sábado, 10 de diciembre de 2016

ADELA MARGOT, LA ESTRELLA VALENCIANA DEL MONÓLOGO



Entre 1917 y 1919, la mayoría de los países europeos, se encontraban enzarzados en la contienda que pasó a denominarse: La Gran Guerra. Además, en el frío y lejano reino de los zares,  La Revolución Bolchevique, vivía su momento álgido. Parecían hechos distantes y lejanos pero, ¿hasta qué punto, estos hechos podían afectar a la aparentemente indiferente España? Digo lo de aparente porque, a pesar de su manifiesta neutralidad, en realidad, sólo se trataba de una postura oficial de sus gobernantes, pues, a la hora de la práctica, con el paso del tiempo, se ha demostrado que fue una postura falaz.
Un claro exponente de la rica economía de la ciudad lo constituía el puerto de la ciudad. Sus movimientos de exportación estaban muy unidos a la actividad comercial europea de manera que ésta se enriquecía con esta contienda, prueba de ello era la floreciente economía que se mantuvo durante esos años. Su postura siempre fue bifronte,  por una parte demostró una afinidad germanófila, pero, no por ello dejó de estar conectada con el resto de países aliados con los que también mantuvo sus relaciones comerciales. Como curiosidad, indicar que el precio de la exportación de las naranjas, comercio floreciente durante esos años, se realizaba con el valor de la libra esterlina.
No me voy a extender en cuestiones históricos sociales donde hay expertos que las han analizado mejor que yo pueda hacerlo, no obstante, sí quiero comentar un aspecto que parece ser olvidado de la vida espectacular de mi ciudad: Valencia. 


La  boyante economía de la ciudad  tenía, por supuesto, su reflejo en la vida espectacular de la ciudad. Alrededor de una veintena de teatros se concentraban entre el centro histórico y la periferia de la ciudad. Eran edificios construidos entre el siglo XIX y el XX que oscilaban entre los de gran capacidad para albergar a un público de clases algo más pudientes, junto a los de menores dimensiones que, aunque no por ello menos populares e importantes, tenían un público muy definido.
Por supuesto, las compañías locales actuaban en sus escenarios con obras, casi siempre de corte popular, como eran los sainetes, los juguetes cómicos y los monólogos, piezas, en particular que resultaban ser las favoritas de los espectadores tanto de la ciudad como de los pueblos de la huerta que acudían a sus dobles e incluso triples sesiones.
Estas piezas escritas por autores, populares del momento, como lo eran los hermanos Álvarez Quintero o Jacinto Benavente, entre otros, llenaban los escenarios, tanto los teatros grandes, como el teatro Principal, como de los pequeños locales. Su puesta en escena significaba el lucimiento de un primer actor o primera actriz y el aplauso de un público entregado a ese tipo de teatro de autor contemporáneo. Este tipo de espectáculos era jocoso, y, al mismo tiempo, con todos los tópicos del género. Dentro de esta maraña de autores y actores conocidos también se encontraban los locales, es decir, los que hacían un teatro propio de la ciudad. 


El humor socarrón de los propios valencianos era llevado a las tablas por compañías locales. Y entre todas ellas, destacaba la figura de una artista: Adela Margot. Durante el año 1919, actuó en el pequeño Salón Eden-Concert con un repertorio de pequeños monólogos de los que, algunos de ellos, ella declaraba ser la autora. Los títulos  de sus piezas breves hacían referencia a la situación del momento y sorprenden por la ironía de los mismos: La bolcheviki, Agua, ¡Abajo los hombres!, ¡Abajo la sicalipsis!, Aspiración femenina, Una diputada en el año 2000, entre otros. Su fama ya venía de mucho antes y de hecho era conocida por su ruidosa presencia en las Fallas de 1912.

La polémica actriz protagonizó fue el ninot central del monumento de la falla de la plaza del doctor Collado. Margot aparecía actuando en un escenario ante un público entregado. En realidad, la razón de la polémica, más que por la propia actriz, se debió por el público, representado en la falla, que aparecía jaleándola. Junto a la orquesta, entre el público, se reproducían los rostros de los habituales clientes de los espectáculos de Adela Margot. La identificación provocó el escándalo y la polémica hasta el punto de obligar, a los responsables de la obra, a tener que sustituir las cabezas de algunos de los ninots para evitar el escarnio público de éstos. 

Margot fue todo un símbolo de aquello que tanto se admiraba y también de lo que se ocultaba, tanto en la vida espectacular como en la social de la ciudad. 

2 comentarios:

  1. Moltes gràcies, Paqui. És una història interesantíssima, tant per la vessant històrica com per la lúdica. Quina llàstima que ha no hi haja tants teatres, i es que han canviat tant els temps, el algunes coses per a mal. Imagine la cara de la gent reconeguent als personatges que anaven als seus espectacles.

    ResponderEliminar
  2. Hola Susi:
    Sí, han desaparegut tants teatres, cafès teatres i xicotets locals que, en un moment donat, van proporcionar a València l'àlies de la xicoteta Broadway. Adela Margot va ser un personatge clau en la València de cabaret i diversió de les primeres dècades del passat. Segle.
    Moltes gràcies per llegir els meus relats, tant fantàstics com a històrics.

    ResponderEliminar