sábado, 27 de enero de 2018

TOMÁS, ‘EL DE LOS PÁJAROS’






Tomás regresó muy cambiado de la guerra. Algunos decían que había sufrido tanto miedo en el campo de batalla que algo le debía de haber estallado en la cabeza. Otros opinaban que sólo era una pose para no trabajar como lo hacían todos. No respondía a nadie cuando lo saludaban. Sus padres y hermanos le pedían que volviese a casa, pero él ni les escuchaba. Tomás pasaba el día en medio de la huerta rodeado de jaulas de pajarillos que cantaban como si les fuese la vida en ello. Dedicaba horas y horas a alimentarlos con gran cuidado y después se tumbaba en el suelo para escuchar sus cantos. Los días para Tomás, al que la gente comenzó a llamar ‘El de los pájaros', se limitaban a la contemplación de las aves y sólo, para evitar el relente nocturno, se refugiaba en una pequeña barraca donde se guardaban los aperos.
Pero no sólo escuchaba el canto de los pájaros, sino que también cuidaba de la huerta de su padre, aunque lo hacía a su manera, sin prisas y deteniéndose cada vez que una avecilla trinaba desde la rama del olivo que crecía junto a la acequia. A Tomás no le preocupaban las risas de los que pasaban por allí. Algunos se detenían y le preguntaban si alguna lechuza le había explicado el tiempo que haría. Más de uno opinaba que sólo hablaba con los pájaros y que por eso no respondía a nadie. Las palabras se confundían con los murmullos del agua de las acequias o el zumbido de alguna que otra avispa. Abría la boca como si quisiese articular alguna palabra, pero parecía sentirse incapaz de contestarles siendo éstas tragadas por los sonidos que le rodeaban.
-¿Estás sordo o te lo haces para no contestarnos? –Le gritaban los otros labradores desde las acequias.
Tomás sólo deseaba que le dejasen tranquilo escuchando a las aves que cruzaban por encima de su cabeza y, a veces, éstas se detenían junto a las jaulitas donde criaba canarios, jilgueros y verderoles. Los pájaros que más le visitaban eran los gorriones. Estos se movían, de jaula en jaula, con sus particulares saltitos comiéndose el mijo y el alpiste de los que allí vivían, pero sin quedarse con ellos. En más de una ocasión, Tomás les abría la puerta de la jaula para facilitarles la entrada a tan pícaros visitantes; y, a pesar de los manjares que supondrían para ellos el que darse en las jaulas, los gorriones declinaban el quedarse.
Poco a poco, la gente del pueblo se acostumbró a ver a Tomás en aquella huerta tumbado y rodeado de pájaros o bien sentado a la puerta de la ruinosa barraca con la mirada perdida hacia el cielo. Sus padres y hermanos insistían en que volviese a casa y dejase de vivir como si fuese un vagabundo pordiosero, pero sus palabras caían en saco roto.
Por las noches, Tomás tardaba mucho en acostarse y apuraba hasta la última brizna de viento para evitar esconderse en el interior de la escombrada barraca. No se lo había dicho a nadie, ni siquiera a su madre, pero cuando oscurecía un muerto le visitaba. Al principio le asustó su presencia, pero aquel muerto insistía e insistía y cada noche volvía. A Tomás no le parecía la mejor de las compañías, pero como aquel ser no faltaba nunca a su cita, no tuvo más remedio que acostumbrarse a su presencia. No era ningún conocido del pueblo. Se vino con él desde el frente de la guerra. Nunca olvidaría la primera vez que se le apareció. Se asustó tanto que, al día siguiente, Tomás amaneció con todo el pelo blanco. Aquel ser no le decía nada sólo lo miraba con seriedad y con el dedo se señalaba la frente donde aparecía un oscuro orificio provocado por una bala. Cuando se hacía de día o venía alguien a hablar con Tomás, el muerto, con la misma discreción que había llegado, se marchaba. Con el tiempo, su presencia continuada y persistente hizo que a Tomás ya no le provocase tanto miedo, sino curiosidad pues, su cara, no le era familiar. Una noche, Tomás, por fin, se decidió a preguntarle si tenía algo que ver con él. La primera vez que lo hizo no obtuvo respuesta alguna. El muerto debía desconfiar de él como para contarle el motivo de sus insistentes visitas. Tomás lo volvió a intentar varias noches. Le costó bastante trabar amistad con el muerto para poder sonsacarle cuál era el motivo de sus apariciones. Poco a poco, la timidez del muerto se tornó en confianza y, al fin, se decidió a explicarle quién era y porqué lo visitaba. A partir de ese momento Tomás ya no volvió a dormir. Agotado por la falta de descanso se desmayó. Mientras estuvo