domingo, 11 de septiembre de 2016

DISTANCIAS CON EL MAR

Vivo a unos kilómetros del mar. Casi todos los días lo veo. Guardamos las distancias. Ambos hemos cambiado mucho. No me atrevo a rozarlo. Me limito sólo a sentirlo a presentirlo. Puede parecer una incongruencia, pero necesito su arrullo, por eso, más de una vez, me acerco hasta sus lindes y escucho su sonido.
La carretera de acceso a mi ciudad lo bordea. Todos los días, mientras conduzco, lo miro con el rabillo del ojo. Abro la ventanilla. Huelo el aire que procede de su playa. A veces, es horroroso el olor que despide. Me entristece. Sólo son unos meses. Espero el invierno, quizá, entonces, vuelva su verdadero perfume. A pesar de todo, hace muchos años que no voy a sentir sus olas en mi piel. Sólo necesito verlo.
Esta distancia, entre el mar y yo, no siempre ha sido así. Cuando era pequeña me encantaba que llegase el mes de mayo. Era el preludio del buen tiempo del verano. Aún no teníamos coche, por eso, para llegar al mar, se convertía en una aventura. Recuerdo, con especial cariño, la primera vez que fui. Hacía pocas semanas que había conseguido aprender a montar en bicicleta. Suponía todo un reto llegar hasta allí pedaleando en mi pequeña bici heredada. Seguro que era domingo. Por el camino, mi padre me vigilaba por si me cansaba o me caía. Mi hermana, más avezada, pedaleaba la primera. El avance debía de ser lento. Tras subir un pequeño puente allí estaba ese mar salvaje que apenas tenía playa. El placer consistía en sólo querer verlo, sentir su agua fría en nuestros pies y tobillos. Era fantástico escuchar cómo se rompían las olas en el pequeño muro que protegía el merendero. Mientras jugábamos, mi hermana y yo, mi padre charlaba con uno de los propietarios. Ambos eran del mismo pueblo. No recuerdo el regreso aunque, probablemente, sería una auténtica celebración de mi triunfo.
Pasó el tiempo. En julio, toda la familia nos montábamos en el pequeño coche. La fiesta veraniega consistía en acudir a merendar junto a ese mar ruidoso y fresco. Los tiempos cambian y sin darnos cuenta llegó la feroz construcción y con ella la desaparición del encanto de ese mar entre salvaje y domesticado. Comenzamos a guardarle las distancias.
Ahora ya no es el mar que conocí. Se ha avejentado. Lo han cambiado. Ya no está el merendero. Lo derribaron. Decían que estaba fuera de las normas. Con él también desapareció la gente que cuidaba del mar, pues vivía con él y no contra él.
La distancia con el mar, que está a pocos kilómetros de mi casa, cada vez ha aumentado más; quizá, para algunos, pueda resultar incomprensible, pero os aseguro que tiene su motivo.


6 comentarios:

  1. Dicen que el tiempo todo lo cambia, pero lo que ha hecho con algunas zonas costeras es como un desastre nuclear, pero a la inversa.
    Hermosos recuerdos.
    Un abrazo.

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  2. El viejo mar no entiende de construcciones descontroladas ni de vertidos que lo emponzoñan. Lo miro y entristezco. Muchas gracias por leer y comentar mi relato. Un abrazo.

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    1. Me gusta tu entrada. Yo, desde chica crecí entre Cádiz y Sevilla, ambas son marineras y la belleza y vida que nos transmite la visión de las playas gaditanas son magnificas. He vivido experiencias inolvidables y me he recreado paseando por la orilla...
      Luego vino "Dª Especulación" acompañada de "D. Carente de Escrúpulos" y empezaron a destrozar lo bello y vital de los litorales...
      Me ha encantado, gracias por compartirlo.
      Un besito.

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  3. Sí, Mari Carmen, la belleza y la armonía que existía entre los que cuidaban del mar y el entorno desapareció con la falta de escrúpulos de unos pocos. Muchas gracias por compartir mis emociones, leerlas y comentarlas. Un abrazo.

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  4. En el norte donde yo vivo todavía se conservan algunas playas como las he conocido desde siempre. Me gusta mirarlo y ver que a su alrededor todavía no hay mucha especulación. Espero que se siga manteniendo así y podamos todos disfrutar de la naturaleza como siempre ha existido. Cuando voy a visitar lugares que tiene mar no me gusta que tengan edificios y torres a su alrededor, evito ir a los lugares de fama , concurridos de turistas y de gente. Todavía me gusta disfrutar de la playa cuando hay poca gente a mi alrededor. El mar y yo nos llevamos bien cuando su ruido y sus mareas y yo estamos solos. Un abrazo

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  5. Hola Maria del Carmen, por desgracia por aquí, en Valencia, se ha hipotecado el presente y el futuro. Como os he contado miro el mar todos los días y sufro de verlo tan abandonado, maltratado. Muchas gracias por compartir tus experiencias conmigo. Un abrazo.

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