sábado, 23 de septiembre de 2017

22 COOPERATIVA DE ACTORES





Quizá en otro momento o quizá en otro ambiente nunca le hubiesen perdonado la frialdad con la que, Natasha Ivanoff, en aquel instante, trató a su solícito enamorado, Edelmiro Bartha.  Creo que al único que le preocupó y sorprendió, aquella falta de respuestas a las preguntas que, minutos antes, él me había lanzado, sobre la repentina aparición de su amada en aquella barraca de contrabandistas, fue a mí. Se demostraba que el poder de seducción hipnótico que poseía aquella mujer de ojos color esmeralda era evidente. Y tampoco nadie mostró interés por oír alguna explicación acerca de su misteriosa desaparición con aquel desconocido al que dijo reconocer como hermano. Por algún motivo que yo no alcanzaba a comprender, ni su prolongada ausencia y ni su no menos espectacular aparición en la playa rodeada de contrabandistas, su retorno no preocupó a nadie. Miré los rostros de los que se encontraban a mí alrededor y en sus caras no había ni un ápice de curiosidad por escuchar alguna explicación sobre las andanzas de aquella enigmática mujer. Su aparición, más fantasmagórica que real y propia de una obra de teatro de las de llamadas de magia, aparentemente no importó a nadie, puesto que, al instante de que ocurriese, todos volvieron a sus quehaceres. Los trabajadores del teatro ni tampoco se preocuparon por la felicidad de los amantes reencontrados que se besaban delante de ellos. No podía salir de mi asombro ante el desinterés mostrado por todos, incluso por mi amigo Batiste quien se ocupaba de guardar unos vestidos del último montaje dentro de los baúles de la compañía; al parecer al único que le importaba su reencuentro era a mí. Me resultaba imposible apartar la mirada de la duquesa Natasha quien, en la penumbra del patio de butacas, susurraba al oído del encandilado Bartha, algunas palabras cuyo efecto provocaban una amplia sonrisa en el rostro de aquel afable hombre. Pude ver como la pareja de enamorados se encaminó hacia la puerta de salida del teatro y yo fui el único que, con la mirada, los persiguió hasta verles desaparecer tras la luz del sol que se proyectaba sobre el pasillo central del patio de butacas.
Entre bambalinas, los maquinistas y los mozos se afanaban en desmontar y transportar los telones junto con las cajas del utillaje de la última obra representada. El retorno de la enigmática duquesa no había importunado en lo más mínimo sobre la cotidianidad de la compañía de teatro.
-¡No guardéis todavía el vestuario ruso! –Gritó Darqués que entraba por la puerta trasera del escenario del teatro Ruzafa acompañado por un extraño caballero. –Los telones de El Cristo moderno deben continuar en su sitio porque, esta noche, volvemos a representarla. La señora marquesa Bonafé nos financia un par de funciones más.
El sonido de los golpes de martillo y el trasiego de cajas hacia los sótanos del teatro se detuvieron con la voz de orden del director. Ese cambio de opinión provocó murmullos de sorpresa puesto que, Darqués, quien tan enérgicamente había protestado por las condiciones impuestas por la benefactora, ahora detenía el trabajo y parecía hasta complacido de tener que volver a representar aquella obra que la marquesa había impuesto.
Tanto Miguel Máñez como su esposa Carlota Planes se esforzaron por cumplir inmediatamente las nuevas indicaciones del director y aunque ambos ensayaban los diálogos de un sainete del Peris Celda que pensaban representar a su beneficio abandonaron el ensayo para retomar los personajes de la revolución bolchevique cristianizada, pero aún no llevaban ni recitados dos diálogos de dicho texto cuando, desde uno de los palcos, se escuchó un golpe seco que retumbó como si fuese una explosión de alguna bomba. Dirigí la mirada hacia el palco de donde procedía el estruendo y vi como asomaba una mano que intentaba asirse a la barandilla del palco.
Bartha salió de no se sabe qué rincón oscuro para ser el primero en encaramarse hasta el palco y comprobar si el propietario de aquella mano se encontraba vivo o muerto. En pocos segundos todos los maquinistas, los mozos e incluso el director acudieron para atender al posible herido, pero cuál fue la sorpresa de todos cuando, en realidad, se trataba de una mujer que al parecer, intentó subirse a una silla y ésta cedió a su peso dando con sus huesos en el suelo. La levantaron y tras comprobar que no tenía nada roto todos enmudecieron al contemplar los bigotes y barbas que cubrían su rostro. Fue ella la que rompió el asfixiante silencio que se produjo con una voz melodiosa que aún hundió más a todos en el asombro.
-Discúlpenme. Soy María Bartolineti, aunque todos me conocen como ‘La mujer barbuda que canta’. Trabajo en el circo Pizarro que está en la plaza de toros. Les pido mil perdones. No pretendía asustarles, pero me he subido a la silla para ver como trabajaban y me he caído de ella.
-Mi querida señorita, si quería vernos no tenía más que entrar por la puerta y sentarse en una de las butacas de patio. –Le conminó el director como queriendo quitarle hierro al asunto.
-No pretendía espiarles, pero como hoy no tenía trabajo pensé que…
Y en ese instante la dama de rostro peludo inició un torrente de lamentaciones sobre los serios problemas que el circo donde actuaba estaba atravesando.
-El circo anda en las últimas –Dijo. –Sólo se consigue actuar en pueblos pequeños y la miseria de este país hace que nuestros precios baratos resulten un lujo para los habitantes de las poblaciones que visitamos que no tienen ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca.
Con su voz melodiosa nos contó tantas penurias ocurridas en su vida errante que las lágrimas comenzaron a asomar en los rostros de los congregados a su alrededor y de no haber sido por la rápida intervención del director aquello se habría convertido en una verdadera escena melodramática.
