sábado, 1 de julio de 2017

17 Y TODO FUNCIONÓ A LA PERFECCIÓN

 
Batiste Sistella no podía dejar de tiritar a pesar de estar sentado frente a la hoguera. Salvador Masobrer lo envolvió con un trozo de manta y le animó a que se terminase la ración de sopa que le había servido para calentarle el estómago. Sentada a su lado se encontraba Librada. Se acurrucó mientras contemplaba el crepitar de las llamas. De vez en cuando levantaba los ojos del resplandor para mirarnos con una media sonrisa que parecía expresar algo de alegría en su siempre serio semblante.
-¡Venga! Quítate las alpargatas que debes de tener fríos los pies. –Me indicó mi hermano con una caricia en la mejilla. –Y ahora me contaréis todo lo que os ha ocurrido desde que tuve que irme con Aurelio Retall.
Ninguno de los tres se decidía a ser el primero en hablar así que intenté recordar todo lo que nos había sucedido desde que nos separamos. No quise comenzar con el reproche a su inesperada desaparición junto a aquel malvado individuo, ni tampoco le conté que estuve rondando la puerta del sindicato de albañiles buscándole durante varios días, así que inicié mi relato por el día en el que nos reunimos en el teatro con la Compañía. 
A pesar de que Darqués aún estaba convaleciente de las quemaduras sufridas en su pierna regresó al trabajo con toda su vitalidad. Lo primero que hizo fue intentar gestionar, con el empresario del teatro Ruzafa, lo que debería ser la nueva temporada. El señor Martí no era muy diestro para la contabilidad, por eso, Gumersindo Plácido, el discreto contable, se dedicaba a llevar las cuentas escrupulosamente. Este hombrecito, de sonrisa bobalicona y pocas palabras, poseía la habilidad de hacer que el dinero presupuestado creciese hasta cubrir las necesidades de cualquier espectáculo a pesar de los momentos aciagos de aquel año de crisis.
Todo parecía sonreírles desde el momento en el que Edelmiro Bartha y el director escaparon ilesos de la explosión del cartucho de dinamita que les lanzaron a su paso por la calle del Mar. Los cristales de los edificios de alrededor de ellos estallaron en mil pedazos, sin embargo, no sufrieron ni un rasguño. Ambos pensaron que era un buen presagio para la nueva temporada que pretendían comenzar. A pesar de que el director, Enrique Darqués, se había precipitado dando una primicia a los periodistas sobre una obra de teatro que no existía sobre el papel y que sólo estaba en su cabeza, todo parecía transcurrir como si hubiese un guion premeditado. Sin pensarlo dos veces, Fausto Casajuana y Darqués, mano a mano, se encerraron en un camerino para escribir los diálogos y trazar la escenografía de lo que debía de ser el primer melodrama de la temporada con el inusual título de: Los niños del hospicio.
Mientras tanto, Rodolfo, el escenógrafo argentino, no dejaba de gimotear por el futuro de su artefacto escenográfico, aquella gran y hermosa mano que había construido con tanta dificultad y que hacía tiempo que permanecía escondida en uno de los rincones del almacén del teatro Ruzafa sin aparente utilidad. Costó convencerle de que ya llegaría la oportunidad de exponerla como colofón de la obra musical de aventuras y que, en un principio, se pensó estrenar como inicio de la temporada, sin embargo, y a pesar de la conocida elocuencia del director, no convenció al argentino quien dirigió sus protestas al paciente Bartha y que a su vez intentaba disimular la congoja que sentía al encontrarse lejos de su amada Natasha Ivanoff. Aquella inquieta mujer y tal como tenía por costumbre, casi de improviso, se ausentó de la ciudad, junto con un recién llegado que dijo llamarse Sasha y que afirmaba ser su hermano. Su precipitada marcha se vio envuelta en su siempre habitual misterioso comportamiento, por lo que a casi nadie le extrañó su desaparición salvo al apesadumbrado Edelmiro que temía no volver a verla nunca más.
