sábado, 6 de mayo de 2017

10 SALVADOR MASOBRER


El día que conocí a Salvador Masobrer comprendí por qué Andreu, su hermano pequeño, lo admiraba tanto.
Desde nuestra huida de la Inclusa vagabundeábamos hambrientos y desorientados por las calles de Valencia. Por mi parte, me habría dado por vencido si no hubiese sido porque Andreu me arrastraba hasta convertirme en su sombra. La constante lucha entre mis tripas, que no dejaban de sonar, y mi voluntad de cumplir nuestro anhelado plan de libertad junto con la albergada esperanza de volver a ver a nuestras madres, era lo único que me mantenía firme.
No era la primera vez que dormíamos ocultos en algún portal, sin embargo, la idea de que alguien nos sorprendiese escondidos nos preocupaba, a pesar de todo, la fatiga venció a nuestro remilgo así que entramos en aquel portal y nos cubrimos con unos retales andrajosos que encontramos debajo del hueco de la escalera y, aunque seguíamos asustados con cada uno de los crujidos de la madera de la empinada escalinata que se cernía sobre nuestras cabezas, logramos conciliar un sueño endeble.
Con las primeras luces del día salimos de aquella especie de madriguera para que no nos descubriese el portero de la finca. Ya en la calle, Andreu leyó, en voz alta, un cartel que colgaba del tablón de anuncios del ayuntamiento donde se avisaba que se llevaría a cabo el acondicionamiento de la plaza para la próxima asamblea de los trabajadores de la construcción. Aquello significaba que pronto se llenaría de gente trabajando y que eso nos crearía algún problema, por eso, debíamos hacernos invisibles lo antes posible. Aún no había terminado de pronunciar la última palabra cuando un camión se detuvo junto a nosotros.  De la parte trasera se bajó un grupo de hombres uniformados y armados con fusiles. Sentí tal pánico al verlos, que me quedé azorado en medio de la acera y, si no llega a ser porque Andreu tiró de mí, de seguro que me habrían detenido. Nos dirigimos hacia la calle perpendicular y al doblar la esquina miré atónito una gran marquesina de bellos dibujos de hierro que cubría la entrada principal del teatro Olympia. Por mi cabeza de niño que lo desconocía todo saltó la duda y le pregunté a Andreu qué era un teatro y para qué servía.
-¿Te lo tengo que explicar todo? –Me dijo Andreu con lo que parecía ser un amago de sonrisa. –Es un lugar donde la gente se reúne a ver cómo los actores y actrices actúan. A los que se sientan en la sala se les llama público y si les gusta lo que ven aplauden y los que trabajan sobre el escenario entonces saludan.
-¿Y si al público no le gusta? –Le pregunté ingenuamente.
-Entonces les abuchean y procuran esconderse, lo antes posible, para que no les echen nada.
-¿Tú has visto alguna vez una representación? –Le pregunté admirado por sus conocimientos.
-Claro que sí. –Me contestó orgulloso. –Mi madre trabaja en este teatro.
-¿Actúa?
-No, es la camarera de una actriz de la compañía permanente.
Tuve la sensación de que me mentía. En realidad, sólo lo conocía del orfanato y no sabía nada más de él, sin embargo, nos convertimos en inseparables amigos. La soledad y la indefensión nos crearon unos vínculos más fuertes que los familiares. Le miré a los ojos fijamente y sostuvo mi mirada como queriendo demostrarme que todo lo que me decía era cierto.  
En el lateral de la fachada del teatro había una pequeña puerta por la que un carretero introducía unos bultos de su carro. Andreu tiró de mi brazo para que le siguiera hacia aquella entrada oscura y angosta. Con paso firme marchó hacia uno de los hombres que estaba supervisando la descarga de las cajas y paquetes y lo saludó con efusividad.
-Hola Alfredo ¿Dónde está mi madre?
El hombre lo miró y, sin mediar palabra, le tiró de las orejas.
-¡Diablo de Andreu! ¿Dónde te habías metido? Hace más de un año que no te veo.
-Es largo de contar. –le contestó Andreu zafándose del tirón de orejas. -¿Sabes si ha venido mi madre al teatro hoy?
-Tu madre hace mucho que ya no trabaja aquí.
Ante esa contestación Andreu titubeó. El hombre le explicó que la compañía estable resultaba muy cara de mantener y ahora teatro se había convertido en un cine.
-Sí, el teatro desaparecerá con el cine. –Pronosticó.
Andreu mudó de cara y vi cómo se entristecía por segundos. Hizo mención de salir corriendo para no mostrar su debilidad, pero este hombre lo sujetó con fuerza.
-Espera, no corras tanto. Tu hermano Salvador está aquí.
Al decir esto Andreu refrenó su impulso.
-¿Dónde?
Salvador Masobrer, el hermano mayor de Andreu, tenía diez años más que él y, según me contó Andreu, hacía mucho que no lo había visto, aunque estaba seguro de que nos ayudaría.
En la calle Linterna, muy cerca del teatro, existía un local sindical de entrada oscura iluminada con un solo candil. Andreu entró tan decidido que yo también le seguí con paso firme, aunque aquello hubiese sido la boca del lobo. Nadie nos impidió continuar hacia lo que parecía ser una sala de reunión. Un gran número de hombres escuchaba a un joven subido a una mesa que les arengaba.
