sábado, 9 de junio de 2018

CUENTO DE 'EL TALLA -ARRÒS'



Para Carmen Pinedo Herrero


A finales del siglo XIX, en mi pueblo se habían censado más de veinte masías, es decir, casas de campo que disponían de tierras de labor junto con otras instalaciones dedicadas a la explotación avícola y ganadera. Era tal la extensión de sus tierras que el propietario, al que todos denominaban amo, solía conceder arrendamientos de algunas de sus parcelas a sus propios jornaleros. Las tierras que alquilaba no eran de gran extensión. El amo les proporcionaba sólo el terreno justo para que sus braceros pudiesen plantarse hortalizas y abastecer sus despensas durante todo el año.
Los urbanitas pensaréis que la cesión de la tierra era gratuita, sin embargo, os equivocáis. El amo no regalaba nada. Cobraba una renta anual por cada pedazo de tierra que cedía. Los pagos se efectuaban después de las fiestas del santo del pueblo. La celebración coincidía con el período estival de la recolección. Los aparceros se acercaban a la casa del amo con el dinero acordado y el cuadernito donde se anotaba el día del pago y la cantidad. El labrador estampaba su firma o marca y el propietario la suya. Esa práctica decimonónica se mantuvo vigente hasta bien entrado el siglo XX. Fue en 1980, cuando se promulgó una primera ley de regularización y acceso a la propiedad de los arrendamientos históricos rústicos para los cultivadores de esas tierras. Pero no voy a cansaros con leyes, modificaciones ni nada por el estilo. Hoy he decidido contaros un cuento de viejos. Digo que es un cuento porque como tal lo contaba mi abuelo materno y así lo continúa haciendo mi madre. También digo que es de viejos porque la gente joven, por regla general, desconoce lo que significa el tener una huerta para disfrutar de plantar y recolectar su propia cosecha. El cuento que os voy a contar podría transcurrir en cualquier momento de nuestra historia más reciente, pero me tomaré la licencia de ubicarlo a finales del siglo XIX. Y la historia empieza así:
Para un labrador constituye un verdadero placer ver entrar el agua de riego en el campo cultivado. La escorrentía que se desliza calmando la sed de la cosecha da tal satisfacción que, al cultivador, se le antoja ver crecer las plantas con sólo esa agua. Con la tierra refrescada, el ambiente se perfuma con el olor acre del cultivo. Pero el riego siempre ha sido algo muy riguroso, en especial en la época estival, momento en el que obligaba a guardar un turno estricto entre los regantes, por eso más de uno se veía obligado a pasar la noche a la espera de la llegada del agua. Aquella vez parecía que el agua no corriese por lo reseca que se encontraba la tierra. Los protagonistas de este cuento eran dos labradores arrendatarios de una pequeña huerta colindante al pueblo. El turno de riego que les tocó les obligó a ver anochecer mientras el agua se deslizaba lentamente por los surcos. Era bien entrada la noche cuando terminaron de regar. Los dos vecinos, ya satisfechos por ver el brillo de los charquitos reflejados por la luz de la luna, se sentaron en el borde de la acequia una vez cerrada la compuerta. Ambos decidieron liar un cigarrito, de esos que llamaban 'caldo de gallina', antes de regresar a casa. La noche era serena y sólo se veía enturbiada por algún que otro sonido agrandado por el silencio nocturno. Junto al goteo de las últimas escorrentías se unió la musicalidad del canto de un talla-arròs. El sonido de aquel insecto, muy común en la huerta valenciana, se combinaba con el canto de una rana que croaba escondida en algún recoveco de la acequia. Los dos labradores terminaron de liar su cigarrito y mientras lo fumaban escuchaban, embelesados, los sonidos prodigados por aquel insecto. De pronto, uno de los labradores habló:
-¡Qué hermoso es el canto de ese talla-arròs! Siempre se ha dicho que es el augurio de la venida de una gran fortuna. Éste se encuentra dentro de mi campo, entre las matas de los tomates que tengo plantadas en la parte baja. –Dijo con entusiasmo. –Me anuncia que la cosecha será muy buena.
-Con el tiempo has perdido oído. –Le replicó el otro labrador. –El talla-arròs cantor está en mi campo. Te aseguro que se encuentra escondido dentro de alguna mata de judías de las que tengo plantadas en mi huerta.
Lo que parecía ser una pequeña discusión sin importancia, comenzó a caldear los ánimos de cada uno por demostrar dónde se encontraba situado el insecto. Su discusión llegó hasta tal punto que fueron levantando el tono hasta llegar al enfado.  Con rabia ambos apagaron la colilla y tomando sus azadas se marcharon a sus casas cabizbajos y sin dirigirse la palabra.
Al día siguiente, en el casino del pueblo, cada uno contó lo que les había sucedido. Ambos insistían en que el insecto estaba en su campo y, sorprendentemente, entre los que les escuchaban, llegó a formarse un grupo de discusión sobre cuál de los dos tendría la razón. Lo que a algunos les habría parecido una tontería comenzó a convertirse en un argumento de peso y hasta el punto de crear una atmósfera de disgusto y enfado. La decisión de saber dónde se encontraba situado el talla-arròs y saber a quién se dirigía su augurio se convirtió en una cuestión de honor. Dado que ambos tenían partidarios que les jaleaban a continuar discutiendo tuvo que intervenir el encargado del casino como árbitro:
-Esto tenéis que solucionarlo ya. Lo mejor será que habléis con el amo de la masía. Él es abogado y seguro que sabe dar una solución a este problema.
Los dos labradores aceptaron la proposición del mediador. Sería una buena forma de dar por zanjada la discusión y demostrar cuál de los dos tenía razón.
El amo les recibió en su despacho. Ofreció una silla a cada uno y les preguntó cuál era el motivo de su visita. Ambos le contaron el suceso y con la misma energía que habían defendido su posición ante sus partidarios expusieron su postura.
-El talla-arròs cantaba por mí. -Afirmaba uno.
-No, ese cantaba por mí. -Replicaba el otro.
El amo les escuchó atentamente sin pronunciar ni una palabra ni a favor ni en contra. Cuando los ánimos de los labradores se calmaron ante su silencio, al fin habló:
-Vuestra discusión es algo muy serio. Tengo que reflexionar sobre el tema. Volved dentro de unos días y, entonces, os daré la solución, pero para saberla antes tenéis que traerme un duro cada uno.
El dinero que les pidió el abogado era una cantidad muy elevada para los dos. Debían cavar, durante muchas horas y días, los huertos del propio amo para reunirla. Sin embargo, y a pesar del gran esfuerzo que debían realizar, ambos trabajaron con ahínco hasta lograr reunir la cantidad exigida.
A la semana siguiente se presentaron en casa del amo abogado con el duro en la faja. -¡Bien! -dijo el amo- Enseñadme el duro y os diré por quién cantaba el talla-arròs en el campo.
Los dos labradores sacaron las monedas de la faja y las dejaron sobre el escritorio del abogado.
-¡Muy bien! –Dijo. Y guardó las dos monedas en su mano. –El talla-arròs aquella noche no cantó ni por uno ni por el otro, sino que lo hizo por mí. Y ahora iros a vuestras ocupaciones que yo tengo otras cosas más importantes que hacer que escuchar vuestras tonterías.
Y así los despidió. En verdad aquel insecto había cantado por el amo que se había aprovechado de la superstición e ignorancia de los dos.
La moraleja de toda esta historia sería que nunca inicies discusiones que te lleven a perder el tiempo y el dinero.
Este sería el final de este cuento moralizante que me contaban de niña, no obstante, ya sabéis mi interés por dar un buen final a todos los relatos, por lo que ahora os explicaré alguna de las incógnitas que, espero os hayan quedado.
Las tierras del amo fueron heredadas por sus hijos e hijas. Los arrendamientos, tal como os he contado al principio, se regularizaron. Algunos aparceros abandonaron las tierras y los hijos del amo también, pero siempre queda algún que otro enamorado y enamorada de la tierra de sus antepasados que la mantiene por amor.
FIN

