domingo, 1 de julio de 2018

VIAJE HACIA LA ESTACIÓN AMISTAD



 Para Inma que me narró el suceso.
Para mi querida Patricia que tanto echamos de menos.

Afirma I.C. que aquel día era el típico día en el que todo salía al revés. Asegura que, a esas horas, las nueve y media de la noche, ya llevaba recorridos, a pie, por la ciudad, más de cuatro kilómetros sin sentido. No obstante, tampoco era una buena excusa, confesó I.C., para no continuar andando hasta su casa no tan lejana de donde se encontraba en ese instante, pues ya se sabe que los médicos de hoy en día aconsejan que se debe romper más suela de zapato de lo que se hace habitualmente.
Mantiene I.C. que no pensó en las posibles sentencias sabias de su médico y buscó, con la mirada, la estación de metro más cercana sin pensar en otra cosa que no fuese llegar lo antes posible a su casa y poder cambiarse de ropa y, sobre todo, descalzarse las botas que le pesaban como el plomo a esas horas de la noche. Alega que no reparó en nada, ni tan siquiera en el detalle de que todo estaba solitario y que nadie bajaba los escalones para introducirse en aquella boca del metro. Asevera I.C. que tampoco sintió ninguna curiosidad por comprobar si la cabina del interventor de la estación estaba ocupada o vacía cuando cruzó por delante de ella. Nos asegura que sólo lo pensó cuando ya había pasado el billete por el lector automático y dentro del propio andén comprobó que no había nadie allí. En ese instante, afirma I.C., se percató de su soledad y eso le hizo olvidarse de su actitud, un tanto egoísta, al pensar sólo en sus cosas y no prestar más atención a su entorno.
Manifiesta I.C. que en el tablero de avisos indicaba que el próximo metro tardaría unos diez minutos. Le pareció demasiado tiempo, pero también pensó que, a esas horas, baja la frecuencia de los transportes porque no hay tantos pasajeros, prueba de ello, reafirma I.C., que la soledad del apeadero donde se encontraba así lo constataba. Aunque I.C. lo niega no puede esconder, en el relato que nos ha hecho, que le impresionó ver a aparecer a aquel hombre, con poco pelo y vestido de manera tan peculiar. Asegura que nunca ha sentido prejuicios sobre el aspecto de los demás, pero sí que admite que le pareció curioso que, dado la poca cantidad de pelo que tenía en la parte superior de su cabeza, se hubiese hecho incrustar aquellas rastras de pelo apelmazado que tiraban de su cogote hasta perderse en los pliegues de su cazadora. Manifiesta I.C. que le sorprendieron menos las luengas barbas que asomaban casi escondidas en el pañuelo de dibujos palestinos que rodeaba su cuello. Dice que pensó, en ese instante, que la explicación más razonable era que aquel hombre pretendía compensar la escasez de la parte superior de su nula cabellera con su lánguida barba y que aquellos postizos de la parte posterior parecían reclamar su independencia. Afirma I.C. que tampoco quiso mirarle mucho para que él no se sintiese molesto por su natural curiosidad así que se dedicó a pasear por el andén contando las baldosas, de color amarillento, que pisaba a cada paso que daba. Fueron unos segundos, pues casi al instante, entró aquella mujer de edad indefinida.
Constata I.C. que esa fue la impresión que le causó pues, le pareció que pretendía esconder su juventud con aquellos colores vivos de su ropa. Con una mirada rápida, nos asegura I.C. que nada indiscreta, comprobó que el maquillaje de su cara parecía haber sido realizado por una persona experta con la intención de avejentarle las facciones.
Tanto el hombre de la luenga barba como la mujer de ropas coloridas se cruzaron miradas que, certifica I.C., no demostraban ninguna relación entre ellos, no obstante, se atreve a opinar, que a tenor de lo que aconteció después, quizá se equivocó al pensar que no se conocían de nada.
