sábado, 10 de junio de 2017

15 VIEJAS RENCILLAS


A la salida del mitin nos reunimos en la entrada. Fue como volver al principio de todo. El director, Enrique Darqués, cojeaba por las heridas de su pierna, pero mantenía la altanería que tanto lo caracterizaba. Edelmiro Bartha se acercó a la duquesa Natasha Ivanoff y tomándole la mano se la llenó de tiernos besos mientras no podía conter las lágrimas de emoción por volver a estar junto a su amada. Aquel pequeño e inquieto hombre albergaba una ternura insospechada. Tanto Batiste como Librada junto con nuestro amigo Venancio y yo mismo rodeamos a Salvador como queriendo protegerle de todos los halagos y abrazos que pretendían darle los obreros asistentes a su hazaña. En ese instante sentíamos más ansias por conocerle mejor y poder aprender de él su arrojo y determinación. Nunca me he considerado un valiente, aunque poseo inmediatez para responder al peligro. El miedo siempre me sobreviene horas después, por eso, la hazaña que le había visto hacer provocó el más profundo deseo de poder conocer mejor a mi hermano Salvador.
Venancio fue el primero en despedirse de nosotros, dijo que debía volver con Lorenzo, el mecánico de Francisco Sanz. A continuación, fueron Bartha, la duquesa y Darqués los que tomaron el camino de regreso hacia el piso donde se encontraban hospedados. Librada y Batiste también les acompañaron deseosos de comer algo caliente y dormir seguros y, aunque me invitaron a seguirles decliné la oferta por permanecer cerca de Salvador de quien no quería separarme ni un instante, sin embargo, una vez se marcharon mis amigos, mi hermano, me dejó sólo rogándome que le esperase porque debía hacer algo antes de regresar a su cuarto.
Me arrellané en la oscuridad de uno de los ángulos del edificio de Correos dispuesto a esperarle todo el tiempo que fuese necesario. Quería confiar en él y en su palabra dada de no abandonarme. Con esa duda me adormilé por el cansancio del ajetreado día, aunque, posiblemente, mantuve los ojos abiertos, pues la voz de aquel hombre me sobresaltó. Su timbre grave resonó en mis oídos hasta casi convertirse en un golpe en la cara como si de una bofetada se tratase. No me importó su insulto. A mi corta edad ya me habían llamado de tantas formas que el calificativo de piojoso no poseía ninguna relevancia y ya no conseguía ofenderme. Antes de responder a su requerimiento le observé. Lo hice con detenimiento y precaución, aunque sin ningún respeto. Le conocía. A aquel hombre, de cara angulosa, ojos oscuros y pequeños y de diminuto cuerpo, era muy temido por la fama de ser el ladrón más cruel de toda la ciudad de Valencia, sin embargo, por algún extraño motivo que no acerté adivinar en ese instante, no sentí ningún pavor.
Hacía pocas horas que Aurelio Retall había salido de la cárcel donde lo habían encerrado tras su fallido atraco al banco de Valencia. A pesar de que intentó huir del cerco y la aparatosa persecución que los guardas de asalto llevaron a cabo por las calles adyacentes al ayuntamiento, no logró zafarse de ellos que lo detuvieron en uno de los pisos donde solía esconderse. Se dijo que no opuso ninguna resistencia por lo que su abogado defensor, un uruguayo afincado en la ciudad que tenía el despacho cerca de la plaza de toros, usó ese elemento como atenuante para que fuese liberado en pocas horas.
-Nunca encontrarán ni una sola prueba contra mí.
Esas fueron las únicas palabras que salieron de la boca de aquel minúsculo ladrón que tanto atemorizaba a toda la ciudad.
-¡Eh, tú! ¡Piojoso! Ven aquí que quiero hablar contigo.
Avancé hasta él.
-Llevas un buen rato observándome desde ese rincón.
-Yo… no, no señor, sólo estoy aquí esperando a mi hermano.
