viernes, 21 de julio de 2017

EL HOMBRE DEL SACO



Siempre pensé que mi prima era una exagerada. Le gustaba contarnos historias de apariciones de muertos sin cabeza que acosaban a los niños por las noches, pero yo no le prestaba mucha atención porque me parecían estupideces sin sentido, sin embargo, aquel día, logró inquietarme con la historia del misterioso hombre del saco.
Aquel verano, por ser la mayor de todos, se tomó la tarea de ser la responsable de cuidar a los más pequeños. A los tíos y a nuestros padres les pareció correcto, pero a mí no me gustó la idea pues sabía que su afán por contarnos relatos que nos asustasen nos crearía más de un problema. Nuestros padres estaban convencidos de que cuando nos sentábamos en el porche para escucharla era porque nos narraba historias divertidas, pero no sobre seres monstruosos, con deformidades o que tenían la cualidad de convertirse en animales que podían tragarse algún que otro niño de un solo bocado. Al principio, pensábamos que todo se lo inventaba para hacernos reír, sin embargo, cuando contó el cuento sobre un misterioso personaje que aparecía por los caminos cargado con un gran saco aparentemente vacío y que hacía desaparecer las cosas cuando las introducía dentro de él comencé a temblar. Tuve la sensación de que mi prima, esa noche, sí que pretendía asustarnos de verdad. Todos estábamos callados escuchándole y fui yo la que le interrumpió para pedirle que no nos contase ese cuento sino uno de príncipes encantados y princesas hermosas, pero mi primito me acusó de ser una miedica y que interrumpía cuando el relato estaba en su mejor momento. Mi prima prosiguió con la narración del hombre del saco que no sólo se contentaba con llevarse ocas y libres, sino que también cargaba con niños y niñas que hacía desaparecer en la oscuridad de aquel saco sin fondo. No lo soporté más así que me levanté para irme. Mi prima me gritó que me quedase que me prometía que el final sería bonito, pero no le hice caso y me fui de allí.
Aquella noche tuve muchas pesadillas y me desperté llorando y gritando que no quería que me llevase el hombre del saco. A mis sollozos acudió mi padre que me preguntó por qué tenía tanto miedo y entonces le conté la tortura a la que nos sometía nuestra prima. Aquella exagerada todas las noches nos prometía contarnos relatos divertidos y sólo conseguía asustarnos y la historia del hombre del saco, que hacía desaparecer a los niños, me había impresionado tanto que la había soñado. Mi padre al verme tan asustada me prometió que mi prima no volvería a contar ninguna historia de espanto, pero antes me demostraría que esa historia del saco era falsa porque el lo conocía y era su amigo. Después del desayuno me tomó de la mano y me llevó a dar un paseo por la huerta. Mientras paseábamos me describió la belleza de los árboles y de los pájaros que nos cantaban y así logró que sonriera y me olvidase de mis temores. De pronto nos encontramos enfrente a una casa donde había un hombre sentado a la puerta. Nos acercamos y mi padre lo saludó con esa luminosa sonrisa que tanto me gustaba ver en su cara. Aquel hombre tenía en la mano una aguja muy grande y con ella cosía unas telas que mi padre me dijo que eran de yute. Me pareció algo muy curioso y le pregunté qué estaba haciendo a lo que me contestó que cosía sacos. Al oír la palabra me asusté pues pensé que mi padre me había llevado a la casa del hombre del saco y que ahora me haría desaparecer. Debió de notar mi espanto porque el hombre sonrió y abrió el saco que tenía entre las manos y me mostró que como no estaba terminado se veía el suelo a través de él. A continuación tomó uno pequeño que tenía junto a él y me lo dio diciéndome que con él podría hacer toda la magia que pudiese imaginar, pero sólo debía decir la palabra mágica: ‘Abracadabra’.
El regreso a casa fue de otra manera. Estaba más contenta porque ya sabía qué contestarle a la exagerada de mi prima cuando se burlase de mis miedos. Como todas las noches nos reunimos en el porche y antes de que mi prima comenzase a hablar la interrumpí para decirles a todos que ese día había conocido al hombre del saco. Se quedaron boquiabiertos cuando les mostré el saco que me había regalado. Lo abrí y dándole la vuelta les dije que no existía ningún saco que pudiese hacer desaparecer cosas y menos a los niños a lo que mi prima se burló de mí diciendo que ese saco era muy pequeño y el que le llevaba el hombre era tan grande como yo, pero antes de que pudiese terminar de decir nada se lo metí por encima y dije a todos:
-Este saco es mágico y haré que desaparezcan todas las historias de monstruos que tiene en la cabeza y, a cambio, tendrá otras historias bonitas que contarnos. Contaré hasta tres y diré la palabra mágica: Abracadabra.
