sábado, 13 de mayo de 2017

12 VENANCIO RASPELL Y LOS MECANOS DE SANZ



Que te detuviesen por la calle sin ningún motivo era lo habitual. Que te apuntasen con un fusil mientras te pedían que te identificases también. Cuando me lo contaron, Andreu y Batiste, no me extrañó nada de lo sucedido, al parecer, a la guardia, sólo les interesaba Salvador Masobrer.
Algunos os preguntaréis cuándo inicié mi relación con estos dos niños, pero si hacéis un poco de memoria ya, en otra ocasión, os conté nuestro primer encuentro después del espectáculo de la plaza del ayuntamiento de Valencia del 1º de mayo; tanto Andreu como Batiste siempre afirmaron que nunca pudieron olvidar aquel instante en el que fueron acosados por una pareja de rufianes que pretendieron burlarse de su estado miserable. A partir de ese instante, los niños y Salvador, que los rescató por su audacia aumentada con aquella amenaza de descargar su potente bastón sobre las cabezas de los dos rufianes, se convirtieron en mis amigos a los que con frecuencia, recurriría cuando me sentía abatido y solo, pero ahora no voy a desvelar más detalles sobre la alianza que surgió sin antes explicaros un poco quien soy yo. Mi nombre es Venancio Raspell.
Después de toda la parafernalia que se organizó en toda la ciudad de Valencia, donde hubo una gran exaltación obrera sindical, volví a la obra en la que había estado trabajando todo el mes y me encontré con la cruda realidad de que mi puesto, de peón albañil, había sido adjudicado a un pariente del maestro de obra. Supliqué y casi me saltaron las lágrimas al implorar el trabajo, pues me encontraba solo en la ciudad y sin el amparo de ningún familiar. Sin solución, me fui de allí, aunque mi carácter optimista me hizo albergar la esperanza de que pronto encontraría otro trabajo. La cruda realidad de 1934 me mostró su cara más dura y amarga pues visité varias obras y nadie quiso emplear a un peón de quince años que sólo sabía cumplir órdenes y no tenía mucha experiencia en el trabajo de la construcción.  Con el paso de los días, comencé a sentirme angustiado con la idea de quedarme sin dinero y no poder pagar el cuarto en el que me alojaba y donde guardaba mis pocas pertenencias. A pesar de todo no desesperé y todos los días, muy temprano, salía en busca de un jornal que aumentase las monedas que ya comenzaban a escasear en mi bolsillo.
Cada negativa comenzó a hacer mella en mi voluntad y el desánimo de la derrota resonaba en mi cabeza con la frase de la obra de Dicenta: “Espera que alarguen los días como si el hambre fuese posible esperarla”. Junto a esa sentencia mis tripas también tomaban protagonismo ya se revelaban por su ayuno involuntario así que el desfallecimiento provocó la necesidad de detenerme para recuperar el sosiego y las fuerzas en mi desesperada búsqueda de trabajo. Estaba otra vez en la plaza por donde transitaba más gente de lo habitual. Fijé mi atención en las floristas que emergían de los puestos subterráneos como si fuesen hormigas trabajadoras que aportasen los granos a su costal. Me senté en uno de los escalones a observar su trajín cuando, de repente, una voz potente captó la atención de todos. Se trataba de un hombre que se había subido a uno de los poyetes y que agitaba los brazos mientras vociferaba.
-Damas y caballeros, dentro de unos días ustedes van a tener el placer de ver el mejor de los espectáculos que nunca imaginaron. Algunos de ustedes ya me conocen porque me han visto actuar en el circo Alegría y en los teatros valencianos soy Francisco Sanz el tenor cómico y guitarrista que se ha hecho famoso con los muñecos articulados. Tras la última campaña que he llevado a cabo por América ahora desembarco en mi querida ciudad de Valencia con mi nuevo espectáculo que tendrá lugar en el teatro Ruzafa.
Nunca había visto a nadie vestido con un frac. Me cautivó su aspecto tan peculiar. Aquella voz ejercía una atracción magnética sobre los que nos encontrábamos allí, de hecho, nadie se movía ni decía nada ante su carismática forma de expresarse incluso a los guardias encargados de custodiar la plaza les costó reaccionar ante el hechizo de su potente voz.
-Venga, caballero, circule y no moleste. –Le inquirió uno de los guardias. –Esta plaza no es para vocear.
Sin protesta alguna, ante el requerimiento de la autoridad, Francisco Sanz se bajó del poyete donde se había instalado y se acercó a ellos para entregarles unas hojas donde se anunciaba su espectáculo. Me sentí tan atraído por su aspecto elegante y por su cara redonda remarcada con unos grandes bigotes que alguna extraña fuerza me incitó a seguirle. Caminé unos pasos detrás de él intentando no levantar sus sospechas, sin embargo, su fino oído, una de sus principales cualidades sensitivas, me descubrió a pesar de mis precauciones. Sanz se volvió en seco y con un tono muy cortés me preguntó:
-¿Por qué me sigues, muchacho?
No supe qué decir porque o por el asombro o por el miedo se me pegó la lengua al paladar.
-¿Te has quedado mudo o lo eres?
Como pude farfullé unas cuantas palabras inconexas. Me miró de pies a cabeza y calibró mi estado.
-Por tu aspecto yo diría que no tienes trabajo y el dinero ya comienza a escasearte. Quizá me precipite, pero empiezas a estar al borde de la desesperación.
Nunca había conocido ni creo que conoceré jamás a nadie que adivinase mi vida con tan sólo mirarme a la cara. Como vio que no reaccionaba ante sus palabras continuó realizando un análisis detallado de mi situación y entre otras cosas también adivinó que estaba solo en la ciudad, que vivía realquilado en una habitación y que la casera no sentía mucho aprecio por mí. Me quedé atónito pues conocía mi vida de antemano.
-Si quieres trabajo puedo dártelo, pero sólo te lo haré si me juras que vas a ser discreto y no contarás a nadie lo que veas.
¡Por supuesto que quería el trabajo! Lo necesitaba y mucho y habría jurado sobre cualquier documento lo que me pidiese, aunque, muchos años después, me arrepentí de haber hecho aquella promesa, porque de no haber cumplido mi palabra a pies juntillas quizá me hubiese proporcionado un beneficio para el resto de mi vida.
Emprendí la marcha junto a aquel extraño hombre que se dirigió hacia el callejón que llevaba a la parte trasera del teatro Ruzafa. Empujó una de las pequeñas puertas que había allí y, con un gesto de la mano, me indicó que le siguiese.
