domingo, 24 de enero de 2016

LUZ SOBRE LA SINUOSIDAD



Me dolían los pies. Era inevitable, tras un día de largas caminatas por la ciudad. Al entrar en la sala del museo, busqué, con la mirada, el primer banco donde sentarme y recuperar el aliento. Sólo miré el cuadro cuando estuve frente a él. Por unos segundos me desconcertó aquel ángulo de la habitación que el pintor había elegido. La luz que penetraba por aquella puerta incierta y abierta de par en par hacia un mar azul intenso, contrastaba con la pared que parecía alejar la entrada del salón.
Edward Hopper, Habitaciones junto al mar, 1951

Dejé que los colores, las líneas y los ángulos de cada una de las figuras geométricas me envolviesen. El efecto fue tal que consiguieron que sólo pensara en ellas. Por unos minutos, comencé a formar parte de ese escenario lleno de sol y de alegría por la claridad que penetraba a través de la puerta. Esa luz me transmitió tanta serenidad, hasta que vi aquella pequeña sombra que se adivinaba entre el marco del cuadro y el reflejo del sol. Sólo era un pequeño detalle sin importancia, una sombra, pero las incesantes líneas rectas se rompían en aquel pequeño punto como queriendo reprimir una curvatura que no estaba premeditada en la recreación del espacio pintado. Desde mi asiento agudicé la mirada, busqué la explicación a esa sinuosidad cuando, de repente, noté una leve ráfaga de viento que rozó mi rostro y a continuación o casi al mismo tiempo, la salpicadura de agua en mi mejilla. La risita pícara infantil se escuchó por entre los resquicios del marco del cuadro. Me llevé la mano a la cara y noté la frescura de las partículas del agua del mar. ¡No era posible. ! Estaba dentro de un museo. Estaba sola. Volví a mirar el cuadro de Hopper y el pequeño recodo de la sombra del cuadro, parecía haberse desvanecido. 

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