Y cuando se lo quité mi prima tenía cara de enfado porque todos los pequeños nos reíamos de ella. El saco que me había regalado aquel hombre había hecho su efecto.


sábado, 8 de julio de 2017

18 REGRESO TURBULENTO




Zaragoza, 28 de mayo de 1934

«Querido Sasha:
Ya no puedo seguirte. Sabes que siempre te he ayudado en todo lo que ha estado a mi alcance, pero ha llegado el momento de que nuestras vidas se separen por completo. He tomado una decisión. Espero que tú también sepas actuar en consecuencia.
Recibe un abrazo de tu hermana que siempre te querrá.»
La Duquesa Natasha Ivanoff

Esta breve nota fue lo único que Sasha encontró sobre la mesa de la habitación. Comprendió que nunca más volvería a ver su hermana. Sabía que de nada serviría buscarla pues, aunque dedicase todo su empeño en seguir su rastro pues era una experta en esconderse. Ella misma le había enseñado cómo borrar sus huellas, pero, como mujer astuta que era, resultaría una pérdida de tiempo buscarla. Recordó que la experiencia le había enseñado a ser cautelosa y guardar, al menos, una vía de escape ante la adversidad.
Sasha se había refugiado en su cuarto huyendo de sus perseguidores. Debía salir de Zaragoza si quería salvar la vida. Escuchó durante un buen rato hasta que oyó los ronquidos del inquilino de al lado. Abrió la puerta con sumo cuidado y salió al rellano, a continuación, se asomó por el hueco de la escalera para cerciorarse de que nadie le esperase en la penumbra. Permaneció unos segundos expectante, sin respirar adecuando su vista a la poca luz que había. Cerró la puerta sin hacer ruido y evitar despertar la curiosidad de ningún inquilino. Bajó los primeros escalones mientras agudizaba el oído a la espera de descubrir algo que justificase su extremada cautela. Nada. No se oía nada. Continuó su descenso más propio de un felino que de un humano. Le quedaban pocos peldaños para alcanzar la puerta cuando una sombra salió de la penumbra y, con suma rapidez, le cortó el paso propinándole un fuerte golpe que le tumbó de inmediato.
Cuando despertó se encontraba atado de pies y manos. Permanecía tendido en el suelo. Sólo acertaba a ver un zapato negro que apuntaba amenazadoramente a su boca.
-Ya has despertado, bello Sasha. Espero que te encuentres en disposición de hablar y decirnos dónde se encuentra tu querida hermana la duquesa.
Aunque no podía verle la cara la voz le resultó familiar. Sasha comprendió que era su fin.
Lo siguiente a esas palabras ya se confundió junto a otras voces que le hablaban y gritaban al ritmo de los golpes que le propinaban. En su cabeza sólo se barajaba una idea y era que nada podía decir porque nada sabía de ella salvo la nota que había encontrado sobre la mesa del cuarto.
Al día siguiente, unos trabajadores encontraron el cuerpo de Sasha con visibles indicios de haber sido asesinado a golpes, en la cuneta de una carretera.
* * *
Natasha sabía que le seguían de cerca. No sólo los temía, sino que intuía que su vida correría verdadero peligro si se dejaba atrapar. No quiso pensar en su hermano. Se sentía traicionada por él por haberla apartado de su nueva vida con aquel engaño. Nunca más volvería a pensar en él. Sabía que era lo suficientemente valiente y astuto como para lograr escapar del embrollo en el que se había metido. Ahora lo único que le importaba era librarse de sus perseguidores. Debía centrarse en su huida y regresar a Valencia, la única ciudad donde se había encontrado segura desde que volvió de Valparaíso. Su instinto de fugitiva le previno de la posibilidad de tomar el tren, a pesar de ser la mejor forma de viajar, pero para ella no era la más segura en ese momento. Tampoco podía subirse a un autobús porque allí tenía menos maniobra para escapar en un momento dado. Estuvo sopesando la posibilidad de robar un coche con el que poder salir de la ciudad, pero eran tan pocos y tan controlados los que circulaban que la habrían detenido al instante. Mentalmente calculó las oportunidades de escapar  a pie tenía y pensó que aún eran menos que con un vehículo, pero, si era preciso, lo haría. No le importaba el medio sino la forma de lograr su empeño.
