Y como cada día 3 de
cada mes, hemos vuelto a la plaça de la
Mare de Déu de València. Como cada vez se ha vuelto a pedir justicia para
las víctimas del accidente de metro de hace más de siete años. Son cuarenta y
tres muertos y cuarenta y siete heridos sin ningún responsable. Hemos vuelto y
cada vez con más motivos para protestar y con más ganas de que nuestras protestas
sean oídas. Hemos vuelto pacíficamente, con aplausos y gritos que manifiestan mucha
emoción y dolor. Hemos vuelto a mostrar nuestra rabia sorda ante unos políticos
que se ríen de nuestras muestras cívicas de dignidad. Sí, ellos se ríen y, no
nos equivoquemos, también lo hacen los que están esperando a que ellos se bajen
de su poltrona para ocuparla porque sólo somos para ellos: el populacho que les
ayuda a conseguir sus ansias de poder.

Uno de los manifestantes concentrado en la plaza gritó: Què més els deixarem fer? Esa pregunta
tiene múltiples respuestas. Estamos asistiendo al final de nuestra autonomía.
Este gobierno, a pasos agigantados, se da toda la prisa del mundo por destruir
el sistema autonómico de nuestro país. En su máxima está: España debe de ser ‘Una,
grande y libre’. Cuarenta años no pasan porque sí. Por supuesto, no son los únicos con ese
planteamiento de destrucción de las autonomías, hay otro partido político, que
se presenta como alternativa gubernamental, que clama por destruir el sistema
autonómico como remedio de nuestros males. Analicen los programas que muestran y lean también entre líneas.
No quiero ser agorera
pero tampoco quiero caer en el optimismo simplista. Cito el final de una obra
magna como es El coronel no tiene quien
le escriba de Gabriel García Márquez.
A buen entendedor…
"Si el gallo gana -dijo la mujer-.
Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo
pueda perder.
Es un gallo que no puede perder.
-Pero suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco
días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
franela. Lo sacudió con energía.
-Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco
años -los setenta y cinco años de su vida, minuto
a minuto- para llegar a ese
instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el
momento de responder:
-Mierda."
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