sábado, 20 de febrero de 2016

UN TOQUE DE MAGIA INESPERADO

Sintió unos segundos de indecisión, de duda, antes de pulsar el timbre de la puerta, no obstante, lo hizo y con tanta energía que ella misma se sorprendió del intenso y largo toque. Al otro lado de la puerta se escucharon unos pasitos ágiles que, con sigilo, se aupaban hacia la mirilla e inmediatamente cedieron los cerrojos y, por fin, la puerta se abrió. Se trataba de una mujer de escasa estatura de aspecto muy cuidado. Era la señora. Le invitó a pasar hacia el interior de la casa. Con gestos muy estudiados y con una suave sonrisa, sólo por cortesía, fue quien inició la conversación.
-Así que usted es la joven de la que me hablo el portero, Vicente. Dice que es universitaria ¿me equivoco?
-Sí, señora, Vicente, el portero, me dijo que necesitaba una persona que le ayudase y por eso me he venido a entrevistarme con usted.
-Sí, quiero que alguien me ayude, porque la casa es demasiado para mí, pero no creo que tú puedas hacerlo. Creo que nuestro portero se ha confundido cuando le dije que necesitaba una profesional.
Con unas pocas frases había pasado de la cordialidad impuesta, al tuteo como símbolo del distanciamiento social; a pesar de todo, mientras le indicó que pasase al salón. Con un gesto de su pequeña mano, le mostró que se sentase en una silla alejada del sofá. La señora se mantuvo de pie con el propósito de mantener las distancias durante la conversación. Usó un tono firme, estaba en su casa y era la dueña de la situación.
-Creo que ha habido un mal entendido por parte de todos. Lo cierto es que cuando le comenté, al portero, que quería a alguien para ayudarme en casa, no debió de comprender para qué era.
-Le entendió muy bien, me consta.
La joven tragó saliva y pensó las palabras que debía de decir antes de retomar la palabra.
-Es que... verá, no estoy en uno de mis mejores momentos económicos, sabe y…
-Pero no necesito una universitaria, sólo quiero una chica para que me haga la limpieza, me ponga lavadoras o me prepare la comida, además tienes que limpiar los inodoros. 
Lo dijo con tono de triunfo, casi disfrutando con querer humillar a su interlocutora.
Por un momento la conversación se rompió con un silencio que abrumó más a la que intentaba dominar la situación que a la que pretendía humillar.
-No me importa hacer todos esos trabajos y no creo que sea un obstáculo el hecho de mi formación para trabajar en las domésticas. Mire, señora, la actual situación económica, a veces, nos lleva a tener que aceptar trabajos que, hace unos años, nos habrían parecido impensables pero, no creo que sea un deshonor. Vicente me lo propuso con total y absoluta confianza porque me conoce y también sabe cómo es usted. Si le parece bien, puedo venir cuando me lo pida. Somos vecinas y eso evita que me tenga que pagar un desplazamiento extra.
-Es curioso, eso me dijo Vicente, que somos vecinas y no te he visto nunca.

