sábado, 29 de abril de 2017

11 AQUEL 1º DE MAYO



El tumulto no le dejaba casi ni respirar. Estaba rodeado de hombres más altos y fornidos que él y eso le impedía sacar la cabeza para ver qué ocurría sobre el entarimado. Dando empujones y codazos consiguió acercarse hasta un árbol de la plaza. Venancio sabía trepar a la copa de los árboles con mucha habilidad, porque desde muy niño lo había hecho para buscar los huevos de los nidos; sin hacer mucho esfuerzo se encaramó a éste. Se sentó en una de las ramas más resistentes consiguiendo elevarse por encima de las cabezas de todos que se apretujaban alrededor del entablado donde un hombre solo, reclinado sobre un atril, se dirigía al auditorio con voz vehemente. No sólo hablaba sino que también agitaba su mano derecha con unos papeles. El orador iba vestido con una chaqueta y unos pantalones rayados ya raídos por el uso. De su cara destacaba la frente amplia contrarrestada con unos bigotes y perilla. Venancio, sentado en su improvisada atalaya, siguió el discurso cómodamente y también tuvo la oportunidad de ver qué acontecía alrededor suyo.
-Y en verdad os digo –atronó el orador como si de un predicador religioso se tratase. –Que si los obreros no tomamos las riendas de nuestro futuro nunca tendremos la oportunidad de derrotar a la clase dirigente. El poder nos aplastará como a una nuez y cada día nos hundiremos más en la miseria. –Hizo una pausa para observar los rostros de la gente que le escuchaba. –Nos quieren toscos, analfabetos y por eso no les gusta que inauguremos nuevas escuelas. Nuestras armas son el papel y la pluma. Educad a vuestros hijos. Son nuestro mañana por eso deben aprender a leer y escribir y sólo así podrán defenderse del poder que nos aplasta. El analfabetismo, la incultura, esas son las enfermedades que atacan con más virulencia al obrero. ¿De qué te sirve llenar el estómago con la sopa boba que te da el amo si tienes la cabeza vacía y no puedes decidir tu vida?
El orador hizo un silencio dejando la pregunta en suspenso, aunque tampoco esperaba una respuesta a su intervención, por eso, cuando retomó la palabra, le sorprendió oír una voz, de entre la multitud, que se elevaba para replicarle:
-Con el estómago vació no se puede hacer nada, compañero. Ellos nos tienen atrapados. Lo controlan todo desde los precios hasta nuestra hambre, por eso no podemos dejar de obedecerles.
El público se volvió hacia el nuevo orador que resultó ser un joven vestido con blusa de albañil y alpargatas. Instintivamente, los que estaban a su alrededor se separaron de él para dejarle espacio. Uno de los allí reunidos le acercó una silla para que se subiese a ella como una improvisada tarima.
-Los amos saben lo que hacen. Nos tienen contentos con un jornal y mantienen nuestros estómagos, aunque sólo lo justo como para que no nos muramos de hambre y podamos servirles, por eso creo que lo que debemos hacer es actuar, unirnos y derribar a los explotadores y sólo será posible con la fuerza de las armas.
-Te equivocas, joven inquieto –le replicó el orador del entarimado. –Al amo sólo se le puede vencer con sus mismas armas y esas sólo se consiguen igualándole en los conocimientos. La violencia nunca conduce a buen puerto. ¿De qué nos sirve ser más fuertes si no conseguimos rebatirles en su propio campo? La educación y el conocimiento es la única forma de recuperar lo que pertenece al pueblo.
Y entre ambos las réplicas y contrarréplicas, uno defensor de la educación y el otro de la acción directa, continuaron discurseando durante bastante tiempo hasta que los obreros reunidos a su alrededor mostraron cierto cansancio de aquella discusión en la que no parecía haber posibilidad de acuerdo. Cuando creció un cierto murmullo de descontento, un tercer orador medió entre ambos indicándoles que la fiesta del 1º de mayo se caracterizaba por la paz y la armonía entre los propios obreros por lo que reiteró que no era el momento apropiado para que se peleasen entre ellos sino que debían disfrutar del único día festivo que sólo tenía el gremio de los albañiles. De esta manera se dio por zanjada la discusión de entre ambos oradores y se anunció que, una compañía amateur de teatro, representaría el Juan José de Joaquín Dicenta.
Venancio observó, desde su lugar privilegiado, todas las operaciones de retirada del atril y la colocación de un sencillo telón, junto con unas mesas y sillas como únicos elementos de decorado. Y al poco comenzó la representación de aquella obra que narraba los amoríos entre un peón de obra y una obrera joven e inexperta de la vida e incapaz de aceptar la pobreza como compañera de sus días. A pesar de que los actores ponían mucho empeño en dramatizar los diálogos, a Venancio pronto le  cansó aquella trágica historia que no le aportaba nada que no conociese de antemano, por lo que, desde su árbol atalaya, prestó atención a la cara de los espectadores esperando encontrar rostros de hastío ante la redundancia del tema, pero, cuál fue su sorpresa, que al escrutar algunos rostros de los hombres curtidos por el sol que miraban fijamente el movimiento de los actores éstos derramaban alguna lágrima por las lamentaciones de los protagonistas del archiconocido melodrama obrero. A pesar de todo, Venancio, pensó que ya había visto lo suficiente de la obra y de un salto se bajó del árbol para encaminarse hacia la calle adyacente a la plaza llamada de la Sangre. Bordeaba la fachada del edificio consistorial cuando se fijó en dos niños, de aspecto famélico, que rebuscaban entre unas basuras que se amontonaban en la acera de enfrente junto a uno de los portales. Venancio sintió lástima por ellos y pensó que se cumplía lo que su padre tantas veces le había explicado cuando se quejaba de su suerte y es que debía echar un vistazo a su alrededor porque de seguro que encontraría a otros en peores condiciones que él. Venancio, instintivamente, se