuera del tren.
Nadie replicó. Nadie protestó ante la idea de tener que seguir el camino a pie. El campesino tomó su hatillo y comenzó a andar, a grandes zancadas, hacia la oscuridad de la noche, perdiéndose, casi al instante, ante la mirada del periodista. La mujer tampoco dijo nada. Se arropó con el manto y continuó paralela a la vía, dejando que fuese ella la guía de sus pasos. El periodista corrió detrás de ella pero, por mucho que lo intentaba no podía seguir el ritmo de sus pasos; ella marchaba a una velocidad frenética, le resultaba agotadora. Casi sin resuello, optó por detenerse y hacer el camino a su ritmo, solo.
El silencio, al igual que la oscuridad, era estremecedor pero no por ello sintió miedo. No era la primera vez que viajaba a una zona donde hubiese revueltas y sabía que, ese silencio, significaba una tregua entre los que estaban sublevados y los que los reprimían.
Era ya noche cerrada cuando avistó aquel pueblo, para él sin nombre, aparentemente dormido. Una luz intermitente mostraba la entrada del pueblo. Esa luz emanaba de una bujía que servía al centinela del puesto de defensa que bloqueaba la calle principal. El periodista se acercó, con precaución, parecía estar aparentemente vacío. Se dirigió hacia la luz mortecina y habló con voz potente. Lo hizo consciente de que estaba desprotegido pero debía advertir de su presencia. La respuesta, desde la oscuridad, fue inmediata:
« ¡Alto! ¡No avance más! Le estoy apuntando con un arma cargada.»
La voz que resonó desde la oscuridad era la de una mujer. El periodista, poco después, pudo comprobar que sólo era una adolescente que estaba como vigía en el puesto.
Y a partir de ese instante, el periodista comprendió que la situación estaba peor de lo que había imaginado. Habló con la muchacha quien le explicó que llevaba varios días, ella sola, siendo la centinela del pueblo porque ya no quedaba nadie dispuesto a hacer ese trabajo. Los mozos se habían ido al monte, a defender lo que era suyo. Las mujeres cuidaban a los niños y a los ancianos. Allí ya no quedaba nadie que pudiese usar un arma salvo ella. El periodista, después de interrogar a joven por la situación de los rebeldes, se dejó aconsejar por ella para buscar un techo por aquella noche. Marchó a la fonda que le indicó.
El ama le miró con recelo y le dijo que no tenía habitaciones libres pero cuando éste le enseñó el billete pareció cambiar de idea; le dijo que si le parecía bien, existía la alternativa de compartir una habitación con otros dos hombres quienes también decían ser periodistas. Aceptó. Subió detrás de ella y notó, en su nuca, el frío de la puerta que se volvía a abrir en ese instante. El periodista sintió curiosidad por saber quién podría ser el recién llegado pero no se volvió pues, en el instante en que iba a hacerlo, el sonido de aquella voz, que acompañaba a la ráfaga que había penetrado, al mismo tiempo, fue lo suficientemente disuasoria como para no tener que volverse a mirar el rostro de aquel desagradable tono. Por la forma de pronunciar las palabras, se trataba de un extranjero que imprimía las palabras con timbre de mando, atronador, acostumbrado a ser obedecido.
Aquella noche, el periodista sintió más frío que nunca. Lo llevaba metido dentro de su cuerpo. Sus compañeros de habitación dormían, aparentemente, sin preocupaciones, quizá bajo el efecto del cansancio pero él, a pesar de haber caminado tantos kilómetros, no conseguía conciliar el sueño, su cuerpo no manifestaba el cansancio. Desvelado, a su mente acudía una y otra vez la imagen de aquella niña que tan decidida permanecía defendiendo la entrada de su pueblo.
Debió de dormirse con el clarear del día, aunque por muy poco tiempo o esa fue la sensación que tuvo cuando le despertaron los tiros que, aunque lejanos, resonaban como si hubiesen sido dados junto a su oído. Brincó de su cama y comprobó que los otros ocupantes de la habitación aún no se habían movido. Salió de su improvisada madriguera y se asomó por la ventana para cerciorarse de que no había sido un sueño el sonido que había escuchado. Desde su mirador, vio, en la lejanía, a tres hombres que se acercaban, con paso firme, hacia donde estaba él. Los oyó reír, uno de ellos lo reconoció por la voz que ya había escuchado la noche anterior. Se quedó atónito mirándoles cómo iban acercándose, cada vez más, hacia la entrada de la fonda. Algo le impedía tomar la precaución de esconderse para no ser visto. Se quedó mirándoles, como si estuviese hipnotizado por sus voces y por sus gestos. Pudo verles la cara y reconocerles aunque también le vieron ellos a él.