Aquel malcarado hombre me observó con detenimiento. Tardó unos segundos en despegar los labios y seguir interrogándome.
-¿Cómo te llamas?
-Andreu, señor.
-Andreu qué más, porque tendrás un apellido como todo el mundo ¿no?
Tragué saliva. Sostuve la mirada a aquellos pequeños y amenazadores ojos y le contesté:
-Me llamo Andreu Masobrer.
Al pronunciar mi apellido noté un gesto de sorpresa en aquella cara asimétrica, aunque intentó disimularla. Aproveché esos segundos de indecisión para escrutar su rostro sin perder detalle.
-Espero a mi hermano Salvador.
-¡Salvador Masobrer! –Repitió como si yo ya no estuviese ante él.
-¿Lo conoce? –Le pregunté intrigado.
-Por supuesto que nos conocemos, ¿verdad, Aurelio?
Respondió mi hermano que había surgido de la oscuridad de la esquina.
-A veces no conoces a una persona tanto como crees. –Contestó el ladrón, Aurelio Retall, que rápidamente perdió el interés por mí y se adelantó hacia mi hermano. –Hacía demasiado tiempo que no nos encontrábamos cara a cara tú y yo. El tiempo pasa tan rápido.
-Sí, Aurelio, el tiempo vuela, pero no borra las cuentas pendientes y creo que nosotros tenemos más de una.
Ambos parecían conocerse mejor de lo que podía imaginar.
Aún tardé varios años en saber cuál era el verdadero nexo entre mi hermano y aquel temido ladrón, pero, en aquellos instantes, poco me importó.
-Creí que nunca te pediría nada, pero ahora necesito tu ayuda, por eso te busco.
-Me sorprendes, Aurelio ¿desde cuándo un piojoso trabajador como yo puede hacer algo por el ladrón, estafador y asesino más grande de esta ciudad?
En las palabras de mi hermano se notaba un cierto tono de triunfo ante el requerimiento hecho por aquel malvado personaje.
-Dejemos nuestras diferencias a un lado. Debo hacerme invisible a la policía durante un tiempo y sólo lo lograré si tú me ayudas.
-Yo no ayudo a delincuentes como tú que sólo conocen la amistad por la moneda.
-Pero esta vez sí que lo harás si quieres que tu familia no sufra. –Con una agilidad pasmosa le colocó una navaja sobre la garganta. –Sabes perfectamente que te mataría aquí mismo sin pestañear, pero eso no te importaría lo más mínimo ¿verdad? sin embargo, sé que te haría más daño si me deshago de tu hermana porque, aunque dices que reniegas de ella, estarías dispuesto a hacer lo que fuera por ella porque es de tu sangre.
Mi hermano Salvador tragó saliva. Con la mano derecha apartó el acero amenazante de su garganta y se inclinó hasta su cara para responderle con el mismo tono que Aurelio Retall había usado con él:
-No te parece suficiente con haberla convertido en una esclava tuya como para ahora usarla como moneda de cambio conmigo. Si le haces daño sabes perfectamente que te mataré.
Le temblaba la voz mientras se lo decía. Yo no sabía exactamente a qué se refería con aquellas palabras sobre mi hermana. En mi cabeza se entremezclaba la imagen de una niña que cuidaba de mí mientras mi madre trabajaba, pero tampoco sabía qué había sido de ella cuando me separaron de la familia para internarme en la Inclusa.
-Tu hermana está muy bien conmigo. Le doy todo lo que quiere y sólo debe cumplir su palabra de lealtad para conmigo.
-¿Crees que soy tonto o qué? –Le gritó enfurecido Salvador. –Se ha convertido en una drogadicta como las otras mujeres que forman tu harén.
-Tu hermana vino a mi casa por su voluntad. Estaba harta de la miseria. Mírate con esas ropas viejas y remendadas, ¿de qué te sirve tanto predicar por la justicia del trabajador si no puedes mantener tu familia ni formar una propia? Mira a tu hermano pequeño que mendiga para no tener que morirse de hambre ¿Es eso lo que piensas logar para los trabajadores?
