sábado, 27 de mayo de 2017

14 PROMESAS CUMPLIDAS

14 PROMESAS CUMPLIDAS

“Cómo pudiste dudar de mis sentimientos hacia ti, mi querido Edelmiro.”
Esta frase resonaba en su cabeza una y otra vez. Era cierto. ¿Cómo se le había podido cruzar por la cabeza que su amada Natasha pudiese ser cruel con él? No podía dudar de su cariño. Ella era incapaz de mentirle y herirle en sus sentimientos.
El pensativo Edelmiro paseaba por la acera describiendo círculos sin mirar a su alrededor. No era consciente de que desde la oscuridad de una de las esquinas de la plaza le observaban, por eso, cuando escuchó su nombre, casi susurrado a su oído, dio un respingo asustado por la inesperada aparición.
-Andreu… ¿De dónde sales tú? Casi haces que me muera del susto.
El niño no respondió sólo le miró con cara compungida.
-¿Dónde está Batiste? ¿Y Librada?
Al pronunciar sus nombres ambos emergieron de la oscuridad como espíritus invocados. Aquella fantasmagórica aparición de los tres niños con expresiones serias en sus semblantes le preocupó.
-Pero bueno ¿dónde habéis estado todo este tiempo? Desaparecisteis como almas en pena y esta vez sí que no hubo forma de encontraros.
-Creíamos que… -Fue Batiste el que se atrevió a hablar por los tres. –Pensábamos que como la compañía ya no existía el trabajo se nos había terminado y sólo éramos un estorbo para todos.
-¿Estorbo? ¿Estorbo? ¿Pero a ti quién te ha dicho semejante estupidez? ¡Estorbo! ¡Estorbo! –Repitió Edelmiro con tono enfadado. –Ven aquí, pequeñajo –Ordenó a Batiste que aunque titubeó obedeció y se acercó hasta él. Cerró los ojos como si esperase que le golpease.
- Batiste, mírame –Recriminó Bartha al asustado niño.
-¿No te busqué por toda la ciudad cuando desapareciste? –El niño asintió.
-¿Acaso no te he tratado como si fueses mi propio hijo? –Y el niño volvió a asentir.
-¿Te he hecho daño alguna vez? –Y Batiste movió la cabeza negando tal cosa.
Bartha le tendió la mano y luego tendió la otra hacia Andreu y Librada.
-Prometedme que nunca os alejaréis de mí. La Compañía, dirigida por Enrique Darqués, no se ha desintegrado sólo está en un momento crítico por el accidente que sufrió el director, pero continuaremos unidos y se estrenará el espectáculo que estábamos preparando. No conocéis a Darqués lo suficiente como para saber que cuando se empeña en llevar a cabo algo no hay quien lo pare.
Mientras decía estas palabras parecía como si estuviese diciéndoselo a un público imaginario o a un grupo de periodistas que le preguntasen por el futuro de la agrupación teatral.
-Pero si ya no existe la Compañía. –Le replicó Andreu. –El director no puede actuar y todos se han ido a otros teatros.
Bartha los miró de hito en hito y con una amplia sonrisa exclamó:
-¿Es por eso? ¡Pero qué tontos! ¡Pero qué tontos!… -Y soltó una carcajada que enfureció más a Andreu.
-¡Tontos! ¿Nos llamas tontos? Nosotros no somos adivinos. No tenemos poderes.
La franqueza con la que la que se expresó el niño todavía aumentó más la risa de Bartha que, con las manos tendidas y sin parar de reír por la ocurrencia del muchacho, los rodeó con sus brazos como señal de protección.
-Cuando alguien entra en la Compañía forma parte de ella hasta que se marcha por su propia voluntad y nunca porque los integrantes lo abandonen o se olviden de él. Vamos, seguro que todos estos días casi no habéis ni comido y estáis hambrientos ¿verdad?
Batiste, que siempre sentía vacío el estómago, se alegró al oír aquella invitación, pero fue Andreu el que se adelantó para rechazarla.
-No podemos irnos de aquí porque estamos esperando a mi hermano Salvador.