Salvador me animó a que continuase contándole los entresijos del teatro así que proseguí con mi relato además de querer demostrarle que, tanto Batiste como yo, sabíamos tomar decisiones acertadas, por eso le conté que ambos nos entregamos enteramente a nuestros cometidos dentro de la compañía y bajo las órdenes de los maquinistas comenzamos a trasladar y mover todo aquello que nos indicaban como si fuésemos mozos de carga. Librada, siempre tan reservada y callada, se unió a la modista como aprendiza. Todo se hacía por y para el estreno de una incierta obra de teatro que había sido anunciada para dentro de dos días y que, en realidad, sólo procedía de una bravuconería verbalizada a los periodistas por Darqués.
Durante esos dos días de trabajo creo que tuvo lugar la tan nombrada magia del teatro, pues, la noche del estreno la sensación de que algo mágico estaba sucediendo permaneció en el ambiente. Durante los precipitados ensayos a todos se nos olvidaban los diálogos y hasta los telones que Rodolfo pintó, con parte de sus lágrimas de disgusto, se resquebrajaban al ser colgados, sin embargo, el estreno resultó fabuloso. El público aplaudió a rabiar cada uno de los actos y, en especial, aquellos cuadros donde Batiste y yo interveníamos, pues prueba de ello fue que en los aplausos finales nos vitorearon varias veces. Sin pretenderlo, aquella obra fantasmagórica, se convirtió en nuestro gran debut en la escena. A pesar de que ya había visto que los aplausos emocionaban a los actores me sorprendió que a mí también se me formase un nudo en la garganta mientras saludaba como si formase parte de la profesión. Darqués ingenió el texto para hacernos aparecer como los protagonistas de aquella rocambolesca obra, basada en el melodrama de Las Huerfanitas de París, pero, esta vez, convertido en una versión a la valenciana, es decir, llena de tics que incitasen al público a identificarse con los pobres niños abandonados de la calle. En realidad, nuestra apariencia no desentonaba con lo narrado pues, parte del éxito de aquella noche, se debió a nuestro aspecto de niños desamparados.
El éxito de dos noches seguidas o la alegría de sentirnos importantes fue lo que aminoró mi amargura de no poder lograr encontrar a mi familia así como reconsiderar la repentina desaparición de mi hermano. Cuando llegué a este punto de la narración, Salvador no me contestó, aunque con la mano me hizo un gesto para que continuase narrándole nuestras peripecias escénicas. Proseguí.
A partir de aquel apoteósico arranque que tuvo la temporada, la actividad de la Compañía volvió con toda su pujanza y regresó el brio a Darqués que ya olvidaba el bastón y decía sentir menos dolores, aunque su maquillado rostro no podía ocultarlos. Con el regreso del matrimonio de cómicos Miguel Báñez y Carlota Planes la agrupación casi estaba al completo. Carlota, tan estrafalaria como siempre, reía y lloraba como si estuviese interpretando un melodrama. Soltó una sonora carcajada cuando le contaron la aventura teatral de aquel estreno precipitado y, a continuación, lloró abundantemente cuando contó que había tenido que tomar la decisión de dejar a Carlotita, su única hija, interna en un colegio de monjas para que estudiase y no fuese una analfabeta. Terminó su relato mirándonos como si Librada, Batiste y yo fuésemos el ejemplo de la miseria que pretendía evitar a su hija. Me dolió su desprecio y estuve a punto de gritarle que no éramos unos analfabetos, que yo sabía escribir mi nombre y que Librada leía y escribía con gran soltura, pero fue Bartha el que, con su tremenda bondad, se adelantó a mi protesta para explicar, a aquella grotesca mujer, que nuestras circunstancias no habían sido las mismas que las de su hija, sin embargo, estaba seguro de que con el teatro cambiaría nuestra suerte. Miguel Báñez, que observó mi especial disgusto por las ofensivas palabras de su ridícula mujer, quitó importancia a sus comentarios con un ofrecimiento dirigido hacia nosotros y que era el propósito de ayudarnos a aprender a leer y contar durante las horas libres que el trabajo le dejase y siempre en la medida de sus propios conocimientos así se lo permitiesen. Me gustó aquel hombre que, sin conocer nuestra procedencia ni nombre, se prestaba a ayudarnos sin esperar nada a cambio.