Salvador apretaba los puños enfureciéndose con cada una de las burlonas palabras de aquel malvado hombre.
-Pero, no te preocupes, no he venido a hablar de tus problemas, sino lo que pretendo es buscar una solución a los míos. Necesito esconderme de la bofia durante un tiempo.
-¿Por qué no recurres a tu abogado? –Le preguntó Salvador con soltura.
-Porque a él también lo vigilan. Si me ayudas prometo resarcirte. Sabes que no soy desagradecido.
-Yo no quiero nada que proceda de ti.
Aurelio Retall sonrió.
-Sabía que me dirías eso, pero estoy seguro de que a esta nueva propuesta no podrás rechazarla. Sé cuándo se van a producir los próximos ataques con bombas en la ciudad y, esta vez, te aseguro que ocurrirá una verdadera matanza.
La tensión, entre ambos, iba en aumento por eso me sentí insignificante ante ellos. Ya no sabía qué pensar ni imaginar tanto de mi hermano como de aquel hombre que parecía conocer mi familia mejor que yo.
-Te lo diré y con mi ayuda te convertirás en un héroe.
-Yo no quiero ser un héroe, pero no permitiré que mueran inocentes. Dime quién prepara los atentados y contra quién.
-Ya sabes mis condiciones y a cambio de qué. –Le dijo orgulloso el bandolero.
-Está bien. Por esta vez dejaremos nuestras viejas rencillas y nos ayudaremos mutuamente. Te llevaré a un hangar del puerto donde podrás ocultarte, pero antes debes de proporcionarme todos los detalles sobre esos inminentes atentados.
Tanto Salvador como Aurelio se habían olvidaron de mi presencia.
El ladrón detalló los planes que las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, más conocidas por sus siglas, JONS, pretendían llevar a cabo en breve. Aunque esta agrupación falangista todavía no era legal, sin embargo, sí tenía registrado su domicilio sindical en la calle del Mar. Su presidente, conocido por su nombre de pila, Adolfo, dirigía y publicaba un libelo que, bajo el nombre de Reunión de Juventud Patriótica, difundía las noticias sobre las grandezas de los movimientos falangistas europeos, así como las andanzas de los grupos de jóvenes de la ciudad valenciana que actuaban en pos de la expansión de su ideología.
-¿Recuerdas aquellos incidentes que se produjeron durante el entierro del anarquista asesinado en el puerto? –Recordó el ladrón Retall.
-¡Cómo olvidarlos! Sólo pretendíamos hacer un entierro civil del compañero y mostrar nuestro respeto con un desfile por la ciudad. –Recordó Salvador con una sombra de amargura en su semblante. –No sé quién daría la orden de cargar contar los manifestantes, pero los disparos provocaron una masacre entre los obreros y las obreras anarquistas y como consecuencia se proclamó la huelga general.
-Pues creo que te equivocas al pensar que fue la policía o el gobierno el que dio la orden de disparar contra el gentío, aunque poco importa ya quién lo hiciese. Si quieres evitar otra nueva situación de ese tipo yo te ayudaré, pero ya conoces mis condiciones.
Por el espacio de unos minutos, continuaron hablando hasta que un vocerío procedente de la plaza les interrumpió. Una muchedumbre se encontraba alrededor de un coche en el que se podía ver a un hombre levantado y dirigiéndose a los que se habían colocado a su alrededor. La curiosidad pudo más que su discreción y, tanto Salvador como Aurelio Retall y yo mismo, nos acercamos para ver qué ocurría.