Bartha dejó de reír y mirándole con semblante serio le preguntó:
-¿Tu hermano?
Fue entonces cuando Andreu le explicó, con todo lujo de detalles, cómo había sido el reencuentro y les había cuidado, a Batiste y a él, dándoles de comer en el sindicato de los albañiles. Al dar este último detalle sobre su hermano mayor, Bartha cambió de expresión.
-Creo que le conozco.
-Por supuesto que nos conocemos, Edelmiro.
Salvador Masobrer, al igual que los niños, había surgido de las sombras del callejón como si fuese un espíritu errante que hubiese aparecido al ser invocado.
Bartha le tendió la mano, pero Salvador no se la dio sino que lo abrazó y, a continuación, con la mano abierta, le hizo un gesto que Bartha le contestó. Al instante y como si de dos viejos amigos se tratase, hablaron sobre la situación de la ciudad, de las huelgas que la paralizaban y los atentados que tantos desastres habían provocado. Salvador comentó que el final de la huelga de la Hidroeléctrica estaba resultando muy traumático y que las explosiones de las bombas sólo beneficiaban a la dirección de la empresa que echaba la culpa a los elementos violentos de los huelguistas. Se sospechaba que podrían haber sido preparadas por grupos que sólo pretendían imponer el miedo con la violencia y el horror de la muerte.
Los tres niños permanecían callados y sorprendidos ante la amigable charla de los dos hombres que se comportaban como si se hubiesen conocido desde siempre.
-Andreu me ha contado que les has ayudado cuando estaban hambrientos y que les distes un techo junto a la Compañía de Enrique en el teatro Ruzafa.
¿Desde cuándo Salvador sabía todo eso? Pensó Andreu que no recordaba habérselo contado.
-Los niños no deben ser abandonados a su suerte porque ellos son nuestro futuro. –Le contestó Bartha.
-Te lo agradezco mucho, camarada. Andreu hasta ahora no ha tenido mucha suerte que digamos. Mi padre murió cuando éramos muy pequeños y mi madre ha hecho lo que ha podido para sacar a la familia de la pobreza. Yo ya era mayorcito cuando esto ocurrió, pero Andreu apenas andaba y la maldita miseria obligó a madre a tener que llevarle a la Inclusa para que no se muriese de hambre.
Andreu al oír esto enfureció y gritó:
-No fue la miseria la que me abandonó, sino madre la que pensó que así tendría menos obligaciones si me alejaba de su vida.
Aquel arranque de rabia, odio y rencor que guardaba en su corazón terminó al instante y, a continuación, se sumió en un silencio que semejó ser más duro que sus palabras.
-Son tiempos muy complicados para todos, Andreu. –Le dijo Bartha con tono paternal. –A mí también me dejó mi madre en un orfanato, pero no por eso la odié ni busqué vengarme de ella. Esto no sirve de nada. Intenté aprender a defenderme en la vida y me agarré a lo que pude y tuve en ese instante. Quizá deberías haberte quedado en la Inclusa a aprender a leer y a escribir para poder tener más oportunidades en la vida.
-Yo sé leer y también sé escribir mi nombre –Gritó el niño triunfante.
El llanto de Batiste interrumpió los reproches de Andreu. Librada se acercó a él y lo abrazó. Sacó un pañuelito de uno de sus minúsculos bolsillos de su vestido y se lo ofreció para que se secase las lágrimas.
-Andreu, no te quejes porque tú tienes una madre y un hermano que yo no sé de dónde vengo y sólo he conocido el palo y el hambre como compañeras hasta ahora, pero…
No pudo proseguir porque en ese instante se escuchó como llegaba un gran gentío dirigiéndose hacia ellos.
-Son los obreros que vienen al mitin. –Dijo Salvador con satisfacción. –Venid seréis testigos de cómo acaba la huelga y se inicia una nueva etapa en esta ciudad.
Bartha nos agrupó a su alrededor.
-Vamos tras ellos, pero prometedme que no os volveréis a separar de mí.