-Dicen que nos quieren dar lo que nos pertenece, pero yo os digo que sólo será cierto cuando lo veamos cumplido. No podemos trabajar por una miseria y seguir besándole la mano al amo.
Se escuchó un murmullo aprobatorio, pero uno de los que estaban allí le contestó:
-Tú puedes hacer lo que quieras, puedes, incluso, rechazar un trabajo por inmundo que sea, sin embargo no todos nos podemos elegir. Tengo bocas que alimentar y además deudas que pagar.
-Seguro que serán de juego y bebida. –Apuntó uno de los que estaban cerca del que había hablado.
Ese comentario provocó las risas de algunos. El aludido no contestó y con la cabeza baja emprendió la retirada, aunque la voz del orador le detuvo.
-Espera. No te vayas. El sindicato está para escuchar y atender los problemas de todos y buscar una solución.
El hombre regresó sobre sus pasos y encarándose a él le replicó con amargura:
-Mi hijo ha muerto porque no pude pagarle las medicinas ¿De qué me va a servir contaros que por la falta de comida a mi mujer se le secan los pechos y casi no puede amamantar a mi niñita y que ésta también morirá de hambre? No quiero comprensión ni caridad de vosotros, sólo quiero salir de la miseria y de la hambruna que recibo como pago a mi condición de pobre obrero.
El silencio se podía cortar ante ese lamento de hambruna y desidia que clamó en boca de aquel desheredado de la suerte. De pronto, uno de los que estaban allí sacó un pañuelo y puso en él una moneda.
-No es mucho, pero seguro que entre todos podemos reunirte un poco más para que pagues alguna de tus deudas y salves a tu niña.
El hombre rompió a llorar y, entre sollozos, dijo:
-Gracias compañero, pero no quiero tu caridad. Tú puedes estar igual o peor que yo y si me das lo poco que tienes te arrastraré a mi miseria y seremos dos familias las que nos hundiremos más en este pozo sin fondo que es la pobreza.
-Para evitarlo nos tenemos nosotros mismos y por eso os pido que me escuchéis. La unión nos hará más fuertes. Tú has rechazado la ayuda y te equivocas porque, si todos somos capaces de ser caritativos hasta con un perro que nos pide las migajas que nos sobran, también lo debemos ser entre nosotros y ayudar al desvalido.
Nadie pudo contestarle y el silencio se hizo largo hasta que otro de los que estaban en un rincón contestó:
-Hablas como un cura. ¿Nos vas a prometer el Reino de los Cielos?
Todos se rieron de su ocurrencia.
Andreu se deslizó entre los hombres y tiró de mí hasta que nos colocamos junto a la mesa de manera que el orador nos vio.
-Soy un hombre como vosotros que tiene las mismas necesidades que todos, por eso, hoy no sólo se hablará de la unión de los obreros sino que también os daremos un plato de sopa que os reconfortará.
Al decir esto, se hicieron notar los murmullos de contento. Se abrió una puertecita hacia un patio y penetró un agradable aroma a guiso. El orador se bajó de la mesa y se acercó hasta nosotros.
-¿De dónde sales tú? –Le preguntó a Andreu.  –¿Y tú quién eres, pillastre? –Me preguntó directamente a mí.
-Hola Salvador, veo que aún te acuerdas de mí. –Le contestó Andreu muy serio. –Este es mi amigo Batiste Sistella. Los dos estábamos en la Inclusa, donde nuestras madres nos abandonaron, pero hemos decidido escaparnos. Allí pasábamos la misma hambre que en la calle, pero, al menos, ahora somos libres y no dependemos de nadie. ¿Dónde está madre? He ido al teatro Olympia y dicen que ya no trabaja allí.
Andreu lo dijo todo como si fuese un discurso que se hubiese preparado a conciencia como si pretendiese echarle en cara el desapego que su hermano había mostrado hacia él como parte de su familia. A pesar de todo, no obtuvo una respuesta inmediata. Salvador hizo una seña al que repartía la sopa para que nos diesen un plato como a todos. Aquel alimento caliente fue un regalo del cielo para mis pobres tripas que ya no tenían conciencia de cuándo habían tenido un sustento tibio en ellas.
A medida que se terminaban los platos los hombres salían del local. Andreu y yo apuramos el plato cuando Salvador nos llamó:
-Vamos a ver a madre. Que venga tu amigo también. –Ordenó.
Apostados a los flancos de la puerta del local de la linterna los hombres de uniforme del camión que habíamos visto bajar nos dieron el alto. Levantamos las manos. Temí por mi vida.






4 comentarios:

  1. hola! queda compartido y disfrutado tu excelente relato preñado de nostalgia. gracias y un saludobuho.

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    1. Hola amigas:
      ¡Muchas gracias! No lo había imaginado tan nostálgico, pero quizá así sea. Muchas gracias por compartir mi relato. Sois maravillosas. Un abrazo.

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  2. A mi me ha gustado, Francisca, aunque también entristecido porque es auténtico.

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    1. Hola Eugenio
      La realidad no siempre es alegre, aunque yo siempre le busco el lado más optimista. Prometo continuar el relato con un punto de bienestar. Muchas gracias por leer y comentar mi relato. Un abrazo.

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