Por el lateral del escenario había una escalera que llevaba directamente a un almacén donde se acumulaban telones medio enrollados con cajas entreabiertas.
Casi me desmayo cuando encendió la luz. En uno de los rincones se encontraban hacinadas todas las cajas de los muñecos del ventrílocuo Sanz, aunque lo que verdaderamente impresionaba que eran de dimensiones reales y las cajas tenían el aspecto de sarcófagos de los que de su interior reviviría un ser misterioso. Se me erizaron los pelos cuando, Lorenzo, el mecánico de Sanz, abrió una de los cofres y ante mis ojos aparecieron colgadas todas las cabezas de los muñecos. Estaban ordenadas por tamaños y con los ojos abiertos de manera que daba la impresión de que eran los rostros horrorizados de unos decapitados.
-¡Eh, chaval! ¡No te asustes tanto que no te van a morder! –Se burló el mecánico mientras me empujaba con la mano hacia aquellos muñecos.
-Anda, ayúdame a sacar las cabezas que tenemos que engrasarlas y colocarlas en los cuerpos.
A partir de ese instante comencé a formar parte del maravilloso y misterioso mundo de los mecanos de Sanz. Aquellos muñecos articulados eran lo más perfecto que vi en mi vida. A través de unos complicados resortes, clavijas y enganches eran capaces de mover los ojos, la boca, las manos, los pies e, incluso, andar y bailar, aunque, por supuesto, siempre acompañados de la persona que les daba la vida y que era el artista Francisco Sanz. El artista los coordinaba todos a través de un complicado sistema de pedales, cables y resortes que manejaba mientras dialogaba con ellos imitando distintos tonos de voz. La familia de muñecos era numerosa incluidas mascotas como un perrito de aguas y el más locuaz de todos que era un loro mecánico que cantaba y hablaba como si fuese un auténtico animal de su especie.
A partir de ese momento me convertí en el ayudante del mecánico Lorenzo que hablaba poco, pero no cesaba de moverse de un lado a otro. Mi función era engrasar todos los resortes y juntas de los muñecos para que éstos tuviesen la máxima agilidad como cualquier ser humano, por eso era tan importante ponerlos a punto. Tardé dos días en lubricar todos los cuerpos y extremidades de estos actores mecánicos, como les llamaba Sanz, y me llevé más de un susto cuando, mientras realizaba mis labores de ajuste, el ventrílocuo hablaba a mis espaldas con la voz de éstos seres.
-Hazlo con suavidad ¡bruto! –me gritó uno de los muñecos mientras le reajustaba las manos.
Se trataba de Fred Volt hecho a la semejanza de Sanz que junto a don Liborio era la estrella del espectáculo. Creo que me puse pálido como el papel de fumar y que el artista aún se está riendo de mí porque estuve a punto de orinarme encima. Una vez concluido el engrasado vestimos aquellos cuerpos y adquirieron la apariencia de seres corrientes.
Todo estaba preparado para la noche del estreno que sería el viernes 4 de mayo, pero debido a las revueltas en los poblados marítimos de la ciudad los obreros no dejaban de sabotear los tranvías cortándoles las catenarias e, incluso, volcando algunos de los convoyes, las autoridades decidieron que los teatros y salones permaneciesen cerrados hasta nueva orden.
Francisco Sanz se desesperó, gritó y pateó. El director del teatro Ruzafa le pidió un poco de paciencia, pero no escuchó ninguna de sus razones y tomando una silla la lanzó en medio del escenario hasta hacerla añicos. Todos nos quedamos paralizados ante tal arranque de violencia y, a continuación, el mismo Sanz, como si hubiese conseguido la calma con aquel acto, sin mediar ni una palabra, se fue hacia la puerta del callejón y desapareció.
El artista regresó al día siguiente. Lo hizo con una gran sonrisa bajo aquellos enormes bigotes y dando palmas nos anunció que el alcalde había cedido ante sus ruegos y les permitía estrenar su espectáculo el próximo lunes, aunque siempre bajo su responsabilidad de que si ocurría algún disturbio o percance serían los máximos responsables ellos.
Mientras viva recordaré ese 8 de mayo de 1934. Aquello parecía una auténtica locura. Todo el personal disponible corría para tenerlo todo colocado en su sitio. Yo no sólo ayudé al mecánico taciturno, sino que también salí a las calles a pegar carteles y a entregar octavillas donde se anunciaba el estreno. Como todos los teatros permanecían cerrados, las localidades se vendieron con cierta facilidad, hasta el mismo alcalde y su esposa fueron invitados por el artista a uno de los palcos principales.
Con el teatro lleno y con las luces apagadas se encendió un foco que iluminó el escenario dando paso al ventrílocuo que inició su espectáculo mostrando su virtuosismo para el canto acompañándose con una guitarra clásica la cual hizo vibrar como si fuese el mismísimo maestro Tárrega. El público aplaudió entusiasmado, pero el verdadero espectáculo se inició cuando se escondió el artista y uno de los espectadores se puso a vociferar. El resto de los de la sala enmudecieron ante el desparpajo de un caballero que, sentado con las piernas cruzadas y el bastón colocado entre ellas, gritaba sin inmutarse que quería que le devolviesen su entrada si no comenzaba el espectáculo de mecanos al instante. Se generó un poco de confusión hasta que el propio Sanz salió al patio de butacas y se acercó al caballero que protestaba. Inició un diálogo con él, pero éste no parecía entrar en razones, por eso todos se asustaron cuando Sanz lo tomó del cuello como si quisiera ahogarlo y es cuando se descubrió que se trataba de su célebre muñeco Fred Volt que era casi una réplica suya con unos grandes ojos marrones abiertos e idénticos bigotes. Los aplausos resonaron por todo el teatro. El ventrílocuo había sido capaz de hacerles creer que aquel muñeco era un hombre de verdad. En el escenario se reunieron todos los muñecos que yo había estado engrasando concienzudamente durante tantas horas y el artista hizo que dialogasen, riesen y hasta bailasen con él. Por último, el número final fue apoteósico cuando Sanz sacó su loro mecánico que no cesaba de repetir como si fuese una cantinela:
“Chocolate para el loro. ¡Viva la República!”
La noche fue un gran éxito y nos regocijamos del triunfo y de los resultados económicos. El artista nos invitó a todos a una gran cena en uno de los restaurantes cercanos al teatro, sin embargo, los graves acontecimientos que se produjeron aquella madrugada en la revuelta y convulsa ciudad de Valencia nos impidieron llevarla a término. Volví a encontrarme con Salvador Masobrer.



