martes, 11 de octubre de 2016

EL CRISTAL DEL TEATRO




-¡Llovía tanto! ¡Estaba calado hasta los huesos! Tuve que romper el cristal de la ventana para saltar al interior. No he robado nada, señor. ¡Se lo juro!
Mientras decía estas palabras el muchacho no dejaba de temblar.
El maquinista lo sujetaba por el brazo con firmeza.
-Ramón, suelta al niño. –Dijo el que parecía ser el jefe. –No te escaparás ¿verdad? –Le preguntó con tono amable.
El muchacho movió la cabeza afirmativamente. En el suelo se había formado un charquito con el agua de lluvia de su ropa. Estaba empapado y tiritando. Lo soltó.
-Anda, Ramón, primero haz que se cambie y luego le das algo de comida caliente. Oigo sus tripas desde aquí.
El chico se quedó sorprendido por la amabilidad que le demostró aquel caballero vestido de traje de chaqueta y pajarita moteada.
El calor del vasito de vino caliente, que le ofreció el maquinista, se deslizó por su garganta tonificándole. Tenía tanta hambre atrasada que la comida que engullía parecía ser depositaba en el pozo vacío de su estómago. Casi en el último bocado regresó el hombre trajeado.
-Ya tienes mejor aspecto, chaval. ¿Cómo te llamas?
-Juan Bautista –Titubeó azorado.
-Bonito nombre. ¿Dónde está tu familia?
-No tengo, señor.
-Todos tenemos una aunque no nos guste admitirlo.
-No recuerdo si la he tenido. –Dijo con tono triste.
-¿De dónde vienes? Porque eso sí que lo recordarás ¿verdad?
El muchacho agachó la cabeza antes de contestar.
-Me he escapado de la Inclusa.
Fotografía de Sebastian Luczywo.
-¡Me lo imaginaba! –Exclamó Ramón, el maquinista. –Un expósito.
El muchacho levantó la cabeza y miró, con odio, a aquel hombre.
-No importa de dónde vengas ¿Quieres quedarte con nosotros en el teatro? –Dijo el director con tono firme. –Si lo haces, tendrás que trabajar para ganarte la comida.
-Por supuesto que sí, señor. Haré lo que sea.
-Ramón, ya tienes un ayudante. Aquí te llamaremos Juan. Y ahora menos cháchara que mañana estrenamos. Debe de estar todo listo cuánto antes. –Y dirigiéndose a todos, el hombre trajeado voceó – Compañía vamos a representar el melodrama policial: El guante rojo. ¡Vamos! Queda mucho por hacer. ¡Ah! Juan recuerda que tendrás que pagar el cristal que has roto. El teatro no es nuestro.
Al instante la actividad comenzó. Telones, cestos con vestuarios, baúles y cajas, todo debía de ser trasladado. Había tanto trabajo que casi, sin darse cuenta, llegó la hora de la comida.
En el sótano del teatro había preparada una gran mesa. Toda la compañía, tanto los maquinistas como los actores y las actrices, se sentaron alrededor. Una mujer repartió platos de sopa caliente y humeante que Juan tomó con sumo gusto.
-¿Dónde está Enrique? –Preguntó una de las actrices.
-Está hablando con los sindicalistas y con don Vicente Such, el empresario. –Contestó Ramón. –Me temo que mañana no estrenaremos.
-Tú siempre tan positivo, Ramonito. –Le dijo una de las actrices más mayores. –No tienes ni idea de lo que es capaz de conseguir Enrique.
-La huelga de los linotipistas lo ha paralizado todo.
-¡Hombre! Sólo pararán las rotativas de los periódicos. La ciudad no puede detenerse por la huelga de unos impresores.
El malhumorado maquinista le replicó:
-¡Te equivocas! Hay piquetes que no permiten descargar los suministros en el puerto y las principales vías de acceso han sido cortadas. Sólo entra y sale lo que ellos quieren.
-¿Quién te ha dicho eso? –Preguntó, con tono incrédulo, la actriz.
-Esta madrugada he estado en el Mercado Central y no se hablaba de otra cosa. Los labradores, que intentaban vender sus mercancías, decían que los tranvías y el trenet, tampoco circulaban.  Así nadie acudirá al teatro. No podremos estrenar. Ya lo verás.
-¡Siempre tan pesimista, Ramón! Por supuesto que estrenaremos –El hombre trajeado estaba escuchándole desde el ángulo oscuro de la escalera. –Enrique Rambal siempre consigue lo que se propone.
Se hizo el silencio. El director y primer actor de la compañía se acercó a la mesa.
-Los huelguistas han cedido. Mañana se estrenará. Os aseguro que su aforo, de mil ciento setenta y ocho localidades, se llenará. El director de La Compañía de teatro de Dramas policiales siempre consigue lo que se propone.
Nadie le contestó ante su rotunda afirmación. Juan se estremeció. Comprendió que el rumbo de su vida había cambiado por completo.
Ramón le enseñó las máquinas de trucos, las luces, las trampillas y escotillones y los telones. Todo debía funcionar a la perfección.
