sábado, 13 de enero de 2018

26 LA MUJER DE LA PANTALLA





Según me contó mi madre aprendí a andar dentro del teatro Olympia. Cuando aún se representaban funciones de teatro allí ella trabajaba como costurera , sin embargo, un día, el empresario Martí, decidió convertirlo en un cine y con esa transformación  nuestras vidas también cambiaron. El cine ya no necesitaba a costureras, la plantilla de trabajadores se convirtió en un par de operadores que manejaban las luces y los rollos de las películas. Todos fueron despedidos. Se redujeron los ingresos en casa. A la escasez se unió la enfermedad de mi padre y su posterior fallecimiento. La miseria se instaló entre nosotros y por eso tuve que separarme de mi familia. Nunca lo comprendí. Busqué un culpable a mi desgracia y lo identifiqué con el Olympia y el cine.
Me oprimía volver a entrar a ese edificio y menos a un teatro al que se le había olvidado que lo era, pero esa tarde no tuve más remedio que entrar para no tener que quedarme solo en la calle. Me acomodé en una butaca y observé los estucados de los palcos de cestas con guirnaldas y flores de un dorado brillante. Levanté la cabeza y miré el hermoso cielo azul también lleno de flores. Tuve la sensación de que brotaban como si de una eterna primavera se tratase. Bartha y Natasha se sentaron junto a nosotros. Los miré. La mal disimulada sonrisa de Edelmiro indicaba que sólo quería estar junto a su amada duquesa fuese donde fuese. A continuación, escruté la cara de la dama rusa y noté un brillo especial en sus bellos ojos verdes que semejaban sonreír tras su aparente semblante serio. Batiste y Librada ambos se arrellanaron en las butacas alegres y despreocupados permanecían completamente ajenos a mis prejuicios. Se apagaron las luces y me vi obligado a mirar hacia la pantalla. Fijé mi atención en las imágenes que se proyectaban, sin embargo algo, en mi interior, parecía impedírmelo. Intenté no pensar. Volví a mirar el rostro de mis amigos que permanecían extasiados siguiendo aquellos bailes de unas coristas en un pequeño escenario de un café-bar. De pronto cambió el plano y también se podía ver al público que estaba sentado en el local.  El salón estaba lleno de hombres que fumaban, bebían y gritaban a las bailarinas. Una música chillona se escuchaba de fondo. En la cara de Batiste y Librada brillaba la emoción en sus rostros encandilados y con la boca abierta disfrutaban de aquel espectáculo grabado. Me pareció ridículo su entusiasmo y tuve que taparme la boca para evitar que una risa saliese de mi garganta. Volví a fijar la mirada en la proyección. Se había terminado el número coral y aparecía una dama vestida con un espectacular traje de lentejuelas brillantes que marcaba todas las curvas de su silueta. En la cabeza lucía un gran sombrero con enormes plumas que, a pesar de su gran aparatosidad y volumen, todavía mostraba su rubia cabellera. Aquella mujer despampanante entonaba una canción y, al mismo tiempo, agitaba un bastón al ritmo de la música y provocaba el delirio del público que la escuchaba en aquel lejano patio de butacas.
-Es Mae West –Bartha susurró  el nombre de aquella exuberante mujer. –La película se llama Lady Lou, aunque en España la han titulado como Nacida para pecar.
-Pues es una mujer encantadora. –Dijo Librada que no había dejado de mirar la pantalla. –Y no comprendo cómo pueden decir que ha nacido para pecar.
Edelmiro Bartha sonrió ante la ingenuidad de Libra.
Cuando terminó la película se encendieron las luces. El público de la sala se levantó y aplaudió enfervorizado y hasta hubo un hombre que se arrancó a gritos pidiendo que saliesen a saludar las actrices.
-¡Qué salga la rubia! –Corearon otros siguiendo el grito de aquel espectador.
Esos gritos se fundieron con las carcajadas de otros que, entre el público, se burlaron de la ignorancia de aquellos que no comprendían que los que actuaban en la película no se encontraban detrás del telón.
-Ese no sabe distinguir entre el teatro y el cine. –Afirmé con seriedad.