El cartel luminoso de avisos de las llegadas se puso intermitente y, verifica I.C., que se sintió aliviada pues, al estar parada su cuerpo comenzó a acusar el cansancio de aquel día que, desde hacía varias horas, pensaba que había sido desafortunado.
Los tres se dispusieron a subir al metro que paró ruidosamente en el andén. Confirma I.C. que se quedó perpleja porque en el interior del mismo no había ningún pasajero puesto que la hora punta del trabajo hacía bastante que había transcurrido, pero tampoco tuvo la menor relevancia. Ratifica que no mediaron ninguna palabra entre ellos y que la disposición en la que se sentaron no fue premeditada, sólo le resultaba curioso que los tres hubiesen decidido sentarse en el mismo vagón del metro y de manera que los tres se podían mirar sin tener que hacer ningún esfuerzo de volver la cabeza ni tener que adoptar una postura incómoda para poder observarse.
Manifiesta I.C. que fue, en ese instante, cuando el hombre del pañuelo palestino sacó aquel folio y que fue el momento en el que más intrigada estuvo, pues imaginó que se pondría a leerlo o a escribir alguna nota en él o a hacer algún dibujo, pues no era la primera vez que veía que algún que otro pasajero aprovechaba el momento para realizar algún boceto. Lo cierto es que resultaba sorprendente y a la vez agradable comprobar que seccionaba el folio para comenzar a trazar una figurita con la técnica de la papiroflexia. Comprobó I.C. que, al igual que ella le miraba, la mujer de la ropa con colores vivos también lo hacía, al menos así lo cree haber notado mientras le observaba con cierta cautela de no resultar demasiado indiscreta.
Sólo fue después de constatar que el metro se había detenido cuando I.C. comprendió que todo tenía sentido. El hombre de las rastras trabajó con ligereza y terminó, a gran velocidad, un dragón volador con el que aún tuvo un poco de tiempo para juguetear con él. Fue en el instante en el que se paró cuando se incorporó del asiento y dejó aquel alado sin plumas sobre el quicio de la ventanilla que se encontraba junto a su asiento en el metro.
Afirma I.C. que sintió la tentación de levantarse de su asiento y, una vez en marcha el metro, adueñarse de aquel bonito objeto como si de un trofeo se tratase, pero, la maldita prudencia, de la que I.C. siempre suele hacer alarde, dice que también le impidió sacar su teléfono y haber lanzado una fotografía al artista anónimo que había resultado ser aquel hombre de escaso pelo y luenga barba. 
Constató que ya estaba en la siguiente parada, la cual, había tomado el nombre de la calle más cercana y que resultaba ser la más próxima a su casa. I.C. miró el rótulo que aparecía intermitente y leyó: “Pròxima parada: Amistat”. Se paró el metro y tanto la mujer de la ropa de colores vivos como I.C. se levantaron al unísono para salir por la puerta más cercana a la ventana donde, en el alféizar, se encontraba depositado el dragón volador hecho por el hombre de luenga barba. I.C. reconoce que fue más lenta y que también se detuvo cuando comprendió que la mujer, que parecía ocultar su edad, también pretendía tomar la figurita de papel.
Manifiesta I.C. que no se arrepiente de haberse rezagado, pues, después de meditar el asunto y consultarlo con quien lo está contando ahora mismo, asegura y cree que podría afirmar que el hecho de que aquel hombre de escaso pelo y luenga barba hiciese un dragón alado de papel, era sólo con la única intención de que la mujer lo tomase.
Y para que conste, afirma I.C. que no fue un hecho aislado, sino que se atrevería a constatar que se trataba de algo decidido desde el primer instante en el que ambos se montaron en el metro con destino a la estación Amistad.