llevó la mano al bolsillo y apretó las monedas que aún le quedaban de su última paga. Volvió a mirar a los niños y cuando se había determinado acercarse a ellos hasta ellos se detuvo al escuchar unas carcajadas que procedían de ese mismo portal. Venancio retrocedió y se colocó en la penumbra de uno de los ángulos de la fachada del ayuntamiento cuando vio aparecer a dos tunantes. A pesar de ir vestidos con unas chaquetas y pantalones y sendos sombreros de ala estrecha se podía ver que las prendas estaban deslustradas por el uso continuado. Completaban su atuendo de golfos con un bastón de abedul en la mano. Venancio prefirió guarecerse en la penumbra de la esquina del edificio e intentar pasar desapercibido de los seguros insultos que de dirigirían por su vestimenta de peón de albañilería. Sin embargo, no hizo falta tal precaución por su parte ya que estos dos rufianes se dirigieron hacia los dos niños mendigos que rebuscaban entre los andrajos.
-¡Eh! ladronzuelos ¿qué estáis robando? –Les gritó uno de los dos tipos con tono desagradable.
Los dos niños se quedaron inmóviles sin saber muy bien cómo reaccionar. El que parecía algo más avispado intentó tomar al otro de la mano e escapar de un posible problema, pero el bribón que les había interrogado fue más ágil que él y, con el bastón, le impidió el paso.
-No huyas, raterito. –Le gritó. –Cuando te hablo quiero que me prestes atención.
El otro tunante no dejaba de reír como si aquella situación resultase ser lo más cómico del mundo y, su colega, con sus risas aún se envalentonó más ante los pobres niños.
-A ver, sacad lo que tengáis en vuestros bolsillos sino os denunciaré y os llevaré al penal.
El niño más pequeño de tan asustado como estaba se puso a gimotear y se agarró al otro como queriendo que éste le protegiese de aquellos dos bellacos.
-No te pongas a llorar, ratita inmunda. –Lo insultó. –Que lo que tienes que hacer es besarme los pies. ¡Eh!, tú, el que se cree más valiente de los dos –le dijo al otro niño colocándole el bastón en el pecho. –Agáchate para que pueda ponerte el botín encima y este llorón me lo limpiará.
El otro rufián, entre grandes carcajadas, aplaudió la ocurrencia ante la vejación que su amigo proponía.
-Y ahora me limpias el zapato con la lengua. –Y colocó su pie sobre la espalda del niño para que el otro pudiese realizar la operación. –Los quiero bien lustrados.
El niño rompió a llorar y el rufián lo cogió de la cabeza y se la inclinó sobre el zapato, aunque, en ese instante, se escuchó una voz que le ordenó.
-Deja a esos niños en paz, ¡mal nacido!
Venancio que permanecía expectante en la penumbra a todo lo que estaba sucediendo sacó un poco la cabeza para ver quién era el que estaba defendiendo a los niños mendigos y cuál fue su sorpresa al comprobar que se trataba del orador improvisado que, minutos antes, había replicado al ponente de la tarima.
-¿Y tú quién eres para ordenarme nada a mí, sucio albañil? –Le contestó el truhán con tono de superioridad.
El albañil orador no le contestó, pero le propinó a aquel tipejo un golpe con un bastón que llevaba en las manos que hizo que perdiese el equilibrio y cayese al suelo. A continuación, con gran destreza, arrinconó a su acompañante con el extremo del cayado. A ambos se les heló la risa de inmediato.
-Y ahora soy yo el que os digo que os vaciéis los bolsillos. Sacad todo lo que lleváis en ellos.
Tanto los niños como Venancio se quedaron inmóviles sin saber qué hacer ante tal sorprendente alarde de caballerosidad de aquel anónimo obrero.
El albañil, con una increíble agilidad, le tendió la mano al niño que se había agachado y le ayudó a incorporase y con un gesto le indicó que se quedase junto al otro que ya había dejado de llorar, aunque no de temblar.
El rufián, que permanecía tumbado en el suelo, intentó incorporarse, sin embargo, el albañil orador le colocó sobre la garganta su pie calzado con alpargatas de esparto obligándole a permanecer donde lo había tirado. Su acompañante sacó unas pocas monedas de sus bolsillos y se las entregó.
-¿Y tú te burlabas de nosotros? –le dijo con desprecio mientras contaba la calderilla que le entregó. –Eres más pobre que nosotros, aunque te des esos aires de señorito. –Entregó las monedas a los niños que ya lo observaban con admiración. –Voy a darte una paliza por haber maltratado a los pobres.
Y elevó el bastón con la intención de descargarlo sobre el bribón, sin embargo se detuvo con el grito que dio Venancio desde la penumbra:
-¡No lo haga, señor! ¡No merece la pena ponerse a su altura!
Todos se sobresaltaron con aquella misteriosa aparición. Venancio cruzó la calle y dirigiéndose al albañil, que blandía el bastón contra el pusilánime, le argumentó:
-Señor, si le golpea la noble defensa que ha efectuado por estos niños perderá todo su valor.
Hubo unos segundos de duda por parte de todos, hasta que el albañil bajó el bastón y le quitó el pie de la garganta al que mantenía tumbado. Hizo un gesto con la cabeza para indicarles que se marchasen. Ambos se dieron mucha prisa por salir corriendo antes de que el albañil se arrepintiese de su decisión y les propinase el pospuesto golpe.
En la calle quedaron ya solos los niños, Venancio y el albañil. Los cuatro se miraron y fue éste último el que rompió el silencio:
-¿Por qué me has impedido que les diese su merecido?
-No valía la pena perder ni un segundo de su tiempo con ese par de haraganes.
El albañil lo miró fijamente a los ojos antes de continuar hablando:
-Tú estabas escondido en la penumbra y, si no me equivoco, no has hecho nada por ayudar a los niños.
Venancio le aguantó la mirada.
-Quizá lo hubiese hecho si hubiese dispuesto de un bastón para poderles hacer frente.
Ambos continuaron sosteniéndose la mirada durante unos largos segundos hasta que el albañil le tendió la mano a Venancio amigablemente:
-Me llamo Salvador Masobrer.
-Yo soy Venancio.