Escondida en una esquina se atusó el cabello, como solía hacer cada vez que pensaba algo importante, y calibró la estrategia a seguir. En ese instante le sacó de su ensimismamiento el relincho de uno de los caballos de tiro de los carreteros que descargaban las mercancías a las puertas del mercado zaragozano. Sí, pensó, ese es un buen transporte, pero para ello debía encontrar al carretero adecuado. Y entonces se fijó en ella. Era la única mujer que descargaba cajas de un carro. Por el espacio de unos minutos la observó y le pareció fuerte y decidida. Vestía unos ropajes de luto. Pensó que tal vez fuese viuda. Con discreción, la duquesa se acercó hasta ella. Era más joven de lo que aparentaba.
-Buenos días. –Le saludó con una amplia sonrisa. –Debo pedirle un favor.
La mujer se paró en su trabajo y miró a Natasha de arriba a bajo.
-Usted dirá, señora.
Natasha desplegó sus artes para urdir la mejor de las mentiras que pudiese fabricar en ese instante.
- Necesito salir de Zaragoza. Mi marido me persigue.
Aquella mujer le observaba sin decir nada. Natasha prosiguió.
-No puedo viajar ni en tren ni en autobús. Si usted pudiese sacarme de la ciudad discretamente en su carro... Tengo suficiente dinero. Le pagaré el doble de lo que me pida.
La mujer tardó aún varios segundos en contestarle, pero cuando habló lo hizo con un tono claro y decidido.
-Escóndase en ese rincón mientras termino mi trabajo. Saldremos en un cuarto de hora. Esté atenta a la señal que le haré con el azote del caballo. Sólo se la haré una vez. Entonces se montará en el carro y se cubrirá con una de las lonas.
Natasha hizo todo lo que le ordenó. Se escondió en la penumbra del rincón que le había indicado y observó la soltura con la que sacó el animal de entre el resto de los carros que se agolpaban alrededor de la entrada. Cuando ya estuvo en disposición de poder salir al camino, la mujer chasqueó el látigo en dirección al escondite de la duquesa. Natasha con agilidad felina saltó al pescante del carro y se acurrucó entre unas cajas vacías, a continuación estiró una lona y se cubrió completamente con ella. Tenía que confiar en ella plenamente así que se dejó llevar por el balanceo del carro.
Aquella mujer era de pocas palabras, al menos esa fue la sensación que tuvo durante todo el trayecto, pues casi no contestaba cuando la saludaban los otros carreteros con los que se encontraba en los cruces de caminos.
-Ya hemos salido de la ciudad. Puede descubrirse y tomar un poco el aire.
Natasha sacó la cabeza y vio a la mujer sentada sobre una tabla empuñando las riendas con vigor.
-La ciudad hace un rato que la hemos abandonado, pero he querido cerciorarme de que no nos seguía nadie. –Ató el ronzal y echó mano de un zurrón que mantenía entre los pies. -¿Tiene hambre?
Compartieron un trozo de pan, queso y chorizo y ambas bebieron de un botijo de agua fresca. Aún tardó unos minutos más en iniciar lo que parecía ser una conversación.
-Dicen que algún día arreglarán el camino, pero mientras tanto...
Natasha no le contestó sino que esperó a que volviese a ser ella la que rompiese el silencio.
-Hoy hace un mes que murió mi hermano. Los militares se lo llevaron a la fuerza y eso que estaba desde hacía varias semanas enfermo en la cama. No creyeron la palabra de mi padre. Pensaron que meterse en la cama era una treta para evitar la milicia. No se tenía en pie cuando lo cargaron al camión entre dos soldados.
Volvió a hacer un silencio que la duquesa temió romper.
-No duró ni dos días en el cuartel. Todos sabíamos qué ocurriría lo peor. Ni padre ni mis hermanas no pudimos hacer nada. –Hizo una pausa larga hasta que volvió a hablar como si lo hiciese para ella misma. –Cumplí la promesa que me obligó a hacerle.