* De diciembre de 2015.

miércoles, 20 de junio de 2018

CONOCER EL MAR



Dedicado a Carmen que siempre fue una niña con rasgo.
1926, desde un pueblo interior valenciano, cercano al mar.

«-Mercedes, Mercedes ¿me escuchas?
-Claro que te escucho, Carmen, no seas pesada.
-Mercedes… ¿tú crees que el mar es más grande que la masía?
-¡Pero qué tonterías dices, Carmen! Claro que es más grande.
Carmen dudó un poco antes de continuar preguntándole a su amiga del alma.
-Entonces… si es tan grande y está hecho de agua, ¿por qué no viene hacia aquí, hacia nuestro pueblo? ¿Por qué hay que ir a buscarlo?»
Ni Mercedes ni Carmen, conocían el mar y eso que estaba a unos escasos tres kilómetros de su pueblo. Les habían dicho que era una gran extensión de agua y que el sonido de las olas, cuando restallaban en la arena, era tan ensordecedor que, después de muchas horas, se seguía escuchando en la cabeza. Las dos niñas deseaban verlo. Ambas se lo habían pedido infinidad de veces a sus padres respectivos, pero no habían logrado convencerles de que las llevasen hasta allí. El padre de Mercedes era un acaudalado agricultor y tenía un carro tirado por las dos jacas bretonas, sin embargo, nunca estuvo predispuesto a cumplir el deseo de su hija. En cuanto al padre de Carmen éste si lo habría hecho, pero como sólo era un jornalero no tenía ni carro ni animales de tiro.
Aquella tarde el calor de agosto era sofocante; parecía que todos los que tenían un vehículo tirado, aunque fuese por un pobre rucio, se desplazaban hacia la playa. Mercedes y Carmen los miraban con angustia, con deseo. ¡Qué rabia! Tener el mar tan cerca y no poder verlo.
-Niñas ¿qué hacéis ahí paradas? –Les preguntó uno de los carreteros mientras pasaban junto a ellas- ¡Venga, subid!
Carmen miró a Mercedes y adivinó sus intenciones.
-¡Vamos a conocer el mar!
-Si nos vamos, sin decírselo a nuestros padres, seguro que nos reñirán.
Carmen, entusiasmada por la invitación y el sonido del traqueteo de los carros, persuadió a su amiga para aprovechar aquella oportunidad.
-¡Subamos ahora! Seguro que volvemos antes de que nuestros padres regresen del campo.
No lo pensaron más. En el interior iba más de una familia. Reían todo el rato. Era una fiesta continua que encandiló a las dos niñas. El viaje transcurrió como un soplo en el tiempo. Aquel jaco volaba más que trotaba. Pronto llegaron a un arenal donde, colocados en fila, estaban todos los carros y a su lado los animales de tiro atados.
Mercedes y Carmen lo miraban todo con asombro. Cada cara, cada grito de saludo, cada relinchar de los animales que también participaban de la excursión de sus amos se convertía en una grata sorpresa. Cuántas emociones acumuladas en pocos instantes para su corta edad.
De pronto, sin darse cuenta, sus alpargatas se llenaron de arena. Se les hacía imposible andar. Carmen se las quitó para sacarla, pero cuando ya lo había conseguido e intentaba otra vez calzárselas le resultó imposible. Las dos se las quitaron y recorrieron unos pocos metros hacia donde la arena estaba húmeda. Parecía mojada por la lluvia, como si estuviese impregnada por mucha agua. Y fue, en ese instante, cuando se dieron cuenta de que no era la lluvia la que había mojado la arena, ni tampoco el agua de riego, tal como habían visto en los campos de la Masía cuando eran regados, sino que había una gran extensión de agua, un agua azulada que rugía y que se amansaba, haciendo espuma cuando se detenía. En ese instante, sólo entonces, comprendieron que aquello era el mar. Las dos estaban como hipnotizadas por el sonido violento de las olas. Se acercaron al borde que se formaba entre el agua y la arena y notaron el frescor en la planta de sus pies.
-¡Eh, tontuelas! -les gritó una mujer- No os metáis vestidas dentro.
Cuando escucharon esa voz que les advertía las dos saltaron como si algo les hubiese picado. Miraron a su alrededor. Quien se arriesgaba a meterse dentro del mar lo hacía con muy poca ropa. Los hombres se remangaban el pantalón, las mujeres las enaguas y los niños y las niñas iban en camisa. Rápidamente, Mercedes y Carmen, se quitaron los vestidos y los dejaron, junto con sus alpargatas, en uno de los carros que estaban en el arenal. Corrieron, saltaron, se rieron una de la otra al verse mojadas y arropadas por el agua que, en un principio, era fría y salada, aunque les arrullaba con el balanceo de sus olas.
Los días de agosto son más cortos que los de julio y el sol se pone con más rapidez de la que, a veces, se desea. La gente comenzó a salir del agua del mar y a regresar hacia sus carros. Algunas familias sacaban sus viandas y las comían sentados, junto a sus animales, otros, iniciaban ya el regreso a sus casas.