Emprendimos el camino hacia la pensión donde permanecíamos alojados y mientras discutíamos sobre las diferencias entre el cine y el teatro nos sorprendió el estruendo provocado por un tiro y, a continuación, el desgarrado grito de una mujer. Los cinco nos detuvimos al unísono. Por unos segundos, dejamos de respirar prestando atención a lo que ocurría a nuestro alrededor. Silencio. Bartha nos hizo un gesto con la mano para continuar caminando, pero, cuando tan sólo habíamos avanzado un poco volvimos a detenernos al escuchar unos pasos acelerados en la oscuridad que se aproximaban hacia nosotros. Se trataba de una pareja de guardias de asalto que a gran carrera, procedentes de la calle adyacente, venían hacia nosotros. Más por miedo que por precaución nos detuvimos hasta que éstos pasaron de largo.
-Será mejor que aceleremos el paso. –Advirtió Bartha con sigilo. –¡Vámonos!
Nos cambiamos de acera y casi corriendo llegamos al zaguán de la pensión.
Aquella noche me costó mucho dormirme. En mi cabeza se repetía el sonido del disparo, el grito y las carreras de los guardias entremezclado con las imágenes de las bailarinas de la película y la mujer rubia del gran sombrero que no cesaba de reír. Clareaba cuando escuché voces en el pasillo. Me incorporé sin hacer ruido para no despertar a Batiste que aún dormía a mi lado. Me asomé al pasillo donde se encontraban hablando Darqués y Bartha hablando.
-No sé cómo terminará todo esto. –Le decía el director a Bartha que asentía sin pronunciar ni una sílaba. –Anoche otro muerto. Creo que el gobierno no sabe cómo dar una solución al conflicto.
Fue lo único que alcancé a escuchar antes de sobresaltarme por el zarandeo que me propinó la duquesa Ivanoff. Aquella sigilosa mujer se había acercado a mí como un felino.
-Deberías estar durmiendo, Andreu. –Me susurró al oído con ese tono dulzón que desprendía musicalidad en sus palabras.
Tiró de mí para hacerme salir de mi escondrijo. Tanto Darqués como Bartha se rieron al verme empujado por Natasha.
-Siempre hay oídos inoportunos que te escuchan. –Les dijo Natasha mientras le guiñaba un ojo a Edelmiro.
-Andreu, espero que hayas dormido bien. No debes temer nada mientras estés con nosotros. –Bartha rozó mi cara con la yema de sus dedos para conferirme la confianza que intuía que me faltaba.
Y antes de que pudiese terminar de pronunciar la última palabra los cristales de las ventanas saltaron en mil añicos.
Cuando abrí los ojos vi todos los cristales rotos alrededor. Natasha me abrazaba contra Bartha y Darqués se había caído al suelo.
-Enrique ¿te encuentras bien? –Le preguntó Edelmiro mientras le tendía una mano para ayudarle a incorporarse.
-Sí, no te preocupes. Ha sido la onda expansiva de la explosión la que me ha hecho perder el equilibrio.
Asustados por el fuerte estruendo salieron Batiste y Librada al pasillo con los pies descalzos.
-Cuidado con los cristales. –Les gritó la duquesa que corrió hacia ellos para detenerlos.
Cientos de fragmentos de cristales rotos llenaban el suelo al igual que en las habitaciones. En la calle se escuchaban gritos de pánico y por las ventanas rotas penetró un olor intenso a humo. El resplandor de las llamas era cercano.
-¿Cuándo terminará todo esto? –Preguntó asustada Librada.
Pero nadie pudo responderle a lo que semejaba ser una súplica.
En la calle, los gritos de los heridos se confundían con los que les socorrían e intentaban apagar el fuego.
Miguel Máñez, el actor característico de la compañía, subió las escaleras con tal rapidez que cuando llegó hasta nosotros casi no podía hablar y jadeante tuvo que sentarse en una silla para recuperarse de la carrera.
-Menudo susto de buena mañana. –Dijo limpiándose el sudor con un gran pañuelo. –Carlota se ha vuelto histérica por el estruendo.
-Dale una tila y que se tranquilice que no está interpretando ninguno de nuestros melodramas. –Le ordenó Darqués con gravedad. –Será mejor que no salgáis de la pensión por ahora. Voy a ver qué es lo que ha ocurrido. 