-¿Qué le prometió? –Se atrevió a preguntarle Natasha.
-Que una vez muerto lo llevaría al pueblo para enterrarlo. Cuando lo cargaron al camión él sabía que se moría y por eso me hizo prometérselo. Fui al campamento militar y hablé con el capitán. Reclamé su cuerpo. Lo cargué en el carro y yo misma lo llevé al cementerio de nuestro pueblo. Allí lo enterramos junto a nuestra madre. Cumplí mi palabra. –Volvió a sumirse en un largo silencio del que salió como si despertase. –Desde entonces padre no ha salido de casa. El dinero se acaba. Alguien debe trabajar. Mis hermanas son lavanderas. No sirven para esto. No dejaré que nos muramos de hambre. Mi padre saldrá de ésta. Estoy segura de ello. Ya le ocurrió cuando murió madre así que ahora también lo superará. Lo sé.
El silencio que sobrevino a aquella especie de confesión heló los ánimos de Natasha que no se atrevió a interrumpir el mutismo en el se sumió aquella mujer.
Transcurrieron varios kilómetros en silencio hasta que en el camino se adivinó la silueta de un carro. La duquesa se inquietó, pero aquella mujer, que dijo llamarse Pilar, con un gesto con la mano le tranquilizó.
-Es un conocido. No hace falta que se esconda. Yo hablaré.
Aceleró el ritmo de su jaco y se puso a la altura del carro divisado. Fue ella la que comenzó a hablar.
-Demetrio atas en corto a tu yegua y por eso no puede contigo.
Y a partir de ese instante ambos entablaron una conversación extraña, llena de sobreentendidos en la que Natasha se limitó a guardar silencio. Poco después, Pilar azotó a su jaco para que éste acelerase su marcha y así separarse del carretero que quedó unos metros detrás de ellas.
Lentamente lo perdieron de vista. Daba la sensación de que el carretero pretendía ralentizar el paso de su animal. Pilar, la moza, se sumió en el silencio otra vez. Caía la tarde cuando volvió a dirigirle la palabra a la duquesa.
-Debemos parar y descansar al caballo.
Natasha, a pesar de su vivacidad, no se atrevió a preguntarle cuál era el rumbo que llevaban. Había confiado plenamente en aquella discreta mujer. Se encontraba completamente desorientada.
-Vamos a Huérmeda. Está cerca de Calatayud. Debemos dejar descansar a mi jaco Romera que lleva mucho camino andado. Nos cobijaremos bajo esos algarrobos y descansaremos unas horas.
Y desenganchó el carro y dejó que el animal se colocase junto a unas matas para comer y descansar. Entre las dos extendieron una de las lonas bajo un de los algarrobos y sentadas comieron del zurrón hasta terminar con las viandas.
Natasha, un poco más animada le contó algo de su infancia transcurrida por los caminos montada en un carro huyendo de la revuelta rusa y de los salteadores de caminos.
-Aquí no hay ladrones de camino. Puede estar tranquila.
El cansancio venció a Natasha que cuando despertó era ya noche cerrada. Pilar había vuelto a aparejar al jaco a su carro y se disponía a recoger la lona.
-Son las tres de la madrugada. A las siete estaremos en el pueblo.
Las dos se montaron al carro, pero oyeron el motor de lo que debía de ser una motocicleta.
-Sooo Romera. –Tiró de las bridas. –Será mejor que esperemos un poco. –No dio ninguna otra explicación.
Natasha se puso tensa. Pensó que alguien les había seguido desde Zaragoza. Iba a hablar cuando Pilar le hizo un gesto indicándole que guardase silencio. Se escucharon voces. Prestaron atención y alto y claro se pudo oír como pronunciaban el nombre de Demetrio, a continuación se oyó un disparo y un grito desgarrado. Arrancó el motor de la motocicleta. Pudieron escuchar perfectamente cómo se alejaba de donde estaban ellas. Aún tardaron una media hora más en arrancar. Salieron a la carretera, pero no tomaron la misma dirección.
-Vamos por otro atajo. Mejor no ver nada y tampoco hemos oído nada.
La duquesa no preguntó por ese cambio, pero comprendió la prudencia de la moza.
Con las primeras luces de la alborada se adivinaron las casas de la aldea junto al río Jalón. El semblante de Pilar cambió adivinándose una mueca de alegría. Al instante apareció un chico montado en una bicicleta.
