sábado, 10 de marzo de 2018

¡CHUTA!



-¡Chuta, Paquito! ¡Chuta!
Y no me lo pensé ni dos veces. Concentré toda la fuerza en mi pie y di una fuerte patada al balón hecho de trapos. El deforme esférico se elevó y dibujó una elipse sobre la cabeza de Pepito. Manolito se movía inquieto entre las dos esquinas del callejón para parar el balón. Brincó todo lo alto que pudo. Pasó por encima de su cabeza y continuó su trayectoria directo hacia la gorra del municipal del barrio que apareció montado en su bicicleta.
¡Pies, para qué os quiero! Grité. Pepito salió corriendo en dirección contraria a la mía. Manolito no tuvo oportunidad de escapar. Se quedó clavado entre las dos esquinas que simulaban ser la portería. El municipal lo sujetó por el cuello de la camiseta. Manolito se orinó encima.
-Tú, no te escaparás, gamberrete.
Manolito lo acompañó a nuestro refugio.
-Sois unos sinvergüenzas. –El municipal no cesaba de repetírnoslo de camino al cuartelillo. –Creéis que no me doy cuenta de que os burláis de mí. De ésta no os libráis. Tendrán que venir vuestras madres a sacaros de este lío.
Ninguno de los tres decíamos nada. Por mi cabeza pasaban las imágenes de Pepito aguantando la zurra que le daría su madre con la zapatilla y luego pensé en la mía que haría lo mismo conmigo por ser yo el promotor del juego, pero la madre de Manolito, esa no sé cómo reaccionaría.
-Os voy a encerrar en el calabozo con los ladrones y las ratas. –Seguía gritándonos el municipal. –Sentaos en ese banco que voy a haceros la ficha.
A mí no me importaba que me encerrase. Los ladrones eran gente del barrio que robaba porque no tenía nada que comer y las ratas no me causaban miedo. Esos animales salían de las alcantarillas obligados también por el hambre. No se lo había dicho a nadie, pero lo que realmente me aterrorizaba era la oscuridad. Nunca había estado en un calabozo oscuro y húmedo. Cuando mi madre pretendía asustarme me lo había descrito como si fuese un agujero tan profundo que me podía tragar y que nunca más saldría de él. Me lo había imaginado tal y como ella me lo había contado. Me lo había creído, por eso, en más de una ocasión, lo había soñado. Se me aparecía en medio de la claridad del día como un lugar húmedo, oscuro, con las paredes que al tocarlas contagiaban el frío a los huesos. Yo no quería estar en un sitio así y estaba seguro de que mi madre no sería tan dura conmigo como para consentir que me encerrase allí aquel municipal despistado.
Los tres estábamos callados. Pepito miraba la puerta de salida y me hacía señas para que nos escapáramos en un descuido. Lo habríamos podido hacer los dos, pero no nos iríamos sin Manolito. Éste tenía la cabeza gacha. Estaba avergonzado por haberse mojado los pantalones. Era muy tímido. No lo dejaríamos solo allí, en el cuartelillo. Nos quedamos los tres esperando a nuestras madres. Sefa, la madre de Pepito, venía con los manguitos subidos hasta el codo y con las mejillas encarnadas como si regresase del muelle donde adquiría el pescado que luego revendía por las calles de la ciudad. Mi madre, Francisqueta, vestida de luto porque se había muerto un tío nuestro, llevaba los brazos en jarras, la cabeza erguida y el gesto enfadado. Nel.la, la madre de Manolito, andaba con la cabeza agachada. Tuve la impresión de que la arrastraban entre las dos.
-¿No te da vergüenza meterte con los niños? –Fue mi madre la primera que habló. –Continuó reprochándole. –Busca otra ocupación y deja a nuestros hijos tranquilos que jueguen. No hacen daño a nadie.
Yo no entendía nada y Pepito tampoco. Las dos regañaban con dureza al municipal que nos había detenido. La madre de Manolito era la única que permanecía callada. No levantaba la cabeza. La miré fijamente. La sangre goteaba por uno de los lados de su cara. Las gotitas estaban haciendo un charquito en el suelo.
-Deja en paz a los chavales y defiéndenos a nosotras. Mira como le ha puesto la cara su marido. –Continuó mi madre.
Y fue entonces cuando Nel.la levantó la cara y pudimos ver la ceja abierta por la que brotaba la caudalosa roja y brillante sangre.
En ese instante lo comprendí todo. Ellas no habían venido a rescatarnos, sino a denunciar el maltrato sobre la madre de Manolito.