A pesar de las advertencias, la duquesa Ivanoff se colocó un mantón y tomó de la mano a Librada dispuesta a salir a la calle.
-Una explosión no puede detenernos. –Dijo Natasha. –Hay muchos asuntos que resolver ahí afuera.
A Bartha no le gustó la idea de que su amada desobedeciese la orden del director de la compañía, pero sabía que nada le haría cambiar de opinión ¿Quién era capaz de contradecir a Natasha?
Minutos después, el mismo Bartha también nos tomó a Batiste y a mí de la mano para salir con él a la calle.
-No os soltéis ni os separéis de mí por ningún motivo. Vamos a buscar una nueva pensión para esta noche. –Ordenó Bartha.
El fuego procedía de un almacén. Como si fuese una gran chimenea el techo del edificio expelía llamas de fuego mezcladas con el humo negro alimentado por los trapos y cartones que se hacinaban en su interior. En la calle se había formado tal barullo de gente que resultaba imposible circular por las aceras.
-Seguro que en la plaza de Emilio Castelar hay menos alboroto. –Nos indicó Bartha.
Pero se equivocó. Gente y guardias empujaban a los que pretendían entrar en su recinto, sin embargo, con gran esfuerzo y tirando de nosotros dos Edelmiro consiguió que llegásemos hasta el local de su amiga Adela Margot que ya se encontraba abierto.
-¿Qué os trae por aquí a estas horas? –Dijo aquella risueña mujer.
Bartha le explicó lo sucedido.
-En la pensión La Pérgola seguro que os encontráis mucho mejor. Está enfrente de La Casa el Chavo. –Afirmó La Margot con aquel tono chillón. –La propietaria es una buena amiga mía.
Y le guiñó un ojo a Bartha, aunque éste no le mostró ninguna complicidad ante aquel gesto cómplice.
La pensión tenía una entrada estrecha y oscura, sin embargo, todo semejaba encontrarse limpio. La propietaria era una mujer de facciones rudas y simiescas que se le acentuaban más debido a la desproporcionada longitud de sus brazos junto con unas piernas arqueadas como si no pudiese soportar el escaso peso de su menudo cuerpo.
-Tendrán que conformarse con tres habitaciones. No tengo más libres –Gruñó.
-No se preocupe, señora. Nos arreglaremos. Si es tan amable ahora sólo queremos comer algo y descansar. –Le advirtió el director que también se había reunido con nosotros.
En el comedor había una mesa muy larga donde dispuestas en fila había unas cazuelas de barro que contenían los guisos que aquella ruda mujer había preparado.
Darqués nos informó que tanto la duquesa Ivanoff como Librada se reunirían con nosotros más tarde debido a un asunto de vital importancia que estaban llevando a cabo. Aquella noticia no gustó mucho a Edelmiro que no dijo nada que, con su silencio, mostró su preocupación.
-Come un poco más de sopa. –Me indicó Bartha.
Rechacé su invitación. A pesar de que su sabor no era desagradable no podía tragar ni una cucharada más. Quizá fueron los acontecimientos y los sobresaltos de todo el día los que provocaron que me doliese tanto la cabeza y que mis piernas casi no me sostuviesen. Creo que me dormí sobre la mesa del comedor. 
El último recuerdo que conservo de ese momento es que alguien me depositó en una cama y, a partir de ese instante, todo pareció confundirse dentro de mi cabeza como si se tratase de un sueño. Se me apareció la mujer de la pantalla que se quitaba el gran sombrero de plumas y me lo lanzaba como si fuese un reto. A continuación, un caballero, vestido de uniforme, se acercaba hasta ella y tras susurrarle unas palabras al oído, provocaba en ella una risa estridente que martilleaba mis oídos. Poco después la cara de la mujer había cambiado completamente y su rostro se había transformado en el de Natasha Ivanoff que sonreía y escuchaba cómplice a aquel hombre uniformado. La música comenzó a sonar y las coristas cantaban una canción que no entendía. Tanto el hombre como la mujer que se parecía a Natasha me miraban y me señalaban como si yo les estuviese espiando en su intimidad.
Creo que estuve gritando durante un buen rato antes de recobrar la consciencia.