10 comentarios:

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    1. Muchas gracias Carmela López por leer mi relato. Me hace mucha ilusión saber que te gusta. Un abrazo.

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    2. Además de la lección que se desprende, sabes mantener la tensión hasta el final. Tu estilo es impecable, de fácil lectura y me encanta la foto que has empleado para ilustrar tu historia. Me habría encantado conocer la Plaza del Ayuntamiento de Valencia en aquella época, antes de que la reformaran y eliminaran la planta baja. Creo que las Autoridades actuales se están replanteando reformarla y darle una apariencia similar a la que aparece en la foto; pero, de momento, no hay un euro para ello. Quizás nuestros descendientes, tras saldar las deudas del Consistorio anterior,puedan llevarla a cabo. Un abrazo.

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    3. Disculpa mi ignorancia,¿la figura de Salvador Masobrer se corresponde con algún personaje conocido en la Historia?

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    4. Buenas noches Carmela
      Salvador Masobrer es un personaje de ficción. Quizá debería escribir más detalles sobre su personalidad decidida y de clase.
      Muchas gracias por tus comentarios me has animado a continuar. Un abrazo.

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    5. Respecto al ambiente de la plaza del Ajuntament de Valencia coincido contigo y creo que es el más bello. No sé si has leído el relato que titulé Mohortes. Es de este enero pasado. En ese relato los personajes se asoman desde una​ de las fincas de la plaza y miran a los viandantes, pero también aparece uno de mis elementos favoritos y es el teatro Ruzafa.
      Como podrás observar soy una enamorada de Valencia, pero no de la imagen equívoca que se ha promovido, sino la de sus gentes casi anónimas.
      Gracias por leer y comentar mis relatos. Espero que sigas haciéndolo porque me ayuda a continuar escribiendo. Un abrazo.

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  2. De Pili Fernandez Coliflor: Me ha gustado mucho como has creado la ambientación para una situación que por desgracia resulta muy actual. Te felicito !!
    Sepas que leo todos tus relatos y valoro muchiiiiiiisimo que cuando terminan siempre me sonríe el corazón.

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    1. Querida Pili Fernandez Coliflor a la que terminas de llenar de gozo es a esta pobre inventora de historias. Con tu permiso guardaré tu comentario en mi blog para recordar tu cariño. Muchas gracias por tu comentario tan cariñoso. Un abrazo.

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  3. Querida, es un relato que, aun a pesar de ser historia de otros años, es muy actual y ya no sólo en cuanto a este país en el que vivimos, sino en todo el mundo
    "Pensábamos que ya estaba todo hecho, y está todo por hacer..
    Y esperemos que algún día la educación venza a la violencia..

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    1. Hola Suni
      Sí, por desgracia, las situaciones son cíclicas y no siempre para bien. Por mi parte siempre defenderé la educación como la única arma posible. Muchas gracias por tu lectura y comentario. Un abrazo.

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