miércoles, 1 de febrero de 2017

PAN BLANCO: RECUERDOS DE UNA NIÑA DE LA GUERRA


Sólo tenía cinco años cuando mi madre me tomó de la mano y me llevó a una de las esquinas de la calle mayor de mi pueblo. En medio de la calle ardía una hoguera. El fuego era alimentado por unos hombres que lanzaban las imágenes de los santos, los cuadros de la iglesia y cientos de papeles que revoloteaban con el crepitar de las llamas. A pesar de la intensidad del fuego y los gritos de los que estaban alrededor sólo me fijé en aquel hombre que llevaba un cubo con agua; con la mano la echaba en pequeñas cantidades sobre la hoguera para controlar las llamas. Aún puedo escuchar su estridente risa. Yo no sabía qué ocurría y por qué gritaban tanto. Se movían como si danzasen festejando la hoguera. Mi madre me apretó la mano. Sentí el sudor que empapaba la palma de la suya. Noté su inquietud. En un momento dado, me tomó en brazos y me acercó a su pecho. El latido de su corazón se confundió con el mío. Miré su cara y vi sus lágrimas cómo resbalaban por sus mejillas. No recuerdo cómo llegamos a casa. Después de muchos años supe el motivo de aquel fuego que exaltó los ánimos de unos y las venganzas personales de otros. La represión se tornó en odio.
Cuatro meses después cumplí los seis años. La guerra estalló. El orden de las cosas cambió. Los criados se adueñaron de las casas de los hacendados. Los señores huyeron. Todo se colectivizó. La tierra era para el que la trabajaba, pero el pan blanco era harina de otro costal. La cosecha del verano fue abundante, sin embargo, no lo suficientemente grande como para darnos de comer a las ocho bocas de la casa durante todo un invierno. Mi padre tenía una pequeña huerta donde plantaba toda clase de verduras. No podía dedicarle mucho tiempo, puesto que tenía que ganarse el jornal con otros distintos oficios remunerados.
Como consecuencia del nuevo orden establecido, a partir de ese momento ya no había ni mercado ni tienda. El Comité gobernaba controlándolo todo. En la plaza del pueblo se preparaba un rancho colectivo cada día. Aquella situación se pretendía mantener mientras durase la guerra. Pensaban que la confrontación no duraría mucho tiempo. Un día, mi madre me llevó a aquella cola donde repartían un guiso con carne. Se había matado uno de los terneros cebados del rico del pueblo. Las colas eran interminables. Repartían toda clase de víveres. Y un día y otro, pero la abundancia se iba acabando. La carne comenzó a escasear. Las raciones se redujeron a menos de la mitad.
Llegó el primer invierno y también faltó el aceite. Ya no había para todos. Mi madre seguía llevándome a la plaza con ella. Aquel día, el encargado de las raciones se dirigió a mi madre:
-Tú, sal de esa cola. Para ti hoy no hay nada. Ve y pídeselo a tu amo.
Ella le rogó y le imploró por mí, la más pequeña de la casa, pero no sirvió de nada. Junto a mi madre también echaron a la vecina, una joven recién llegada al pueblo. El encargado dijo que no la conocía y no sabían de dónde venía. Las dos, con las manos vacías y la angustia en la garganta, se alejaron de la cola de la plaza asustadas. La más joven, la recién llegada, estaba embarazada de tres meses y poco después abortó. Aquella noche, para cenar, sólo hubo pan de maíz. Yo no lo quise ni probar. Me producía náuseas. Recuerdo que mi madre me intentaba convencer para que lo comiese. Hubiese preferido morirme antes que tomarlo.
Todavía puedo ver la cara redonda sonrosada de aquella mujer, la esposa de uno de los miembros destacados del Comité. Debió de escuchar mis lloros y, aunque era noche cerrada y se había ordenado el toque de queda ella llamó a la puerta de mi casa. Debajo de su mandil escondía una barra de pan blanco. Se la entregó a mi madre.
-Esto es para la niña. Las niñas no deben ni pueden pasar hambre durante esta maldita guerra.
Y así un día y otro y otro, aquella mujer, de cara redonda sonrosada, de ojos pequeños y sonrientes, le proporcionó el pan a mi madre como si yo fuese una de sus tres hijas. La mayor debía tener mi edad. La más pequeña era un bebé de meses. Aún puedo ver la cara de aquellas niñas y la de su madre, sin embargo, el rostro del padre se ha borrado de mi memoria.
