sábado, 18 de marzo de 2017

¿QUÉ PASÓ CON ALICIA?



Seguro que más de uno os habéis preguntado qué pasó con Alicia cuando ésta creció.
Algunas voces envidiosas decían que todo lo que siempre había contado era una mentira fabulada por su imaginación calenturienta.
Otros, sin embargo, dijeron que, Alicia, con le paso del tiempo, pretendió negar su viaje al país de las maravillas y, en el momento en el que alguien osaba preguntarle por aquello que tanta fama le había proporcionado, le quitaba relevancia calificándolo como una pesadilla de adolescente. No obstante, sé de muy buenas fuentes, que, cuando lo recordaba, su cara mudaba de expresión y se notaba el gozo que le suponía retrotraerse a esos años de fantasía y protagonismo.
El paso del tiempo es inexorable para todos y Alicia también creció. Se rumoreó que la decisión de abrir aquel negocio de antigüedades suponía regresar al viaje a través del túnel del tiempo y vivir la vida de los que habían sido propietarios de aquellos objetos. La mayoría de sus conocidos pensaban de ella que era una chiflada, no obstante, la delgada línea que separa la cordura de la locura, estoy segura de que ella no la cruzaba tanto como alguno de nosotros lo podemos hacer en más de una ocasión de nuestra vida.
Lo que voy a narrar lo sé porque Alicia me lo contó antes de irse y es que, desde hacía muchos años, escondía su pasado bajo un gran número de muebles usados y cuadros de dudoso valor artístico. Ella, de vez en cuando, desempolvaba sus recuerdos mirándose en el espejo que conservaba en la trastienda de su negocio y rememoraba las sensaciones del momento en el que lo atravesó.
Pero sigo contando lo que poco que sé de ella. Alicia, aquel día, realizaba la tarea de catalogar los objetos que había adquirido de un piso subastado. Entre unos cachivaches encontró una lámpara de aceite oxidada. Tomó un trapo y la frotó para retirar la suciedad que la recubría. Mientras la limpiaba escuchó una voz que le saludaba. Levantó la cabeza y, ante ella, se encontraba un apuesto caballero.
-Buenas tardes señorita. –Le dijo con una voz dulzona para sus oídos.
-Buenas tardes, caballero. Si no llega a ser porque he escuchado la campanilla de la puerta de mi tienda pensaría  que usted es el genio de la lámpara que estoy limpiando.
-Pues que así sea. –Dijo el desconocido con tono jocoso. –Disculpe si le molesto, no tengo costumbre de entrar en las tiendas de antigüedades, pero en su escaparate hay expuesto un libro que me interesa.
Alicia depositó la lámpara que intentaba limpiar sobre el mostrador y se acercó hacia el escaparate para sacar el libro que le indicaba el posible cliente. Se trataba de un tratado sobre la caza del siglo XIX. Aquel caballero de aspecto pulcro se caló unas gafas extraídas del bolsillo derecho de su americana. Según me contó Alicia, lo observó durante unos largos y minuciosos minutos. Directamente le preguntó cuánto pedía por él. La transacción fue rápida y sencilla. El caballero sacó su cartera y abonó la cantidad en efectivo. Hasta ahí todo habría sido normal y corriente para el tipo de negocio que regentaba Alicia de no haber sido porque, aquel caballero, volvió su mirada a la sucia lámpara depositada sobre el mostrador y, con el libro en la mano, se evaporó delante de la atónita mirada de Alicia. De no haber sido porque tenía el dinero sobre el mostrador y que el libro no estaba, hubiese pensado que era un sueño.
Me contó que por la noche durmió mal. Tuvo varias pesadillas y en todas ellas aparecía la mirada penetrante de aquel hombre que había desaparecido delante de ella. Harta de aquel duermevela, se levantó de la cama y bajó a la tienda para continuar con la tarea de ordenación de los objetos adquiridos. En una de las cajas encontró un manojo de llaves atadas con unas tiras de piel. Pensó que serían las llaves de un mueble secreter que también estaba en aquel piso. Alicia probó en las cerraduras de éste, pero ninguna de las llaves entraba. Mientras lo hacía y sin querer presionó uno de los dibujos de las tallas del mueble donde y se abrió un resorte en la parte superior. Dentro había un sobre con una carta escrita con letra muy estilizada. Alicia leyó el texto, pero no tenía mucho interés. Lo dobló y lo guardó en el interior del cajón secreter y entonces sí que vio el botón. Lo presionó. Se abrieron las puertas del secreter y de su interior apareció una preciosa miniatura de unos caballitos que giraban en un tiovivo al compás de una hermosa musiquita. Alicia, según me contó, contempló la danza de aquellos diminutos caballitos con deleite hasta que la luz del sol se coló por una de las ventanas del escaparate. Dice que sintió como si alguien le llamase en un susurro al oído, entonces levantó la mirada y lo vio. Allí, en la ventana, estaba el caballero que desapareció casi por arte de magia. Le saludaba con la mano sonriente. Afirma que entonces sí que vio cómo se alejaba de su tienda como cualquier viandante.
