martes, 17 de febrero de 2015

LA VERDULERÍA DE LA ESQUINA


Esta mañana os he comentado que no me gustaría, por nada del mundo, ir a Marte como colono, explorador, o lo que sea. ¿Conocer nuevos mundos? No, gracias, todos los mundos, mi mundo, están en éste. Os he completado el comentario, con tono jocoso, como a mí me gusta comenzar el día, que de qué serviría encontrar las cosas más sorprendentes y bellas, fuera de este mundo, si no puedo contarlas a nadie. Lo hermoso de la belleza es poder compartirla.


Creo que es más interesante que os cuente cosas de la vida cotidiana, del día a día, como, por ejemplo, que en la esquina de la calle adyacente a la mía, hace unos meses, se mudaron unos paquistaníes. Han abierto una verdulería. Es el típico comercio que suelen regentar y os aseguro que no tendría nada de particular si no ocurriese algo tan increíble como que venden las mejores hortalizas biológicas de la zona. Los productos que venden proceden de la cercana huerta de Alboraia. Para los que no conocéis la zona os cuento un poco, es una población muy próxima a Valencia que, tradicionalmente, ha tenido su riqueza económica en la agricultura hortícola. Los cultivos que se explotaban en sus ricas tierras eran, fundamentalmente, patatas, zanahorias, lechugas y alcachofas pero, en especial, la joya de su economía era el tubérculo llamado chufa del que se obtiene la magnífica horchata.


El beneficio de una tierra arenosa, cercana a la playa y a la ciudad, facilitó su auge, pero ahora… ahora corren otros tiempos.

Hace mucho que los campos se han abandonado por los oriundos o si no lo han hecho son ya pocos los que persisten. Su población ha envejecido. Entre su juventud son pocos los que aspiran a continuar con una tradición de trabajo y amor a la tierra que es dura y mal pagada.

Os preguntaréis que qué relación tiene esta decadencia local con los productos del verdulero paquistaní, ahora os saco de dudas. Hace un par de días fui a comprarle patatas. Tenía de varios precios, las más caras, eran en las que rezaba el cartel de: “patatas de Alboraia”. Le pregunté que si eran de allí de verdad.

-Sí, claro –me dijo- Son mías.

-¿Tuyas? –Le pregunté un poco incrédula- ¿Las cultivas tú?

-Sí, claro, el campo es mío. Yo tengo una huerta en Alboraia. Planto alcachofas, patatas, zanahorias, todo lo que ves en mi tienda. Es muy bueno todo. Tiene un sabor más dulce porque ese campo era de chufa y ahora lo cultivo yo.

Compré los productos y pensé, seguro que me engaña, pero no, me equivoqué. La comida tenía un sabor exquisito, los sabores de siempre que tanto echaba de menos.

Hoy he vuelto a la tienda y he vuelto a comprar las patatas de la huerta paquistaní.

-¿En serio que tú las cultivas? –Le he preguntado mientras le pagaba. - Si es así, trabajarás mucho y duro.

El paquistaní me ha sonreído y me ha contestado.

-Yo no las recojo, lo hace mi 'chico' [el asalariado], lo podrás ver todas las mañanas en el campo recogiendo la cosecha para que yo la venda.

Cuando he salido de la tienda he pensado: En todos los sitios hay niveles.

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