DIBUJAR
La afición a dibujar se acrecentó a partir del día en el que el maestro me dijo que saliese a la pizarra.
-Ferrer hoy te toca a ti.
Y me entregó una cajita con unas tizas de colores y un pequeño libro en el que había una fotografía en blanco y negro de las ruinas de un castillo.
Como me suele ocurrir con todo aquello que me mandan me apliqué con todas mis energías a la copia a mano alzada de la fotografía. Lo hice en una de las esquinas de la pizarra. Mientras lo hacía el maestro ojeaba unas libretas en las que garabateaba alguna que otra nota. Vicente, mi compañero de pupitre, me lanzó una bolita de papel a la espalda para que me volviese, pero no lo hice porque sabía que era él y estaba segura de que no serviría para nada regañarle ya que incluso, lo animaría a hacer otras para continuar lanzándomelas con más pericia.
El dibujo del libro era en blanco y negro, sin embargo decidí darle algo de color con las pocas tizas que quedaban. Tomé la tiza anaranjada y repasé los bordes de las líneas en blanco para que resaltarán. Las peñas en las que estaba anclado las pinté de un marrón oscuro y con una tiza roja en el cielo dibujé lo que semejaban ser unos vencejos que revoloteaban por la derruida almena.
Terminada mi reproducción devolví las tizas y el libro al maestro que ni se molestó en mirar cómo había quedado el encargo que me había hecho.
-¡Dictado! -gritó.
Vicente se apartó para que pudiese sentarme en mi pupitre .
-¿Me dirás las palabras que no sé escribir-susurró.

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