sábado, 2 de junio de 2018

FRAGMENTO DE LA MEMORIA DE UN EXILIADO (COMPLETO)



Vicent era un hombre retraído. A él no le gustaba hablar del pasado, aunque, aquel día, fue tal la insistencia que hacíamos todos para que nos contase su viaje de huida a Francia que, al final accedió. -No os contaré ni la miseria, ni los pies llagados con los que llegué a la frontera. Tampoco os contaré sobre el hambre que tuve que sufrir ni el desánimo en el campo de concentración francés. Ya sabéis que no quiero recordar mis penas porque no sirven de nada.
 -Vicent, la memoria es la historia. No puedes privarnos de ella. –Le interrumpí.
-Claro que puedo y quiero, no obstante, contaré algo que sé que os gustará saber. –Carraspeó para aclararse la voz.
-Si es tu regreso al pueblo ya nos lo conocemos. –Le dijo su hijo mayor con socarronería. -No me interrumpas. –Insistió. –Cuando llevaba más de diez años en Marsella sentí la necesidad de formar una familia. En aquella ciudad sólo tenía mi trabajo y mis recuerdos y eso ya no era suficiente para mí. Un día, mientras estaba en la casa del pueblo de los refugiados y exiliados de la guerra civil, un amigo mío me dio una idea. -¿Sabes una cosa, Vicent? La soledad me carcome. –Me confesó. –Así que he decidido escribir a las mozas de mi pueblo a ver si hay alguna que quiera venir aquí, a Marsella, para vivir conmigo.
 Me reí de su audacia. ¿Cómo iba a encontrar a ninguna mujer dispuesta a dejarlo todo y formar una familia con un exiliado en tierra extranjera? Era una idea descabellada.
A pesar de que le argumenté su empeño de buscar compañía en el pasado, mi compañero de exilio, lo desmoronó con una postura tan sencilla y simple como que sólo podría encontrar comprensión en alguien que hubiese sufrido lo mismo que él.
Aquella noche no pude dormir. En mi cabeza rondaba mi pueblo, los amigos que había dejado y los que había perdido por el camino. Veía la cara de mi padre, junto con mis hermanos, cuando tuve que incorporarme al frente de Teruel. Durante varias horas de duermevela, las imágenes del pasado se sucedían una y otra vez hasta que me saltaron las lágrimas angustiado por la tristeza. Me levanté y busqué el consuelo en el amanecer. Miré por la ventana de mi habitación y observé los mástiles de los barcos del puerto. Con qué gusto me habría embarcado en uno de ellos para poder regresar a mi tierra tan cerca y tan lejos de mí.
Sin pensarlo más me dirigí hacia la mesa del comedor. Saqué unas cuantas hojas y un lápiz e inicié lo que debía ser una lista de nombres de mujeres de mi pueblo. Descarté las familiares directas. Temía la consanguineidad. La lista que resultó, en esa primera selección, era muy corta. Volví a repasarla y, al ver la escasez de nombres, dejé algunos remilgos de lado engrosándola con algunas primas en segundo y tercer grado.
Tuve que salir de casa para dirigirme a mi trabajo de carga y descarga en el muelle marsellés. Durante todo el día no dejó de darme vueltas en la cabeza lo que debería escribir en aquella carta. ¿Qué les podría ofrecer a todas las posibles candidatas? Por otra parte, a algunas de las que había anotado en la lista no les había hablado nunca, por lo que las desconocía por completo. Me arriesgaba a su desprecio e indiferencia, aunque, considerando la distancia que existía entre ambos, tampoco debía resultarme tan grave su desdén.
Cuando terminé la jornada me dirigí al local del exiliado. Mi amigo se encontraba sentado en una mesa. Junto a una botella de clarete apilaba unas cuantas hojas de papel arrugadas y llenas de tachones.
-Escribir es más complicado de lo que parece, paisano. –Resopló angustiado.
-Déjame que te eche una mano en la redacción.
Durante un buen rato estuve sentado con él releyendo sus borradores y, al mismo tiempo que le ayudaba, también extraía alguna que otra idea para poder escribir la mía. Al cabo de unas horas me despedí de mi paisano, como él me llamaba, pues, aunque él procedía de tierra adentro y yo había nacido cerca del mar, la guerra nos había convertido en compatriotas en el exilio. Regresé a mi casa.
Una vez estuve en la soledad de aquel pequeño piso inicié la redacción de la carta que, en mi caso, sería una única para todas.
-¿Y qué contabas? –Preguntó intrigado uno de los que estaban escuchando al poco hablador Vicent.
-Cuando uno se encuentra angustiado, la única cosa que se puede contar es la verdad. –Contestó con rapidez. –Describí mi situación de soledad. Les expliqué el motivo por el que no podía regresar al pueblo y cuáles eran mis intenciones para un futuro próximo. También les contaba que deseaba formar una familia, pero que, a pesar de la distancia, conservaba la esperanza de poder regresar al pueblo y no quería hacerlo solo.
-Me imagino que te contestarían todas ¿verdad? –Preguntó uno de los jóvenes que le escuchaba con gran atención.
