Todo lo que os cuento es cierto.
En más de una ocasión, la imagen de ese Ecce Homo, acude a mi memoria.
Cuando era una niña, a mi calle se mudó una familia
que había vivido muchos años en una masía. Con los ahorros conseguidos se
habían podido comprar una casa. La mujer, aunque ya mayor, o al menos a
mí me lo asemejaba, con ese pelo blanco recogido en el cogote y con cierta clase para hacerlo,
siempre vestía de negro. Ese color no me preocupó mucho, el significado de los
colores no tiene relevancia a ciertas edades, en realidad lo importante era que
era encantadora.
Le gustaba que los niños, que vivíamos cerca de su
casa, fuésemos a jugar con sus nietos, pero sobre todo, lo que más le gustaba
de todo era enseñarnos su Cristo de Limpias.
No sé habéis oído hablar de esa imagen que se
encuentra en un pueblecito del interior de la costa cántabra. Un bello lugar
para ir de vacaciones y disfrutar de un paisaje increíble. Pues bien, ese
Cristo, alojado en una capilla del pueblo por donde pasa el Camino del Norte
hacia Santiago de Compostela, tuvo su momento de gloria y fama cuando, en marzo
de 1919, se dijo que la imagen movía los ojos, sudaba y lloraba lágrimas de
sangre.
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Limpias (Cantabria) |
La reproducción de ese Cristo que estaba en poder de
mi vecina era tan realista, o al menos a mí me lo parecía, que me daba mucho
miedo mirarlo, pero ella insistía e insistía hasta que, por fin, todos los
niños y niñas accedíamos a verlo. Lo tenía colocado sobre un baúl antiguo, en
el rellano de la escalera de su casa. Aquella escalera estaba cerrada por una
puerta, así que cada vez que nos quería enseñar su reliquia, tenía que abrirla
y encender la luz, una pobre bombilla que daba más penumbra que claridad.
-Mirad, ¿a qué es bonito el Cristo de Limpias?
- nos decía con veneración a todos los niños reunidos. A pesar de su énfasis en
halagos y caricias al busto, creo que todos conteníamos la respiración hasta
hacer el silencio más profundo que no os podáis imaginar. A mí me aterraba
aquella cabeza, sangrante, coronada de espinas, con la boca abierta y de mirada
vidriosa. Os preguntaréis como es que conocía su procedencia, era sencillo, en el cuello lucía un cartel que
rezaba: Cristo de Limpias.
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Cristo de Limpias (Cantabria) |
Han pasado muchos años desde esa imagen fijada en mi
memoria infantil. Cuando menos lo esperas, los recuerdos como si de un capricho
juguetón se tratase, saltan a primera línea, sin avisar. Un verano, mientras mi
hermana y yo planeábamos un viaje familiar apareció el nombre de Limpias entre los anuncios de turismo.
Ambas nos miramos y recordamos aquella faceta de la niñez. Nos sorprendió que tuviésemos
el mismo recuerdo, pues nos había impactado por igual con el mismo miedo
infantil. No lo dudamos: pusimos rumbo a ese pueblo. Ya se había convertido en
una necesidad saber si nos iba a impresionar tanto como antaño esa imagen
fijada en nuestra memoria. Mi madre, pasajera adicta a nuestras escapadas,
conocía nuestro relato, pues se lo habíamos contado, en repetidas veces y siempre terminábamos opinando, entre risas y bromas, lo impresionable que es una
niña.
Me gusta conducir saboreando los kilómetros con
alegría y placer de los paisajes que tengo que descubrir. Cuando llegamos al pueblo eran
las seis de la tarde. Comenzaba a declinar el sol. Ansiosas, mi hermana y yo,
dejamos las maletas y nos aventuramos hacia la subida del pueblo que llevaba a
la capilla del Cristo. Mi madre declinó la avidez que nos invadía y optó por
descansar de la fatiga del viaje. Cada rincón de la luenga calle nos parecía un
elemento más para la sorpresa. Recorridos unos metros, vimos a un anciano
sentado en un banco. Sin preámbulos me acerqué a preguntarle:
-Buenas tardes, ¿vamos bien para ver al Cristo?
El hombre nos miró y casi sin inmutarse nos contestó.
-¿Qué hora es?
Entre la sorpresa de la respuesta y la certidumbre de
ella le contesté que eran las seis y media pasadas.
-Sigan la calle, aún llegan a tiempo.
No hubo otro comentario más, ni por nuestra parte ninguna duda.
Seguimos la calle arriba. Al final de la misma, en una pequeña plazoleta estaba
la entrada a la capilla. La puerta entreabierta nos invitó a entrar. La luz tenue
envolvía todo aquello de una penumbra mística que comenzó a calar en nuestro
ánimo. Al fondo se veía el altar mayor y se adivinaba la figura del Cristo
crucificado. En una de las jambas del mismo había un cajetín monedero que
indicaba que para que se iluminase tenías que introducir una moneda de un euro.
No lo dudé, la introduje con ansia. La luz se hizo y el asombro se convirtió en
estupor y más tarde en un silencio completo. No sé cuantos segundos o minutos
pasaron antes de que mi hermana y yo saliésemos del mutismo para comentarnos la
impresión que nos había causado ver esa imagen tomada de nuestro pasado.
-Creo que me da más miedo que antes- dije con una leve
sonrisa. Mi hermana asintió con la cabeza absorta en la contemplación de la
imagen, al igual que yo, sin poder dejar de mirarla.
Cuando salimos de allí, la noche caía rápidamente, envolviendo
el lugar en una penumbra húmeda que se fundía con la piedra granítica de los
edificios colindantes. Casi no hablamos mientras descendíamos por la calle
hacia el hotel. Nos había impresionado mucho y la sensación de terror había
vuelto como si hubiésemos regresado a nuestra infancia. Al día siguiente, casi
sin planearlo, fue la primera visita que hicimos, otra vez, pero esta vez mi madre sí
quiso venir con nosotras. Hicimos la misma operación y al iluminarse el altar,
en vez de mirar la imagen del Cristo miramos la cara de nuestra madre, en busca
de una respuesta afirmativa a nuestro espanto.
-¿Y de esa cara tenías miedo?- dijo- Qué poco acostumbradas
estáis a ver cosas horribles. Se sentó en uno de los bancos y no volvió a
decirnos nada. Creo que nos sentimos acongojadas por tener un recuerdo con tan
poca validez para nuestra madre.
Muy buena historia. Atrapa.
ResponderEliminarGracias Carmen, continuaré con sumo gusto.
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