6 comentarios:

  1. De Pilar Pedraza Martinez Excelente. Me encanta todo, sobre todo lo de Sanz y sus muñecos, tan real y tan irreal. ¡Viva la República!

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    1. Muchas gracias Pilar Pedraza por leer mi relato. Tú sabes más que yo sobre Francisco Sanz y ese maravilloso loro que pedía chocolate y República y que así sea. Un abrazo.

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  2. De Juan López Gandía Hola, Francisca, me ha gustado mucho el relato.Ha sido muy buena elección esoger a Francisco Sanz. Y adema´s está muy bien escrito, con gracia y con ese golpe final del provocador dentro del público... Está muy bien ambientadp en el bieno de derechas del 34 en Valencia, con las huelgas .Me ha gustado mucho también la frase ·"espera que alarguen los dias como si el hambre fuese posible esperarla". Conocía los autómatas o actores mecánicos como les llamaba Sanz. Vi un documental de la Filmoteca que se llama "Sanz y su arte". La Filmoteca publicó algo con prólogo d J.M. Company y Pilar, Y me he apropiado, con tu permiso, de la foto. Enhorabuena de nuevo, Francisca..Sigue con tus relatos. "Chocolate para el loro y viva la República".

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    1. Muchas gracias Juan López Gandía por tus cariñosas palabras. Sí, Francisco Sanz es todo un personaje de la vida espectacular de la Valencia de los años 30. Tal como cuento en el relato actuó en el teatro Ruzafa el 8 de mayo de 1934. He echado un poco de imaginación, pero tanto los muñecos como el loro republicano son ciertos. La fabulosa película de 1918 donde explicaba el mecanismo de los autómatas es un documento que vale su peso en oro. Los muñecos se encuentran en el museo de títeres y es uno de los mejores legados que ha podido dejar Sanz.

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  3. hola! gracias a ti conocemos gente y hechos espectaculares, me hizo gracias lo del loro, quedas en nuestro muro y feliz semana! saludosbuhos.

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    1. Hola amigas:
      Tanto el artista Sanz, como los muñecos y el loro, por supuesto, fueron y son reales aún. Celebro que os haya gustado. Muchas gracias por compartirlo en vuestro muro. Un abrazo amigas.

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