inconsciente a su mente atormentada regresaron los recuerdos de la guerra. Se encontraba en una trinchera y al disparar su arma y pudo ver cómo alguien caía muerto delante de su cara. Su tiro le había atravesado la frente. Sintió tal espanto que fue cuando perdió la consciencia. Cuando abrió los ojos estaba ingresado en el hospital de campaña. Sus compañeros le dijeron que había tenido mucha suerte porque nadie le había visto, sin embargo, unos pájaros se habían posado sobre él y con su canto les había alertado de su presencia. También le contaron que había estado delirando y hablando de muertos, pero que eso era lo normal en una guerra, la cual, según le anunciaron, ya se había dado por terminada. Le dijeron que la habían ganado ellos.
Tomás sólo veía sus caras de alegría, pero no conseguía comprender sus palabras. No podía decirles que todas las noches el muerto de la trinchera se le presentaba y que, sin mediar palabra, le señalaba el agujero de la frente con el dedo. Unos meses más tarde, le dieron el alta. Se alegró de poder regresar a su pueblo, aunque no lo hizo solo, pues el muerto se marchó con él. Tomás decidió que ese sería su secreto y por eso no podía estar en su casa. Sus padres y sus hermanos no lo comprenderían y lo tomarían por un loco si les contaba que un muerto lo seguía. Sólo se sentía seguro en medio de la huerta, junto a la vieja barraca, junto a los pájaros que, en cierta manera, le habían salvado la vida. Las primeras noches resultaron raras, pero, poco a poco, y con la ayuda de los pájaros, consiguió acostumbrarse a la nueva vida, rodeado de los grillos, las aves y con la compañía de aquel muerto que le mostraba el orificio que seccionaba su frente. Disfrutaba del olor de la tierra mojada y de la suavidad al tacto del mijo que crecía a su alrededor. Todo podía haber sido perfecto de no haber sido por la insistencia de aquel muerto que se empeñaba en sentarse junto a él, sobre todo por la noche, cuando encendía una hoguera, o cuando se tumbaba en el interior de la barraca para guarecerse de la serena.
Con el tiempo, se acostumbró a su compañía, pero la soledad le fue pesando y permitió que su hermano más pequeño se acercase hasta su huerta. Algunas noches, éste se quedaba con él. Tomás no lograba conciliar el sueño y su hermano le preguntaba qué era lo que tanto le apesadumbraba, sin embargo, nunca llegó a revelarle la presencia del muerto.
Quizá el tiempo no pasa tan rápido como algunos imaginamos, pero a Tomás le pareció que había transcurrido a tal velocidad que casi no tuvo tiempo de darse cuenta de que todo cambiaba a su alrededor. Sus padres se habían hecho viejos. Tan ensimismado se encontraba que no llegó a abrazarlos antes de que ambos muriesen. No fueron su única pérdida, pues, de sus hermanos, tan sólo le quedaba el pequeño quien le visitaba con regularidad.
Poco a poco se fue acostumbrando a su presencia y hasta comenzó a conversar con él. Respecto al muerto se había acostumbrado ya a su compañía y lo consideraba como un compañero más. Un día se dio cuenta que comenzó a perder el interés por los pájaros. Primero dejó de criarlos y, a continuación, de escucharlos. Un día decidió que era el momento de abandonar la huerta y la barraca para regresar al pueblo. Tomás se mudó a la casa de sus padres. Los primeros días se sintió aliviado con el cambio, sin embargo, pensó que sería imposible convivir entre cuatro paredes con otras personas y con aquel muerto que continuaba visitándole, pero pronto se dio cuenta de que cuando había más gente a su alrededor éste se volvía más opaco. 
La vida del pueblo había cambiado. Tomás comenzó a adaptarse a los nuevos tiempos. Impulsado por su hermano, decidió probar fortuna en los negocios de compra y venta de las cosechas de los otros labradores. Era muy sencillo. Se limitaba a cobrar un porcentaje que, con el tiempo, hizo que se enriqueciese. El negocio funcionó a buen ritmo y mientras sus ganancias aumentaban la presencia del muerto se emborronaba y junto él los recuerdos del pasado que se traslucían.
Por fin, la vida le sonreía. Todo le marchaba bien hasta aquel día. Abrió la puerta de su casa y encontró a una mujer menuda que le saludó con una vocecita melodiosa. Pensó que vendría a pedirle trabajo. No le prestó mucha atención.
-Disculpe, no quiero robarle su tiempo, pero me han informado de que usted estuvo en el frente. Allí fue donde mataron a mi hermano. –Le dijo con aquella vocecita que semejaba ser el canto de unos de los pájaros que antaño tanto había amado.