-Dios te guarde, Pilar. –Le saludó el mozo. –¿Has tenido buen viaje? Veo que vienes con compañía.
-A la paz de Dios, José. –Le saludó ella. –Bueno, los ha habido mejores.
El mozo se enganchó del lateral del carro y dejó de pedalear arrastrado por la fuerza del animal.
-¿Sabes lo de Demetrio? –le dijo olvidándose de su acompañante. –Le han pegado un tiro a bocajarro. Lo han encontrado dentro del carro muerto.
Pilar no contestó ni la duquesa tampoco.
José se separó del carro cuando entraban en la calle principal del pueblo. El caballo aceleró el paso como sabiendo que su pesebre estaba cerca.
-Pronto me casaré con él, pero aún no puede entrar en casa porque a padre no el ha pedido permiso.
Esa fue la única explicación que dio aquella peculiar mujer.
Natasha fue presentada al cabeza de familia y las hermanas. Se le dio de cenar y una cama limpia para descansar.
-Esta tarde la llevaré a Calatayud donde podrá tomar un autobús camino de Sagunto. No debe temer nada. El conductor es de fiar. –le explicó la muchacha con lo que parecía ser un esbozo de sonrisa.
Natasha le ofreció unos billetes que ella rechazó.
-Guárdeselos que le harán falta.
-Insisto. –Dijo la duquesa. –Usted ha sido muy buena conmigo. Quiero pagarle el viaje.
La moza le miró a los ojos intensamente y ante el ruego de la duquesa sólo tomó el valor de lo que era la comida.
-Ya estamos en paz.
El viaje a Calatayud resultó ser un suspiro. Cuando se bajó del carro casi no tuvo tiempo de despedirse de Pilar que azotó a su caballo Romera para alejarse lo antes posible de allí.
Según le contó Natasha Ivanoff a Edelmiro Bartha la decisión de aquella mujer le salvó la vida.
-¿En el autobús no tuviste miedo? – Le preguntó Bartha mientras la abraza.
-No, por alguna extraña razón que no sabría explicarte tuve la sensación de haberme alejado de mis perseguidores para siempre. 

sábado, 1 de julio de 2017

17 Y TODO FUNCIONÓ A LA PERFECCIÓN


Batiste Sistella no podía dejar de tiritar a pesar de estar sentado frente a la hoguera. Salvador Masobrer lo envolvió con un trozo de manta y le animó a que se terminase la ración de sopa que le había servido para calentarle el estómago. Sentada a su lado se encontraba Librada. Se acurrucó mientras contemplaba el crepitar de las llamas. De vez en cuando levantaba los ojos del resplandor para mirarnos con una media sonrisa que parecía expresar algo de alegría en su siempre serio semblante.
-¡Venga! Quítate las alpargatas que debes de tener fríos los pies. –Me indicó mi hermano con una caricia en la mejilla. –Y ahora vais a contarme todo lo que os ha ocurrido desde que tuve que irme aquel día.
Ninguno de los tres se decidía a ser el primero en hablar así que intenté recordar todo lo que nos había sucedido desde que nos separamos. No quise comenzar con el reproche a su inesperada desaparición junto a Aurelio Retall, ni tampoco le conté que estuve rondando la puerta del sindicato de albañiles buscándole durante varios días, así que inicié mi relato por el día en el que nos reunimos en el teatro con la Compañía. 
A pesar de que Darqués aún estaba convaleciente de las quemaduras sufridas en su pierna regresó al trabajo con toda su vitalidad. Lo primero que hizo fue intentar gestionar, con el empresario del teatro Ruzafa, lo que debería ser la nueva temporada. El señor Martí no era muy diestro para la contabilidad, por eso, Gumersindo Plácido, el discreto contable, se dedicaba a llevar las cuentas escrupulosamente. Este hombrecito, de sonrisa bobalicona y pocas palabras, poseía la habilidad de hacer que el dinero presupuestado creciese hasta cubrir las necesidades de cualquier espectáculo a pesar de los momentos aciagos de aquel año de crisis.
