miércoles, 8 de febrero de 2017

07 BATISTE EN EL TEATRO-CIRCO APOLO




*Resumen de los episodios anteriores.
http://detrasdelaestanteriailustrada.blogspot.com.es/2017/02/resumen-de-la-nueva-aventura-de-la.html



No sabía muy bien a donde ir. Me encontraba hambriento y desesperado. Por mi mente cruzó la idea de volver a la Inclusa, al menos, allí, aunque me riñese el padre Pedro, tendría un plato de sopa caliente y una cama donde dormir. Dudé durante un buen rato, pero, entonces, recordé que en el teatro siempre me habían tratado muy bien y que era yo el que había salido corriendo cuando, sin querer, debido a mi peso, se habían roto los dedos de aquella maldita mano de cartón piedra. No se me iba de la cabeza que, por mi culpa, el trabajo de Rodolfo, el escenógrafo argentino, se había destrozado en pocos minutos. ¿Con qué cara iba a volver al teatro? Mientras estas ideas danzaban en mi cabeza estuve dando vueltas por las calles de la ciudad. Tenía muchas ganas de llorar, quizá por el efecto del cansancio y del hambre o quizá porque me sentía solo y desorientado. Sin proponérmelo, mis pies me llevaron hasta las cercanías del teatro-circo Apolo. En su fachada se anunciaba que una compañía de espectáculos vodevilescos.  Me acerqué a una pequeña ventanita de cuyo interior salía una música agradable. Me sentí atraído. La melodía dulzona de una flauta me atrajo como si fuese una llamada a mis oídos. Con sigilo me asomé a una de las ventanas de la fachada del teatro y vi, a una mujer, que se peinaba frente a un espejo. La música procedía de un extraño aparato que tenía una especie de campana conectada a un disco que giraba sin parar.
-Hola, pequeño –dijo la mujer al verme a través del espejo. –¿Buscas a alguien?
Me asusté. El primer impulso que tuve fue el de huir, pero una mano fuerte me detuvo.
-Batiste ¿qué haces por aquí?
El que me sujetaba era Bartha. Aquel hombre era como un fantasma pues aparecía por todas partes en el momento más insospechado. Balbuceé unas palabras, pero no conseguí que salieran de mi boca.
-Hace horas que ando buscándote y no había manera de encontrarte.
Agaché la cabeza y, casi al borde de las lágrimas, conseguí decir algo con un poco de sentido:
-Estaba muy avergonzado por haber roto la mano. Lo siento mucho.
-¡Ah! ¿Eso? ¡No te preocupes! Rodolfo echó algunas maldiciones al ver los dedos arrancados, pero, como lo hizo con el vocabulario argentino, no le entendimos ninguno. Ya está arreglándola. Ese no es un motivo para que salieses huyendo del teatro. Anda, seguro que no has probado bocado desde entonces ¿me equivoco?
-Edelmiro, ¡qué bondadoso eres siempre! –Dijo la mujer que, desde el interior, nos observaba con una mueca que semejaba ser una sonrisa. –Conoces a todos los niños extraviados de esta ciudad ¿verdad?
No me atreví a contestarle. Continuaba igual de asustado y confundido. Creo que aquel hombre había escuchado a mis tripas que no dejaban de sonar quejumbrosas desde hacía un buen rato. Bartha me tomó de la mano y, despidiéndose de aquella mujer, nos dirigimos hacia una pequeña tienda de comidas que estaba cerca del teatro-circo. Aquel pequeño local tenía una puerta de madera con dos grandes cristales que permitían ver su destartalado interior. Junto a la cristalera, en la parte interior de la tienda, se encontraba sentada una mujer que hacía punto. Me pareció muy vieja, pero, a medida que nos acercábamos a ella, pude ver que, en realidad, su aspecto avejentado se debía a su pelo blanco recogido en un moño. En el interior de la pequeña estancia se amontonaban las latas de conserva de todos los tamaños y colores. En el centro destacaba un pequeño mostrador donde la pieza central era una báscula que, en su día, debió de tener un color blanco, aunque la mugre la recubría casi por completo y no resultaba fácil distinguir dicho color. Junto a ella había una gran lata de sardinas abierta que mostraba, ordenadas en círculo, un buen número de aquellos pescados escabechados en aceite. A la otra parte del peso se adivinaba otra lata que también mostraba su contenido con atún adobado en aceite.