Tomás se detuvo. Miró a la mujer y, a continuación, negó con la cabeza sin pronunciar ni una palabra.
-No quiero importunarle, pero me dijeron que usted conocía el lugar exacto donde fueron enterrados los que cayeron en ese frente. –Le repitió la mujer. –No quiero nada más que los huesos de mi hermano.
Tomás, el que fue ‘El de los pájaros’, no le contestó. Cerró la puerta y se dirigió a su oficina. Comenzó a notar un dolor fuerte de estómago. Se sirvió un vaso de agua de una jarra que tenía cerca. Bebió el contenido con ansia y cuando lo depositó sobre la mesa, al levantar la vista, volvió a ver a aquel muerto que casi había olvidado. Esta vez era nítido como la primera vez que lo vio y le hacía el mismo gesto de señalar el orificio de su frente. Tomás entonces comprendió que el muerto nunca se iría de su lado por mucho que intentase negar su presencia. La mujer volvió varias veces, pero Tomás siempre la despidió con evasivas. Un día, ella dejó de ir a verle, sin embargo, el muerto, cada noche regresaba sin faltar a sus citas. 
Tomás, ‘El de los pájaros’ se había enriquecido muy rápido, no obstante, el dinero ganado no parecía satisfacerle. Se compró una casa nueva. La decoró con los muebles más caros e, incluso, viajó fuera de su pueblo para intentar, con el cambio de aires, deshacerse del muerto, pero todo fue inútil. Allá donde él iba el muerto le acompañaba y cada día lo hacía con más intensidad, con más brillo como si quisiera demostrarle que él no lo olvidaba.
Tomás se jubiló. Traspasó su negocio a sus sobrinos y se retiró a su gran casa en busca de la paz, esa que no había tenido ni con el dinero. Una noche de esas en las que le resultaba imposible dormir encendió la televisión. En ninguna cadena pasaban ningún programa bueno, aunque se detuvo en uno de los canales porque reconoció las imágenes. Él había estado allí. A pesar de los años pasados ese era el mismo olivar donde se había escondido tras una trinchera cavada por su batallón.
Se hablaba de unos huesos recuperados en las fosas, de pruebas de ADN que los familiares se habían practicado, para lograr identificarlos. De pronto se sorprendió al ver que, entre los entrevistados, se encontraba aquella mujer menuda, con voz de pájaro, que tanto le había visitado los meses pasados.
-A pesar de que los testigos directos nunca nos han querido revelar el lugar exacto donde se encontraban los cuerpos, con todo, nosotros lo hemos logrado. Por fin mi hermano tendrá un reposo digno. –Remarcó con voz temblorosa aquella frágil mujer.
Tomás apagó la televisión. Miró por toda la habitación buscando al muerto, pero éste ya no estaba. Ya nunca más volvería a verlo.
En el pueblo, a los más mayores, no les extrañó, en absoluto, y más de uno dijo que esperaban que lo hubiese hecho mucho antes. Los policías locales afirmaron que, al descolgarlo de aquel olivo, junto a la acequia, los pájaros no habían cesado de trinar. Tomás, conocido como ‘El de los pájaros’, fue enterrado en la tumba familiar.


6 comentarios:

  1. Uf Francisca, como siempre me tienes super enganchada desde el principio. Qué historia más compleja y más bien contada. Me has puesto los pelos de punta. Me ha encantado.
    Muchos besos :D

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    1. Muchas gracias Margarita por tu comentario, ni te imaginas lo que te agradezco que leas y comentes mis relatos.
      Un abrazo y hasta el próximo.

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  2. Gràcies, Paqui, per este relat tan interessant, elaborat i intrigant. M'ha impactat i m'ha engantxat de principi a fi. Què bé escrius, a més a més fas que el temps passe volant.
    Besets,

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    1. Susi
      volía fer referencia a tots aquells que han desaparegut com tragats per l'oblit. M'agrada que t'agraden els meus relats. Moltes gràcies per llegir-los i comentar-los. Besets amiga.

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  3. que tierno y enternecedor! a que tu hablas con buhas???? y las buhas te leen y aplauden tus escritos maravillosos, todo se puede en el mundo de las letras, gracias!! abrazosbuhos

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    1. Gracias amigas Buhitas
      Sus comentarios me animan y su interés por mis relatos me conmueve. Son ustedes maravillosas. Deberían llamarse Buhitas maravillosas. Un abrazo.

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