En 1937 muchos muchachos del pueblo se fueron al frente. A medida que pasaban los días, las semanas y los meses no llegaban noticias de ellos aumentaba la inquietud en sus familias. Aquella maldita guerra no se acababa nunca. Una madrugada, un sonido extraño nos despertó a todos. Un gran avión sobrevolaba nuestras casas.
-¡Qué viene La Pava! ¡Qué viene La Pava! –Gritó un hombre en la calle.
Al principio, todos los niños salimos a la calle para ver qué era aquello que tanto ruido provocaba. Nos quedamos fascinados al ver como aquel aparato de acero era capaz de volar. Abrió su vientre y soltó una hilera de bombas. En seguida reaccionamos con el silbido furioso que se desplomaba sobre nuestras cabezas. La llegada de aquellos aviones pronto se asoció con el fuego, la destrucción y el miedo a lo desconocido. Mi madre nos introducía en el hueco de la escalera de nuestra casa. Aquel avión pertenecía a la aviación italiana. Lanzaba sus bombas indiscriminadamente.
-Si nos refugiamos a campo abierto será más difícil que nos maten. –Le decía mi madre a mi padre que se negaba a abandonar su casa. Terco de carácter le aseguró que si moría lo haría en su cama.
En 1938, los bombardeos aéreos comenzaron a ser más continuados. La comida ya escaseaba para todos, sin embargo, cada noche nunca nos faltó la barra de pan blanco que la mujer de cara redonda sonrosada que le entregaba a mi madre oculta debajo del mandil.
-¿Cómo te lo podré pagar? ¡No tengo nada que darte!
Ella siempre le contestaba lo mismo:
-Las niñas no pueden pasar hambre durante esta maldita guerra.
Casi habían pasado tres años. Las niñas crecíamos sin entender muy bien por qué se producían los ataques de la Pava sobre nuestro pueblo. Con el rugido del primer motor huíamos y ya no nos deteníamos a mirar el horizonte para ver el enorme vientre de aquel pájaro de acero. Comenzábamos a acostumbrarnos a los tiros y a los repentinos bombardeos. Los niños jugábamos entre los escombros hasta que un cartucho explotó. Nos salvamos de milagro. A partir de ese momento, ni mi madre ni aquella mujer de cara redonda sonrosada nos dejaron salir solas. Las dos niñas y yo jugábamos en su casa mientras ella vigilaba a la bebé.
Era finales de marzo de 1939, aquel día el sol salió igual que lo hacía cada día, pero no pareció iluminarnos a todos con la misma luz. En la plaza algunos decían que la guerra había terminado. El Comité de la Casa del Pueblo abandonó el mando. Los que habían ocupado las casas y los campos de los ricos los devolvieron. Los vencedores les aplicaron la ley del Talión. Los días transcurrieron lentos y mudos.
Yo terminaba de cumplir nueve años. Ese día, como cualquier otro día, fui a jugar con mis amigas. Su madre lavaba la ropa de la bebé. Aquella cara redonda sonrosada de ojos pequeños y que siempre parecía sonreír ahora permanecía pálida. Unos aldabonazos en la puerta nos sobresaltaron. Ella dejó la ropa en la palangana. Se secó las manos. Se dirigió hacia la puerta para abrirla. Las tres niñas dejamos de jugar. Recuerdo que les miré la cara llena de curiosidad. Aquellos dos hombres no eran del pueblo. Cada uno llevaba un fusil en el hombro.
-¿Vive aquí ‘El ratero’? –Preguntó el que parecía ser el más decidido.
-No señor, aquí no vive nadie con ese nombre.
Se despidieron de ella. Cerró la puerta. Volvió a lavar la ropa del bebé. Permaneció callada, pero no pudo reprimir las lágrimas que le acongojaban en la garganta. Volvieron a llamar. Esta vez preguntaron con el nombre y el apellido de su marido. Ella lo confirmó.
La memoria es caprichosa. Nos juega malas pasadas. He olvidado cosas importantes, pero nunca he podido borrar de mi cabeza el dolor que vi en aquella cara redonda sonrosada. Su marido fue detenido, juzgado y ajusticiado en menos de un mes. Ella tuvo que marcharse del pueblo junto a sus tres hijas. Buscó refugio en casa de sus padres, aunque a los tres meses, murió, tal vez por el hambre o por la pena.
Mi madre siempre me dijo que yo le debía la vida a aquella mujer, de cara redonda sonrosada, que pensaba que las niñas no debían pasar hambre por una maldita guerra. Nunca lo he olvidado y así se lo he contado a todo aquel que quiera escucharlo.


