sábado, 18 de julio de 2015

CONOCER EL MAR





Dedicado a Carmen que siempre fue una niña con rasgo.
1926, desde un pueblo interior valenciano, cercano al mar.

«-Mercedes, Mercedes ¿me escuchas?
-Claro que te escucho, Carmen, no seas pesada.
-Mercedes… ¿tú crees que el mar es más grande que la masía?
-¡Pero qué tonterías dices, Carmen! Claro que es más grande.
Carmen dudó un poco antes de continuar preguntándole a su amiga del alma.
-Entonces… si es tan grande y está hecho de agua, ¿por qué no viene hacia aquí, hacia nuestro pueblo? ¿Por qué hay que ir a buscarlo?»
Ni Mercedes ni Carmen, conocían el mar y eso que estaba a unos escasos tres kilómetros de su pueblo. Les habían dicho que era una gran extensión de agua y que el sonido de las olas, cuando restallaban en la arena, era tan ensordecedor que, después de muchas horas, se seguía escuchando en la cabeza. Las dos niñas deseaban verlo. Se lo habían dicho tantas veces a sus padres, pero el padre de Mercedes, un acaudalado agricultor, no quería aparejar el carro, tirado por las dos jacas bretonas, para ese viaje. El padre de Carmen era un jornalero que no tenía ni un carro ni animales de tiro.
Aquella tarde el calor de agosto era sofocante tanto que parecía que todos los que tenían un vehículo tirado, aunque fuese por un pobre rucio, se desplazaban hacia la playa. Mercedes y Carmen los miraban con angustia, con deseo. ¡Qué rabia! Tener el mar tan cerca y no poder verlo.
-Niñas ¿qué hacéis ahí paradas? –Les preguntó uno de los carreteros mientras pasaban junto a ellas- ¡Venga, subid!
Carmen miró a Mercedes y adivinó sus intenciones.
-¡Vamos a conocer el mar!
-Si nos vamos, sin decírselo a nuestros padres, seguro que nos riñen.
Carmen, entusiasmada por la invitación y el sonido del traqueteo de los carros persuadió a su amiga de la oportunidad que se les presentaba.
-¡Subamos ahora! Seguro que volvemos antes de que nuestros padres regresen del campo.
No lo pensaron más.
En el interior iba más de una familia. Reían todo el rato. Era una fiesta continua que encandiló a las dos niñas. El viaje transcurrió como un soplo en el tiempo. Aquel jaco volaba más que trotaba. Pronto llegaron a un arenal donde, colocados en fila, estaban todos los carros y a su lado, atados, los animales que habían tirado de ellos.
Mercedes y Carmen lo miraban todo con asombro. Cada cara, cada grito de saludo, cada relinchar de los animales que también participaban de la excursión de sus amos, todo era una grata sorpresa. Cuántas emociones acumuladas en pocos instantes para su corta edad.
De pronto, sin darse cuenta, sus alpargatas se llenaron de arena. Se les hacía imposible andar. Carmen se las quitó para sacarla pero cuando ya lo había conseguido e intentaba calzárselas, otra vez, le resultaba imposible. Las dos se las quitaron y recorrieron unos pocos metros hacia donde la arena estaba húmeda. Parecía mojada por la lluvia, como si estuviese impregnada por mucha agua… Fue, en ese instante, cuando se dieron cuenta de que no era la lluvia la que había mojado la arena, ni tampoco el agua de riego, tal como habían visto en los campos de la Masía cuando eran regados, sino que había una gran extensión de agua, un agua azulada que rugía y que se amansaba, haciendo espuma cuando se detenía. En ese instante, entonces, comprendieron que aquello era el mar. Las dos estaban como hipnotizadas por el sonido violento de las olas. Se acercaron al borde que se formaba entre el agua y la arena y notaron el frescor en la planta de sus pies.
-¡Eh, tontuelas! -les gritó una mujer- No os metáis vestidas dentro del agua.
Cuando escucharon esa voz que les advertía las dos saltaron como si algo les hubiese picado. Miraron a su alrededor. Quien se arriesgaba a meterse dentro del mar lo hacía con muy poca ropa. Los hombres se remangaban el pantalón, las mujeres las enaguas, los niños y las niñas iban en camisa. Rápidamente, Mercedes y Carmen, se quitaron los vestidos y los dejaron, junto con sus alpargatas, en uno de los carros que estaban en el arenal. Corrieron, saltaron, se rieron una de la otra al verse mojadas y arropadas por el agua que, en un principio, era fría y salada y que después les arrullaba con el balanceo de sus olas.
Los días de agosto son más cortos que los de julio y el sol se pone con más rapidez de la que, a veces, se desea. La gente comenzó a salir del agua del mar y regresaba a sus carros. Algunas familias sacaban sus viandas y las comían sentados, junto a sus animales, otros, iniciaban ya el regreso a sus casas.