Todo parecía sonreírles desde el momento en el que Edelmiro Bartha y el director escaparon ilesos de la explosión del cartucho de dinamita que les lanzaron a su paso por la calle del Mar. Los cristales de los edificios de alrededor de ellos estallaron en mil pedazos, sin embargo, no sufrieron ni un rasguño. Ambos pensaron que era un buen presagio para la nueva temporada que pretendían comenzar. A pesar de que el director, Enrique Darqués, se había precipitado dando una primicia a los periodistas sobre una obra de teatro que no existía sobre el papel y que sólo estaba en su cabeza, todo parecía transcurrir como si hubiese un guión premeditado. Sin pensarlo dos veces, Fausto Casajuana y Darqués, mano a mano, se encerraron en un camerino para escribir los diálogos y trazar la escenografía de lo que debía de ser el primer melodrama de la temporada con el inusual título de: Los niños del hospicio.
Mientras tanto, Rodolfo, el escenógrafo argentino, no dejaba de gimotear por el futuro de su artefacto escenográfico, aquella gran y hermosa mano que había construido con tanta dificultad y que hacía tiempo que permanecía escondida en uno de los rincones del almacén del teatro Ruzafa sin aparente utilidad. Costó convencerle de que ya llegaría la oportunidad de exponerla como colofón de la obra musical de aventuras y que, en un principio, se pensó estrenar como inicio de la temporada, sin embargo, y a pesar de la conocida elocuencia del director, no convenció al argentino quien dirigió sus protestas al paciente Bartha y que a su vez intentaba disimular la congoja que sentía al encontrarse lejos de su amada Natasha Ivanoff. Aquella inquieta mujer y tal como tenía por costumbre, casi de improviso, se ausentó de la ciudad, junto con un recién llegado que dijo llamarse Sasha y que afirmaba ser su hermano. Su precipitada marcha se vio envuelta en su siempre habitual misterioso comportamiento, por lo que a casi nadie le extrañó su desaparición salvo al apesadumbrado Edelmiro que temía no volver a verla nunca más.
Salvador me animó a que continuase contándole los entresijos del teatro así que proseguí con mi relato además de querer demostrarle que, tanto Batiste como yo, sabíamos tomar decisiones acertadas, por eso le conté que ambos nos entregamos enteramente a nuestros cometidos dentro de la compañía y bajo las órdenes de los maquinistas comenzamos a trasladar y mover todo aquello que nos indicaban como si fuésemos mozos de carga. Librada, siempre tan reservada y callada, se unió a la modista como aprendiza. Todo rondaba alrededor del estreno de una incierta obra de teatro que había sido anunciada para dentro de dos días y que, en realidad, sólo procedía de una bravuconería verbalizada a los periodistas por Darqués.
Durante esos días dos días de trabajo creo que tuvo lugar la tan nombrada magia del teatro, pues, la noche del estreno la sensación de que algo mágico estaba sucediendo permaneció en el ambiente. Durante los precipitados ensayos a todos se nos olvidaban los diálogos y hasta los telones que Rodolfo pintó, con parte de sus lágrimas de disgusto, se resquebrajaban al ser colgados, sin embargo, el estreno resultó fabuloso. El público aplaudió a rabiar cada uno de los actos y, en especial, aquellos cuadros donde Batiste y yo interveníamos, pues prueba de ello fue que en los aplausos finales nos vitorearon varias veces. Sin pretenderlo, aquella obra fantasmagórica, se convirtió en nuestro gran debut en la escena. A pesar de que ya había visto que los aplausos emocionaban a los actores me sorprendió que a mí también se me formase un nudo en la garganta mientras saludaba como si formase parte de la profesión. Darqués ingenió el texto para hacernos aparecer como los protagonistas de aquella rocambolesca obra, basada en el melodrama de Las Huerfanitas de París, pero, esta vez, convertido en una versión a la valenciana, es decir, llena de tics que incitasen al público a identificarse con los pobres niños abandonados de la calle. En realidad, nuestra apariencia no desentonaba con lo narrado pues, parte del éxito de aquella noche, se debió a nuestro aspecto de niños desamparados.
El éxito de dos noches seguidas o la alegría de sentirnos importantes fue lo que aminoró mi amargura de no poder lograr encontrar a mi familia así como reconsiderar la repentina desaparición de mi hermano. Cuando llegué a este punto, Salvador no me contestó, aunque con la mano me hizo un gesto para que continuase narrándole nuestras peripecias escénicas. Proseguí.