-¿Qué clase de obra es? –Al fin, se atrevió Juan a preguntarle.
El operario le miró y le sonrió por primera vez.
- Nuestra compañía representa obras de misterio, de asesinatos, de intrigas siempre ambientadas en la actualidad.
La curiosidad del muchacho fue en aumento. Ramón pareció adivinarlo porque continuó explicándole:
- Ésta transcurre entre la Gran Guerra y la Revolución Rusa, es decir, en 1918, el año en el que estamos. Comienza con la aparición del cadáver de una mujer dentro de una habitación vacía. Ha sido envenenada. Nadie la conoce ni sabe cómo ha llegado hasta allí. Ya verás cómo el público disfruta y se asusta con las apariciones y desapariciones en escena.
-¡Qué emocionante! –Exclamó Juan contagiado por el entusiasmo.
-Rambal, como es el primer actor, interpreta al protagonista: el detective Stewesson. Lo descubrirá todo al final de la obra.
Al pronunciar su nombre, como por arte de magia, apareció entre los bultos colocados entre bambalinas. Le acompañaba un hombre bajito y regordete. Era el empresario Vicente Such.
-¿Estás seguro de que todo saldrá bien, Enrique? Tenemos muchas cosas en juego.
–Por supuesto que sí, Vicente, tranquilo y confía en mí.
Casi, al instante, por el otro lateral del escenario, entró corriendo un hombre alto y muy delgado; se trataba de Paco Martí el otro socio empresario.
-En la taquilla han colgado ya el cartel de: “NO QUEDAN LOCALIDADES”. Eso sólo nos ocurrió el 10 de noviembre de 1915, el día de la inauguración del teatro ¿Cómo lo has conseguido, Enrique?
-¡Hombres de poca fe! –Exclamó complacido Rambal estrechándole la mano que el empresario le ofrecía. –Os lo advertí, pero no me creísteis ninguno de los dos.
-Espero que no tengamos ningún problema con los huelguistas.
-Al contrario, Paco. Todo marchará a la perfección. Ellos serán los protagonistas de esta noche.
Aquella aseveración dejó intrigado a Juan.
Media hora antes de comenzar el espectáculo se abrieron las puertas. Juan y Ramón se colocaron en la entrada principal. El público, esta vez, no estaba compuesto por señoras con estolas y abrigos o caballeros con levita y sombreros de copa. Las localidades se ocuparon por hombres vestidos con trajes de pana y alpargatas. Las mujeres llevaban ropas sencillas con una única prenda de abrigo que era una toca de lana.
-¡Son los huelguistas! –Exclamó Ramón.
-Son nuestro público. –Le replicó Enrique Rambal. –El cual apareció inesperadamente del interior del teatro.
Todo transcurría con normalidad. Los obreros se colocaron en sus localidades. Mostraron su sorpresa por la belleza de las butacas rojas del patio y los palcos que relucían con sus hermosos motivos florales cincelados.
Antes de comenzar el espectáculo el director salió al escenario. Hizo una seña con la mano. Se hizo el silencio. Habló con un tono firme y alto:
-Estimado público, debo agradecerles su asistencia a la función a pesar de las circunstancias que nos rodean. El teatro debe de estar con todos y por eso les hemos invitado a que acudan a ver que nuestro trabajo es tan digno como el suyo. –Se oyó un murmullo casi sordo. –No quiero extenderme con discursos. Cedo mi palabra a su representante para que les lea un comunicado.
Junto a él estaba un hombre con un gran bigote castaño. Carraspeó antes de comenzar a leer un discurso que llevaba impreso en un panfleto. El silencio se podía cortar. Finalizó la lectura con el grito de:
-Nuestra es la palabra. Pidamos lo que se nos escuche. ¡Pan, trabajo y  libertad!
El público se levantó y aplaudió al mismo tiempo que daba vítores al orador que no dejaba de levantar el puño.
Calmado el exaltado ambiente reivindicativo se apagaron las luces. Se inició la representación. En esos breves instantes, en la oscuridad del teatro, Juan sintió la expectación del público que aguardaba descubrir y disfrutar de las sorpresas e intrigas rambalescas prometidas. Durante toda la representación sólo se oyó algún que otro grito ahogado provocado por la inquietud que provocaban los efectivos golpes de efecto. Al final, cuando el protagonista ya había resuelto el melodrama, bajó el telón y resonó un gran aplauso que hizo vibrar el teatro.
Juan sintió un escalofrío de muchas emociones encontradas. Comprendió que, todo había cambiado para él. Aquella noche lluviosa, al entrar en aquel teatro, había dejado de ser un vagabundo fugitivo de todo y de todos, incluso, de sí mismo. Su vida había cambiado cuando su desesperación le llevó a romper aquel cristal del teatro.



