domingo, 16 de agosto de 2015

EL FOTÓGRAFO DE LA MORGUE

Había deseado siempre ser fotógrafo. Nunca se había quejado de su suerte, ni tan siquiera ahora que era el fotógrafo de la morgue del hospital. 
La primera cámara que tuvo fue de juguete. Preguntó qué era y cuando supo para qué servía, soñó con tener una cámara de verdad y poder fotografiar todo aquello que estuviese delante de su objetivo. 
Trabajó muy duro para conseguir comprarse un equipo de segunda mano y así montarse un modesto estudio. Sus clientes iban desde los niños recién nacidos que sus padres deseaban tener un recuerdo de sus primeros días de vida, luego, estaba la primera comunión y, más tarde, eran las fiestas de las cuadrillas de amigos y todas las celebraciones posibles, las que llenaban su negocio. Las bodas eran otra cosa, porque en ellas, como fotógrafo, tenía que esmerarse y mostrar la cara amable de una nueva vida, de la cual, nunca se sabía como terminaría. 
El negocio le iba bien hasta el desastre. Nadie creyó a aquel pobre hombre que lo advirtió, al contrario, se rieron de él. Avisó de la avenida del río y nadie hizo nada. El agua lo arrasó todo y con ella las ilusiones de muchas poblaciones sumergidas en la muerte y destrucción en forma de río desbordado. Anegó sus vidas.
Riada de Valencia de 1949.
Los cadáveres se hacinaban en el cauce del viejo Turia, embravecido y dolido contra aquellos que ocuparon su lecho huyendo de la miseria y del hambre, producto, aún, de la maldita guerra tan reciente y nunca olvidada. En cada rincón de la ciudad y de los pueblos más cercanos, había destrucción y muerte sin identidad.
¿Cómo iba a pensar que la riada también le destrozaría su estudio y, con él, su vida?  Sólo pudo conservar una cámara, la más vieja. Desesperado se lanzó a buscar la foto instantánea de ese momento. Fotografió la desgracia, las caras desfiguradas e hinchadas de los muertos que se encontró a su paso. A su alrededor sólo había desolación y miedo a lo que vendría después. Pensó que aquel horror no se podía olvidar ni ignorar. A partir de ese momento tomó la resolución de que él debía mostrar la realidad, su cara menos amable.
Ya no volvió a ser el fotógrafo de la alegre vida. En su interior algo le indicaba que debía mostrar el horror, el dolor de todo aquello que se había sumergido en el agua embarrada de la riada.
El tiempo pasó pero la imagen de la destrucción para el fotógrafo 
se le quedó como una herida abierta. Ya no volvió a buscar la alegría de las celebraciones. Siguió haciendo su trabajo pero esta vez lo hizo fotografiando aunque sólo lo hacía a cadáveres aquellos que le convirtieron en el fotógrafo de la morgue.

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