A pesar de todos los incidentes que en las calles valencianas de 1934 se daban, dentro del teatro existía un microclima propicio para que todos nos sintiésemos optimistas. El director decidió que la Compañía debía retomar algunos de los melodramas de su consagrado repertorio y así ganar un poco más de tiempo para llevar al verdadero estreno absoluto que, con tanto celo, guardaban con él, Fausto y Roberto, el escenógrafo argentino.
Durante los siguientes días, se trabajó duro e intensamente hasta el punto de que, en más de una ocasión, se unía el día con la noche entre los preparativos y los ensayos, sin embargo, algo especial ocurría cuando la Compañía se enfrentaba al público pues, las posibles deficiencias, se solucionaban con los monólogos que el director siempre recitaba seguro de captar el aplauso y el vitoreo de los espectadores.
El entusiasmo fue tal que pareció embriagarles la inconsciencia hasta el punto de hacerles creer que la censura permitiría cualquier cosa que deseasen representar. Fausto Casajuana, en un arranque de idealismo muy propio de su carácter, propuso estrenar un texto que había escrito hacía un par de años y que mantenía guardado a la espera de una buena oportunidad. En una de las reuniones de la Compañía sacó, de uno de los bolsillos de su arrugada chaqueta, una libreta que entregó al director con un gesto de respeto y con cierto temor también. La obra se titulaba Casanova, el galante aventurero y, como indicaba su título, se trataba de una versión melodramática de las andanzas de Giacomo Casanova que, ya mayor y retirado de la vida mundana, narraba su turbulenta vida de seductor. El melodrama no sólo se atrevía con una acción situada en Venecia, sino que en su recreación incluía algunos números musicales con bailes y canciones con abundantes poemas ripiosos escritos por el propio Fausto.
Lejos de una lógica negativa justificada ante aquel alocado libreto, el proyecto entusiasmó a Darqués. El director perdió la noción de la situación crítica que se vivía en las calles de Valencia y confió en el éxito rotundo de una nueva puesta en escena. Inmediatamente, habló con el empresario Martí, que, aturdido con la euforia del actor, le remitió a su contable Plácido para convenir un presupuesto donde debía de contratar a más actores y actrices, así como a un ballet que pudiese ejecutar, con garbo, aquellas piezas que también precisaban de una orquesta.
Y todo salió a la perfección a pesar de todo y eso que, en más de una ocasión, hubo cortes de luz que entorpecían los ensayos junto a algunas visitas inoportunas de los guardias de asalto que, atraídos por los repiqueteos de martillo junto con los gritos de los maquinistas, entraban preocupados por si estábamos preparando algún atentado. Como si de algo contagioso se tratase, a todos nos envolvió el entusiasmo que Darqués y Casajuana compartían y, a pesar de los gimoteos de Rodolfo por su olvidada obra, su colaboración también facilitó el éxito. Tanto Bartha como Casajuana corrían de un lado a otro comprobando que todo estaba en su sitio y evitar equivocaciones en los complicados cambios de cuadros que componían los cinco actos de aquel melódico melodrama.
Las calles andaban revueltas y, aunque se habían cursado varias invitaciones a las autoridades, sólo confirmó su asistencia el gobernador y su esposa, pues, el alcalde y los concejales del consistorio declinaron su asistencia quizá influenciados por un posible temor a ser abucheados por los espectadores. La noche del estreno, todos estábamos muy inquietos. Para la Compañía no era la primera vez que se estrenaba en aquellas circunstancias tan especiales, sin embargo, parecían sentirse alterados por ser uno de los mayores retos escénicos del momento.