A partir de aquel apoteósico arranque que tuvo la temporada, la actividad de la Compañía volvió con toda su pujanza y regresó el brio a Darqués que olvidaba el bastón y decía sentir menos dolores, aunque su maquillado rostro no los podía ocultar. Con el regreso del matrimonio de cómicos Miguel Báñez y Carlota Planes la agrupación casi estaba al completo. Carlota, tan estrafalaria como siempre, reía y lloraba como si estuviese interpretando un melodrama. Soltó una sonora carcajada cuando le contaron la aventura teatral de aquel estreno precipitado y, a continuación, lloró abundantemente cuando contó que había tenido que tomar la decisión de dejar a Carlotita, su única hija, interna en un colegio de monjas para que estudiase y no fuese una analfabeta. Terminó su relato mirándonos como si Librada, Batiste y yo fuésemos el ejemplo de la miseria que pretendía evitar a su hija. Me dolió su desprecio y estuve a punto de gritarle que no éramos unos analfabetos, que yo sabía escribir mi nombre y que Librada leía y escribía con gran soltura, pero fue Bartha el que, con su tremenda bondad, se adelantó a mi protesta para explicar, a aquella grotesca mujer, que nuestras circunstancias no habían sido las mismas que las de su hija, sin embargo, estaba seguro de que con el teatro cambiaría nuestra suerte. Miguel Báñez, que observó mi especial disgusto por las ofensivas palabras de su ridícula mujer, quitó importancia a sus comentarios con un ofrecimiento dirigido hacia nosotros y que era el propósito de ayudarnos a aprender a leer y contar durante las horas libres que el trabajo le dejase y siempre en la medida de sus propios conocimientos se lo permitiesen. Me gustó aquel hombre que, sin conocer nuestra procedencia ni nombre,  se prestaba a ayudarnos sin esperar nada a cambio.
A pesar de todos los incidentes que en las calles valencianas de 1934 se daban dentro del teatro existía un microclima propicio para que todos nos sintiésemos  optimistas. El director decidió que la Compañía debía retomar algunos de los melodramas de su consagrado repertorio y así ganar un poco más de tiempo para llevar al verdadero estreno absoluto que, con tanto celo, guardaban con él, Fausto y Roberto, el escenógrafo argentino.
Durante los siguientes días, se trabajó duro e intensamente hasta el punto de que, en más de una ocasión, se unía el día con la noche entre los preparativos y los ensayos, sin embargo, algo especial ocurría cuando la Compañía se enfrentaba al público pues, las posibles deficiencias, se solucionaban con los monólogos que el director siempre recitaba seguro de captar el aplauso y el vitoreo de los espectadores.
El entusiasmo fue tal que pareció embriagarles la inconsciencia hasta el punto de hacerles creer que la censura permitiría cualquier cosa que deseasen representar. Fausto Casajuana, en un arranque de idealismo muy propio de su carácter, propuso estrenar un texto que había escrito hacía un par de años y que mantenía guardado a la espera de una buena oportunidad. En una de las reuniones de la Compañía sacó, de uno de los bolsillos de su arrugada chaqueta, una libreta que entregó al director con un gesto de respeto y con cierto temor también. La obra se titulaba Casanova, el galante aventurero y, como indicaba, se trataba de una versión melodramática de las andanzas de Giacomo Casanova que, ya mayor y retirado de la vida mundana, narraba su turbulenta vida de seductor. El melodrama no sólo se atrevía con una acción situada en Venecia, sino que en su recreación incluía algunos números musicales con bailes y canciones con abundantes poemas ripiosos escritos por el propio Fausto.
Lejos de una lógica negativa justificada ante aquel alocado libreto, el proyecto entusiasmó a Darqués. El director perdió la noción de la situación crítica que se vivía en las calles de Valencia y confió en el éxito rotundo de una nueva puesta en escena. Inmediatamente, habló con el empresario Martí, que, aturdido con la euforia del actor, le remitió a su contable Plácido para convenir un presupuesto donde debía de contratar a más actores y actrices, así como a un ballet que pudiese ejecutar, con garbo, aquellas piezas que también precisaban de una orquesta.