Mercedes y Carmen comenzaron a sentir algo de frío y bastante hambre. Salieron del agua y buscaron sus ropas, pero ¿dónde estaban? En sus juegos y saltos se habían alejado del carro que les había llevado. Miraron, buscaron, corrieron y no hallaron sus pertenencias. ¡No podía ser! Tenían que encontrarlas porque, casi desnudas y descalzas, no podían regresar a su casa. Sus padres las matarían por desobedecer y por perder la ropa. El sol, traicionero, se escondía rápidamente y lo hacía sin contemplaciones. La ropa y las alpargatas huyeron junto con los últimos rayos. Comenzaron a ser conscientes de haber cometido su delito de desobediencia.
«-¿Qué hacemos Mercedes? No podemos quedarnos más tiempo.»
La angustia de una mala conciencia comenzaba a corroerles la alegría de haber conocido el mar. Descalzas y en saya no tenían otro remedio que volver a casa, pero... ¿Cómo? El carro que les había llevado ya no estaba en la playa y no conocían a nadie. Oscurecía cuando decidieron que la única forma de regresar era andando por en medio de los marjales, entre las cañas y los árboles ribereños que escondían las sendas hacia su pueblo.
«-¿Tú estás segura de que éste es el camino correcto?
-Claro que sí, fíjate que hay marcas de carros cerca.»
En ese instante, mientras las niñas dudaban del camino a seguir escucharon el resoplido de un rucio que tiraba de un pequeño carro con vela. Sintieron miedo. Se escondieron y prestaron atención. Oyeron una conversación. Al menos debían de ir hablando dos personas. Carmen, siempre más decidida, pensó que quizá, sus ocupantes, se apiadarían de ellas y las llevarían a su pueblo.
-Señor, eh señor -Gritó sin preguntarle a su amiga Mercedes.
-Sooo, Romera- El carretero paró al animal- ¿Quién me llama?
Las dos niñas salieron, avergonzadas y ateridas de entre las cañas se acercaron al carro.
-Somos nosotras- dijo Carmen como portavoz de las dos.
Por uno de los lados de la vela del carro asomó un hombre. Tenía la cara quemada por el sol. Les miró de hito en hito.
-¿De dónde habéis salido vosotras? ¿Sois reales o unos fantasmas?
Carmen se adelantó y le contestó, con rasgo:
-Tengo acaso yo aspecto de muerta.
El carretero le miró, aunque sus ojos parecían no verla, pues su mirada era muy extraña. Con una media sonrisa le contestó:
-Yo os conozco. Os he visto en el pueblo. 
Miró a Carmen y le dijo: 
-Tú eres la hija de Andreu y tú -mirando a Mercedes- Ah, tú eres la hija del amo. ¿Os habéis perdido?
Por fin pareció prestarles atención.
Ellas le explicaron, con frases entrecortadas por el temblor de frío que les recorría todo el cuerpo, que habían perdido sus vestidos y que no sabían cómo volver al pueblo.
-Llévenos en su carro- se aventuró a pedir Mercedes al carretero- Somos pequeñas y ocupamos poco espacio.
El carretero, después de unos instantes, y con una media sonrisa burlona en los labios, dijo:
-Tú sí que subes, tu padre me puede pagar el viaje, pero tú -dirigiéndose a Carmen- tú no porque tu padre es un pobretón que no tiene dinero ni para convidarme a un vaso de vino.
El camino de vuelta fue el doble o el triple de largo que el de ida. Los baches y las piedras parecían multiplicarse, pero Carmen no protestó, ni derramó una lágrima. Caminaba junto al carro y aceleraba el paso cuando éste podía avanzar o lo ralentizaba cuando tenía problemas, pero nunca le suplicó, al carretero, que le subiese al pescante para descansar sus pequeños pies. Durante todo el camino, aquel hombre cruel, continuó su propia conversación particular, ese monólogo en voz alta, que les había hecho pensar que en el carro viajaba más de una persona.
Era noche cerrada y a la entrada del pueblo, con candiles encendidos esperaban la llegada de las niñas los padres de Mercedes y Carmen y otros familiares. Cuando se asomó el carro, a la calle principal, todos se acercaron a él con premura. Mercedes saltó del carro y lloró al ver a su padre, Carmen, con los pies llenos de barro y a punto de sangrarle por la caminata, se acercó al suyo con la cabeza baja, pero sin lágrimas.
Entre padre e hija no hubo ni una palabra de reproche. Tampoco hubo ni una frase de agradecimiento entre el carretero y el jornalero, sino una mirada de odio hacia el ruin. Sobraban las palabras. En casa, entre padre e hija, esa ya fue otra la historia. y de todo esto una lección quedó aprendida y es que conocer el mar tuvo su precio. Carmen, según me contó, nunca más regresó ni llegó a bañarse en sus aguas a pesar de lo cerca que se encontraba de él.