-Rafel, ix que criden. –Gritó la mujer sin que le dijésemos nada y sin dejar de hacer punto.
Teatro Apolo, Valencia 1930
Al instante, de detrás de una cortina ajada, salió un hombre calvo con grandes bigotes los cuales destacaban como si fuesen lo más característico de su rostro. Seguramente debía de pasar mucho tiempo enroscándolos hasta conseguir que terminasen en un pequeño hilo como si fuese la punta de un sable. Recordé que una vez había visto a un hombre con ese aspecto, pero se trataba de un domador de leones de un circo al que nos había llevado el padre Pedro. Con naturalidad, Bartha lo saludó. Le pidió un bocadillo de atún para mí y otro para llevar. Aquel hombre no le contestó. Del interior del mostrador sacó una barra de pan y un gran cuchillo con el que la partió en dos. A continuación, abrió cada una de las mitades y, con el mismo cuchillo que partió el pan, vertió en su interior atún de la lata abierta del mostrador. Lo hizo con tanta habilidad que no goteó el aceite de la lata en ningún momento. A continuación, de debajo del mostrador, sacó un trozo de papel de estraza y envolvió como si fuese un paquete la parte de la barra de pan que era para llevar. El otro trozo, lleno de aquella jugosa mezcla de atún y aceite, me la entregó. Bartha sonrió al ver que no pude ocultar mi satisfacción ante aquel bocadillo que para mí se convertía en un manjar después de todo un día de ayuno. Sacó unas monedas del bolsillo del pantalón y le pagó al bigotudo silencioso. Éste, sin pronunciar palabra, salió del mostrador y, con el dinero en la mano, se acercó a la mujer que no paraba en su labor de tricotar. Fue, entonces, cuando pude ver que, aquel hombre de grandes bigotes, era muy bajo y que de no haber sido por la tarima que se ocultaba detrás del mostrador habría resultado imposible verlo por su menuda estatura.
Salimos de la tienda y Bartha, con el paquete debajo del brazo, me encaminó en dirección a un solar próximo al teatro-circo donde estaban estacionados unos carromatos. Nos dirigimos hacia un viejo carro al que para poder acceder a su interior se le había añadido una pequeña escalerita de dos peldaños que llegaban hasta una puertecita entreabierta.
-Rosaura, bella Rosaura –gritó Bartha impostando la voz. –Sal que queremos verte en tu esplendor.
Se oyó un grito que dijo:
-¡Ya va!
Al requerimiento realizado por Bartha asomó, por una de las ventanitas del carro, una mujer de cara arrugada y de amplia sonrisa. En su cabeza destacaba un pañuelo de vivos colores.
-¡Edelmiro! ¡Qué alegría volver a verte! Y además vienes acompañado. –Dijo al verme junto a Bartha. - ¿Es un hijo tuyo? –Dijo riendo de su ocurrencia.
-Ay, Rosaura, siempre tan graciosa y con tanto humor.
La mujer bajó del carromato por los dos peldaños que lo separaban del suelo. Su pañuelo colorido hacía juego con la policromada falda de grandes volantes que llevaba puesta. Bartha rápidamente se acercó a ella para darle la mano y ayudarle a bajar hasta donde estábamos nosotros. A continuación, se la besó con suma cortesía.
-Querida Rosaura, ya sabes que nunca tendría hijos si no fuese contigo.
-Lo sé, lo sé. –Y soltó una risita coqueta y de complicidad por el adulador comentario que le había dedicado Bartha. –Pues ya me dirás de quien es hijo este mocito que te acompaña, aunque no sería de extrañar que fuese un niño de esos perdidos que sueles encontrar por las calles y que te recuerda a ti cuando andabas muerto de hambre por Valencia.
