-¡Llovía tanto! ¡Estaba
calado hasta los huesos! Tuve que romper el cristal de la ventana para saltar
al interior. No he robado nada, señor. ¡Se lo juro!
Mientras decía estas
palabras el muchacho no dejaba de temblar.
El maquinista lo sujetaba
por el brazo con firmeza.
-Ramón, suelta al
niño. –Dijo el que parecía ser el jefe. –No te escaparás ¿verdad? –Le preguntó
con tono amable.
El muchacho movió la
cabeza afirmativamente. En el suelo se había formado un charquito con el agua
de lluvia de su ropa. Estaba empapado y tiritando. Lo soltó.
-Anda, Ramón, primero
haz que se cambie y luego le das algo de comida caliente. Oigo sus tripas desde
aquí.
El chico se quedó
sorprendido por la amabilidad que le demostró aquel caballero vestido de traje
de chaqueta y pajarita moteada.
El calor del vasito
de vino caliente, que le ofreció el maquinista, se deslizó por su garganta
tonificándole. Tenía tanta hambre atrasada que la comida que engullía parecía
ser depositaba en el pozo vacío de su estómago. Casi en el último bocado regresó
el hombre trajeado.
-Ya tienes mejor
aspecto, chaval. ¿Cómo te llamas?
-Juan Bautista
–Titubeó azorado.
-Bonito nombre.
¿Dónde está tu familia?
-No tengo, señor.
-Todos tenemos una
aunque no nos guste admitirlo.
-No recuerdo si la
he tenido. –Dijo con tono triste.
-¿De dónde vienes?
Porque eso sí que lo recordarás ¿verdad?
El muchacho agachó
la cabeza antes de contestar.
-Me he escapado de
la Inclusa.
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Fotografía de Sebastian Luczywo. |
-¡Me lo imaginaba!
–Exclamó Ramón, el maquinista. –Un expósito.
El muchacho levantó
la cabeza y miró, con odio, a aquel hombre.
-No importa de dónde
vengas ¿Quieres quedarte con nosotros en el teatro? –Dijo el director con tono
firme. –Si lo haces, tendrás que trabajar para ganarte la comida.
-Por supuesto que
sí, señor. Haré lo que sea.
-Ramón, ya tienes un
ayudante. Aquí te llamaremos Juan. Y ahora menos cháchara que mañana estrenamos.
Debe de estar todo listo cuánto antes. –Y dirigiéndose a todos, el hombre
trajeado voceó – Compañía vamos a representar el melodrama policial: El guante rojo. ¡Vamos! Queda mucho por
hacer. ¡Ah! Juan recuerda que tendrás que pagar el cristal que has roto. El
teatro no es nuestro.
Al instante la
actividad comenzó. Telones, cestos con vestuarios, baúles y cajas, todo debía de
ser trasladado. Había tanto trabajo que casi, sin darse cuenta, llegó la hora
de la comida.
En el sótano del
teatro había preparada una gran mesa. Toda la compañía, tanto los maquinistas
como los actores y las actrices, se sentaron alrededor. Una mujer repartió
platos de sopa caliente y humeante que Juan tomó con sumo gusto.
-¿Dónde está
Enrique? –Preguntó una de las actrices.
-Está hablando con
los sindicalistas y con don Vicente Such, el empresario. –Contestó Ramón. –Me
temo que mañana no estrenaremos.
-Tú siempre tan
positivo, Ramonito. –Le dijo una de las actrices más mayores. –No tienes ni
idea de lo que es capaz de conseguir Enrique.
-La huelga de los
linotipistas lo ha paralizado todo.
-¡Hombre! Sólo
pararán las rotativas de los periódicos. La ciudad no puede detenerse por la
huelga de unos impresores.
El malhumorado maquinista
le replicó:
-¡Te equivocas! Hay
piquetes que no permiten descargar los suministros en el puerto y las
principales vías de acceso han sido cortadas. Sólo entra y sale lo que ellos
quieren.
-¿Quién te ha dicho
eso? –Preguntó, con tono incrédulo, la actriz.
-Esta madrugada he estado
en el Mercado Central y no se hablaba de otra cosa. Los labradores, que
intentaban vender sus mercancías, decían que los tranvías y el trenet, tampoco circulaban. Así nadie acudirá al teatro. No podremos
estrenar. Ya lo verás.
