miércoles, 30 de abril de 2014

EL PRIMERO DE MAYO



"JUAN JOSÉ: Hay pocas obras en tarea, las precisas, y sobra gente; las otras descansan; y si te acercas a los contratistas, a los dueños, te responden: "Más adelante, cuando entre el buen tiempo, cuando alarguen los días. Espera." (Con desesperación)

¡Espera!... ¡Cómo si el estómago pudiese esperar! ¡Cómo si se le pudiese decir al hambre: "Aguarda, no nos muerdas hasta dentro de un par de meses"; y al frío: " No nos entumezcas las manos, no nos agarrotes el cuerpo, ten paciencia hasta que podamos comprar una manta." ¡Espera! ¡Espera a que alarguen los días! ¡Espera!... ¡Espera!... (Con desesperación.)

(Acto II: Escena IX)

Drama social de Joaquín Dicenta: Juan José (estrenada el 25 de octubre de 1895)

Siempre que se acercan estas fechas próximas al 1 de Mayo comento este fragmento de la obra de Dicenta. Es un drama social que hace tiempo que dejó de representarse en los escenarios, por tal motivo, sólo nos queda su lectura. Nunca pierde la frescura de la realidad. En cualquier momento del día a día tiene lugar, sin necesidad de unos actores profesionales. En la televisión, al escuchar la radio, al leer la prensa, en todas partes tendrás noticias de un obrero que lo ha perdido todo, el trabajo, la casa, la familia y hasta la honra. Incluida esa palabra abstracta que casi había desaparecido de nuestro vocabulario normal.
Esta obra de teatro de Dicenta forma parte del imaginario en mi familia. Mi abuela materna no sabía escribir y, con ciertas dificultades alcanzaba a leer las letras mayúsculas de imprenta, sin embargo, dentro de su mentalidad de clase, sí sabía que un obrero, sin sustento y sin casa no es nadie. Mi abuelo materno era albañil y él fue el que nos introdujo en el sentir familiar la moraleja de esta obra dicentiana y desgarradora de la realidad del obrero. Mis abuelos fueron producto del momento que les tocó vivir, es decir, el final de un siglo turbulento y el inicio del siglo XX. Ambos formaban parte de la clase obrera que trabajaba para poder mantener la existencia de los miembros de su familia. Ambos sufrieron los rigores de la escasez y la necesidad impuesta por las clases opulentas. Con gran esfuerzo, consiguieron una casa, el gran logro de los obreros. Tener un techo que les permitiese vivir en paz, aunque siempre fue ésta escasa y temida de ser perdida.
Mis padres vivieron otros tiempos marcados por una guerra en su niñez y una cruel postguerra en su pubertad. Ellos sí que pudieron ir a la escuela. Aprendieron a leer, aprendieron a contar y aprendieron un poco de geografía. Todo lo que se puede aprender hasta la edad de los nueve años cuando se tenía que abandonar la escuela para ir a trabajar.
A pesar de que la misma oligarquía continuaba heredando los cargos y los poderes, se había permitido mejorar un poco, a la clase obrera, sus condiciones de vida. Lo justo y suficiente para que pudiesen seguir agradeciendo el trabajo dentro del sistema caciquil que se mantenía desde siempre.
Mi padre siempre añoró conseguir una buena educación. Mi madre deseó una forma de vida mejor para sus hijos.
‘La base de todo es una buena educación’, decía mi padre. ‘Es la única manera de que no te puedan manipular’. Me repetía. ‘Estudia y sabrás contestarle a quien te quiera engañar por tu ignorancia.’
Con la distancia del tiempo, comprendo ese sentimiento de desconfianza arraigada en el carácter de los obreros que dependen de la opulencia de los poderosos.
Han pasado más de dos décadas del siglo XXI y como una auténtica noria de agua perpetua se repiten los hechos. Una falsa crisis ha llevado a la desesperación de los obreros que no tienen trabajo, el círculo se vuelve vicioso, se pierden las casas y terminan por desintegrarse las familias. Se repiten las escenas de violencia basadas, en su mayoría, en la escasez de lo más básico. Cada uno se ve empujado a su rincón y pende de un poderoso, casi invisible, que, desde la prudencial distancia que concede el dinero, mantiene a raya a los subordinados.
Hoy, hablando con un joven que procede de otro continente me decía: ‘sus manifestaciones de protesta son como un juego de niños. Yo diría que carecen de sentido’
He querido defenderme de la evidencia y le he apostillado que llevamos varias décadas de dejadez educacional. La falta de práctica provoca que la gente no reaccione. ¿Es posible el cambio? Quiero pensar que sí frente al derrotismo de la inmovilidad.

“ANDRÉS: ¿A qué esperas?... ¡Escápate!... ¡Huye!...

JUAN JOSÉ: ¡Huir!... ¿Y pa qué voy a huir?... ¿Qué libro con huir?... ¡La vida! ¡Mi vida era esto (Por Rosa), y lo he matao!”

FIN DEL DRAMA

2 comentarios:

  1. Comparto la opinión general vertida en el texto excepto la última parte. Las manifestaciones han de ser pacíficas. La violencia engendra violencia pero no podemos seguir manifestándonos y que nada ocurra ni nada cale ante estos gobiernos (central y autonómicos) del PP insensibles a la realidad. Cada vez que habla el presidente del gobierno, Rajoy, si es que habla, nos toma a la ciudadanía por chusma, sin sentido de la realidad ni el deber. Es decir, repite los que dijo Juan José esperar tiempos de bonanza para poder vivir, para poder comer. Ahora bien, lo que tampoco entiendo es como esos mismos obreros, ciudadanos, pueden seguir votando a esos mismos políticos que les quitan las oportunidades, las posibilidades. Nunca lo he entendido y nunca lo entenderé. Por todo ello no puedo más que, salvando las distancias temporales y políticas, recordar los versos de Quevedo: "Miré los muros de la patria mía,
    si un tiempo fuertes ya desmoronados..."

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  2. No era mi intención pedir la violencia en las manifestaciones. El drama de Dicenta termina con le simbólico asesinato de lo deseado. Quizá, desde nuestro inmovilismo, estemos dejando que nos hundan hasta final de la pérdida de nuestra identidad de clase. No soy partidaria de llevar las cosas al límite pero tampoco quiero que nos hagan retroceder lo que tanto ha costado levantar. Gracias por tu lectura y comentario.

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