12 comentarios:

  1. Hola, pues si a los del concurso no les ha gustado, a mí sí. Y mucho.

    Es una historia tierna, con los entresijos del teatro, de aquel viejo teatro que se parece en poco al de ahora, y con Rambal como protagonista. ¿Qué sabrán los del concurso? No hagas mucho caso.

    Felicidades por escribir tan bonito. Por cierto, ¿la anécdota del chaval es cierta?

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  2. Hola Carlos:
    En este relato he jugado con los hechos reales y con mi fantasía. Todo lo que cuento sobre la obra de teatro, la huelga de impresores y la compañía dirigida por Rambal, es real. El muchacho es medio verdad. Juan Bautista existió y huyó de la Inclusa, pero no exactamente como lo he descrito. Me he tomado mis licencias. Gracias por comentar el relato y animarme. Un abrazo.

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  3. Me ha gustado mucho como has introducido al rotura del cristal con el funcionamiento de la obra de teatro. Un abrazo

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  4. Hola Maria Del Carmen, me hacía ilusión escribir sobre el teatro y sobre el momento histórico de ese instante. El cristal y el niño han sido el desencadenante, pero, por lo visto, al jurado no le ha gustado. Espero que al próximo. Muchas gracias por leer y comentar mi relato. Un abrazo.

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  5. ¡Ah, las decisiones de los jurados! Este si que es tema para una narración de... ¿misterio?, ¿terror?, ¿risa?, ¿náuseas?... Un día de estos, cuento mis experiencias.

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    1. Hola Eugenio:
      pues cuéntalas que seguro que muestran la realidad de los certámenes literarios. Muchas gracias por tus ánimos, lectura y comentario. Un abrazo.

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  6. Francamente extraordinario.
    ¡Enhorabuena!
    Espero más, muchos más relatos tuyos...
    Un beso

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    1. Hola Mari Carmen:
      Muchas gracias por tus muestras de cariño. Lo presenté a un concurso de relatos y no les gustó, por lo visto no entraba dentro de sus esquemas. Gracias por tu comentario. Continuaré escribiendo. Un abrazo.

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  7. hola!ese jurado esta formado por locos que no saben ver lo bueno. nos encantas con tus palabras e historias!!!escribe mas para nosotros .abrazosbuhos

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    1. Muchas gracias por animarme tanto. La mayoría de los concursos tienen una plantilla hecha, si te sales de ella ya no gusta. Escribir para vosotras es lo mejor. Un abrazo.

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  8. Hola, Francisca! Me encanta ler tus relatos y este se ne habia despistado. A mi me ha gustado mucho cono vas ligando los hechos reales y datos históricos con la fantasía y la descrioción del ambiente, el vestuario de los personajes, las características de cada uno de ellos y sobre todo tu amor al teatro que está presente en todo el relato. Animo y a seguir escribiendo! Un abrazo.

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  9. Muchas gracias Mariangeles. Al jurado no le gustó, quizá no me ceñía a sus esquemas. Continuaré. Un abrazo.

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