Los cinco se agregaron al río de hombres y mujeres en dirección hacia el teatro Moulin-Rouge situado en la calle Matías Perelló y que hacía esquina con la Calle Cádiz en el barrio Ruzafa. Aquel local llevaba ya tres años funcionando y, aunque se decía que estaba pensado sólo para ser cine, sus instalaciones no eran lo suficientemente buenas como para sustentarse con los pases de películas y resultaba caro programar sólo proyecciones sonoras por eso los propietarios lo habilitaron también como teatro y las compañías de aficionados representaban sainetes y diálogos humorísticos que atraían a un público muy concreto, en especial a labradores de las poblaciones tanto del norte como del sur de la ciudad, a los que les buscaba divertirse y olvidarse por unas horas de todos sus problemas con aquellas funciones cómicas. Con frecuencia, ese teatro se usaba como local de mítines, puesto que su aforo, de casi mil butacas todas ellas en un patio y el pequeño escenario visible desde cualquier ángulo, lo convertía en el idóneo para arropar a los oradores ocasionales.
Cuando entraron en el local ya no había ningún asiento libre así que guiados por Salvador se dirigieron hacia uno de los laterales junto al escenario. En la primera fila se encontraba sentado Venancio Raspell que al verles les hizo unas señas para que se acercasen hasta él. Salvador indicó a los niños que se aproximasen hasta su amigo y éstos le obedecieron sentándose en el suelo junto al peón albañil que ahora trabajaba como ayudante del ventrílocuo Francisco Sanz. Andreu, muy atento a todo lo que ocurría a su alrededor, de vez en cuando dirigía su mirada a su hermano y a Bartha pues no quería perderlos de vista y ambos se colocaron junto al escenario.
El local fue llenándose hasta que ya no cabía nadie más por los pasillos de pie ni sentados en el suelo. Fuera, en la calle, quedaba más gente que la que había podido entrar. La policía impidió el acceso a más obreros y, a pesar de las protestas que hubo, no se produjo ningún disturbio.
Comenzó el acto con un orador bajito y regordete que dijo ser el representante de un sector de los estibadores. A pesar de que dijo que solía hablar en todos los mítines tartamudeaba y decía frases sin sentido por lo que, al momento, se comenzó a oír un murmullo desaprobatorio por toda la sala y aquello aún acentuó más su nerviosismo. Extrajo de su chaqueta un papel que leyó, pero el descontento de los asistentes se hizo notar con patadas que ensordecían sus palabras. El hombre bajito terminó antes de lo que pensaba y nadie le prestó ninguna atención cuando se bajó del escenario.
El siguiente en hablar fue Salvador Masobrer. Vestía la típica blusa de los albañiles y esto causó un poco de recelo entre los asistentes que pensaron que sería tan mal declamador como el anterior, pero cuál fue su sorpresa cuando, después de saludar al auditorio y presentarse ante ellos, elevó el tono de voz y captó la atención de todos los asistentes al instante:
-Compañeros, algunos me conoceréis porque soy representante sindical de la Confederación Nacional de Trabajadores del sector de albañilería, aunque la situación es muy delicada para todos, hoy nos hemos reunido aquí para hablar de la cuestión que afrontamos todos los sectores que permanecemos en huelga y, en especial, la que afecta a los trabajadores de la Hidroeléctrica.
-Tú no eres de nos nuestros. –Le gritó un trabajador desde una de las filas. Se oyeron unos murmullos junto con algunos comentarios jocosos sobre el enfrentamiento entre los huelguistas.
-Claro que soy de los vuestros o es que no nos ganamos todos, el jornal, con el sudor de nuestra frente.
En la sala se hizo el silencio. Salvador continuó su discurso.
-Llevamos casi dos meses de huelga y todos hemos padecido mucho y en especial nuestras familias.
-Pero el sufrimiento de nuestros hijos vale la pena porque así doblegaremos a este gobierno de derechas. –Le replicó el mismo que antes lo había increpado.
-¿Crees tú que vale la pena ver cómo pasan hambre tus hijos? ¿Crees que toda esa angustia debe alargarse más?
