sábado, 8 de julio de 2017

18 REGRESO TURBULENTO




Zaragoza, 28 de mayo de 1934

«Querido Sasha:
Ya no puedo seguirte. Sabes que siempre te he ayudado en todo lo que ha estado a mi alcance, pero ha llegado el momento de que nuestras vidas se separen por completo. He tomado una decisión. Espero que tú también sepas actuar en consecuencia.
Recibe un abrazo de tu hermana que siempre te querrá.»
La Duquesa Natasha Ivanoff

Esta breve nota fue lo único que Sasha encontró sobre la mesa de la habitación. Comprendió que nunca más volvería a ver su hermana. Sabía que de nada serviría buscarla pues, aunque dedicase todo su empeño en seguir su rastro pues era una experta en esconderse. Ella misma le había enseñado cómo borrar sus huellas, pero, como mujer astuta que era, resultaría una pérdida de tiempo buscarla. Recordó que la experiencia le había enseñado a ser cautelosa y guardar, al menos, una vía de escape ante la adversidad.
Sasha se había refugiado en su cuarto huyendo de sus perseguidores. Debía salir de Zaragoza si quería salvar la vida. Escuchó durante un buen rato hasta que oyó los ronquidos del inquilino de al lado. Abrió la puerta con sumo cuidado y salió al rellano, a continuación, se asomó por el hueco de la escalera para cerciorarse de que nadie le esperase en la penumbra. Permaneció unos segundos expectante, sin respirar adecuando su vista a la poca luz que había. Cerró la puerta sin hacer ruido y evitar despertar la curiosidad de ningún inquilino. Bajó los primeros escalones mientras agudizaba el oído a la espera de descubrir algo que justificase su extremada cautela. Nada. No se oía nada. Continuó su descenso más propio de un felino que de un humano. Le quedaban pocos peldaños para alcanzar la puerta cuando una sombra salió de la penumbra y, con suma rapidez, le cortó el paso propinándole un fuerte golpe que le tumbó de inmediato.
Cuando despertó se encontraba atado de pies y manos. Permanecía tendido en el suelo. Sólo acertaba a ver un zapato negro que apuntaba amenazadoramente a su boca.
-Ya has despertado, bello Sasha. Espero que te encuentres en disposición de hablar y decirnos dónde se encuentra tu querida hermana la duquesa.
Aunque no podía verle la cara la voz le resultó familiar. Sasha comprendió que era su fin.
Lo siguiente a esas palabras ya se confundió junto a otras voces que le hablaban y gritaban al ritmo de los golpes que le propinaban. En su cabeza sólo se barajaba una idea y era que nada podía decir porque nada sabía de ella salvo la nota que había encontrado sobre la mesa del cuarto.
Al día siguiente, unos trabajadores encontraron el cuerpo de Sasha con visibles indicios de haber sido asesinado a golpes, en la cuneta de una carretera.
* * *
Natasha sabía que le seguían de cerca. No sólo los temía, sino que intuía que su vida correría verdadero peligro si se dejaba atrapar. No quiso pensar en su hermano. Se sentía traicionada por él por haberla apartado de su nueva vida con aquel engaño. Nunca más volvería a pensar en él. Sabía que era lo suficientemente valiente y astuto como para lograr escapar del embrollo en el que se había metido. Ahora lo único que le importaba era librarse de sus perseguidores. Debía centrarse en su huida y regresar a Valencia, la única ciudad donde se había encontrado segura desde que volvió de Valparaíso. Su instinto de fugitiva le previno de la posibilidad de tomar el tren, a pesar de ser la mejor forma de viajar, pero para ella no era la más segura en ese momento. Tampoco podía subirse a un autobús porque allí tenía menos maniobra para escapar en un momento dado. Estuvo sopesando la posibilidad de robar un coche con el que poder salir de la ciudad, pero eran tan pocos y tan controlados los que circulaban que la habrían detenido al instante. Mentalmente calculó las oportunidades de escapar  a pie tenía y pensó que aún eran menos que con un vehículo, pero, si era preciso, lo haría. No le importaba el medio sino la forma de lograr su empeño.
Escondida en una esquina se atusó el cabello, como solía hacer cada vez que pensaba algo importante, y calibró la estrategia a seguir. En ese instante le sacó de su ensimismamiento el relincho de uno de los caballos de tiro de los carreteros que descargaban las mercancías a las puertas del mercado zaragozano. Sí, pensó, ese es un buen transporte, pero para ello debía encontrar al carretero adecuado. Y entonces se fijó en ella. Era la única mujer que descargaba cajas de un carro. Por el espacio de unos minutos la observó y le pareció fuerte y decidida. Vestía unos ropajes de luto. Pensó que tal vez fuese viuda. Con discreción, la duquesa se acercó hasta ella. Era más joven de lo que aparentaba.
-Buenos días. –Le saludó con una amplia sonrisa. –Debo pedirle un favor.
