lunes, 23 de noviembre de 2015

LA VIDA SOÑADA




Para Issabbellita Coolcrochet



En 1945, las cosas no ocurrían como las imaginaba.”
 Al menos eso era lo que siempre decía María cuando le preguntábamos por su viaje a Barcelona.
María era una mujer sencilla. Nunca había salido del pueblo salvo cuando tuvo que acompañar a su amiga, Amparito, a resolver aquel tema. Hubiese ido a cualquier parte del mundo por ella.
Amparito y María no recordaban desde cuándo eran amigas, aunque tampoco les importaba ese detalle. La complicidad que existía entre las dos hacía que no les hiciese falta hablar para adivinar qué pensaban en ese instante.
Atrás comenzaban a quedar los tiempos duros de la guerra aunque, parecía que la postguerra era igual o más cruel. Su vida se regía por la simple regla de la necesidad ceñida a la fábrica de yute donde ganar un jornal famélico. Todos los días, corrían para no perder el trenet, aunque la mayoría de las veces, las dos amigas, por ahorrarse unas perras, hacían el camino a pie. Luego, allí, dentro de la fábrica de sacos, entre aquella nube viscosa de pelo que navegaba por la sala, intentaban tejer el mayor número de metros de tela posible, para ganar alguna prima al final de la semana.
Andaban siempre confabulando, en especial cómo sería su futuro. Por supuesto, en su imaginación éste ocurría fuera de esa nave, a campo abierto. Su vida debía transcurrir con la luz natural, la de la huerta.
Ambas tenían novios. Los dos eran agricultores. María estaba convencida que casarse era su fortuna; ya no volvería a usar alpargatas sino zapatos, como las señoras de Valencia. Imaginaba que, por el pueblo, se desplazaría con una calesa, tirada por dos corceles blancos, pues, su novio, un hacendado, presumía de tener suficiente pan en casa.

« ¡Qué ciega estaba! No quería darme cuenta de que en casa de mi novio, todo lo que tenían, era una pura bagatela. Mis suegros, sí, tenían pan y judías secas, pero en esa casa no había dinero ni tampoco lo más importante para vivir: armonía. Cuando me casé, cuando conviví realmente con ellos, comprendí que la rica era yo que sin presumir, había sabido sobrevivir, a las penurias, con mi trabajo y mi ingenio.»

María, a lo largo de toda su vida, se lamentó del engaño que había vivido, durante esos años, cegada por el esplendor de la apariencia.
Para Amparito la situación era distinta. Ella no se podía sentirse engañada con su novio, pues era jornalero. No tenía tierra propia pero eso, a la joven hortelana tampoco le importaba mucho. Se conformaba con poco, lo único que quería era no tener que volver a la fábrica después de casada. La odiaba. Estaba acostumbrada a vivir al sol y al aire durante todo el año. Había hecho planes y se casarían pronto, a la primavera próxima, cuando volviese su novio de las milicias en Barcelona. Ya lo habían decidido, vivirían alquilados hasta que tuviesen suficiente dinero como para hacerse una casa propia. Imaginaba cómo sería esa casa porque esa sería su preciada propiedad. Sería suya y, una vez la tuviese, no le importaría pasar hambre con un techo propio. Vislumbraba cómo sería su vida, trajinando el hilo de las cánulas, entre los telares de yute.
Se acercaba la fecha de regreso de su novio y Amparito estaba igual o más inquieta que de costumbre. Veía casi cumplidos sus anhelos, por eso, cuando recibió aquella carta, pensó que era un error, que alguien se había equivocado de dirección. No podía creer que aquella carta  la hubiese escrito su novio donde le explicaba que había encontrado una vida nueva en Barcelona y ya no pensaba regresar al pueblo. En aquella maldita misiva le narraba como en los largos días que había estado viviendo en esa ciudad, solo, sin una amistad con quien hablar, había conocido a una chica. Ella también era de fuera y también se sentía igual de sola que él, por eso, ambos habían congeniado y se habían enamorado.
De la carta, lo único que leía, una y otra vez, era la frase en la que le decía que había dejado de quererla.
Aquel día, Amparito no fue a trabajar a la fábrica. No tenía las suficientes fuerzas como para enfrentarse al telar. Su novio ya no volvería. 
Durante muchos días Amparito estuvo encerrada en su habitación. No comía, no dormía, no hablaba, sólo miraba al vacío, ese que le había dejado su novio al escaparse con sus planes para una nueva vida. Tenían que hacer algo y rápido. María preguntó, interrogó y husmeó en la familia del fugado hasta que al fin encontró la respuesta. Cuando entró en la habitación de Amparito pidió a su familia que le dejasen a solas con ella. Nunca se supo lo que le dijo o lo que le omitió, sin embargo, aquello surtió efecto. Al día siguiente, las dos amigas partieron hacia la ciudad de Barcelona.

Barcelona, Calle Muntaner,Foto de Francesc Catala Roca

Aunque más de una vez se les preguntó por aquel viaje, ambas, como si de una sola voz, se tratase, siempre respondían lo mismo: «Hecho está lo que teníamos que hacer
Ninguna de las dos amigas volvió a la fábrica una vez se casaron. María no consiguió nunca pasear en una calesa tirada por dos corceles blancos, aunque Amparito sí consiguió su sueño, tener una casa propia pero de una forma muy distinta a la que había imaginado siempre.
Las cosas nunca salen como deseamos, al menos, esa fue la conclusión a la que las dos amigas llegaron al final de su vida, esa vida soñada.

4 comentarios:

  1. Una vida sencilla que forma parte de otras vidas anónimas. Muchas gracias por la lectura y comentario.

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  2. No, nunca salen como las deseamos pero , en ocasiones, la vida nos regala que salgan mejor o , al menos, eso quiero creer.

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  3. Algunas lectoras de este relato, me han preguntado por el aparente tono triste desl mismo. Creo que muy al contrario de lo que se pueda suponer, ambas, eran felices, a su manera. La vida no siempre es la soñada pero no por ello debe volverse amarga por no haber conseguido lo que se deseaba. Gracias por la lectura y comentario.

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