sábado, 18 de noviembre de 2017

25 EL CABALLERO DEL TRAJE BLANCO


-¿Estás seguro de que era ella? ¿No te habrás confundido de persona?
-Por supuesto que lo estoy. ¿Por quién me tomas, Edelmiro?
-No sé, al ser de noche quizá te pareció ella. –Insistió Bartha.
-Por supuesto que lo era. Tengo muy buena vista. – El contable Gumersindo Plácido le replicó con tono agrio. –Se encontraba sentada entre dos caballeros y mantenía una animada conversación, que casi me atrevería a calificar de íntima, con un caballero el que vestía un traje blanco.
Bartha, con tono seco, hizo callar al contable diciéndole que no le fuese con cotilleos de alcahueta que no disponía de tiempo que perder con esos asuntos.
El pobre Edelmiro nervioso por el chismorreo que le había lanzado el contable sobre Natasha, no dejaba de moverse y de decirnos incoherencias como si su cabeza estuviese despistada por cualquier otra razón. Aquella historia de que su amada mantuviese secretos a sus espaldas no le hacía ninguna gracia y menos con caballeros misteriosos que fuesen vestidos con un traje con un color tan poco discreto como lo es el blanco.
-¡Andreu y Batiste!–Gritó Bartha alejándose del impertinente Plácido al que dejó con la palabra en la boca. De esta manera pretendió disimular el daño que aquellas palabras parecían causarle. –Necesito que me hagáis un encargo. Quiero que esta mañana y la siguiente y las que hagan falta estéis en la puerta de ese café de la calle de la Paz para… para… –Tartamudeó al mismo tiempo que no podía dejar de moverse, como si fuese una peonza, mientras nos hablaba.
-No se preocupe, señor Bartha –Le atajó Andreu. –Sabemos lo que quiere que hagamos. Estaremos atentos y le informaremos de todo lo que ocurra.
Yo no comprendí nada en absoluto de lo que Andreu daba por entendido, pero como solí hacer confié en que él me lo explicaría de camino. Salimos del teatro Ruzafa y nos dirigimos a la calle Linterna al local del sindicato de obreros de donde, esperábamos encontrar a Salvador Masobrer, el hermano mayor de Andreu, y, por supuesto, a Librada quien se había hecho inseparable de él.
La puerta del local se encontraba abierta, pero aún era temprano para repartir la sopa que solían dar a los obreros y sus familias. En el local sólo se encontraban dos ancianos de los cuales uno se encargaba de mantener el fuego encendido y el otro removía el gran caldero con ahínco.
Uno de ellos nos indicó que Salvador se encontraba en una reunión en uno de los pisos de arriba. Sin mediar más palabras salimos del local para entrar en un oscuro portal que, a pesar de ser de día, permanecía en penumbras. Iniciamos el ascenso al último piso por una estrecha escalera. El silencio y la penumbra agudizaban nuestra imaginación y nos pareció que, en cualquier instante, una sombra de las que cubrían los rellanos de la estrecha escalera, fuese a agazaparse sobre nosotros. Continuamos la ascensión con lentitud y silencio cuando nos sobresaltó un hombre delgado que, agazapado en la penumbra, nos salió al paso. Él sí que era real y no fruto de nuestra imaginación.
-¿Vosotros a dónde vais? –Soltó la pregunta como si fuese un afilado cuchillo sobre nuestra garganta.
Ni yo puede articular ni una palabra ni Andreu tampoco ante aquella fantasmagórica aparición.
-Déjales pasar. son mi hermano y su amigo Batiste.
La voz de Salvador se escuchó con claridad desde el quicio de la puerta mal iluminada. Nos tendió una mano invitándonos a pasar al interior dándonos la seguridad que siempre solía comunicar con su sola presencia.
Aquella destartalada estancia estaba ocupada por unos hombres que, por su indumentaria debían pertenecer al gremio de la albañilería, sin embargo, quien destacaba era un hombre que vestía de traje de chaqueta todo de blanco. Tanto a Andreu como a mí nos vino a la memoria el chismorreo del contable Gumersindo sobre la misteriosa conversación que, Natasha Ivanoff, había mantenido con un caballero vestido con ese atuendo en una de las más populares cafeterías de la calle de La Paz. No pudimos esconder la sorpresa en el rostro y antes de formular ninguna pregunta a Salvador él mismo nos sacó de la sala para introducirnos en la cocina de la estancia.
-Seguro que tendréis hambre. –dijo mientras abría una alacena y buscaba algún mendrugo de pan.
-No, gracias. Hemos comido en el teatro. –Se apresuró a contestarle Andreu. –Sólo veníamos a buscar a Librada.
Al pronunciar el nombre de nuestra amiga el semblante de Salvador cambió y una sonrisa, junto a un brillo especial en sus ojos, apareció en su cara.