Transcurrieron los días y Alicia olvidó al misterioso comprador. Casi había terminado con todo el inventario de los objetos del lote del piso, ya sólo le faltaba revisar una caja que contenía la documentación del propietario. Quiso darle curso lo antes posible, pero tal como me confesó, ese día le resultó imposible porque efectuó numerosas ventas. Por la noche, cansada de aquel agotador día, me contó Alicia que acostó convencida de que con el cansancio vendría el sueño, pero, no fue así, pues una sensación de desasosiego le invadió. Harta de dar vueltas en la cama bajó a la tienda y decidió acometer la última caja que le faltaba por cotejar. Entre los múltiples recibos encontró un pequeño libro donde, su propietario, a modo de diario, anotaba sus impresiones. Alicia lo abrió por una página cualquiera y leyó el primer párrafo. Se trataba de la narración de una vida solitaria. Entre otras cosas, detallaba cómo adquirió el mueble secreter así como el tratado de caza de las ilustraciones que había atraído al extraño cliente, pero, sin embargo,  en lo que más hincapié hacía, a lo largo de todo el diario, era en la lámpara oxidada y el manojo de llaves cuyas cerraduras, Alicia, no consiguió encontrar. Con la lectura de aquel diario vio amanecer el sol a través de las ventanas de su tienda. Miró esperando encontrar la cara sonriente de aquel misterioso cliente, aunque, esta vez, sin éxito.
Alicia me contó, que, después de leer aquel libro, ya nada era igual en su negocio. Por su cabeza le rondó la idea de emprender un largo viaje, así, sin pensarlo mucho más, echó el cierre. Antes de marcharse se dirigió hacia la trastienda y buscó el espejo que tenía oculto entre los viejos muebles. Lo embaló con cartones y papel para preservarlo y salió de la tienda con él debajo del brazo.
Todavía no ha vuelto. De hecho, cuando yo la compré fue su abogado el que se encargó de todos los trámites legales, pues ella no quiso regresar para formalizar la venta.
Llevo casi veinte años en este negocio. Podría haberle cambiado el nombre al rótulo y poner el mío, pero me pareció mejor mantener el de Alicia porque, si se puede decir, ella fue amiga mía.
Nunca he vuelto a verla, aunque todos los años, por la fecha en la que se formalizó la venta, recibo una postal anónima en la que siempre se repite la misma frase:
“Sin novedad desde el otro lado del espejo.”


sábado, 11 de marzo de 2017

LA INAUGURACIÓN

 Aquella inauguración sólo necesitaba un muerto. Por supuesto que nadie quería ser el primero, aunque la oferta anunciada por el alcalde resultaba muy atractiva, pues, había prometido, que tendría un entierro con todos los honores. En el pregón municipal se anunció que, al primer cadáver, no sólo se le oficiarían las ceremonias fúnebres habituales, sino que, además, se le dotaría de un cortejo de frailes y monjas procedentes de los conventos más próximos como parte del acto de inauguración del nuevo campo santo. Además, al cortejo fúnebre, se le uniría la banda de música que se encargaría de interpretar unas piezas musicales para la ocasión. El nuevo cementerio merecía una inauguración como era debido, pero, para ello, alguno debía de ser el primero en morirse y, en el pueblo, nadie parecía estar dispuesto a serlo. 
Pasaban los días y las autoridades comenzaron a ponerse nerviosas de ver no poder lucirse en un acto público tan importante. El alcalde consultó con el médico de cabecera para que les hiciese un tanteo de quién podría ser el posible candidato, pero el informe que les elaboró, el galeno, no le gustó. Aquel hombre, la mayoría de las horas del día, solía sestear debajo del árbol de la plaza mayor, pues andaba falto de trabajo. Los habitantes del pueblo gozaban de buena salud y le escaseaba el trabajo. Sólo debía asistir a partos y pocas incidencias más de escasa importancia. El alcalde se descorazonó y pensó que nunca llegaría la tan deseada inauguración.
Pasaban las semanas y los meses y el cementerio vacío comenzó a llenarse de malas hierbas y de roedores que encontraron, en aquel espacio desierto, el sitio ideal para crear sus madrigueras. Ante tal situación y temiendo que aquello fuese a más, las autoridades, determinaron que sería conveniente que alguien se encargase de la limpieza y conservación del edificio y se concluyó que la persona adecuada para esas labores era Colau un labrador de aspecto bonachón que vivía muy cerca del campo santo; aquel hombre tenía una pequeña barraca rodeada por un trozo de huerta y un corral donde criaba gallinas, conejos y cerdos. El consistorio acordó darle una pequeña asignación por su labor de custodia. A partir de ese momento se trasladó al edificio vacío donde, si no estaba exterminando las hierbas y a los roedores se sentaba a la entrada donde charlaba con el viejo Dandú, otro agricultor muy mayor que poseía un trozo de huerta lindante a la barraca de Colau. Aquel hombre pasaba más horas hablando con él que dedicaba a cuidar de su huerto.