-No hace falta que le cuentes mi vida al chico, Rosaura. –Le atajó Bartha. Por el tono que utilizó parecía estar algo molesto porque ella hubiese contado algo que no quería que se supiese. –Mira lo que te he traído. –Y le mostró el bocadillo de atún que el bigotudo tendero había preparado minutos antes.
La mujer lo tomó de sus manos con gran agilidad.
-¿Qué necesitas de mí, Edelmiro? –Le preguntó mientras se sentaba en uno de los peldaños de la escalera del carro.
-Ayer entraron a robarnos en la pensión donde la Compañía nos alojados. Lo extraño es que no robaron nada salvo unos gemelos que tienen la efigie de la Hermandad.
La mujer no dejaba de mirarme mientras hablaba Bartha. Aquella mirada interrogadora me inquietó.
-¿El niño ha comido? –Le interrumpió.
-Sí, por supuesto.
-Entonces que vaya al teatro-circo y que vea el espectáculo de las Germanetas Foz mientras nosotros hablamos. –Ordenó.
Bartha la miró con detenimiento y comprendió que lo que pretendía era que yo no pudiese escuchar su conversación.
-¿Aún actúan ese par de chifladas? –Dijo Bartha. –Si están locas de atar.
-No digas tonterías, Edelmiro. Esas dos han conseguido hacerse famosas en el mundo entero, si hasta han fundado una secta ellas solas y arrastran masas con sus visiones. Es un privilegio verlas.
-No me hagas reír, Rosaura. –Le atajó Bartha. –Las que son una celebridad son las Sisters Fox y estas dos farsantes son una caricatura de las originales.
-¡Calla tonto! Eso no lo digas ni en broma que nos estropeas el negocio.
-Lo que va a pasar es que os van a encerrar por estafadoras y ya veremos quien os saca de ese lío, pero, tienes razón, seguro que a Batiste le gustarán. –Dijo dirigiéndose a mí. –Dile al de la entrada que te envía Rosaura y Edelmiro Bartha y te dejará pasar en seguida.
Comprendí que les entorpecía mi presencia así que obedecí encaminándome a la entrada.
-Y espérame allí que no tardaré mucho, así que no se te ocurra desaparecer, otra vez, que me ha costado mucho encontrarte. –Me gritó Bartha mientras me alejaba del carromato.
Las Hermanas Fox. Espiritistas
En la entrada no se encontraba el habitual conserje del teatro Apolo sino que era el jefe de pista del circo al que pertenecía aquella mujer llamada Rosaura. Se trataba de un hombre gordo vestido con un frac y chistera. Me pidió la entrada, le dije quién me enviaba y en seguida me hizo pasar hacia una de las butacas vacías que había en uno de los laterales del patio. Había muy poca luz. En el escenario se encontraban sentadas dos mujeres frente a una mesa en la que había varias cartas esparcidas sobre el tapete que la cubría.
-Venga, germanetas, leednos el futuro o, al menos, decidnos qué tiempo hará mañana. –Les gritó uno de los espectadores. Todos rieron la ocurrencia de éste.
-Un poco de respeto, señor, que las germanetas Foz son personas serias. –Le contestó otro de los espectadores.
-Pues si tanto saben que me digan dónde guardó mi padre la bolsa de Amadeos. Llevamos más de un mes haciendo agujeros en el suelo y en las paredes de la casa y no hay manera de encontrarla.
-Si tu padre era tan cretino como tú seguro que no llegó ni a enterrarla. Mira si se las gastó y os hizo creer que las había guardado. –Le contestó una de las dos mujeres del escenario. A continuación, la mujer señaló a alguien de entre el público.
-Tú sal de la oscuridad y haz tu petición.
Inmediatamente se hizo el silencio. De entre las sombras del público salió un hombre con el aspecto de ser un labrador de las huertas cercanas a la ciudad de Valencia. Vestía con una camisa blanca, un chaleco oscuro y un pantalón de pana ceñido por una gran faja de tela negra. En los pies destacaban sus alpargatas de tela blanca.
- Germanetas Foz ayer enterraron a mi hijo mayor. Yo creo en los espíritus. Quiero que me lo devuelvan. Quiero hablar con él. Quiero que venga esta noche a cenar a mi mesa como hacía todos los días. Pedídselo a los espíritus que le devuelvan ‘l’ animeta’ a mi hijo.