-Si su marido le ha pegado es porque se lo merecía. –Gritó el torpe municipal que comenzaba a sentirse aturdido por los gritos que le propinaban la madre de Pepito y la mía. –Iros de aquí las tres si no queréis que llame al sargento y que os encierre también.
Con el paso de los años, ya no recuerdo muy bien el detalle de si fue mi madre la que me cogió de la mano o fue el propio municipal el que nos empujó para que saliésemos de allí y evitar más discusiones.
Al salir, mi madre, abrazó a Nel.la y le susurró algo al oído. Manolito se cogió a la falda de su madre que se presionaba la ceja abierta con un pañuelo. Sefa, la madre de Pepito, nos llevaba cogidos de la mano a nosotros.
Ese recuerdo infantil me ha perseguido toda la vida. El paso del tiempo es traicionero y en mi memoria sólo está la imagen de la madre de Pepito y la mía que se desvivían por atender a la de Manolito. Nosotros estábamos pasmados viéndolas cómo le curaban la cara y como le lavaban la herida para que no se le infectase.
-¿Pero no recuerda más detalles? –Le insistí, a Paco, que había dejado de cortar la hierba del césped de su jardín para narrarme aquella triste historia.
-Recuerdo que, al día siguiente en el colegio, ya todos sabían que nos había detenido el municipal por jugar en la calle con el balón de trapo. A Pepito y a mí, los otros chicos, con cierta morbosidad, nos preguntaban cómo era el cuartelillo por dentro. También recuerdo que, el despertar tanto interés entre ellos, nos hizo sentirnos importantes, pero eso se nos pasó cuando vimos llegar a Manolito. Venía cabizbajo y serio. Nos acercamos hasta él, pero no nos dijo nada. Cuando levantó la cara comprendimos su seriedad. En su mejilla destacaban unos cardenales recientes.
Don Daniel, nuestro maestro, esperó a que los otros chicos saliesen al patio y nos llamó a parte a los tres.  Quería saber qué nos había ocurrido el día anterior, pero sobre todo quería saber qué le pasaba a Manolito.
Por mucho que le preguntó éste no dijo nada. No pronunció ni una palabra que explicase su seriedad y, sobre todo, las heridas de su rostro.
Cuando regresé a casa, no había nadie. Salí a la calle y en seguida me enteré de que a la madre de Manolito se la habían llevado al hospital. Su padre le había golpeado en la cara y las costillas de tal forma que todos pensaban que la había matado. Mi madre y Sefa, la madre de Pepito, fueron las que lograron convencer al municipal para que la llevasen al hospital, porque, de haber sido por él, se habría quedado tendida en el suelo donde la dejó el padre de Manolito tras tal brutal paliza.
-¡Qué horror! –Dije sin poder evitar imaginarme el sufrimiento de aquella pobre mujer inconsciente tras el maltrato propinado por aquel hombre vil y desalmado.
-Ni un día la dejaron sola Sefa y Francisqueta. –Continuó el relato Paco, que mostraba un cierto tono de orgullo al recordar a su madre en aquella ocasión. –Cuando Nel.la pudo moverse lo primero que hizo fue buscar a su hijo.
-Ha jurado que a la próxima me mata. –Decía asustada. –Y ese lo hará.
-No mientras nosotras lo podamos evitar. –le dijo, decidida, mi madre.
-No sé muy bien cómo lograron sacarla del hospital sin que ese energúmeno se enterara –Me siguió contando Paco. –Lo cierto es que Manolito y su madre salieron del poblado marítimo a hurtadillas y casi como si fuesen unos delincuentes. No volvimos a verles.
-¿Y el bestia ese? –Dije con ira ante la impunidad que me imaginaba con la que se movería después de esa cruel paliza.
Paco me miró sonriente y me dijo:
-No vivió muchos años. Las continuas borracheras y la dejadez le pasaron pronta factura.
-Me alegro. –Dije, aunque, al mismo tiempo, me sorprendí a mí misma por el tono que había usado. –Es una lástima que no haya sabido nada más de lo que fue de Manolito y de Nel.la, su madre. –Le señalé a Paco que me miraba contento por haber despertado mi interés en su relato.
-Te equivocas. –Me respondió. –La semana pasada, después de tantos años, encontré a Manolito. Bueno, en realidad, fue él que me reconoció. –Carraspeó y prosiguió su relato. –Ya sabes que me gusta mucho el fútbol. Los sábados, por la tarde, voy a ver cómo juegan los niños de los colegios en los campos que hay en el río. Es casi más divertido ver a los padres que se desgalillan ordenando a sus hijos que sean los mejores. Algunos se comportan como auténticos necios cuando les gritan. A veces suspenden los partidos por ellos. Hay un entrenador que no parece prestarles mucha atención a esos padres exigentes y sólo, se dedica a animar a sus futbolistas alevines y lo hace con un:
¡Chuta fuerte que tú sabes!
Esa forma cariñosa de gritarles me hizo decir aquel: ¡Chuta, Paquito, chuta! Fue en ese instante cuando me reconoció. El entrenador era Manolito, mi amigo de la infancia. Habían pasado más de treinta años, pero, cuando le miré a la cara, vi la misma expresión triste de mi amigo el que se orinó en los pantalones cuando lo atrapó el municipal.
-Será mucha intromisión, por mi parte, si le pido que me siga contando cómo fue ese reencuentro. –Dije muerta de curiosidad.
-No, claro que no. Fue gracias a mi madre y a la de Pepito, su madre pudo huir. Entró de criada en una casa donde tan sólo le pagaban, por su trabajo de interna, la comida y la habitación donde dormían los dos. Fue así como consiguieron librarse de aquel monstruo que decía ser su padre. Durante años, Manolito ayudó a su madre en todo lo que pudo y los dos, con mucho esfuerzo, lograron alquilar un piso para salir de esa situación de precariedad. Según me contó, trabajaba durante todo el día y estudiaba por las noches. Su madre debió de fallecer mucho antes que la mía. Fue en ese instante cuando comenzó a sentirse verdaderamente solo, por eso, decidió casarse y formar una familia. Se sentía feliz, a pesar de que no había tenido hijos. Lo de ser entrenador, me explicó, le surgió casi de carambola y era como si cada niño fuese un hijo suyo.
Me despedí de Paco. No quise seguir presionándole más. Tuve la sensación de que estaba inventando un final feliz a aquella amarga historia. De regreso a casa, en mi cabeza no dejaba de dar vueltas la imagen de aquella madre y aquel niño asustados y violentados. Me parecía un final muy feliz y justo, aunque sólo fuese una invención de mi vecino.
Nunca miro a los niños y niñas que juegan en los campos de fútbol del río, sin embargo, este sábado, al cruzar por el Pont de Fusta, los he visto y me he detenido. Sólo ha sido un momento, pero el suficiente como para poder identificar a Paco que charlaba con el que parecía ser el entrenador de los muchachos. Agudicé la mirada. Ambos hablaban animadamente. Comencé a creer que la historia final, que me había contado Paco, era cierta. Faltaba poco para que terminase el partido. Me esperé. Los niños se acercaron al entrenador. Según indicaba el marcador, habían perdido por una gran diferencia de goles, pero, el supuesto Manolito, les abrió los brazos y les gritó:
-No pasa nada. Habrá otros partidos.
Los niños, acompañados por sus padres, no parecían sentirse muy consolados con aquellas palabras animosas, pero, entonces, Paco, mi vecino, les gritó: 
-¡Chuta! Paquito, ¡Chuta! 
Y lo hizo con tal gracia que todos estallaron en una alegre risa.


  





4 comentarios:

  1. Me ha encantado tu texto y me he sentido ahí, junto a esos niños en el calabozo, junto a sus madres... me ha recordado también cuando ahora en un partido, los padres, se ensarzan en una pelea.
    Muchos besos amiga. Magnífico :D

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    1. Hola Margarita,
      Me alegra saber que te has puesto a jugar al balón con Pepito, Paquito y Manolito. Ellos han sido mi pequeña excusa para denunciar el maltrato a las mujeres. Muchas gracias por tu cariñoso comentario. Un abrazo.

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  2. que bonito! que lindo final! de verdad los padres parecen bestias desaforados en los partidos, mis hijos han ido a taekondo y escuchamos horrorizados a "padres" gritarles "matalo o cosas similares, horrible!! tambien el maltrato a las mujeres quedo graficado muy bien, gracias por la transparencia del relato y todo lo que mueves, abrazotesbuhos!

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    1. Queridas amigas,
      necesitaba contar algo sobre la violencia. Puse un toque de humor y di un final bonito. Celebro que le haya gustado. Muchas gracias por sus comentarios y por compartir mis relatos. Un abrazo.

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