En el desayuno no cruzó ni una palabra con nadie. Se dedicó a mirar, con sigilo, a todos los que estaban sentados a su alrededor. Curioseó las caras de los comensales queriendo encontrar la voz y el rostro del extranjero que no dejaba de resonar en su cabeza y al fin lo encontró. Comprendió lo que estaba ocurriendo. Salió de la fonda rápidamente. Sólo tenía una idea y era comprobar que la muchacha vigía, la de la pasada noche, seguía viva. Había tenido un mal presentimiento y pretendió desvanecerlo de su mente. A medida que se acercaba al puesto de vigilancia pudo escuchar los lamentos de unas mujeres que lo rodeaban y aunque alguna lloraba lo hacía quedamente. La muchacha yacía bocarriba. Se le veía un orificio en la frente, rodeado por la quemadura de la pólvora. Tenía los ojos abiertos, mirando hacia el cielo que, en ese instante, dejó caer una fina lluvia.
Durante todo el día, el periodista estuvo intentando recopilar información sobre el asesinato. Todos temían hablar. Cansado regresó a la fonda. Cuando entró estaban ya cenando. Entró en el comedor y se hizo el silencio. El resto de comensales le miraron por el espacio de unos largos segundos, para después dejar de prestarle atención.
No podía dormir. No podía olvidar los ojos abiertos de aquella muchachita que había sido asesinada, con la frialdad que mostraba la marca de su frente. Pensó que sólo podía tratarse de la precisión de un desalmado. Agobiado por esa imagen se levantó de la cama y se dispuso a salir a la calle pero oyó un murmullo que procedía del comedor. Con una agilidad que a él mismo le asombró, se agazapó en la sombra que proyectaba la escalera y pudo oír, perfectamente, la voz de aquel hombre, aquel, con acento extranjero y que nunca olvidaría, que se jactaba de haber eliminado a aquella mosquita del puesto de vigilancia y que había estado incordiándoles desde el principio. Los otros hombres le reían las gracias como si éste fuera su jefe, su líder de bravuconerías.
El periodista envió su crónica como si de una reclamación de atención se tratase. En su artículo repitió, de todas las formas posibles que pudo, que se estaban realizando muchos atropellos contra la población de aquella zona. Contó que unos que decían ser militares, en nombre de una falsa justicia, masacraban a la gente indefensa. Que él había visto como saqueaban y maltrataban a ancianos, mujeres y niños en nombre del gobierno pero sobre todo, lo que más le dolía era la muerte de aquella muchacha que sólo quería proteger a sus convecinos.
Le puso la mano sobre el hombro en el mismo instante en el que colgaba el teléfono. Casi lo arrastró del brazo hacia aquel vehículo destartalado que se encontraba en medio de la calle. El periodista protestó por su detención pero no sirvió de nada.
En aquella celda, de escasos metros, resultaba imposible mantenerse en pie si no se organizaban los que estaban allí retenidos. Se sentaban por turnos para poder descansar las piernas.
«Debe ser un error. Yo no debería estar aquí.»
No dejaba de repetirlo una y otra vez a aquel hombre menudo que estaba sentado junto al periodista. Él también pensaba lo mismo. No tenían ningún motivo para retenerle. Era evidente que se habían equivocado al detenerle. Lo habían acusado de conspirar con los amotinados pero eso no era cierto.
El periodista sintió alivio cuando escuchó su nombre. Por fin podría explicarlo todo. Por fin podría aclarar aquel error. Eso fue lo que pensó, al menos durante unos instantes, luego ya no pudo pensar. Actuó como su corazón se lo ordenó. Intentó trepar aquella pared para escapar de las armas que lo amenazaban. Sólo pretendía escapar del primer tiro y del siguiente, del otro pero no pudo.
Cuando lo recogieron vieron que sus ojos estaban abiertos, mirando hacia el cielo. En su frente había un orificio rodeado por la pólvora quemada.
El periodista dijo que sólo quería saber la verdad y ella salió a su encuentro antes de lo que pudiese imaginar.

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