Todos callaron esperando la réplica del que le había gritado, pero éste aguardó a que Salvador terminase su argumentación.
-Los que me conocéis sabéis que intento ser un hombre justo y que no me ando con contemplaciones cuando creo que algo es verdaderamente necesario llevarlo a cabo, pero ahora os digo que ha llegado el momento para regresar al trabajo.
-¿Y nuestras reivindicaciones? –Le atajó otro de los obreros que estaban en la sala.
-Han sido escuchadas. El ministro de Trabajo, el señor José Estadella, ha promulgado un decreto en el que asegura que los trabajadores eventuales quedarán contratados por tres años y tendrán derecho a indemnización si son despedidos. –Se produjo un gran murmullo que se acalló cuando Salvador retomó la palabra.
-En dicho decreto también se concede un aumento de una peseta en el sueldo de los obreros mayores de 18 años cuyo jornal base no llegue a las 7, 47 pts.
-Pero si yo sólo cobro la mitad de lo que has dicho –gritó un joven con boina que estaba sentado en el suelo.
-Pues la empresa debe pagarte el resto hasta llegar a esa cantidad. –Le contestó Salvador Masobrer mostrándole un papel que extrajo del bolsillo del pantalón. –Aquí tenéis el Decreto publicado y explicado.
-¿Quién no nos dice que tú nos quieres engañarnos también? "Sabelotodo"
Y todos volvieron la cabeza hacia un de los laterales donde se encontraba un hombre muy delgado vestido con una levita y un cuello de camisa almidonado que todavía realzaba más su largo cuello. De su cara sólo destacaba un fino bigote recortado que estilizaba sus facciones angulosas. Tomó la palabra.
-Al poder nos opondremos nosotros con nuestra austeridad y si ésta no basta llegaremos hasta las armas para contestar a los atropellos del gobierno que pretende aplastarnos y exterminarnos.
A partir de ese instante los asistentes alzaron la voz y no hubo forma de que ni el panfletista trajeado ni Salvador pudiese retomar la palabra. Todos querían preguntar, todos querían saber qué iba a ser de ellos. Aquella asamblea semejaba que iba a terminar en un caos cuando, en ese instante y de forma misteriosa se apareció, entre ellos, un caballero vestido con frac y con chistera. Un resplandor acompañó su presencia lo que provocó que todos callasen y se quedasen expectantes ante lo que pudiese decir:
-Damas y caballeros, me he visto obligado a intervenir para evitar un mal mayor. Procederé a presentarme, aunque algunos de ustedes ya me conocen, incluso algunos pretenden decir de mí que soy El hombre que vendió su alma al diablo –Se escuchó un respingo entre los asistentes. La palabra diablo siempre infundía miedo y asombro. –Mi nombre es Doctor Aladín y soy el verdadero hipnotizador. Tengo poderes extrasensoriales y mis radiaciones mentales son capaces de captar cuándo es necesaria mi presencia y es ahora el momento adecuado.
Tanto Salvador como el joven de la levita se habían bajado del escenario, pero cada uno en direcciones opuestas. Venancio Raspell hizo una seña a Masobrer para que se sentase con él y los niños y, a su vez, Bartha haciendo un gran esfuerzo por llegar hasta ellos, también se había colocado junto a ellos y gesticulaba, en dirección a Salvador, para indicarle que se acercase, sin embargo, no pudo acudir porque el estrambótico caballero, que afirmaba ser un hipnotizador, lo retuvo con su potente voz:
-Salvador Masobrer regresa al escenario porque eres el único capacitado para contar la verdad. Este enlevitado es un farsante que sólo viene a enmarañar la asamblea.
-Y quién eres tú para juzgarme a mí. –Le gritó éste mientras se abría paso, casi a golpes, hacia una de las puertas laterales.
Aladín extendió la mano al tiempo que gritaba:
-¡Detenedlo! ¡No le permitáis salir! Es un impostor.