Bueno, todos tenemos, en algún momento de nuestras vidas, malos momentos económicos ¿verdad? Por supuesto que no me importa que tengas estudios universitarios. Yo fui una mala estudiante. No conseguí terminar el bachiller, sin embargo, mi marido es un algo ejecutivo. Él sí que sabe de todo. ¡Es tan brillante en su trabajo! ¡El pobre trabaja tanto! Cuando regresa tan cansado, sólo quiero que se encuentre contento en casa. 
-El descanso del guerrero.
- Ah! ¿Se dice así? Yo no sabría usar esas expresiones.
-Es una forma de definir las cosas. 
-Sí, puede ser. Bueno, creo que te aceptaré, pero te pongo una condición y es que mi marido no se entere de que trabajas para mí. No quiero que piense que soy una inútil que no sé hacer nada.
-No se preocupe. Nunca lo sabrá.
Contestó con tanta firmeza que la señora se sorprendió, un poco,  por el tono.
Fue la joven la que tomó el impulso de levantarse y dirigirse hacia el pasillo, en dirección a la puerta de la calle.
-¿Cuándo puedo venir?
-Mi marido suele salir de casa alrededor de las nueve y media de la mañana, si quieres puedes venir a las diez y así comienzas con todo lo que queda de la noche anterior.
-Perfecto, mañana vendré. Gracias por su confianza y por el trabajo. Se lo agradezco mucho. El dinero me hace bastante falta.
-Sobre eso también debo decirte que tendré que pagarte por las horas. No puedo darte de alta en la Seguridad Social porque si no mi marido se enteraría de todo.
La joven ya estaba cerca de la puerta y de espaldas a la señora de la casa cuando se giró, bruscamente y provocó que su interlocutora se tuviese que retirar a un ángulo del pasillo  casi contra la pared; la superioridad en altura de la joven comenzó a intimidarle.
-Creo que entonces tendremos que sellar nuestro contrato con un apretón de manos ¿no cree?
Le tendió la mano con una sonrisa en la boca pero con la mirada fija en sus ojos. La señora vaciló unos instantes pero, al fin, sonrió y le tendió, también, la mano para estrechársela. El apretón de manos fue tan enérgico que la señora soltó un grito.
-¡Ay! ¡Cuánta energía tienes! 
A pesar de la queja, la joven no le soltó la mano, sino que le obligó a regresar hacia el salón. Sin decirle nada, hizo que se sentase en la silla, donde unos minutos antes, había estado sentada ella. Ninguna de las dos hablaron y, al fin, la joven volvió a tomar la iniciativa.
-¿Desde cuándo te está maltratando?
La señora no le contestó pero bajó la mirada, visiblemente humillada.
-¿Desde cuándo tu marido te grita, te insulta, te anula?
La señora seguía sin hablar, tampoco negaba nada de lo que le preguntaba. Comenzó a llorar. La joven no le soltó la mano.
Durante unos minutos dejó salir toda la amargura que había escondido durante años. Por fin habló:
-No puedo hacer nada. Él es el que manda.
La joven se sacó un pañuelo del bolsillo y se lo ofreció.
-Mírame, contéstame ¿sólo te insulta o también te pega?
Le costó un poco pero había algo, en la mirada de aquella joven, que le impulsaba a decir la verdad.
-Me dice que no sirvo para nada, que le da vergüenza presentarme a sus amigos y a las mujeres de ellos porque yo no estoy a su altura. 
Tomó aire para continuar hablando; y siguió narrándole todos los insultos que le dedicaba. Casi como si fuese un acto reflejo, se subió, un poco el suéter para dejarle ver los cardenales que tenía en la espalda.
Pareció sentirse mejor una vez que se lo había contado. Ya no podría estar aparentando una vida feliz en aquella casa. Algo superior a sus fuerzas le hacía desear que todo saliese a la luz.
Después de un buen rato y tras tomar una taza de té, la señora se encontró más reconfortada, con las palabras de aquella joven.
Ya estaban junto a la puerta despidiéndose cuando, en ese instante, se abrió. Era su marido. La señora se quedó pálida ante él, sin saber qué decir ni qué hacer. Fue la joven quien tomó la palabra.
-Buenas tardes, señor, soy su vecina. He estado esta tarde charlando con su encantadora esposa.
-¿Nos conocemos?- dijo el hombre mirándole de arriba abajo con cierto descaro.
-No, no nos hemos cruzado ni en el ascensor y tampoco creo que tengamos muchas oportunidades.
-Eso quiere decir que se marcha. 
La joven le sonrió y le miró fijamente intentando atraer su atención al máximo.
-No, se equivoca, el que se va es usted.
Pronunciada esta aseveración, estiró el brazo y con los dedos le tocó por detrás de la oreja derecha. El señor no hizo ningún movimiento para esquivarle el contacto, al contrario, aceptó el gesto. Fueron unos segundos largos y tensos, pues la señora lo contemplaba con estupor. Por unos instantes los tres quedaron unidos por el contacto. 
Poco después, el hombre se dirigió a la habitación. Tomó una maleta y comenzó a introducir su ropa en ella. No pronunció ni una palabra. Sus movimientos eran casi reflejos, propios de un autómata. El hombre se fue.

Al cabo de unas semanas, Vicente, el portero, como de costumbre, ojeaba la prensa en su puesto de trabajo, antes de entregarla a los vecinos cuando le sorprendió el siguiente titular.

"Famoso alto ejecutivo, es detenido. Según fuentes informadas estaba acosado por las deudas y se preparaba su próxima detención por la mala praxis empresarial, sin embargo, el detonante fue la denuncia de su esposa, víctima de su maltrato. El denunciado intentó huir a uno de los paraísos fiscales pero fue detenido en el aeropuerto antes de conseguir subir al avión."

Al día siguiente de la noticia, Vicente colgó dos carteles en la portería: SE VENDE PISO  y otro que decía SE ALQUILA.



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