Y todo salió a la perfección a pesar de todo y eso que, en más de una ocasión, hubo cortes de luz que entorpecían los ensayos junto a algunas visitas inoportunas de los guardias de asalto que, atraídos por los repiqueteos de martillo junto con los gritos de los maquinistas, entraban preocupados por si estábamos preparando algún atentado. Como si de algo contagioso se tratase a todos nos envolvió el entusiasmo que Darqués y Casajuana compartían y, a pesar de los gimoteos de Rodolfo por su olvidada obra, su colaboración también facilitó el éxito. Tanto Bartha como Casajuana corrían de un lado a otro comprobando que todo estaba en su sitio y evitar equivocaciones en los complicados cambios de cuadros que componían los cinco actos de aquel melódico melodrama.
Las calles andaban revueltas y, aunque se habían cursado varias invitaciones a las autoridades, sólo confirmó su asistencia el gobernador y su esposa, pues, el alcalde y los concejales del consistorio declinaron su asistencia quizá influenciados por un posible temor a ser abucheados por los espectadores. La noche del estreno todos estábamos muy inquietos. Para la Compañía no era la primera vez que estrenaban en aquellas circunstancias tan especiales, sin embargo, parecían sentirse ante uno de los mayores retos escénicos.
Tras el preludio interpretado por unos pocos músicos que el teatro Ruzafa tenía contratados como orquesta permanente, arrancó el primer acto con la intervención de Darqués que, maquillado con aspecto de anciano, narró partes de la vida y andanzas de Giacomo Casanova. Entre los espectadores el silencio fue absoluto y semejaba que aguantaban la respiración cuando el actor se detenía en las pausas dramáticas del texto. Terminó su intervención y nadie dijo nada a la espera de que algo trágico sucediese tras aquel extenso monólogo y cuál fue la sorpresa cuando, con los primeros acordes de una pegadiza melodía, surgieron, de entre las bambalinas, cinco hermosas muchachas ataviadas con unas ropas vaporosas que, con sencillas danzas, dejaban ver las ligas de sus medias, a los incrédulos espectadores. Todos los asistentes se arrancaron en fuertes aplausos. Cada uno de los bailes fue acompañado de un unísono acompañamiento de palmas y risas. El espectáculo marchaba tal como se había pautado en los ensayos y por el entusiasmo con el que los espectadores seguían los bailables parecía haberse conseguido un éxito seguro, pero lo que no esperábamos era el colofón que el escenógrafo Rodolfo preparó, pues, ansioso por utilizar su preciada obra, cuando faltaban pocos minutos para que terminarse el relato de la vida del anciano Casanova se apagaron las luces y, por un lateral del escenario, asomaron los dedos de aquella mano de cartón, a continuación, de acuerdo con uno de los maquinistas se iluminaron, poco a poco, hasta crear un misterio inesperado. Darqués, que se encontraba en medio del escenario, miró los dedos que se acercaban hacia él y con un alarde de improvisación declamó con potente voz:
«La mano del destino divino me reclama por mis pecados.» Se acercó hasta ella y se colocó como si una gran garra lo atrapase. El siempre alerta Bartha ordenó a los maquinistas que bajasen el telón y que encendiesen las luces lo que provocó unos segundos de desconcierto que terminaron con el arranque de una unánime ovación.
El estreno fue un éxito, pero al día siguiente llegó la orden de que los números musicales debían de ser revisados por la censura. Entre una de las peticiones estaba que tuviesen más decoro del mostrado el día del estreno. La orden sorprendió a todos, pero no hubo más remedio que alargar las faldas de las bailarinas hasta donde indicó la ordenanza. En cuanto a la sorpresa de la mano lejos de crear un conflicto entre Casajuana y el escenógrafo Rodolfo les gustó  a todos pues mejoró el final de aquella alocada obra.
Llegado a este punto, di por terminado mi relato y esperé a que mi hermano, que parecía estar muy interesado por seguir escuchando más aventuras escénicas, me solicitase que continuase contándole más detalles del teatro.
-Prosigue, Andreu -Me animó Salvador. -Por lo que puedo entender os ha ido muy bien con la compañía de teatro, pero ahora os he vuelto a encontrar solos, muertos de hambre y empapados como para contraer una pulmonía. ¿Qué sucedió después?
Y en el momento en el que pretendía retomar la palabra para explicarle cómo había virado nuestra buena suerte hacia ese estado, unos fuertes golpes sobre la puerta del cuarto nos sorprendieron a todos. Salvador nos hizo un gesto con el dedo de que guardásemos silencio y, a continuación, se oyeron  unas cuantas amenazas de derribarla si no se abría inmediatamente. Enmudecí asustado.