P.S.: el aspecto del talla- arròs o cadell es el siguiente.


8 comentarios:

  1. ¡Regalo, regalazo! El agua, los huertos, las voces de los insectos -y de las aves- trenzan tu historia. Aquí, donde ahora estoy, una parte se riega por goteo; otra, a manta. Es una fiesta oír el borboteo del agua, seguir su avance, verla aparecer entre los troncos de los árboles. A algunos de los gatos del huerto les encanta jugar con el agua. A mí me gusta seguirla con la mirada y con todos los sentidos despiertos. Privilegio de la tierra. Una inmensa gratitud. También hacia ti, Francisca. Gracias por tus historias, gracias por este regalo.

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    1. Querida Carmen,
      Sí yo supiera contar todo el amor que siento por la tierra de mis antepasados, por sus tradiciones, su historia. El agua forma parte de nuestro cuerpo y corre viva por nuestras venas. Muchas gracias por tus cariñosas palabras. Un abrazo y que cumplas muchos más.

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  2. Sí, es una gozada sentir, ver, oír y oler la tierra nuestra, la de nuestro mayores, evocar los recuerdos imborrables y bonitos que los guardamos en el almacén de la memoria...
    Ahora mismo, me estoy restableciendo en Gines, un pueblecito del Aljarafe sevillano, miro por la ventana y veo: cielo, olivos, pajarillos, gatos, cigüeñas y más bichillos, gente haciendo sus carreritas saludable, un placer.
    Qué entrada tan bonita!!
    Te envio un besazo.

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  3. Querida Mari Carmen
    Espero que te encuentres mejor. Los que hemos tenido la suerte de crecer en medio del campo lo sentimos como propio y más si cabe con el paso de los años.
    Es un lujo contar contigo y tu gracia para contar las sensaciones. Muchas gracias por leer y comentar mi relato. Cuídate mucho. Un abrazo

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  4. hola! que bonitooo! en nuestro jardin en verano los solemos ver a estos bichitos , en Argentina se le llaman " grillos de tierra", tu nombre es mas bonito, y nos gusto lo de los augurios, cuando llegue el verano y observe a alguno nos acordaremos de tu relato, gracias por compartirlo!! saludosbuhos

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    1. Hola Amigas:
      La sabiduría popular es tan bonita que merece que la recuperemos y recordemos. Celebro que les haya gustado el nombre creo que se atribuyó equivocadamente el daño a las plantas de arroz, pero luego se supo que no era así, por eso, para ponerse a buenas con él le dieron la cualidad de ser un buen augurio su canto. Bonito ¿verdad?
      Un placer saber que les ha gustado. Un abrazo desde Valencia.

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  5. ¡Qué buen cuento! ¡Me ha encantado! Pues sí, no veas para quién cantó al final, ja ja.

    Un beso muy fuerte, no te pongo un comentario más largo para no hacer spiler.

    ¡Muchos besos! :D

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    1. Querida Margarita,
      Muchas gracias por tus comentarios. Deja todo lo que quieras porque estoy encantada de que lo hagas. Un abrazo.

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