Tras el preludio interpretado por unos pocos músicos que el teatro Ruzafa tenía contratados como orquesta permanente, arrancó el primer acto con la intervención de Darqués que, maquillado con aspecto de anciano, narró partes de la vida y andanzas de Giacomo Casanova. Entre los espectadores el silencio fue absoluto y semejaba que aguantaban la respiración cuando el actor se detenía en las pausas dramáticas del texto. Terminó su intervención y nadie dijo nada a la espera de que algo trágico sucediese tras aquel extenso monólogo y cuál fue la sorpresa cuando, con los primeros acordes de una pegadiza melodía, surgieron, de entre las bambalinas, cinco hermosas muchachas ataviadas con unas ropas vaporosas que, con sencillas danzas, dejaban ver las ligas de sus medias, a los incrédulos espectadores. Todos los asistentes prorrumpieron en fuertes aplausos. Cada uno de los bailes fue acompañado de un unísono acompañamiento de palmas y risas. El espectáculo marchaba tal como se había pautado en los ensayos y por el entusiasmo con el que los espectadores seguían los bailables parecía haberse conseguido un éxito seguro, pero lo que no esperábamos era el colofón que el escenógrafo Rodolfo preparó, pues, ansioso por utilizar su preciada obra, cuando faltaban pocos minutos para que terminarse el relato de la vida del anciano Casanova se apagaron las luces y, por un lateral del escenario, asomaron los dedos de aquella mano de cartón, a continuación, de acuerdo con uno de los maquinistas se iluminaron poco a poco hasta crear un misterio inesperado. Darqués, que se encontraba en medio del escenario, miró los dedos que se acercaban hacia él y con un alarde de improvisación declamó con potente voz:
«La mano del destino divino me reclama por mis pecados.» Se acercó hasta ella y se colocó como si una gran garra lo atrapase. El siempre alerta Bartha ordenó a los maquinistas que bajasen el telón y que encendiesen las luces lo que provocó unos segundos de desconcierto que terminaron con el arranque de una unánime ovación.
El estreno fue un éxito, pero al día siguiente llegó la orden de que los números musicales debían de ser revisados por la censura. Entre una de las peticiones estaba que tuviesen más decoro del mostrado el día del estreno. La orden sorprendió a todos, pero no hubo más remedio que alargar las faldas de las bailarinas hasta donde indicó la ordenanza. En cuanto a la sorpresa de la mano lejos de crear un conflicto entre Casajuana y el escenógrafo Rodolfo les gustó a todos pues mejoró el final de aquella alocada obra.
Llegado a este punto, di por terminado mi relato y esperé a que mi hermano, que parecía estar muy interesado por seguir escuchando más aventuras escénicas, me solicitase que continuase contándole más detalles del teatro.
-Prosigue, Andreu -Me animó Salvador. -Por lo que puedo entender os ha ido muy bien con la compañía de teatro, pero ahora os he vuelto a encontrar solos, muertos de hambre y empapados como para contraer una pulmonía. ¿Qué sucedió después?
Y en el momento en el que pretendía retomar la palabra para explicarle cómo había virado nuestra buena suerte hacia ese estado, unos fuertes golpes sobre la puerta del cuarto nos sorprendieron a todos. Salvador nos hizo un gesto con el dedo de que guardásemos silencio y, a continuación, se oyeron  unas cuantas amenazas de derribarla si no se abría inmediatamente. Enmudecí asustado.






miércoles, 21 de junio de 2017

16 ¡QUÉ COMIENCE EL ESPECTÁCULO!











Aquella mañana la cafetería permanecía vacía. Mi presencia en ese local de la calle de la Paz sólo era circunstancial pues la explosión que hirió a Enrique Darqués le había provocado graves quemaduras en la pierna y los fuertes dolores provocados por las heridas sólo lograba aliviarlos con láudano y ese calmante condicionaba su sueño, por eso, aquel día, había delegado en mí para llevar a cabo las negociaciones de la renovación del contrato en el teatro Ruzafa.