La mujer se paró en su trabajo y miró a Natasha de arriba a bajo.
-Usted dirá, señora.
Natasha desplegó sus artes para urdir la mejor de las mentiras que pudiese fabricar en ese instante.
- Necesito salir de Zaragoza. Mi marido me persigue.
Aquella mujer le observaba sin decir nada. Natasha prosiguió.
-No puedo viajar ni en tren ni en autobús. Si usted pudiese sacarme de la ciudad discretamente en su carro... Tengo suficiente dinero. Le pagaré el doble de lo que me pida.
La mujer tardó aún varios segundos en contestarle, pero cuando habló lo hizo con un tono claro y decidido.
-Escóndase en ese rincón mientras termino mi trabajo. Saldremos en un cuarto de hora. Esté atenta a la señal que le haré con el azote del caballo. Sólo se la haré una vez. Entonces se montará en el carro y se cubrirá con una de las lonas.
Natasha hizo todo lo que le ordenó. Se escondió en la penumbra del rincón que le había indicado y observó la soltura con la que sacó el animal de entre el resto de los carros que se agolpaban alrededor de la entrada. Cuando ya estuvo en disposición de poder salir al camino, la mujer chasqueó el látigo en dirección al escondite de la duquesa. Natasha con agilidad felina saltó al pescante del carro y se acurrucó entre unas cajas vacías, a continuación estiró una lona y se cubrió completamente con ella. Tenía que confiar en ella plenamente así que se dejó llevar por el balanceo del carro.
Aquella mujer era de pocas palabras, al menos esa fue la sensación que tuvo durante todo el trayecto, pues casi no contestaba cuando la saludaban los otros carreteros con los que se encontraba en los cruces de caminos.
-Ya hemos salido de la ciudad. Puede descubrirse y tomar un poco el aire.
Natasha sacó la cabeza y vio a la mujer sentada sobre una tabla empuñando las riendas con vigor.
-La ciudad hace un rato que la hemos abandonado, pero he querido cerciorarme de que no nos seguía nadie. –Ató el ronzal y echó mano de un zurrón que mantenía entre los pies. -¿Tiene hambre?
Compartieron un trozo de pan, queso y chorizo y ambas bebieron de un botijo de agua fresca. Aún tardó unos minutos más en iniciar lo que parecía ser una conversación.
-Dicen que algún día arreglarán el camino, pero mientras tanto...
Natasha no le contestó sino que esperó a que volviese a ser ella la que rompiese el silencio.
-Hoy hace un mes que murió mi hermano. Los militares se lo llevaron a la fuerza y eso que estaba desde hacía varias semanas enfermo en la cama. No creyeron la palabra de mi padre. Pensaron que meterse en la cama era una treta para evitar la milicia. No se tenía en pie cuando lo cargaron al camión entre dos soldados.
Volvió a hacer un silencio que la duquesa temió romper.
-No duró ni dos días en el cuartel. Todos sabíamos qué ocurriría lo peor. Ni padre ni mis hermanas no pudimos hacer nada. –Hizo una pausa larga hasta que volvió a hablar como si lo hiciese para ella misma. –Cumplí la promesa que me obligó a hacerle.
-¿Qué le prometió? –Se atrevió a preguntarle Natasha.
-Que una vez muerto lo llevaría al pueblo para enterrarlo. Cuando lo cargaron al camión él sabía que se moría y por eso me hizo prometérselo. Fui al campamento militar y hablé con el capitán. Reclamé su cuerpo. Lo cargué en el carro y yo misma lo llevé al cementerio de nuestro pueblo. Allí lo enterramos junto a nuestra madre. Cumplí mi palabra. –Volvió a sumirse en un largo silencio del que salió como si despertase. –Desde entonces padre no ha salido de casa. El dinero se acaba. Alguien debe trabajar. Mis hermanas son lavanderas. No sirven para esto. No dejaré que nos muramos de hambre. Mi padre saldrá de ésta. Estoy segura de ello. Ya le ocurrió cuando murió madre así que ahora también lo superará. Lo sé.
El silencio que sobrevino a aquella especie de confesión heló los ánimos de Natasha que no se atrevió a interrumpir el mutismo en el se sumió aquella mujer.
Transcurrieron varios kilómetros en silencio hasta que en el camino se adivinó la silueta de un carro. La duquesa se inquietó, pero aquella mujer, que dijo llamarse Pilar, con un gesto con la mano le tranquilizó.
-Es un conocido. No hace falta que se esconda. Yo hablaré.
Aceleró el ritmo de su jaco y se puso a la altura del carro divisado. Fue ella la que comenzó a hablar.
-Demetrio atas en corto a tu yegua y por eso no puede contigo.
Y a partir de ese instante ambos entablaron una conversación extraña, llena de sobreentendidos en la que Natasha se limitó a guardar silencio. Poco después, Pilar azotó a su jaco para que éste acelerase su marcha y así separarse del carretero que quedó unos metros detrás de ellas.