-Señoras y señores, lo nunca visto hasta ahora se va a producir en esta ciudad. El gran profesor Ares, con sus súper poderes sensoriales, les va a demostrar que no sólo es capaz de extraer monedas sumergidas de dentro del agua con el poder magnético de su mano, sino que posee una extraña habilidad insólita de conducir un auto con los ojos vendados. No necesita ver la calle pues su potente mente radiónica consigue impulsar extrasensorialmente la dirección del vehículo. Ustedes serán testigos de cómo lo llevará recto por las calles de la ciudad. Hoy es un día histórico, señoras y señores. En el coche, como testigos, le acompañarán los ilustres periodistas valencianos: don Alfredo Sendín Galiana, cronista del periódico vespertino La Correspondencia de Valencia, don Joaquín Sanchis Nadal, periodista de El Mercantil Valenciano y el joven reportero Manuel García Dasí conocido con el popular nombre de «Tristezas». Todos ellos se montarán en la parte trasera del vehículo para ir tomando nota de la evolución de dicha demostración sensorial.
Fue Miss Zakara la que vendó los ojos del autodenominado profesor Ares, lo cual me creó cierta desconfianza, pues sabía, por las referencias que me había dado Librada, que aquella pareja vivía del engaño y el timo.
Una vez se hizo el anuncio y ante los expectantes observadores el coche arrancó y supuestamente era guiado por el instinto de aquel embaucador.
Tanto Salvador como el ladrón Aurelio Retall siguieron la evolución de los movimientos de aquel vehículo con una sonrisa en la boca. Casi se diría que la muchedumbre era la que estaba empujando el coche que, a trompicones, se desplazaba desde la plaza por delante del edificio de Correos y que cambió de sentido hacia la calle de las Barcas. Se desplazaba lentamente, pues la gente iba al paso del vehículo como queriendo creer lo que parecía imposible. Cuando el coche se encontró a la altura de la puerta del teatro Principal, algo extraño pareció ocurrir, pues el volante, que sujetaba el mago con los ojos vendados, giró bruscamente hasta chocar con el poste de una de las luces de gas del alumbrado urbano. El golpe no fue tan fuerte como su resonancia. Un grito de espanto dio paso a un silencio locuaz. El copiloto se levantó y pidió calma a los que rodeaban el coche.
-Señoras y señores no ha ocurrido nada de importancia. La fuerza magnética del profesor Ares ha hecho que la farola fuese hasta él provocando su desvío, pero creemos que ha quedado demostrado su fuerza radiónica sensorial. Démosle un fuerte aplauso.
Y los espectadores se arrancaron a aplaudirle con gran estruendo. El tunante profesor Ares aprovechó ese instante para dirigirse a los observadores e invitarles a que pasasen por la carpa del circo, instalada junto a la plaza de toros, para disfrutar de su espectáculo.
-Cualquier sistema es bueno para publicitarse gratis ¿verdad?
El comentario lo hizo Enrique Darqués, que se encontraba bajo la marquesina de la entrada de teatro y con él se encontraba Edelmiro Bartha y la duquesa Natasha Ivanoff que sonrieron con su comentario. Batiste Sistella y Librada me hicieron señas para que me acercase hasta ellos. Tanto Salvador Masobrer como Aurelio Retall desaparecieron entre el gentío.

4 comentarios:

  1. hola francisca! de verdad no sabemos como creas tantos personajes y tan variados, eres maga o que? felicitaciones y quedas compartida. saludosbuhos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Queridas amigas:
      Siempre me ha gustado observar a mi alrededor así que todo lo que cuento es de este mundo, aunque tamizado por mi fantasía. Muchas gracias por leer, comentar y compartir mis relatos. Continuaré. Un abrazo buhitas.

      Eliminar
  2. hola ! de nuevo por aqui, te juro que ese hombre de la fotografia se super parece a mi abuelo de joven....las cosas que tiene la vida! seria la moda de peinarse y la ropa....

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A mí me sedujo su sonrisa oculta. Era la adecuada para el ladrón que quería describir. Este personaje volverá a ser el centro de más de un embrollo. Espero!

      Eliminar