viernes, 13 de febrero de 2015

SÍMBOLOS QUE NUNCA SE VAN Y MIS RECUERDOS INFANTILES





Podría contar muchas cosas buenas y malas de mi etapa de colegiala, pero hoy, cuando he escuchado, en las noticias radiofónicas, que se ha denunciado a la alcaldesa de Madrid y a treinta y siete alcaldes más por mantener los símbolos franquistas en edificios públicos, me han hecho recordar el día que por fin vi a Franco. 
En aquellos años, era corriente que, al menos, una vez al mes, se nos llevaba a toda la clase, junto a otros grupos del colegio, a escuchar una misa en la parroquia cercana. El desplazamiento era rápido, la parroquia estaba colindante al patio donde salíamos a jugar. Esos días eran un fastidio. No supe jamás porque nos tocaba, a nuestra clase, colocarnos al final de la parroquia, desde donde no se podía ver ni escuchar nada. Nunca pude oír el sermón de aquel cura que parecía tan, tan vetusto, ni tampoco pude ver el altar de la parroquia por completo. En realidad no era así del todo, pues sí que alcanzaba a ver una fracción del altar que a mí me impresionaba bastante. Era un fresco, en la parte superior, donde se había representado la curación o resurrección, no sé exactamente, de una mujer ante la visita de Jesús. Se le representaba postrada en la cama. Extendía los brazos bajo un velo, como si, en ese instante, superase todos los males que le aquejaban. Como siempre he sido muy imaginativa, no podía de dejar de mirarla hasta el punto de que absorbía toda mi atención durante aquellos interminables minutos que duraba la misa.


Cuando dejé de ir a ese colegio no volví a entrar en esa parroquia. Hace un par de años andaba por el  barrio y pasé por delante de su puerta. Recordé mi infancia y aquellas visitas casi furtivas que había hecho hacia su interior. Sin quererlo acudió a mi memoria la enferma o muerta que resucitaba en el altar mayor. Casi sin pensarlo, ya estaba entrando en la iglesia, quizá, pensé, cabía la posibilidad de que la extraña mujer estuviese restablecida y puede que se hubiese levantado de su lecho y estuviese paseando, como si tal cosa, por las capillas. Estaba bastante oscura pero tuve suerte pues, en ese instante, se encendieron las luces. Para mi desilusión, la moribunda continuaba resucitando ante el Cristo viviente, pero tuve una sorpresa mayor cuando, por fin, pude ver la parte inferior del altar que hasta ese momento siempre había quedado oculta por la gente y las flores que adornaban el altar. En una de las imágenes pintadas, se representaba a Franco arrodillado, junto a más figuras célebres de la historia española. Sí, como lo oís, se trataba del mismo dictador que continuaba presidiendo la plegaria hacia Dios. Hasta ese momento no lo había visto nunca, ni tenía noticia de su presencia, pero allí estaba, como si de un caballero templario se tratase, por la cruzada que había protagonizado.


Salí de la parroquia perpleja. Mi ánimo se debatía entre la carcajada y la incredulidad de saber que aquel símbolo franquista permanecía, ajeno a los casi treinta años de la llamada Democracia, pero lo más chocante era que nada ni nadie había hecho lo posible por remediar su presencia ostentosa hasta el momento, febrero de 2015.

*http://cadenaser.com/ser/2015/02/10/tribunales/1423591342_207299.html

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