-Libra ha salido un momento a hacer unos recados, pero podéis esperarla aquí si queréis.
-¿Libra? ¿Ahora se llama así? –Dije sin casi poder contenerme.
Ni Salvador ni Andreu contestaron a la pregunta.
-Debemos irnos. –Afirmó Andreu, aunque no hizo ninguna mención de iniciar la partida.
En ese instante entró uno de los obreros.
-Salvador, don Raimundo dice que se marcha, pero antes quería despedirse de ti.
Tanto Andreu como yo nos quedamos sorprendidos al ver que aquel caballero vestido de pies a cabeza de color blanco se personaba en el interior de la cocina donde nos encontrábamos. Le tendió la mano a Salvador y con una amplia sonrisa le dijo:
-Ha sido un auténtico placer poder conversar con vosotros y, en especial, contigo, Salvador. Nunca me imaginaba encontrar una respuesta tan firme en este gremio. Creo que todo saldrá a la perfección.

-Eso espero, señor. Nuestra intención es luchar y ganar por nuestros derechos y evitar la violencia que siempre es innecesaria.
Tanto Andreu, como el obrero, como yo, nos quedamos con la boca abierta escuchándoles. Era la primera vez que veía tanta cortesía entre el que parecía un poderoso y un humilde. En ese mismo instante entró Librada que venía cargada con una cesta. El caballero de blanco se apartó para que ella pudiese entrar en la estrecha cocina y descargar la cesta en la que se amontonaban una montaña de pimientos rojos.
-Es lo único que he conseguido a buen precio. –Dijo Librada mirando a Salvador que le sonreía.
-Pues hoy comeremos pimientos. No te preocupes. Los pobres nos acostumbramos a todo con tal de poder llenar el estómago.
Librada nos vio y con una amplia sonrisa, poco habitual en ella, nos saludó y preguntó si queríamos comer algo.
-Lo hemos hecho en el teatro. Ya sabes que Bartha no nos dejaría salir a la calle sin haber tomado algo. –Aseveró Andreu. –Tenemos que hacer unas cosas para él ¿puedes venir con nosotros?
Y mientras hablábamos, el misterioso caballero que vestía de blanco, desapareció sin que nadie nos diésemos cuenta.
Ya en la calle los tres la luz del sol nos cegó. Encaminamos nuestros pasos hacia la calle de La Paz y mientras lo hacíamos Andreu le contó el motivo por el cual habíamos ido a buscarla.
-Y debe de ser el caballero que estaba hablando con Salvador cuanto has entrado. –Le dijo.
-Yo no he visto a ningún hombre vestido de blanco. –Afirmó Librada.
-Estaba en la puerta de la cocina. Se ha apartado para que entrases. –Reafirmó Andreu mientras me miraba para que asintiese a sus palabras.
-En serio, sólo os he visto a vosotros dos y a Salvador.
La rotundidad con la que nuestra amiga lo afirmaba nos hizo dudar de nuestra propia memoria y andábamos absortos en esa discusión cuando un golpe seco nos detuvo. A un carro que transportaba cajas de hortalizas se le partió una rueda lo que provocó que se le derramase toda su carga delante de la puerta de la iglesia de San Martín. Los transeúntes de la calle de San Vicente se arremolinaron alrededor del carro, y aunque algunos ayudaron al carretero y a desaparejar al animal, sin embargo, otros aprovecharon el desbarajuste para tomar algunas de las hortalizas desperdigadas de las cajas rotas. Las mujeres introducían las verduras en sus faldones y los niños les ayudaban evitando los golpes y reprimendas del carretero que desesperado veía que desaparecía su carga entre la gente que acudía a ver el desastre.
-¡Mira! –Grité. –Es el caballero del blanco el que va por la otra acera.
Y tanto Andreu como Librada se volvieron en dirección a donde yo les señalaba. Aquel hombre subía a un coche conducido por un chófer uniformado. En el interior se veía a dos de los ocupantes y uno de ellos era la duquesa Natasha Ivanoff.
Por mucha prisa que nos dimos y tras correr detrás del vehículo varios metros, no logramos alcanzarlo. Se dirigía hacia la calle María Cristina. Desanimados nos acercamos hasta los escalones del Mercado Central, pero había tal bullicio que cruzamos para detenernos en los escalones de la Lonja de la Seda y poder recuperar el resuello.
-¿Quién será ese hombre vestido de blanco? –Le pregunté a Andreu.
Y Librada volvió a insistir en que ella no lo había visto.
-Ese hombre sólo existe en vuestra cabeza. –Afirmó entre risas.
Mientras discutíamos si era una realidad o una ficción, la voz de nuestro amigo Venancio nos sacó de nuestra conversación. El joven albañil nos hacía gestos desde la otra acera. Cruzó la calle y se acercó hasta nosotros. Llevaba un cucurucho en la mano del que extraía cacahuetes y altramuces.