12 comentarios:

  1. Cuando yo nac´, lo peor de la maldita guerra ya había pasado. Es un relato que impacta, crudo, peñizca fuertemente el corazón, didáctico, se aprende mucho más de las vivencias de la gente que de los libros de historia. Lo que me resulta especialmente positivo es la puerta que nos abres para entrar en la meditación, de la necesidad tan imperiosa que tenemos de hacerlo y el convencimiento profundo que algo así no podemos volver a padecer ¡¡¡JAMÁS!!!
    Gracias, Francisca, muchas gracias. Esta entrada se me queda en mis adentros para siempre.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  2. Querida Mari Carmen:
    He tenido la suerte de convivir con mujeres fabulosas que, por culpa de esa guerra, sus vidas tomó rumbos distintos a los que podrían haber tenido. Una de tantas es mi madre, todavía llena de vida y alegría de vivir. Creo que sus relatos deben de ser contados, al igual que hice con el que titulé TESTIMONIO 1321 y que no sé si has tenido oportunidad de leer. Muchas gracias por tus hermosas palabras. Continuaré contando lo que las maravillosas mujeres que he conocido me transmitieron con sus palabras y sentimientos. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. gracias por contar con todas las letras, cosas que tal vez no vivimos pero hubo gente que si y no se debe olvidar ni mirar a otro lado. hermoso relato. saludosbuhos.

    ResponderEliminar
  4. Muchas gracias queridas buhitas por leer mis relatos. Creo que hay cosas que deben ser contadas para que nunca se caiga en el error de repetirlas. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Impactante¡¡ Tiempos muy difíciles.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, Su, muy difíciles, por eso no deben repetirse nunca. Gracias por leer mi relato.

      Eliminar
  6. De Juan López Gandía
    Juan López Gandía Me ha gustado mucho, me parece excelente, muy emocionante, un buen homenaje a aquellas mujeres buenas como la que describes, de cara redonda y sonrosada, matáfora de aquella otra España que murió con la Guerra civil.

    ResponderEliminar
  7. De Lola Garcia Maravilloso relato!! Mi madre también me contaba lo del pan de maíz, más que pan me decía que hacían una especie de cocas muy finitas, pero que estaban muy malas y solo de verlas se le quitaban las ganas de comer¡Que tiempos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ninguna causa justifica una guerra y menos el sufrimiento de los niños. Gracias Lola por leer mi relato.

      Eliminar
  8. Gràcies, Paqui, per compartir este relat. M'ha posat la carn de gallina. Està tan ben contat, és tan real. M'ha encantat, que servixca per a que no es repetixca mai més. Sempre hi ha gent bona que pensa en els altres.

    ResponderEliminar
  9. Susi
    Eixe relat és real. És la història de la meua mare. La xiqueta que no volia el pa de dacsa era ma mare. La xiqueta que va vore com preguntaven pel marit d'aquella mare era ma mare. L' estío passat vam anar al teatre de Sagunt a vore un relat de dones que han viscut la guerra i ma mare em va dir: jo tinc més història que elles que explicar. M'he vist quasi obligada a contar-la. Crec que aquest testimoni ha d'explicar-se, porque, com molt bé dius, mai repetir-los. Moltes gràcies per llegir els meus relats. Un beset.

    ResponderEliminar