Lentamente lo perdieron de vista. Daba la sensación de que el carretero pretendía ralentizar el paso de su animal. Pilar, la moza, se sumió en el silencio otra vez. Caía la tarde cuando volvió a dirigirle la palabra a la duquesa.
-Debemos parar y descansar al caballo.
Natasha, a pesar de su vivacidad, no se atrevió a preguntarle cuál era el rumbo que llevaban. Había confiado plenamente en aquella discreta mujer. Se encontraba completamente desorientada.
-Vamos a Huérmeda. Está cerca de Calatayud. Debemos dejar descansar a mi jaco Romera que lleva mucho camino andado. Nos cobijaremos bajo esos algarrobos y descansaremos unas horas.
Y desenganchó el carro y dejó que el animal se colocase junto a unas matas para comer y descansar. Entre las dos extendieron una de las lonas bajo un de los algarrobos y sentadas comieron del zurrón hasta terminar con las viandas.
Natasha, un poco más animada le contó algo de su infancia transcurrida por los caminos montada en un carro huyendo de la revuelta rusa y de los salteadores de caminos.
-Aquí no hay ladrones de camino. Puede estar tranquila.
El cansancio venció a Natasha que cuando despertó era ya noche cerrada. Pilar había vuelto a aparejar al jaco a su carro y se disponía a recoger la lona.
-Son las tres de la madrugada. A las siete estaremos en el pueblo.
Las dos se montaron al carro, pero oyeron el motor de lo que debía de ser una motocicleta.
-Sooo Romera. –Tiró de las bridas. –Será mejor que esperemos un poco. –No dio ninguna otra explicación.
Natasha se puso tensa. Pensó que alguien les había seguido desde Zaragoza. Iba a hablar cuando Pilar le hizo un gesto indicándole que guardase silencio. Se escucharon voces. Prestaron atención y alto y claro se pudo oír como pronunciaban el nombre de Demetrio, a continuación se oyó un disparo y un grito desgarrado. Arrancó el motor de la motocicleta. Pudieron escuchar perfectamente cómo se alejaba de donde estaban ellas. Aún tardaron una media hora más en arrancar. Salieron a la carretera, pero no tomaron la misma dirección.
-Vamos por otro atajo. Mejor no ver nada y tampoco hemos oído nada.
La duquesa no preguntó por ese cambio, pero comprendió la prudencia de la moza.
Con las primeras luces de la alborada se adivinaron las casas de la aldea junto al río Jalón. El semblante de Pilar cambió adivinándose una mueca de alegría. Al instante apareció un chico montado en una bicicleta.
-Dios te guarde, Pilar. –Le saludó el mozo. –¿Has tenido buen viaje? Veo que vienes con compañía.
-A la paz de Dios, José. –Le saludó ella. –Bueno, los ha habido mejores.
El mozo se enganchó del lateral del carro y dejó de pedalear arrastrado por la fuerza del animal.
-¿Sabes lo de Demetrio? –le dijo olvidándose de su acompañante. –Le han pegado un tiro a bocajarro. Lo han encontrado dentro del carro muerto.
Pilar no contestó ni la duquesa tampoco.
José se separó del carro cuando entraban en la calle principal del pueblo. El caballo aceleró el paso como sabiendo que su pesebre estaba cerca.
-Pronto me casaré con él, pero aún no puede entrar en casa porque a padre no el ha pedido permiso.
Esa fue la única explicación que dio aquella peculiar mujer.
Natasha fue presentada al cabeza de familia y las hermanas. Se le dio de cenar y una cama limpia para descansar.
-Esta tarde la llevaré a Calatayud donde podrá tomar un autobús camino de Sagunto. No debe temer nada. El conductor es de fiar. –le explicó la muchacha con lo que parecía ser un esbozo de sonrisa.
Natasha le ofreció unos billetes que ella rechazó.
-Guárdeselos que le harán falta.
-Insisto. –Dijo la duquesa. –Usted ha sido muy buena conmigo. Quiero pagarle el viaje.
La moza le miró a los ojos intensamente y ante el ruego de la duquesa sólo tomó el valor de lo que era la comida.
-Ya estamos en paz.
El viaje a Calatayud resultó ser un suspiro. Cuando se bajó del carro casi no tuvo tiempo de despedirse de Pilar que azotó a su caballo Romera para alejarse lo antes posible de allí.
Según le contó Natasha Ivanoff a Edelmiro Bartha la decisión de aquella mujer le salvó la vida.
-¿En el autobús no tuviste miedo? – Le preguntó Bartha mientras la abraza.
-No, por alguna extraña razón que no sabría explicarte tuve la sensación de haberme alejado de mis perseguidores para siempre. 

2 comentarios:

  1. hola! como siempre nos asombras mas y mas, es como estar viendo una novela semanal y de epoca. gracias y abrazosbuhos!

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  2. Hola Sabin y Pitu: Muchas gracias por leer mis relatos. Creo que esto crece cada vez más, pero ahora dejaré pasar el verano para reflexionar sobre su destino. Ahora mismo he dejado un cuento corto. Espero que os guste también. Muchas gracias por vuestros comentarios que tanto me animan. Un abrazo a las dos.

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