Yo también tenía amistad con Colau y se debía a que  mi pequeño huerto estaba cercano al nuevo cementerio. Cuando pasaba por la puerta principal, la mayoría de las veces, encontraba a los dos hombres sentados junto a las grandes puertas de hierro, Colau apoyado en una azada que le hacía las veces de bastón y Dandú sentado en el poyo de la puerta. Cruzaba, con ambos, unas pocas palabras sobre el tiempo o la cosecha y, a continuación, me despedía para comenzar con las labores de cuidado de las hortalizas que tenía plantadas. Al igual que Colau y del viejo Dandú a mí también me gustaba sentarme en el huerto y disfrutar del contacto de la tierra, así como del aroma de ésta cuando estaba mojada, de las hortalizas. Aquellas verduras no sólo eran para mí, pues, con los desperdicios, también alimentaba a unos pocos animales que tenía en el corral de mi casa sita en la calle mayor del pueblo.
Yo no había nacido en el pueblo, pero me consideraba de allí, a pesar de que los vecinos oriundos, siempre se encargaban de recordarme que, por muchos años que viviese allí, siempre sería una forastera, no obstante, y, a pesar de esa discriminación, me adapté a su vida con gran facilidad. 
En aquel pueblo los días se sucedían con tanta calma y sencillez que no era de extrañar que nadie quisiera morirse y abandonar aquella vida hermosa para aventurarse hacia una prometida vida mejor, según el párroco del pueblo, pero, que, al fin y al cabo, resultaba desconocida e incierta para los que nos habíamos acostumbrado a la que teníamos.
Pasaba el tiempo y el cementerio parecía estar abandonado a su suerte. Colau se había trasladado a vivir allí hasta el punto de comenzar a descuidar su propia barraca; los animales de su corral campaban a sus anchas por los campos y caminos buscándose el alimento que su amo había olvidado proporcionarles. Un día, me encontraba en mi huerto cavando una zanja para enterrar los restos vegetales y hacer un abono sideral cuando escuché los gritos de Colau que pedía auxilio. Dejé la azada y corrí a socorrerle. El pobre hombre yacía tumbado en el suelo tras caerse de un nicho donde se había encaramado para quitar unos hierbajos. Como pude le ayudé a incorporarse y al ver que no podía andar lo senté para bajar al pueblo y buscar al médico. El asunto no fue a mayores y Colau sólo tuvo que mantener unas cuantas semanas de reposo hasta que los huesos le soldasen debidamente. Mis atenciones prestadas a aquel solitario hombre ocasionaron que me granjease su completa amistad y, en señal de agradecimiento, me regaló uno de los cerditos que correteaban por el campo. Me sentí alagada, aunque más tarde, descubrí que, aquel animal, supondría un problema más que un beneficio.
Aquel cerdito, acostumbrado a la libertad por los campos, sin ninguna atadura, no aceptó el corralito de mi casa donde lo encerré. El travieso animal hurgaba el vallado con su morro hasta destrozarlo y escapaba hacia la calle incomodando a los viandantes. Para colmo de mis males su apetito voraz era tal que se comía toda la ración que le echaba más la de las gallinas y de los conejos con los que convivía en el corral, sin embargo, ese apetito voraz, no surtía ningún efecto en él pues no engordaba ni un gramo por lo que mi esperanza de sacrificarlo, para el próximo San Martín, y así conseguir unos buenos chorizos y jamones. Ese deseo se alejaba, cada vez más, con cada una de las travesuras de aquel enredador animal. Perdí la cuenta de los sanmartines que transcurrieron para aquel animal que se negaba a crecer y cumplir su acometido de engordar y producirme algunos beneficios. 
En el pueblo transcurrían los días como si se hubiese detenido el tiempo en toda la población y, al igual que nadie se animaba a ser el primer morador del campo santo, aquel cerdito, también se mostraba rebelde a las normas de la naturaleza. Harta de los continuados destrozos que me ocasionaba en la casa tomé la drástica decisión de llevarlo al mercado y venderlo o, incluso, si se terciaba la ocasión, regalarlo para deshacerme de aquel enredador animal, sin embargo, me detuvo una gran tormenta que oscureció el cielo y dio paso a las persistentes lluvias otoñales. Con aquel interminable aguacero me vi obligada a posponer la decisión hasta que remitiese el mal tiempo. Durante días llovió tanto que las calles se anegaron como auténticos lodazales que impedían el tránsito tanto de los animales de tiro, así como el de las personas a pie. Se colocaron tablas atravesadas para que se pudiese cruzar de una acera a otra, pero, así y todo, la dificultad era enorme. Los días se sucedían llenos de grises borrascas y el malvado marrano siempre encontraba el resquicio por el que asomar su morro y escapar hacia la calle para hundirse en el lodazar provocado por la lluvia.
