Entre 1917 y 1919,
la mayoría de los países europeos, se encontraban enzarzados en la contienda
que pasó a denominarse: La Gran Guerra. Además, en el frío y
lejano reino de los zares, La
Revolución Bolchevique, vivía su momento álgido. Parecían hechos distantes
y lejanos, pero ¿hasta qué punto estos hechos afectaban a la
aparentemente indiferente España? Digo lo de aparente porque, a pesar de su
manifiesta neutralidad, en realidad, sólo se trataba de una postura oficial de
sus gobernantes, pues, con el paso del tiempo, se ha
demostrado que fue una postura ambigua.

La boyante economía tenía, por supuesto, su reflejo en la vida
espectacular de la ciudad. Alrededor de una veintena de teatros se concentraban
entre el centro histórico y la periferia de la ciudad. Eran edificios
construidos entre el siglo XIX y el XX que oscilaban entre los de gran
capacidad para albergar a un público de clases algo más pudientes, junto a los
de menores dimensiones que no por ello dejaban de ser menos populares e importantes. Todos tenían un público muy definido. Por supuesto, las compañías locales actuaban en
sus escenarios con obras, casi siempre de corte popular como los
sainetes, los juguetes cómicos y los monólogos, es decir, piezas cortas que
resultaban ser las favoritas de los espectadores, tanto de la ciudad, como de los
pueblos de la huerta que acudían a sus dobles e incluso triples sesiones.
Estas piezas
escritas por autores, populares del momento donde destacaban los hermanos Álvarez
Quintero o Jacinto Buenamente en castellano, o Francisco Barchino o Fausto Hernández Casajuana en valenciano, entre otros; las piezas cortas de carácter cómico, en su mayoría, llenaban los escenarios, tanto los de los teatros como el Principal, el Eslava o el Ruzafa, pero también los pequeños locales, como el Salón Novedades o la Sala Ba-ta-clán, entre otras. Su
puesta en escena significaba el lucimiento de un primer actor o primera actriz
y el aplauso de un público entregado a ese tipo de teatro de autor
contemporáneo. Este tipo de espectáculos era jocoso, y, al mismo tiempo, con
todos los tópicos del género. Dentro de esta maraña de autores y actores
conocidos también se encontraban los locales, es decir, los que hacían un
teatro propio de la ciudad.

La polémica actriz
protagonizó el ninot central del monumento de la falla de la plaza del doctor
Collado. Margot aparecía actuando en un escenario ante un público entregado. En
realidad, la razón de la polémica, más que por la propia actriz se debió por
el público que también formaba parte de los ninots de la falla que reproducían los rostros de los habituales clientes de los
espectáculos de Adela Margot. La identificación de éstos provocó el escándalo y la polémica hasta el punto de obligar, a los
responsables de la obra, a tener que sustituir las cabezas de algunos por caras neutras y evitar el escarnio
público de éstos.
Margot fue todo un
símbolo de aquello que tanto se admiraba y también de lo que se ocultaba, tanto en la vida
espectacular como en la social de la ciudad.
Muy interesante y muy curioso el relato.
ResponderEliminarHe descubierto cosas de Valencia de aquella época que no sabía y además me puedo imaginar las caras de las personas que se reconocieron entre los ninots de las Fallas.
Muchas gracias por compartir tus relatos. Es un placer leerlos.
Adela Margot debió de ser un torbellino en el escenario y fuera de él. Me parece injusto que se hayan olvidado de ella y de otras mujeres como ella, por eso intento recuperar a esos personajes de nuestra cultura valenciana. Muchas gracias Susi. Besos.
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