-Ya le ha bajado la fiebre. –Acerté a escuchar, pero no fui capaz de distinguir quién era el que hablaba.
Alguien me hizo beber algo que tenía un sabor amargo y desagradable. Lo rechacé. Cerré los ojos y tuve la sensación de que me caía por un precipicio oscuro, negro que no terminaba nunca. Intentaba gritar y pedir ayuda, pero de mi garganta no salía ni un solo sonido. El terror se apoderó de mí. Abrí los ojos y fue cuando vi a aquella fiera delante de mí. Era igual que los leones que había visto en el circo Pizarro de la plaza de toros, pero éste era todo negro. Quería gritar, pero algo me lo impedía. Me encontraba completamente paralizado por el espanto. Permanecí quieto esperando a que aquel animal se moviese y así saber si me iba a atacar o, por el contrario, no me había visto y se alejaba de mí. No sé cuánto tiempo estuve inmóvil esperando algún gesto suyo hasta que, por fin, vi la cara de Bartha que se inclinaba sobre mí.
-Andreu, ¿te encuentras mejor? –Me susurró con su tono amable y paternal.
Intenté advertirle del peligro del león que estaba detrás de él, pero no podía articular ni una palabra. Con un gran esfuerzo levanté el brazo para señalarle donde se encontraba la bestia.
Logré captar su atención y miró en la dirección a la que le señalaba. Sonrió.
- Andreu, no te preocupes por ese león es de bronce y no puede hacerte nada.
¿Cómo estaba tan seguro de que ese animal no era de carne y hueso? Yo había escuchado su rugido con toda claridad, sin embargo, Edelmiro siempre había cuidado de mí y de Batiste como si fuésemos sus hijos, no podía desconfiar de su palabra.
Me volví a dormir o eso es lo que yo creí porque volvieron las imágenes de aquella mujer que se reía de mis miedos. Un sudor helado me bañó todo el cuerpo y, a continuación, un ardor intenso se apoderó de mí.
No sé cuánto tiempo permanecí así hasta que escuché una voz risueña que me animaba a despertarme.
-Anda, dormilón, que lo único que querías era estar en la cama más horas que nadie.
Era Librada la que me susurraba aquellas palabras al oído.
Abrí los ojos y vi su cara cerca de la mía.
-Venga, muévete un poco. –Me dijo con un tono melodioso.
Intenté levantarme, pero no tuve suficientes fuerzas como para lograrlo.
-Deja ya te ayudo que estás todavía demasiado débil. –Me ordenó con autoridad. –Has tenido mucha fiebre y decías cosas muy raras. No dejabas de gritar el nombre de Natasha y el mío.
Sentí vergüenza cuando Librada me lo contó. Ellas no eran ni mi madre ni mi hermana como para tener que llamarlas tantas veces.
Libra continuó hablando y contándome que todos habían estado muy preocupados por mis delirios y porque no me bajaba la fiebre.
-El médico que Darqués trajo nos dijo que has estado a esto –hizo un gesto muy gracioso con los dedos –de marcharte a la otra vida, pero no te lo íbamos a consentir ninguno de nosotros ¿eh? –Bromeó con un fingido deje alegre.
Cuando por fin pude levantarme de la cama entonces comprendí que todos mis miedos habían sido producto de la enfermedad y que el león de bronce sólo era un remache decorativo del edificio del llamado Banco Vitalicio que se encontraba enfrente de la pensión donde nos hospedábamos.
Enrojecí avergonzado por mi delirio y casi no me atrevía a mirar a la duquesa que se interesó por mi salud y entró en mi habitación. Levanté la mirada y cuando me fijé en su rostro grité:
-¡Es ella! –dije sin poder controlarme. –Es la mujer de la pantalla.
Volví a sumirme en la fiebre, aunque esta vez no fue tan alta. Cuando por fin me repuse de aquellas fiebres y abandoné la cama el director Darqués con tono jocoso me dijo:

-Para superar la enfermedad y tus miedos debes de volver al teatro Olympia. 
Me eché a temblar. No quería volver a aquel sitio. El director observó mi temor y con tono jocoso me susurró.
-No te preocupes por la mujer de la pantalla que ella no tiene intención de matarte.