Los guardias que estaban a la entrada lo retuvieron y forcejearon con él cuando el joven delgado empuñó una pistola con intención de dispararla contra sus captores, pero el propio Salvador se abalanzó sobre él y con gran seguridad se la quitó antes de que éste pudiese dispararla.
A pesar del barullo nadie se movió de sus sitios. Los guardias se llevaron detenido al provocador que no dejaba de gritar que todos eran unos impostores y que él era el único verdadero obrero, pero de la inteligencia.
Después de aquel suceso todo pareció volver a la calma y fue cuando el Dr. Aladín se despidió de todos y dijo que se marchaba porque le esperaban en el teatro donde debía actuar. Casi tan misteriosamente como había aparecido se escabulló por entre los asistentes y desapareció envuelto en una nube de humo.
La asamblea terminó con el acuerdo de que los trabajadores de la Hidroeléctrica y los estibadores del puerto de Valencia volverían al trabajo dando por finalizada la larga huelga. Los obreros ladrilleros se negaron a aceptar las condiciones e indicaron que si el ministro había hecho un decreto expresamente para los otros huelguistas también debía hacerlo para ellos. Poco a poco, la asamblea se fue dispersando. El sabor agridulce de los acuerdos tomados y los desestimados se leía en los rostros de todos pues, la negativa de los ladrilleros a desconvocar la huelga, significaba que los albañiles continuaban sin poder trabajar por falta de materiales de construcción. Ese era el tema de conversación de Salvador, Venancio y Bartha, junto con los niños, cuando salían del teatro, pero se vio interrumpido cuando se encontraron con Enrique Darqués que iba acompañado por Natasha Ivanoff.



sábado, 20 de mayo de 2017

13 EL REENCUENTRO DE TRES AMIGOS




Me asusté con el bronco sonido de la explosión. Los cristales de la ventana vibraron de tal forma que pensé que se partirían en mil pedazos. Rorró, que se encontraba acurrucado a mi lado, levantó la cabeza y movió las orejas orientándolas hacia la dirección del estruendo y, a continuación, me miró como queriendo preguntarme qué ocurría. Me aferré a su esbelto cuello en busca de su protección y refugio como en otras ocasiones. El guepardo me lamió la mejilla y ronroneó. Este felino era mi cómplice y mi único amigo. Tanto él como yo habíamos sufrido a diario los mismos maltratos de la pareja de tunantes de feria que eran nuestros propietarios. Mientras le abrazaba a mi memoria acudió a los que alguna vez había creído mis amigos. Andreu y Batiste me habían abandonado a mi suerte y tuve que regresar a mi cárcel. Nos separamos cuando la Compañía de Darqués abandonó el teatro Ruzafa. Durante aquellos días me había ilusionado tanto con la posibilidad de tener una vida distinta a la que parecía estar destinada como criada de Miss Zakara y del profesor Ares que me costó mucho asumir la realidad de mi soledad. Deseaba aprender un oficio y convertirme en una costurera y poder crear los hermosos trajes de fantasía que usaban las actrices entre candilejas, sin embargo, el destino fatídico me persiguió y aquel accidente fortuito que obligó al director Darqués a abandonar la escena fue decisivo en mi regreso con mis amos al producirse la desintegración de la Compañía. El temor provocó la deserción. Albergué esperanzas con Andreu, por su arrojo, y con Batiste, por su dulzura. Pensé que con ellos dejaría atrás las noches de hambre y lágrimas a las que me había visto sometida por el profesor Ares, un timador, y su esposa, Domina, que se hacía llamar Miss Zakara y que me golpeaba para desquitarse de sus frustraciones. Con cuánta facilidad me había acostumbrado al cariñoso trato de Bartha pues, aquel sencillo hombre que siempre tuvo una palabra amable y reconfortante para con los tres y que se convirtió en nuestro protector, también había desaparecido al marcharse con la duquesa Ivanoff. Lloré amargamente a pesar de que me había prometido no hacerlo nunca.
La segunda explosión me devolvió a la realidad. Rorró se incorporó y miró asustado hacia el resplandor que se vio desde nuestro ventanuco. ¿Qué podría ser aquello? La puerta de la habitación se abrió de golpe.
