Esto era un gusano que no conocía otro mundo que no fuese las hojas del árbol del que se alimentaba. Su vida diaria comenzaba y terminaba en las ramas de su árbol hasta que un día, cuando fue a comer se dio cuenta que había terminado con todas las hojas disponibles.
-¿Qué haré ahora? -Pensó el gusano. -No tengo alas como los pájaros para volar hacia otro árbol. Tampoco puedo saltar como haría una ardilla a otra rama. Lo único que puedo hacer es moverme hasta bajar al suelo para cambiarme a otro árbol donde conseguir más alimento.
El gusano hizo mención de bajarse de la desnuda ramita, pero debido a la delgadez de ésta y el peso de su propio cuerpo engordado se precipitó al suelo. Desorientado miró a su alrededor y vio algo que se movía cerca de él. Se trataba de un caracol que resbalaba por el suelo con gran rapidez.
-¡Qué rápido que eres! -le gritó con su vocecita acatarrada. -¿Podrías acercarme al otro árbol?
El caracol se detuvo. Estiró los cuernos y con uno de sus ojos lo observó. Tras una gran pausa dijo:
-¿Y qué ganaría con hacerlo?
-Un amigo. -Le respondió el gusano con una de sus mejores sonrisas.
-Lo siento. No necesito amigos. Me gusta mi vida solitaria. -Le respondió el caracol que reanudó la marcha.
-¡Espera! -Le gritó el gusano.- Los amigos son siempre necesarios, aunque sean distintos a ti.
El caracol no atendió a sus gritos y continuó su camino sin pararse.
El gusano se entristeció al encontrarse solo en medio de lo que parecía ser la nada. Cada vez tenía más hambre y se le hacía un mundo llegar hasta el próximo árbol. Agobiado y triste decidió descansar un poco. Se ovilló debajo de una piedrecita hasta quedarse dormido. Mientras dormía tuvo un sueño muy raro. En ese sueño su cuerpo compuesto de anillos se abría hasta que dejaba salir un ser extraño de su interior. Se despertó asustado. ¡Menuda pesadilla que había tenido! -Pensó. -Se desperezó y miró a su alrededor. De pronto notó que algo le sucedía. Ya no tenía el hambre como le ocurría siempre y parecía que se había vuelto más ligero tanto que podía volar. Tenía alas y podía moverse con soltura con ellas. Las agitó hasta elevarse por los aires. Ahora tenía un cuerpo delgado y estilizado. Había dejado de ser un gusano para convertirse en una mariposa. Ya podía alcanzar el árbol deseado, sin embargo, ya no tenía aquel apetito voraz de antes. Ya no le interesaban las hojas. Se paró sobre una de las flores del árbol. Miró alrededor y comprendió que ya nada sería como antes.
Muy bonito cuento, un abrazo.
ResponderEliminarMuchas gracias Mamen. Me alegro que te haya gustado. Un abrazo.
EliminarHola queridisima amiga! no podemos encontrar nada mejor en tu blog, un relato que habla del renacer, de la esperanza y segundas oportunidades podria decirse, todo esto tan valioso reunido en un magnifico relato, gracias!! saludosbuhos.
ResponderEliminarQueridas amigas
EliminarMe siento muy feliz con su comentario. Efectivamente, mi intención era dar un poco de optimismo a través de esta fábula. Espero haberlo logrado.
Un abrazo muy fuerte.