Creo que la culpa radica, más de una vez, en nosotros,
los telespectadores. Hay que ser sinceros y confesar que una buena parte de la
culpa de que los programas llamados “basura” triunfen es nuestra.
Últimamente se alimentan, bajo los focos de los
platós televisivos, las figuras de tertulianos de todo tipo. La estrella del
momento es el tertuliano político. Esa figura prolifera de cadena en cadena y
con ella las sandeces engarzadas por una misma voz. El tertuliano medio se
puede clasificar en dos tipos: el periodista y el político ¿Diferencia? Ninguna,
sólo la monetaria.
Al periodista le pagan por opinar de todo, más de una vez, su
documentación previa queda en entredicho, pero eso no importa, lo que interesa
es su intento de imposición de la opinión sobre los demás. Por otro lado, el
político tertuliano no se diferencia en absoluto del periodista, salvo en que
éste no cobra de la cadena a la que acude, aunque sí de su partido en ese
sufrido capítulo llamado gastos de representación. El tertuliano político tampoco
suele brillar por su sagacidad con los datos que emite, pero se convierte en la
voz de su ideología y tomará partido, a favor o en contra, según la disciplina
del carné que ostente.
Los periodistas tertulianos saltan de cadena en
cadena como lo haría una abeja de flor
en flor, no les importa que sea una flor
de azahar o de jazmín, lo único que les interesa es el producto que van a obtener
de ella, así, cualquier tertuliano mediático que se precie, se moverá de una
cadena de extrema derecha a una comercial, pasando por la cadena pública, sin
importarle si sus comentarios son acordes o no con la ideología del medio.
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Azahar |
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Jazmín |
Dentro de este tipo de tertulianos aparece una
variedad y es el tertuliano académico. Este tertuliano, tanto de tendencia
conservadora (aunque ellos actualmente prefieren llamarse liberales) o los que
se adscriben al progresismo; ambos opinan de lo divino y de lo humano y lo
hacen desde el punto de vista del que se siente con la verdad absoluta y el
disfrute de decir su opinión desde la cátedra o poltrona.
Lo curioso es que el público, ese espectador medio
que anda de canal en canal, soportando largos cortes publicitarios y cuñas de
concursos de todo tipo, se siente cada vez más inducido a la duda y a la
prevención de creer que no todo es como se lo quieren hacer creer, al menos esa
es mi esperanza, por eso no descarto que un día, el telespectador medio, deserte
de esas manipulaciones y tome la decisión de apagar el receptor, encienda la
luz más cercana a su asiento y abra un libro, seguro que el dolor de cabeza,
provocado por el griterío de los tertulianos de oro, se le desvanece en menos
que canta un gallo.
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