-Librada ¿has oído eso?
Mi ama se había levantado de la cama alertada por los estruendos. Me ordenó que me vistiese y que saliese a la calle a averiguar qué estaba ocurriendo.
-Son casi las tres de la madrugada, señora. –Le advertí pues temí salir sola y ser detenida por quebrantar el toque de queda que se había promulgado en la ciudad. Ya sabía lo que era pasar una noche en el calabozo, pues, en otra ocasión, cuando a altas horas de la madrugada, Miss Zakara me obligó a traerle una botella de vino de una bodega, fui detenida por los serenos que me llevaron a la prisión donde me encerraron acusada por vagancia, sin embargo, creo que lo peor no fue la noche en aquel lugar húmedo y oscuro, sino la reprimenda que me propinó mi ama y que de no haber sido por Rorró, que se interpuso entre ella y yo enseñándole los colmillos y sus afiladas garras, Domina me hubiese matado de una paliza.
-Eras una miedica. –Se burló de mí. –Si tanto pánico te da salir a la calle llévate a Rorró que te defenderá.
El felino abrió su boca y le enseñó sus colmillos a aquella malvada mujer. A pesar de todo tuve que cumplir su mandato. Me vestí con mi único vestido y salí a la calle donde ya se escuchaban voces de gente que gritaba desorientada y preocupada.
-Y no te pierdas por ahí como la otra vez.
No le presté más atención, pero tampoco me llevé a Rorró porque en la ciudad estaba tan indefenso o más que yo. La oscura escalera de la pensión de la calle Linterna donde nos alojábamos me semejó más tenebrosa que nunca. Las sombras cubrían cada escalón aumentando mi miedo a cada paso que daba. Escuché voces en el local del sindicato de los albañiles y me preocupó pues ellos sólo se reunían por la mañana y a la hora del reparto de la comida. Proseguí en el descenso de los opacos escalones con el corazón encogido, pero, a pesar de mi terror, debía cumplir el mandato de mi ama.
La puerta de la entrada estaba abierta de par en par. En la calle reinaba el caos. La explosión más cercana se había producido en los almacenes de una sedería que se encontraba entre la calle San Vicente y la calle Cotanda. La detonación había abierto un boquete en el suelo de grandes dimensiones y, a consecuencia de ello, se habían levantado las persianas de las puertas metálicas hasta arrancar, de cuajo, las puertas de madera de la entrada principal del establecimiento. Una densa humareda salía del interior, gran parte de las balas de telas se habían prendido con el fuego de la bomba y amenazaba con extenderse por todo el establecimiento. Los cristales de los edificios colindantes estaban hechos añicos por la onda expansiva. La metralla de la bomba se había incrustado en las fachadas de los edificios que rodeaban a la tienda y los gritos de espanto se entremezclaban con las voces de auxilio. Otro de los negocios muy afectados por la explosión era la camisería del Sr. Oltra. La onda expansiva había destrozado el escaparate y los rótulos, los daños eran tales que a lo largo de toda la fachada se había abierto una grieta como si fuese a desmoronarse en cualquier instante. Todos los que podían ayudar corrían con cubos de agua para apagar el fuego. Los bomberos se encontraban sofocando el incendio producido en la primera explosión cerca del Mercado de las Flores en el subterráneo del Palacio del Cristal. 
Los heridos, la mayoría por las rupturas de los cristales estaban siendo atendidos por los propios vecinos, aunque el que presentaba las heridas más graves era un joven empleado de la sedería que aquella noche fatídica se encontraba en el almacén cuando ocurrió el atentado. Salvador Masobrer le había practicado un improvisado torniquete e intentaba contener la sangre que  brotaba de una de sus piernas a borbotones.
