domingo, 18 de marzo de 2018

ADELA MARGOT, LA MONOLOGUISTA FALLERA


Entre 1917 y 1919, la mayoría de los países europeos, se encontraban enzarzados en la contienda que pasó a denominarse: La Gran Guerra. Además, en el frío y lejano reino de los zares,  La Revolución Bolchevique, vivía su momento álgido. Parecían hechos distantes y lejanos, pero ¿hasta qué punto estos hechos afectaban a la aparentemente indiferente España? Digo lo de aparente porque, a pesar de su manifiesta neutralidad, en realidad, sólo se trataba de una postura oficial de sus gobernantes, pues, con el paso del tiempo, se ha demostrado que fue una postura ambigua.
Un claro exponente de la rica economía de la ciudad lo constituía el puerto de la ciudad de Valencia. Sus continuos movimientos de exportación se unían a la actividad comercial europea que, en el aspecto económico se enriquecía con la contienda, prueba de ello lo fue la floreciente economía que se mantuvo, tanto en la ciudad, como en los poblados marítimos que prosperaron durante esos años. Su postura siempre fue bifronte,  por una parte demostró una afinidad germanófila y, además, seguía conectada con el resto de países aliados manteniendo buenas relaciones comerciales. Como curiosidad, indicar que el precio de la exportación de las naranjas, comercio floreciente durante esos años, se realizaba con el valor de la libra esterlina y nunca con pesetas. No me voy a extender en cuestiones históricas y sociales, pues hay mejores expertos que yo que han analizado estos aspectos, no obstante, sí quiero comentar una faceta demasiado olvidado de la vida espectacular de Valencia.

La  boyante economía  tenía, por supuesto, su reflejo en la vida espectacular de la ciudad. Alrededor de una veintena de teatros se concentraban entre el centro histórico y la periferia de la ciudad. Eran edificios construidos entre el siglo XIX y el XX que oscilaban entre los de gran capacidad para albergar a un público de clases algo más pudientes, junto a los de menores dimensiones que no por ello dejaban de ser menos populares e importantes. Todos tenían un público muy definido. Por supuesto, las compañías locales actuaban en sus escenarios con obras, casi siempre de corte popular como los sainetes, los juguetes cómicos y los monólogos, es decir, piezas cortas que resultaban ser las favoritas de los espectadores, tanto de la ciudad, como de los pueblos de la huerta que acudían a sus dobles e incluso triples sesiones.
Estas piezas escritas por autores, populares del momento donde destacaban los hermanos Álvarez Quintero o Jacinto Buenamente  en castellano, o Francisco Barchino o Fausto Hernández Casajuana en valenciano, entre otros; las piezas cortas de carácter cómico, en su mayoría, llenaban los escenarios, tanto los de los teatros como el Principal, el Eslava o el Ruzafa, pero también los pequeños locales, como el Salón Novedades o la Sala Ba-ta-clán, entre otras. Su puesta en escena significaba el lucimiento de un primer actor o primera actriz y el aplauso de un público entregado a ese tipo de teatro de autor contemporáneo. Este tipo de espectáculos era jocoso, y, al mismo tiempo, con todos los tópicos del género. Dentro de esta maraña de autores y actores conocidos también se encontraban los locales, es decir, los que hacían un teatro propio de la ciudad.
El humor socarrón de los propios valencianos era llevado a las tablas por compañías locales. Y entre todas ellas, destacaba la figura de una artista: Adela Margot. Durante el año 1919, actuó en el pequeño Salón Eden-Concert con un repertorio de pequeños monólogos de los que, algunos de ellos, ella declaraba ser la autora. Los títulos  de sus piezas breves hacían referencia a la situación del momento y sorprenden por la ironía de los mismos: La bolcheviki, Agua, ¡Abajo los hombres!, ¡Abajo la sicalipsis!, Aspiración femenina, Una diputada en el año 2000, entre otros. Su fama ya venía de mucho antes y, de hecho, se le conocía por su ruidosa presencia en todos los eventos de la ciudad, incluidas las Fallas de 1912.

La polémica actriz protagonizó el ninot central del monumento de la falla de la plaza del doctor Collado. Margot aparecía actuando en un escenario ante un público entregado. En realidad, la razón de la polémica, más que por la propia actriz se debió por el público que también formaba parte de los ninots de la falla que reproducían los rostros de los habituales clientes de los espectáculos de Adela Margot. La identificación de éstos provocó el escándalo y  la polémica hasta el punto de obligar, a los responsables de la obra, a tener que sustituir las cabezas de algunos por caras neutras y evitar el escarnio público de éstos.
Margot fue todo un símbolo de aquello que tanto se admiraba y también  de lo que se ocultaba, tanto en la vida espectacular como en la social de la ciudad.

2 comentarios:

  1. Muy interesante y muy curioso el relato.
    He descubierto cosas de Valencia de aquella época que no sabía y además me puedo imaginar las caras de las personas que se reconocieron entre los ninots de las Fallas.
    Muchas gracias por compartir tus relatos. Es un placer leerlos.

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    1. Adela Margot debió de ser un torbellino en el escenario y fuera de él. Me parece injusto que se hayan olvidado de ella y de otras mujeres como ella, por eso intento recuperar a esos personajes de nuestra cultura valenciana. Muchas gracias Susi. Besos.

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