-¡Qué alegría me da volver a veros! –Dijo Venancio pelando uno de los cacahuetes. –Hace demasiado tiempo que no sabía nada de vosotros, pero me imaginaba que continuabais con la compañía de teatro ¿verdad?
Se introdujo uno de los cacahuetes en la boca, pero no por ello dejó de hablar.
-Yo dejé la compañía de Francisco Sanz, el ventrílocuo. Se iba a América y a mí no me gustaba la idea de perder de vista la ‘terreta’ así que volví a buscar trabajo en la construcción. Encontré en seguida. Un peón es fácil que se coloque, pero el jornal es tan bajo que no me alcanzaba para comer y pagar el cuarto donde vivo realquilado, así que me busqué otro medio de vida.
Volvió a introducir su mano en el cucurucho de papel y esta vez sacó un altramuz que peló hincándole un diente para partir la piel. Continuó hablando.
-Un día vine al Mercado Central y me fijé que en algunas de las paradas tenían a mozos que les cargaban y descargaban el género así que, ni corto ni perezoso, me dirigí a una donde venden pollos y conejos y me ofrecí para lo que necesitasen. El señor Vicent no quería darme trabajo, pero doña Amparito, su mujer, es muy caritativa y como le di lástima, dijo que le podría venir bien una ayuda para pelar las gallinas o llevar los mandados, a las casas. No gano mucho, pero ahora no me preocupo de la comida y con el poco dinero que gano me alcanza para pagar el alquiler. No me gusta mucho eso de pelar gallinas, pero ahora ya no tengo que subir a andamios cargado con sacos ni aguantar insultos del capataz. En este trabajo lo mejor es ir a las casas a repartir los encargos. Voy a las cocinas y las criadas siempre me dan alguna que otra propina o bien un quinzet[1][1] o bien algo de comer. A la casa que más me gusta ir es a la de los Moroder porque la cocinera de allí me quiere mucho y no me deja salir si no me he comido un buen plato del guiso que tenga ese día. Creo que hasta estoy engordando. –Y soltó una risotada que nos hizo reír a nosotros también.
En ese instante se escuchó un gran alboroto de voces de mujeres y hombres y vimos cómo se formaba una concentración delante de las escalinatas del mercado.
-Eso es una manifestación que han organizado los vendedores del mercado. –Nos explicó Venancio que había terminado con el interior del cucurucho. –Protestan porque todo ha vuelto a subir. Bueno, todo menos los salarios, claro.
En ese instante otro grupo de manifestantes que venía por la calle Calabazas se unió a los que se habían concentrado. Gritaban y parecía que aquello se complicaba por segundos, pues varios guardias de asalto, armados con fusiles, se habían colocado estratégicamente en las entradas de las calles.
-Vámonos –dijo Librada preocupada por lo que parecía se complicaba por minutos.
Nos levantamos para salir por la escalinata de la Lonja de la Seda cuando nos detuvo Bartha y Darqués que acompañados por Natasha Ivanoff y el misterioso caballero del traje blanco nos salieron al encuentro.
-No temáis nada. –Dijo Darqués con ese aplomo que le caracterizaba en todas las situaciones. –Lo único que tenéis que hacer es seguir con nosotros.
La sorpresa nos enmudeció porque nos asaltaron mil y una duda sobre cómo era posible que aquel misterioso caballero, todo vestido de blanco, estuviese junto a nosotros. Daba la sensación de que lo hubiese estado siempre. Creo que el primero en sobresaltarse fui yo cuando escuchamos unos tiros y, a continuación, los gritos despavoridos de la muchedumbre. Todos pretendían huir de allí como fuese, pero el caballero de blanco nos tomó de la mano para meternos en uno de los portales que permanecía entreabierto y evitar que nos arrollase la gente que corría despavorida hacia la plaza del Collado.
Asustados y con el corazón encogido allí dentro esperamos a que todo se calmase. Venancio fue el que primero que se asomó a la calle donde el griterío se había convertido en un inesperado silencio. Milagrosamente no había resultado nadie herido con aquella huida despavorida. 
Miré hacia los escalones del mercado y vi al caballero que vestía de blanco. ¡Era imposible! Si se había refugiado en el portal con nosotros.
Busqué a Andreu para decírselo, pero en ese instante se encargaba de ayudar a la duquesa que se afanaba por recomponer su vestido que se había enganchado en la puerta.
-Mira, Librada. –Señalé con el dedo los escalones del Mercado Central. –Ahora no me dirás que no lo ves.
-¿A quién? –Me preguntó Librada.
-Al caballero del traje blanco. Está ahí.
Librada me miró como si yo desvariara y me dijo.
-¿Estás seguro que no has visto a un ángel?












[1] 25 céntimos de peseta.