En aquella cafetería solían reunirse los periodistas de la ciudad, pues, según ellos, les resultaba más sencillo conseguir las noticias en ese local que yendo de un punto a otro de la ciudad. El propietario que conocía sus preferencias les reservaba una mesa. Como si de una redacción de periódico se tratase allí también acudían sus informantes junto a un tropel de muchachos de la calle que les ofrecían servicios tan variopintos como desde los limpiabotas hasta ocasionales mensajeros que les llevaban los recados de un punto a otro de la ciudad. A los pocos minutos de entrar llegaron los primeros periodistas, Alfredo Sendín Galiana del periódico vespertino La Correspondencia de Valencia y Joaquín Sanchis Nadal de El Mercantil Valenciano. Estos dos redactores, ostentaban una merecida fama de ser buenos cronistas de la vida social valenciana y disfrutaban del favor de las autoridades de la ciudad, sin embargo, en sus últimas columnas no había ningún comentario político pues sólo recogían los espectáculos taurinos y circenses. En sus columnas no se mencionaba nada sobre la escalada de violenta que se producía en la ciudad por lo que resultaba muy extraño puesto que siempre habían informado de todos los sucesos que ocurriesen en la ciudad. Aunque no tenía ninguna intención de espiarles escuché su conversación.
-Ya sabes que ese tipo no es de fiar, pero, quizá nos haya dado una buena primicia. –Dijo Alfredo Sendín mientras encendía un cigarrillo.
-Puede que sea cierto, pero de qué nos sirve si no podemos publicarlo. –Le contestó Sanchis Nadal de malhumor. –La censura gubernamental es férrea y no hay forma de evitarla sin que te arriesgues a que te multen en el mejor de los casos o que te detengan y acabes condenado en la cárcel para el resto de nuestros días.
-Pues entonces digámoslo donde sí podemos hacerlo.
- ¿Dónde? –Preguntó intrigado Sanchis Nadal.
 -En las secciones en las que tenemos libertad para expresarnos. –Le respondió Sendín.
-Sólo podemos en las columnas de los espectáculos. –Le contestó Sanchis con malhumor. ¿Crees que se entenderá si escribimos entrelíneas dentro de las crónicas de los deportes, en las columnas taurinas o en espectáculos teatrales? Me parece imposible. Seguro que también nos las vetan. –Aseveró Sanchis Nadal.
-Es más sencillo de lo que te imaginas y puede darnos unos resultados insospechados. –Afirmó Sendín con satisfacción por su ocurrencia.
-Claro, según lo que dices criticaremos al gobierno, que envía a los guardias de asalto a reprimir las manifestaciones, a través de los artículos sobre los triunfos españoles en el cinematógrafo de Hollywood de Catalina Bárcena junto al autor teatral Gregorio Martínez Sierra. –Le apostilló Sendín con un guiño pícaro. Soltaron una carcajada al unísono.
Mientras tanto entró el joven reportero Manuel García Dasí conocido bajo el seudónimo de Tristezas.
-¡Manuel! Has madrugado mucho –El periodista Sendín le gritó al recién llegado con tono jocoso.
-Y tanto que he madrugado, como que no me he acostado todavía. Desde anoche estoy en la redacción del periódico sin parar de redactar mi columna sobre los rumores de una nueva remodelación del gobierno, pero lo peor de todo es que acabo de ver la edición que ha salido hace un instante y gran parte ha sido censurada y mi crónica ha perdido el sentido que tenía. Sin embargo, en la misma edición salen publicados los artículos de Luis de Sirval y, aparentemente, nadie le censura. No lo entiendo. Él que ya no trabaja en la prensa valenciana y puede publicar todo lo que quiere sin ningún impedimento.
Los dos periodistas sonrieron ante la evidente angustia del joven redactor.
-¡No compares!, Manuel, Luis Higón es un gran periodista. Se ha inventado el seudónimo de Sirval y ha montado su agencia de reportero. Vende y distribuye sus crónicas y columnas de opinión al mejor postor. –Le explicó Sanchis Nadal a Tristezas. –Si se hubiese quedado aquí, en Valencia, más tiempo se habría convertido en un redactor de poca monta, pero quería progresar y se trasladó a Barcelona donde colaboró con El Noticiero Universal y El Diluvio, aunque las condiciones políticas y sociales que se daban en la capital catalana no eran el mejor escenario para la práctica del periodismo independiente que a él le gustaba practicar y como siempre ha demostrado ser muy inquieto se trasladó a Madrid y allí empezó a colaborar en el periódico La Libertad, pero cuando lo compró el banquero Juan March se terminó la autonomía del diario que su propio nombre anunciaba y, ya ves, sin pensarlo dos veces Luis creó su propia agencia para poder publicar sin que nadie le coartase. Sirval desde siempre escribe lo que quiere y, además, consigue que le paguen muy bien.