-Queridísima señorita, no se preocupe tanto por la situación económica de este país, pues poco a poco todo cambiará para darnos más de una alegría. Ahora, si le parece bien, le acompaño a su circo.
Pero aquella mujer de voz melodiosa y de aspecto varonil no le hizo mucho caso y siguió hablando; contó que el propietario del circo se encontraba era uno de los principales promotores de crear una cooperativa actoral para poder continuar viviendo de los espectáculos.
–El circo agoniza, señor Darqués, pero el director Pizarro cree que si nos unimos todos los artistas seguro que conseguiremos salir de esta crisis. –Afirmó la velluda artista
-Los actores si se agrupan en cooperativas para conseguir que les contraten conseguirán ganar un jornal digno al igual que lo hacen los obreros de otros sectores y eso sería fabuloso. –Acertó Bartha a decir que hasta ese instante se había mantenido callado y distante pendiente sólo de su amada rusa.
-Sería una posible solución a muchos de nuestros problemas. –Apuntó, desde el escenario, el empresario del teatro Ruzafa, el señor Martí, que había seguido la evolución de la narración de la cantante barbuda desde un ángulo discreto sin que nadie hubiese notado su presencia. –El problema está en que los empresarios no podemos contratar a todos los actores, aunque formen parte de la misma cooperativa.
-Pero ¿por qué? Si a veces tenemos que interpretar varios papeles en una misma representación porque no hay suficientes jornales para actores y actrices. Eso significa más trabajo por el mismo sueldo.
Quien había formulado esa observación con gran tino era Miguel Máñez que se había mantenido en un segundo plano junto a su esposa Carlota quien extrañamente permanecía callada.
-No entremos en discusiones. –Afirmó tajante Darqués. –Será mejor que acompañemos a esta dama a la plaza de toros. Tengo ganas de saludar a Salustiano Pizarro y comprobar si sigue tan majestuoso su circo como lo recuerdo.
Y encabezados por Darqués todos sentimos curiosidad por ver la carpa del Pizarro. Nos dirigimos a la calle hacia la plaza de toros.
-¿Tú crees que tendrán fieras? –Me preguntó Batiste que parecía entusiasmado con la idea de ver un circo distinto al tenderete donde interpretaban sus farsas de adivinación el profesor Ares y Miss Zakara.
No tuve tiempo de contestarle porque al cruzar el zaguán del teatro una inmensa muchedumbre nos cortó el paso.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué hay tanta gente? –Le pregunté inquieto a Carmen Caballero, la primera actriz de la compañía, que abrumada al igual que nosotros se detuvo ante el gentío y un hombre, de cara angulosa y poblada barba, se acercó hasta ella gritándole:
- Bella Afrodita únete a nosotros que con tu hermosa cara seremos más fuertes.
Aquel hombre, de rostro abominable, le besó en la mejilla mientras le entregaba una octavilla. No se detuvo más porque detrás de él un nutrido grupo avanzaba y entre ellos destacaban dos hombres  que blandían una pancarta con el lema: UNÁMONOS.
Me sentí desconcertado ante tanta agitación así que tomé a Batiste de la mano para así poder permanecer juntos en medio de aquella muchedumbre. Darqués iba unos pasos por delante de nosotros y con el brazo hizo un gesto a toda la compañía para que permaneciese unida dentro de aquella marea de manifestantes.
En la plaza del ayuntamiento un improvisado entarimado servía de plataforma para que varios oradores subieran a arengar a los asistentes. Los que pudimos escuchar lo hacían con discursos llenos de retórica teatral sobre el momento crítico que se vivía entre las compañías artísticas que convivían en los escenarios de la ciudad de Valencia. A pesar de que fueron muchos los que subieron y expusieron el problema, ninguno parecía encontrar una solución eficaz para resolverlo.
-Lo que sobran son teatros ¡Qué se cierren!
Gritó alguien entre el público.
-Eso nunca, que hay familias que viven de los locales. –Le contestó otra voz y un murmullo se elevó por toda la plaza.
El palacio de Correos y Telégrafos, en la plaza de Castelar de Valencia
Aquello tomaba visos de no llegar a ninguna parte cuando, de improviso, vi, casi como un espejismo, en medio de la muchedumbre, a mi hermano, Salvador Masobrer, y a Librada que nos hacían señas para que nos acercásemos hasta ellos. Tanto Batiste como yo saltamos de alegría al verlos e intentamos aproximarnos, pero debido a nuestra corta estatura el avance resultaba casi imposible. Di unos cuantos empujones para lograr caminar unos pasos en su dirección y así acortar distancias y cuando casi ya podía tocar la mano de Librada en ese instante se escucharon unos disparos que truncaron el ambiente festivo de la manifestación por gritos junto con carreras fruto del pánico a lo desconocido. Tanto Batiste como yo nos quedamos paralizados a merced de los empujones y golpes que los manifestantes propinaban en sus desorientadas carreras y nos habrían aplastado de no haber sido por la rápida intervención de Salvador que nos arrinconó bajo la fachada del edificio de Correos. Una avalancha de asustados hombres y mujeres corrían en todas direcciones. Aquella estampida duró pocos minutos, sin embargo, tuve la sensación de que fue una eternidad. Batiste se abrazó a mí y yo, a su vez, a Salvador que, con su cuerpo, intentaba proteger a Librada, Batiste y a mí. Cuando, por fin, parecía que las carreras desorientadas cesaban en el suelo quedó gente herida y magullada por los golpes. Las voces alegres de los minutos previos se habían convertido en gemidos de dolor. Miré a mi alrededor y entre los que gritaban reconocí a Bartha que abrazaba a una mujer que estaba inconsistente tumbada en la acera. Se trataba de Natasha Ivanoff.