Mercedes y Carmen comenzaron a sentir algo de frío y bastante hambre. Salieron del agua y buscaron sus ropas pero ¿dónde estaban? En sus juegos y saltos se habían alejado del carro que les había llevado. Miraron, buscaron, corrieron y no las hallaron. ¡No podía ser! Tenían que encontrarlas porque, casi desnudas y descalzas, no podían regresar a su casa. Sus padres las matarían, primero por desobedecer y segundo por perder la ropa. El sol, traicionero, se escondía rápidamente: sin contemplaciones. La ropa y las alpargatas huyeron junto con los últimos rayos. Comenzaba a ser patente su delito de desobediencia.
«-¿Qué hacemos Mercedes? No podemos quedarnos más tiempo.»
La angustia de saber que habían desobedecido comenzaba a corroerles la alegría de haber conocido el mar. Descalzas, en saya, no tenían otro remedio que volver a casa pero... ¿cómo? El carro que les había llevado ya no estaba en la playa y no conocían a nadie. Oscurecía cuando decidieron que la única forma era andar, por en medio de las marjales, entre las cañas y los árboles ribereños que escondían las sendas del regreso.
«-¿Tú estás segura de que éste es el camino correcto?
-Claro que sí, fíjate que hay marcas de carros cerca.»
En ese instante, se escuchó el resoplido de un rucio que tiraba de un pequeño carro con vela. Las dos niñas sintieron miedo. También se podía oír hablar a dos personas. Carmen, siempre más decidida, pensó que quizá, sus ocupantes, se apiadarían de ellas y les llevarían a su pueblo.
-Señor, eh señor -gritó-
-Sooo, Romera- paró al animal- ¿Quién me llama?
Las dos niñas salieron, avergonzadas y ateridas de entre las cañas.
-Somos nosotras- dijo Carmen como portavoz de las dos.
Por uno de los lados de la vela del carro asomó un hombre. Tenía la cara quemada por el sol. Les miró de hito en hito.
-¿De dónde habéis salido vosotras? ¿Sois reales o no?
Carmen se adelantó y le contestó, con rasgo:
-Tengo acaso yo aspecto de muerta.
El carretero le miró aunque parecía no verles, pues su mirada era extraña. Con una media sonrisa les dijo:
-Yo os conozco. Os he visto en el pueblo. 
Miró a Carmen y le dijo: 
-Tú eres la hija de Andreu y tú -mirando a Mercedes- Ah, tú eres la hija del amo. ¿Os habéis perdido?
Por fin pareció prestarles atención.
Ellas le explicaron, con frases entrecortadas por el temblor de frío que les recorría todo el cuerpo, que habían perdido sus vestidos y que no sabían cómo volver al pueblo.
«-Llévenos en su carro- se aventuró a pedir Mercedes al carretero- Somos pequeñas y ocupamos poco espacio.»
El carretero, después de unos instantes, y con una media sonrisa burlona en los labios, dijo:
-Tú subes, tu padre me puede pagar el viaje, pero tú -dirigiéndose a Carmen- tú no. Tu padre es un pobretón que no tiene dinero ni para convidarme a un vaso de vino.
El camino de vuelta fue el doble o el triple de largo que el de ida. Los baches y las piedras parecían multiplicarse pero Carmen no protestó, ni derramó una lágrima. Aceleraba el paso cuando el carro podía avanzar o lo ralentizaba cuando éste tenía problemas, pero nunca le suplicó, al carretero, que le subiese al pescante para descansar sus pequeños pies. Durante todo el camino, aquel hombre cruel, continuó su propia conversación particular, ese monólogo en voz alta que les había hecho creer, a las dos niñas, que en el carro viajaba más de una persona.
A la entrada del pueblo, con candiles encendidos, había mucha gente del pueblo y entre ellos estaban los padres de Mercedes y Carmen. Parecían intuir su llegada. Cuando se asomó el carro a la calle principal se acercaron a él con premura. Mercedes saltó del carro y se puso a llorar al ver a su padre, Carmen, con los pies llenos de barro y a punto de sangrarle por la caminata, se acercó al suyo con la cabeza baja, pero sin lágrimas.
No hubo ni una palabra, delante de los demás, entre padre e hija. Tampoco hubo ni una palabra entre el carretero y el jornalero, tan sólo una mirada de odio hacia el ruin que lo dijo todo. En casa, entre padre e hija, esa ya fue otra la historia. Una lección quedó aprendida para aquella niña: conocer el mar tenía su precio. Carmen nunca más se bañó en sus aguas.







2 comentarios:

  1. Preciosa historia y me ha hecho recordar que en Mallorca los que vivían antiguamente en el interior de la isla a pesar de estar rodeada de mar. Algunos de los campesinos de tierra adentro no conocían el mar. Un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Maria del Carmen por leer mi relato. Sí, la persona que me contó su vivencia vivía a escasos kilómetros pero su entusiasmo infantil revertió en no querer volver al mar nunca. Esa historia me la contó infinidad de veces porque quería dejar constancia del suceso. Tan cerca y está tan lejos. Gracias de nuevo.

      Eliminar