El hombre sollozó amargamente cuando terminó de hablar. El silencio era muy intenso, tanto que se podía escuchar la respiración de todos los que estábamos allí presentes. De pronto, se escucharon unos chasquidos secos como el crujir de unos huesos. La otra mujer que estaba sentada y que no había abierto la boca hasta entonces comenzó a temblar y a tener convulsiones como si algo le ocurriese. Se encendió una luz que le iluminó la cara. Tenía los ojos en blanco y por la boca le salía una baba blanca que semejaba ser producto de una convulsión. Entre el público se ahogó un grito entre la sorpresa y el miedo. En ese instante, la hermana, que permanecía de pie, dijo con una voz atronadora:
-¡Germà en la fe! Tu hijo ha partido, pero nos dice que todavía siente añoranza de tu compañía.
La hermana Foz, que se encontraba en plenas convulsiones, se incorporó de la silla. Dejó de babear y extendió los brazos para captar la atención hacia ella. Con una voz grave y áspera que molestaba al oírla dijo:
-Pare, esta nit aniré a sopar amb tu.
A continuación, se dejó caer en el escenario como si se hubiese desmayado.
Todos los presentes se estremecieron ante aquellas palabras. El labriego, con lágrimas en los ojos, se acercó hacia el escenario como queriendo aproximarse a las dos adivinas, sin embargo, no se lo permitió un forzudo que se encontraba vigilando en el borde del escenario por si ocurría algún incidente. El hombre gritó diciendo que quería oír la voz de su hijo otra vez y fue, entonces, cuando la otra hermana Foz le dijo:
-Ve a tu casa y prepárale la cena a tu hijo. Tu fe hará que venga a verte.
Se encendieron las luces del escenario y del patio de butacas y, en ese instante, cuando parecía que todos iban a salir del patio del teatro, se oyó una voz que gritaba:
-Embusteras, ladronas, estafadoras, sois unas vulgares charlatanas que robáis a los pobres inocentes que os siguen.
La que gritaba desaforadamente era una mujer de aspecto elegante. Tenía un acento especial como si fuese extranjera. Ante sus gritos el público se detuvo y esperó a ver qué ocurría entre aquella mujer y las increpadas. De pronto, se incorporó la Germaneta Foz que estaba tumbada sobre las tablas del escenario y, señalando a la que le gritaba, le contestó:
-La ladrona eres tú Natasha Ivanoff. Devuelve todo lo que te dimos cuando confiábamos en ti.
A partir de ese instante hubo una catarata de improperios cruzados entre las tres y que sólo se vio detenido por la intervención de dos guardias que entraron para solucionar el altercado de insultos. Casi arrastraron a la que gritaba desde el patio de butacas para sacarla del teatro. Con el tumulto me aparté para que no me empujasen y vi a Bartha que estaba junto a la entrada. Me acerqué a él, pero parecía no verme. Permanecía embobado mirando a la mujer que la policía se llevaba a empujones. Le toqué la mano y esperé su reacción, pero lo único que conseguí fue sacarlo de su mutismo para gritar:
-Esperen. No se lleven a Natasha. Yo respondo por ella.


4 comentarios:

  1. espectacular! parece estar viviendolo. abrazosbuhos.

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    1. Hola Buhitas: siempre me han fascinado los espectáculos vodevilescos dicen tanto de nosotros. Me encanta que os haya gustado el relato. Cuánto me gustaría poderlo convertir en una novela. Lo intentaré. Un abrazo.

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  2. interesantes las fotos!gracias por compartirlas, les da un marco espectacular!

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    1. A veces una imagen habla más que las palabras. En mi relato, las farsantes adaptan el nombre de las originales, pero a la valenciana. Siempre me gusta dar un toque de humor. Gracias por vuestra lectura y comentario. Un abrazo.

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