-No todos podemos montarnos una agencia e ir de reportero por el mundo. –Dijo con tono lastimero el joven Tristezas. –A mí me viene justito terminar la semana con el sueldo que me pagan en el periódico.
-Te equivocas si piensas que Luis es rico, pero tiene mucha imaginación y consigue lo que se propone. Según me han dicho ahora anda por Moscú.
-¡Moscú!- Exclamaron Sanchis y Tristezas al unísono.
-Sí, dijo que debía de ver por sus propios ojos cómo andaba ese país así que allá que se fue con su eterna sonrisa. –Afirmó Sendín.
-Pues creo que ahora se ha equivocado porque la actualidad está aquí. –Apuntó Joaquín Sanchis Nadal. –Las huelgas y las explosiones tanto las provocadas por los grupos extremistas de la derecha como los anarquistas y cambios de gobierno que anda a la deriva dan para realizar un buen periodismo. Creo que Luis de Sirval ahora se ha equivocado y es más importante dar parte de lo que ocurre en España que hacer un reportaje sobre el funcionamiento del comunismo ruso ¿No os parece?
-Quizá te equivoques, Joaquín, porque siempre se necesario saber qué ocurre en Rusia. –Le contestó Sendín. –En uno de sus reportajes que ha publicado en un semanario de Madrid relata que allí andan tan avanzados que uno se puede casar y divorciar el mismo día y sin ningún problema, de hecho, él mismo lo ha hecho, pues en un día le tramitaron los documentos de boda y divorcio y sólo tuvo que preocuparse de pagar las tasas. Creo que Sirval va siempre tres pasos por delante de todos nosotros. Con ese reportaje se hará famoso en todo el país.
-¿Seguro? A mí no me parece tan importante. –Le contestó Tristezas.
-¡Claro que lo es!  Aquí pronto se aprobará la ley de divorcio y su reportaje servirá para dar a conocer lo que pasa más allá de nuestras fronteras. –Señaló Sendín.
En el instante dejaron de hablar entre ellos pues se abrió la puerta de la cafetería y entró Enrique Darqués acompañado por un hombrecito muy curioso. Aquello sí que fue una gran sorpresa para mí, pues, se suponía que el director de la Compañía no podía casi moverse y entró con paso ligero.
-Querido Bartha, me imaginaba que nos esperabas aquí.
Hacía tantos años que conocía a Darqués que no hizo falta que dijese nada más como para saber que debía permanecer callado y asintiendo a todo lo que dijese.
Los periodistas dejaron de hablar entre ellos y prestaron atención a lo que ocurriese en nuestra mesa. La noticia ahora estaba allí. Darqués me presentó a su peculiar acompañante. Según dijo se trataba del secretario del empresario del teatro Ruzafa quien lo había enviado para concretar las cláusulas del contrato entre la Compañía y el teatro.
-Edelmiro Bartha te voy a presentar a Gumersindo Plácido que aquí donde lo ves es un genio de la contabilidad, aunque todos sabemos que tú eres muy diestro con las cuentas de nuestra compañía. –Palmoteó la espalda de aquel pequeño hombre mientras prosiguió presentándomelo. –Don Gumersindo tiene el arte de que los billetes crezcan como verdaderas lechugas, ¿verdad que sí, don Gumersito?
-Gumersindo, mi nombre es Gumersindo, aunque mis amigos me suelen llamar Sindo. –Balbuceó aquel hombrecito entre se deshacía entre sudores.
-Como quiera don Sindito.
Los periodistas que no dejaban de observar los aspavientos que el director dedicaba a aquel infeliz, movidos por la curiosidad, tomaron la iniciativa y se acercaron hasta nosotros. Sendín, que parecía ser el más decidido de los tres, se atrevió a preguntarle al director:
-Señor Darqués, inevitablemente hemos escuchado su conversación y nos gustaría saber si ya se encuentra en condiciones de regresar a los escenarios y cuándo lo hará.