Un día, cuando ya parecía que las continuas tormentas comenzaban a remitir, el tío Dandú, aquel viejo labrador amigo de Colau, enfermó contrayendo unas altas fiebres. Se especuló que si habían sido provocadas por la humedad de aquellos interminables días de lluvia y le había afectado en la salud de hierro. Día a día, el viejo Dandú empeoraba y lo que se pensó que sería una enfermedad temporal se confirmó como un agravamiento general por lo que la fiebre reumática sumió, al tío Dandú, en un estado catatónico semejante a la muerte. El médico del pueblo, abrumado por el primer posible deceso después de tantos años sin tener que certificar ninguno, se pasaba el día entero en la casa de aquel anciano. Todos los días hacía un parte que los vecinos publicaban, de boca en boca, en vistas a la inminente defunción. El alcalde, previendo que en breve se podría dar cumplimiento de su generosa oferta para el primer fallecido de la población, envió recado a Colau de que preparase el cementerio porque, de un momento a otro, se tendría que inaugurar, además también avisó del precario estado del anciano a sus colegas de los ayuntamientos vecinos y a los conventos que debían enviar un séquito de frailes y monjas para la inminente ceremonia. La fuerte consistencia del viejo Dandú le mantuvo vivo hasta que finalizaron las lluvias y la vida, de su enjuto cuerpo, se le escapó con la lluvia de la última nube.

La ceremonia se llevó a cabo tal y como se había previsto desde el principio. La expectación creada provocó que el pueblo se llenase. Acudieron los habitantes de los vecinos pueblos atraídos por la curiosidad de poder ver desfilar el prometido cortejo fúnebre. Tras la misa, la procesión comenzaría en la iglesia del pueblo y terminaría con la sepultura del primer morador del campo santo. Debido a las constantes y torrenciales lluvias padecidas hasta ese día, las calles estaban completamente impracticables por lo que se colocaron todavía más tablas sobre el lodazal para, al menos, poder hacer posible trasladar el féretro a hombros. De esta labor se encargaron varios hombres del pueblo que lo llevaron desde la iglesia hasta donde se le daría sepultura. El cura y el vicario, junto con los representantes de la autoridad, desfilaban detrás del féretro arropados por el cortejo monjil y, cuyo cortejo, cerraba la banda de música que interpretaba marchas fúnebres e himnos religiosos. Se cumplían todas las expectativas del alcalde para la tan deseada inauguración; todo salía a la perfección hasta que el cortejo llegó a la altura de mi casa de la que, como si fuese un torbellino, salieron todos los animales del corral perseguidos por el cerdo revoltoso. El endiablado animal había vuelto a romper la cerca y, en su huida, también había soltado y asustado al resto de los animales. Las gallinas revolotearon por encima de los porteadores del féretro lo que provocó la caída de uno de los hombres en uno de los charcos de barro. El desequilibrio provocó que los otros desviasen su trayectoria hasta terminar por soltar el ataúd en el que reposaban los restos del viejo Dandú. El barro facilitó el que el féretro resbalase sobre las tablas y hubo serios problemas para detenerlo por la velocidad que tomó. Mientras tanto, el malvado cochino que no dejaba de gruñir detrás de todas las bestias del corral y ya libre, corrió en dirección al cementerio y no hubo posibilidad de alcanzarlo en su traviesa huida. La seriedad del acto se rompió por las carcajadas de todos ante la espasmódica salida del scrofa domésticusMe sentía responsable de aquel estruendo y no sabía cómo disculparme ante los familiares y las autoridades y, aunque todos andábamos llenos de barro, el séquito ya recuperado de la cómica situación, prosiguió en su camino hacia el nuevo cementerio. A la puerta del mismo se encontraba Colau que, con una pala, esperaba la llegada del muerto para darle entierro. Cuando nos vio aparecer a todos llenos de barro y con la caja embarrada también el bonachón labriego exclamó:
“Todos habéis tenido vuestra ración de fango”
Y como si pretendiese ratificar el testimonio, el insolente cerdito, gruñó desde un charco que había cerca de la tapia del cementerio.
Tras ese suceso quise olvidarme de aquel animal insolente y revoltoso, aunque Colau, pocas semanas después, me contó que lo encontró muerto junto a la sepultura de Dandú y que pensó que lo mejor sería enterrarlo junto a él porque, al fin y al cabo, ambos habían sido los protagonistas de la inauguración.