-¡Siempre tan
pesimista, Ramón! Por supuesto que estrenaremos –El hombre trajeado estaba
escuchándole desde el ángulo oscuro de la escalera. –Enrique Rambal siempre consigue
lo que se propone.
Se hizo el silencio.
El director y primer actor de la compañía se acercó a la mesa.
-Los huelguistas han
cedido. Mañana se estrenará. Os aseguro que su aforo,
de mil ciento setenta y ocho localidades, se llenará. El director de La Compañía
de teatro de Dramas policiales siempre consigue lo que se propone.
Nadie le contestó
ante su rotunda afirmación. Juan se estremeció. Comprendió que el rumbo de su
vida había cambiado por completo.
Ramón le enseñó las
máquinas de trucos, las luces, las trampillas y escotillones y los telones. Todo
debía funcionar a la perfección.
-¿Qué clase de obra es?
–Al fin, se atrevió Juan a preguntarle.
El operario le miró
y le sonrió por primera vez.
- Nuestra compañía
representa obras de misterio, de asesinatos, de intrigas siempre ambientadas en la actualidad.
La curiosidad del muchacho fue en aumento.
Ramón pareció adivinarlo porque continuó explicándole:
- Ésta transcurre entre la Gran Guerra y la
Revolución Rusa, es decir, en 1918, el año en el que estamos. Comienza con la
aparición del cadáver de una mujer dentro de una habitación vacía. Ha sido
envenenada. Nadie la conoce ni sabe cómo ha llegado hasta allí. Ya verás cómo
el público disfruta y se asusta con las apariciones y desapariciones en escena.
-¡Qué emocionante! –Exclamó Juan contagiado
por el entusiasmo.
-Rambal, como es el primer actor, interpreta
al protagonista: el detective Stewesson.
Lo descubrirá todo al final de la obra.
Al pronunciar su nombre, como por arte de
magia, apareció entre los bultos colocados entre bambalinas. Le acompañaba un
hombre bajito y regordete. Era el empresario Vicente Such.
-¿Estás seguro de
que todo saldrá bien, Enrique? Tenemos muchas cosas en juego.
–Por supuesto que sí, Vicente, tranquilo y confía
en mí.
Casi, al instante, por
el otro lateral del escenario, entró corriendo un hombre alto y muy delgado; se
trataba de Paco Martí el otro socio empresario.
-En la taquilla han
colgado ya el cartel de: “NO QUEDAN LOCALIDADES”. Eso sólo nos ocurrió
el 10 de noviembre de 1915, el día de la inauguración del teatro ¿Cómo lo has
conseguido, Enrique?
-¡Hombres de poca
fe! –Exclamó complacido Rambal estrechándole la mano que el empresario le
ofrecía. –Os lo advertí, pero no me creísteis ninguno de los dos.
-Espero que no
tengamos ningún problema con los huelguistas.
-Al contrario, Paco.
Todo marchará a la perfección. Ellos serán los protagonistas de esta noche.
Aquella aseveración
dejó intrigado a Juan.
Media hora antes de
comenzar el espectáculo se abrieron las puertas. Juan y Ramón se colocaron en
la entrada principal. El público, esta vez, no estaba compuesto por señoras con
estolas y abrigos o caballeros con levita y sombreros de copa. Las localidades se
ocuparon por hombres vestidos con trajes de pana y alpargatas. Las mujeres llevaban
ropas sencillas con una única prenda de abrigo que era una toca de lana.
-¡Son los
huelguistas! –Exclamó Ramón.
-Son nuestro público.
–Le replicó Enrique Rambal. –El cual apareció inesperadamente del interior del
teatro.
Todo transcurría con
normalidad. Los obreros se colocaron en sus localidades. Mostraron su sorpresa
por la belleza de las butacas rojas del patio y los palcos que relucían con sus
hermosos motivos florales cincelados.
Antes de comenzar el
espectáculo el director salió al escenario. Hizo una seña con la mano. Se hizo
el silencio. Habló con un tono firme y alto:
-Estimado público,
debo agradecerles su asistencia a la función a pesar de las circunstancias que
nos rodean. El teatro debe de estar con todos y por eso les hemos invitado a
que acudan a ver que nuestro trabajo es tan digno como el suyo. –Se oyó un
murmullo casi sordo. –No quiero extenderme con discursos. Cedo mi palabra a su representante
para que les lea un comunicado.