-Estimado amigo Alfredo Sendín, cuánto me alegro de que me haga esta pregunta. Claro que estoy dispuesto a regresar y conmigo la Compañía de teatro a la que tengo el honor de dirigir. Vamos a retomar la campaña con un repertorio compuesto por melodramas y ágiles aventuras de escena que encandilarán al público del popular teatro Ruzafa.
-¿Y nos puede adelantar cuál será el título de la primera obra que se representen?
-Por supuesto que sí, queridos amigos de la prensa, será un estreno absoluto de Los niños del hospicio.
Sin poder evitarlo comencé a toser como si el sorbo de café que me estaba tomando se me hubiese atragantado. ¿De dónde había salido esa historia que yo desconocía por completo? Darqués se inclinó hacia mí y me propinó unas fuertes palmadas a la espalda y con una gran sonrisa me dijo:
-Bartha, tranquilo, no seas tan celoso por el secreto profesional, sólo les doy un avance a nuestros amigos para que lo comuniquen en sus respectivos periódicos al público.
-Enrique, es que no quisiera que te precipitases todavía. –Balbuceé intentando seguirle en sus tretas publicitarias.
-En absoluto es sólo un adelanto, querido Bartha, y te puedo asegurar que todo se encuentra completamente bajo control.
Durante los siguientes minutos Darqués narró y explicó cómo iba a desarrollarse la obra en el escenario del teatro Ruzafa. Me mantuve callado, pues, al igual que les ocurría a los tres periodistas y al crédulo contable Gumersindo Plácido, también asistía a una primicia de un proyecto que sólo se encontraba dentro de la cabeza del director.
-Y en dicho relato se podrán seguir las andanzas de dos muchachos que se fugan del hospicio donde se les ha internado porque sus familias no pueden mantenerlos. En su huida del hambre se cruzan con una caravana de titiriteros que viaja por el país que les acogerá.
-Y permítanme que no les cuente el final porque eso sólo lo podrán ver en el escenario. Este será el primer melodrama que representaremos, pero no será el único pues se presenta una temporada llena de sorpresas explosivas.
-No, explosivas no, señor Darqués –dijo riendo Tristezas. –Que la última a usted le dejó malos recuerdos.
Todos rieron por su jocoso comentario. Sanchis Nadal rompió las risas con una nueva pregunta:
-Pero siga usted, ¿qué nos puede adelantar del estreno que andaba preparando con una escenografía de gran alcance que preparaba y que no pudo llevar a cabo por culpa de la explosión.
-Llámelo accidente –Le puntualizó Darqués. –Ese espectáculo, por supuesto, que se llevará a cabo, pero permítanme que les deje un tanto en el misterio y sólo piensen que comienza el espectáculo ya.
Los periodistas parecían satisfechos con sus respuestas, y fui yo el que se quedó perplejo con aquellas explicaciones rocambolescas que el director terminaba de lanzarles como primicia y que, en realidad, eran una invención propiciada por la situación del momento.
Nos despedimos de los periodistas y del contable Plácido y ya alejados de ellos asalté con mis dudas y mis recelos al director que no dejaba de sonreír ante mis temores.
-¿Sabes lo que estás haciendo, Enrique? –Le dije con cierto tono de miedo.
-No temas nada, Bartha, lo tengo todo bajo control, salvo los dolores de la pierna, no se me resiste como has podido comprobar.
Y se tocó la rodilla donde las quemaduras se habían cebado con su chamuscada piel. Mientras andábamos por la acera observé que Darqués cojeaba menos que los días anteriores, aunque no podía ocultar una expresión de dolor contenido en su cara.
Cruzamos por una calle perpendicular para alcanzar la calle del Mar.  En mi cabeza seguían las palabras precipitadas que había escuchado de la boca de Enrique y mi preocupación iba en aumento. En ese instante, un joven cruzó por delante de nosotros tan rápido que casi nos tira de un empujón. Apenas vi su rostro, pero sí su mirada nerviosa dirigida hacia nosotros. Quise gritarle que se detuviese ante su falta de educación, pero fue Enrique el que me tapó la boca e hizo que me agachase ante la inminente explosión de un cartucho de dinamita. Los cristales de los ventanales que teníamos alrededor volaron hechos pedazos por los aires.