-Te equivocas. No me contestó ninguna.
Hubo un silencio.
-Pasó más de medio año desde que envié las cartas, pero no obtuve ni una respuesta. Posiblemente, en la frontera, el control férreo de la censura franquista, las intervino y por eso no me contestó nadie. Un día, mientras me encontraba en el local del exiliado, entró mi paisano todo alborotado. Él había tenido más suerte que yo. Varias chicas de su pueblo le respondieron y una de ellas le había enviado una fotografía. Al verle tan contento, en verdad, os confieso que sentí envidia de su satisfacción y una profunda tristeza me embargó por mi falta de éxito. Le felicité por su fortuna. Regresé a mi casa apenado, pero cuál fue mi sorpresa al ver que alguien me esperaba en la puerta. Se trataba de mi hermano mayor, Pepet.
Os podéis imaginar que las comunicaciones de en los años cincuenta, no eran como las actuales y, aunque mi hermano hacía tiempo que me había anunciado que vendría a verme, no sabía exactamente cuándo lo haría. La emoción de abrazar a Pepet se transformó en tristeza al saber el verdadero motivo de su visita.
-Murió con tu nombre en la boca. –Me dijo entre lágrimas.
Se refería a mi padre que enfermó poco después de mi partida.
-Sólo le mantenía en vida la idea de poder viajar hasta Marsella para abrazarte y terminar sus días junto a ti, su hijo pequeño.
Vicent, embargado por la emoción de aquellos tristes recuerdos, tardó unos minutos en recuperar las fuerzas suficientes como para proseguir con el relato.
-Mi hermano no había salido nunca del pueblo así que todo lo que le mostré en Marsella le pareció lo más bello del mundo, por eso, cuando le conté mi intención de encontrar una novia entre las chicas del pueblo, se sorprendió. Se quedó conmigo una temporada. –Tragó saliva. –Si me emocionó su llegada su partida me angustió. Volvía a quedarme solo, aunque, esta vez, con la esperanza de que mi hermano llevaría a cabo mi proyecto de futuro. Y así fue, pues, a las pocas semanas, recibí la carta de María.
-Cuéntanos qué te decía. –Le insistió uno de los chicos que le escuchaba.
-Sólo recuerdo fragmentos.
-Me cuesta creerte, Vicent. Siempre has gozado de una espléndida memoria. –Le atajé.
Me guiñó un ojo. En sus labios se dibujó una sonrisa y extrajo la cartera del bolsillo del pantalón.
-Junto a la carta me envió esta fotografía.
-¡Qué guapa estaba María! –Dije mientras se la arrebataba de las manos.
Vicent cerró los ojos y recitó como si estuviese leyendo un fragmento de la carta.
«Ya no me parezco a la chica que recuerdas de tu juventud. Mi cabello se ha vuelto gris por el sufrimiento. También he adelgazado mucho. La tristeza me ha acompañado durante mucho tiempo. Sin embargo, cuando tu hermano me habló de tus intenciones me parecieron bien. Creo que yo también tengo derecho a un futuro.»
-¡Qué bonito, Vicent! –Le dije emocionada.
-Mi padre es un romántico. –Apostilló el hijo mayor de Vicent. –Seguro que ha añadido algo de lirismo a las palabras de mi madre.
Vicent sonrió y junto a la vieja fotografía nos mostró un trozo de papel envejecido por el tiempo.
-Aquí la tienes, incrédulo. –Le dijo a su hijo.
-¡La has guardado todo este tiempo! ¿Por qué no me la has enseñado nunca? –Le increpó emocionado.
-Quizá fue porque nunca me lo preguntaste.
-Pero sigue contándonos tu historia. –Insistí.
-Yo no podía cruzar la frontera porque me habrían detenido inmediatamente. María viajó sola durante varios días hasta llegar a Portbou. Allí permaneció una semana antes de tomar un tren hasta Marsella.
-¿Dónde os visteis por primera vez? –Volví a interrumpirle.
-En la estación de trenes de Marsella. Fue ahí donde comenzó nuestra vida en común. Esta es la historia que os quería contar. –Dijo Vicent con una sonrisa.
-¡Nos dejas con ganas de saber más! –le dije intrigada.
-Ahora, lo justo sería que fuese María la que os contase el resto ¿no?
Pero nunca lo logramos por mucho que insistimos.

4 comentarios:

  1. hola! que triste y amante a la vez, gracias! abrazosbuhos

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    1. Hola amigas
      Dentro de la tristeza de tener abandonar la propia tierra está la esperanza de regresar con una familia como así fue.
      Muchas gracias por leer y comentar todos mis relatos. Un abrazo amigas.

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  2. ¡Hola!
    Muy buen texto. Mucho sentimiento.
    Por cierto, ya te sigo, ¿te pasas por mi blog?. Saludos.
    http://librosenfamilia.blogspot.com.es/

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    1. Hola Anabel,
      muchas gracias por leer y comentar mi relato. Intento escribir desde el corazón. Termino de hacerme seguidora de tu blog. Un saludo.

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