Junto a él estaba un
hombre con un gran bigote castaño. Carraspeó antes de comenzar a leer un
discurso que llevaba impreso en un panfleto. El silencio se podía cortar. Finalizó
la lectura con el grito de:
-Nuestra es la
palabra. Pidamos lo que se nos escuche. ¡Pan,
trabajo y libertad!
El público se
levantó y aplaudió al mismo tiempo que daba vítores al orador que no dejaba de
levantar el puño.
Calmado el exaltado ambiente
reivindicativo se apagaron las luces. Se inició la representación. En esos
breves instantes, en la oscuridad del teatro, Juan sintió la expectación del
público que aguardaba descubrir y disfrutar de las sorpresas e intrigas rambalescas
prometidas. Durante toda la representación sólo se oyó algún que otro grito
ahogado provocado por la inquietud que provocaban los efectivos golpes de
efecto. Al final, cuando el protagonista ya había resuelto el melodrama, bajó
el telón y resonó un gran aplauso que hizo vibrar el teatro.
Juan sintió un
escalofrío de muchas emociones encontradas. Comprendió que, todo había cambiado
para él. Aquella noche lluviosa, al entrar en aquel teatro, había dejado de ser
un vagabundo fugitivo de todo y de todos, incluso, de sí mismo. Su vida había cambiado
cuando su desesperación le llevó a romper aquel cristal del teatro.
Hola, pues si a los del concurso no les ha gustado, a mí sí. Y mucho.
ResponderEliminarEs una historia tierna, con los entresijos del teatro, de aquel viejo teatro que se parece en poco al de ahora, y con Rambal como protagonista. ¿Qué sabrán los del concurso? No hagas mucho caso.
Felicidades por escribir tan bonito. Por cierto, ¿la anécdota del chaval es cierta?
Hola Carlos:
ResponderEliminarEn este relato he jugado con los hechos reales y con mi fantasía. Todo lo que cuento sobre la obra de teatro, la huelga de impresores y la compañía dirigida por Rambal, es real. El muchacho es medio verdad. Juan Bautista existió y huyó de la Inclusa, pero no exactamente como lo he descrito. Me he tomado mis licencias. Gracias por comentar el relato y animarme. Un abrazo.
Me ha gustado mucho como has introducido al rotura del cristal con el funcionamiento de la obra de teatro. Un abrazo
ResponderEliminarHola Maria Del Carmen, me hacía ilusión escribir sobre el teatro y sobre el momento histórico de ese instante. El cristal y el niño han sido el desencadenante, pero, por lo visto, al jurado no le ha gustado. Espero que al próximo. Muchas gracias por leer y comentar mi relato. Un abrazo.
ResponderEliminar¡Ah, las decisiones de los jurados! Este si que es tema para una narración de... ¿misterio?, ¿terror?, ¿risa?, ¿náuseas?... Un día de estos, cuento mis experiencias.
ResponderEliminarHola Eugenio:
Eliminarpues cuéntalas que seguro que muestran la realidad de los certámenes literarios. Muchas gracias por tus ánimos, lectura y comentario. Un abrazo.
Francamente extraordinario.
ResponderEliminar¡Enhorabuena!
Espero más, muchos más relatos tuyos...
Un beso
Hola Mari Carmen:
EliminarMuchas gracias por tus muestras de cariño. Lo presenté a un concurso de relatos y no les gustó, por lo visto no entraba dentro de sus esquemas. Gracias por tu comentario. Continuaré escribiendo. Un abrazo.
hola!ese jurado esta formado por locos que no saben ver lo bueno. nos encantas con tus palabras e historias!!!escribe mas para nosotros .abrazosbuhos
ResponderEliminarMuchas gracias por animarme tanto. La mayoría de los concursos tienen una plantilla hecha, si te sales de ella ya no gusta. Escribir para vosotras es lo mejor. Un abrazo.
EliminarHola, Francisca! Me encanta ler tus relatos y este se ne habia despistado. A mi me ha gustado mucho cono vas ligando los hechos reales y datos históricos con la fantasía y la descrioción del ambiente, el vestuario de los personajes, las características de cada uno de ellos y sobre todo tu amor al teatro que está presente en todo el relato. Animo y a seguir escribiendo! Un abrazo.
ResponderEliminarMuchas gracias Mariangeles. Al jurado no le gustó, quizá no me ceñía a sus esquemas. Continuaré. Un abrazo.
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