Salvador era el líder de la Federación de Sindicatos Únicos de Valencia y que después pasó a llamarse Confederación Nacional del Trabajo. Lo conocía bastante bien porque vivía cerca de la pensión donde vivíamos. Él se encargaba de organizar las reuniones y, en definitiva, del buen  funcionamiento del local sindical de los peones albañiles.  En más de una ocasión se había apiadado de mí y me había dado un plato de sopa y un trozo de pan del reparto de los obreros. La policía solía perseguirle, pero siempre conseguía librarse de las acusaciones. Era respetado por sus compañeros y odiado por otros, en especial los reaccionarios que siempre que podían vertían sobre él falsas denuncias. 
Bajo su coordinación se consiguió estabilizar el incendio de la tienda, pero el herido que había atendido se agravaba por momentos así que lo subieron sobre un carrito de transporte de cajas y se dispuso su traslado a la Casa de Socorro de la calle Colón.
-Llevadlo con sumo cuidado porque podría desangrase por el camino. –Recomendó.
Salvador organizó grupos para que inspeccionasen los edificios dañados y que retirasen todos los objetos cortantes que pudiesen causar más heridos. En ese instante, lo único que les preocupaba era salvar la situación, quizá más tarde buscarían a los culpables de las explosiones.
-Esta bomba la han colocado los huelguistas de la Hidroeléctrica. Nos quieren matar los mismos que dicen ser nuestros hermanos. –Gritó un obrero que solía estar en contra de todo lo que Salvador organizaba.
-No digas eso, Tomás. Sin pruebas no se puede acusar a nadie. –Le replicó Salvador.
-Sí, tú y tus promesas. Mira las consecuencias por vuestra postura de apoyo a la huelga, sólo tenemos hambre y miseria para compartir y ahora fuego y muerte.
-Te equivocas. No puedes asegurar que sean los mismos que sufren la necesidad los que han provocado esta violencia y si lo han hecho no son de nuestro sindicato, te lo puedo asegurar.
-¿Insinúas que es el propio gobierno el que lo ordena?
-No me atrevería a afirmar tal cosa, Tomás.
Salvador aún no había terminado de pronunciar estas palabras cuando se escuchó una nueva explosión, algo más alejada.
- Han dinamitado los postes de luz de los tranvías en la avenida de Ramón y Cajal. –Gritó una mujer.
El desánimo creció entre todos. Pensé que era el momento de regresar al hostal cuando vi a Andreu y a Batiste acercarse hacia Salvador. Dudé si debía gritar de alegría por volver a verles o salir corriendo para alejarme de ellos y de las falsas esperanzas que con sólo verles, pero fue Batiste el que se adelantó a mi reacción y gritó mi nombre con gran alborozo.
-¡Librada! ¡Librada! ¡Cómo te he echado de menos!
Se lanzó sobre mí apretándome con sus pequeñitos bracitos mientras entre lágrimas no cesaba de repetir mi nombre. Andreu que era menos expresivo se acercó a mí e incapaz de decir nada tomó mi mano entre las suyas. En silencio nos mirábamos abrumados. No sabíamos muy bien qué hacer o qué decirnos. Fue Salvador el que rompió aquella barrera invisible que nos separaba.
-¿Conoces a mi hermano, Librada?
A partir de ese instante la situación tomó otro cariz. En ese preciso momento habíamos dejado de ser unos niños huérfanos sin parentela conocida.  Salvador Masobrer, el joven líder obrero, era nuestro nexo en aquella ciudad en la que todos y todo parecía haberse olvidado de nosotros los niños huérfanos.

Las explosiones continuaron y esta vez se escucharon entre las calles Borrull y Quart donde también volaron los postes del tranvía y más tarde hubo otra de menor carga en la calle Sagunto. Los fuegos y los estruendos parecían moverse alrededor de un círculo invisible.
El cansancio comenzó a adueñarse de nuestra voluntad. Les dije que debía volver a la pensión porque mi ama me echaría en falta y cuál fue mi sorpresa cuando fue el mismo Andreu el que, sin soltarme de la mano, me suplicó que no volviese que fuese con ellos con su hermano pues él también cuidaría de mí. Salvador me miró y, a continuación, miró a su hermano y al pequeño Batiste y con determinación afirmó:
-Cuidaré de ti.