domingo, 17 de junio de 2018

DISTANCIAS CON EL MAR


Vivo a unos kilómetros del mar. Casi todos los días lo veo. Él y yo guardamos las distancias. Ambos hemos cambiado mucho. No me atrevo a rozarlo. Me limito sólo a sentirlo a presentirlo. Puede parecer una incongruencia, pero necesito su arrullo, por eso, más de una vez, me acerco hasta sus lindes y escucho su sonido.
La carretera de acceso a mi ciudad lo bordea. Todos los días, mientras conduzco, lo miro por el rabillo del ojo. Abro la ventanilla. Huelo el aire que procede de su playa. A veces, es horroroso el olor que despide. Me entristece. Sólo son unos meses. Espero el invierno, quizá, entonces, vuelva a su verdadero perfume. A pesar de todo, hace muchos años que no voy a sentir sus olas en mi piel. Sólo necesito verlo.
Esta distancia, entre el mar y yo, no siempre ha sido así. Cuando era pequeña me encantaba que llegase el mes de mayo. Era el preludio del buen tiempo del verano. Aún no teníamos coche, por eso, para llegar al mar, el viaje se convertía en una aventura. Recuerdo, con especial cariño, la primera vez que fui. Hacía pocas semanas que había conseguido aprender a montar en bicicleta. Suponía todo un reto llegar hasta allí pedaleando en mi pequeña bici heredada. Seguro que era domingo. No lo recuerdo exactamente. Por el camino, mi padre me vigilaba por si me cansaba o me caía. Mi hermana, más avezada, pedaleaba la primera. El avance debía de ser lento. Tras subir un pequeño puente allí estaba ese mar salvaje que apenas tenía playa. El placer consistía en sólo querer verlo, sentir su agua fría en nuestros pies y tobillos. Resultaba fantástico escuchar cómo se rompían las olas en el pequeño muro que protegía el merendero. Mi hermana y yo jugábamos mientras mi padre charlaba con uno de los propietarios. Ambos eran del mismo pueblo. Aquel día seguramente el regreso a casa fue una auténtica celebración de mi triunfo.
Con el paso del tiempo las visitas al mar fueron distintas. En julio, toda la familia nos montábamos en nuestro pequeño coche. La fiesta veraniega consistía en acudir a merendar al lado de ese mar ruidoso y fresco. Los tiempos cambian y sin darnos cuenta llegó la feroz construcción y con ella la desaparición del encanto de ese mar entre salvaje y domesticado. Todos comenzamos a guardarle las distancias.
Ahora ya no es el mar que conocí. Se ha avejentado. Lo han cambiado. Ya no está el merendero. Lo derribaron. Decían que estaba fuera de la normativa. Con él también desapareció la gente que cuidaba del mar, pues vivía con él y no contra él.
La distancia con el mar, que está a pocos kilómetros de mi casa, con los años ha aumentado más. A algunos que sois de tierra a dentro os puede resultar incomprensible mis distancias con ese mar que tengo tan cerca, pero os aseguro que todo tiene un motivo concreto.

sábado, 16 de junio de 2018

LOS SEGUNDOS SEMPITERNOS



Con disimulo miraba el reloj de la pared. Contaba los minutos. Era sábado. Su padre sonreía al verle tan ansioso. Pensaba que eran cosas propias de la edad, del momento, de su juventud. Nunca le riñó por dejarse las cosas a medio hacer, al contrario, le animaba a que saliese para ir a ver a su novia. Al fin y al cabo, pensaba su padre, él también había hecho lo mismo a su edad. Entre padre e hijo los gestos eran el mejor medio para comunicarse. Ambos eran igual de reservados. Su novia terminaba su jornada más pronto que él en la fábrica de sacos. Miraba a su padre y, sin preguntarle, comprendía la media sonrisa cómplice que le dedicaba. 

Una última mirada al reloj. Ya era la hora convenida. Salía como un rayo hacia la casa. Subía de dos en dos los escalones hasta su habitación. Tenía que arreglarse y correr para no perder el próximo trenet. Todos los sábados eran iguales. ¡Qué nervios! Era imposible no sentirlos mariposeando en su estómago. Siempre tenía la sensación de que llegaba más tarde que nunca. Los segundos se le hacían interminables, los minutos como si fuesen horas. No podía dejar de pasear de una parte a otra del andén. Una vez, ya montado en el vagón, durante el trayecto, que duraba unos escasos diez minutos, el tiempo se le eternizaba. Miraba por las ventanillas con la esperanza de que el trenet tomase más impulso y fuese más rápido. Quería que arañase unos segundos más al tiempo, pero era una ilusión pasajera. La velocidad del convoy era pesada y lenta, como todos los días.
Cuando llegaba ya estaba a punto de comenzar la sesión de cine. Muchas veces, se había quedado sin poder entrar. Ahora eso ya no le ocurría, pues se había hecho amigo del taquillero. Le guardaba la entrada. Aunque llegase tarde y estuviese la sala llena, podía entrar. Su novia ya estaba allí, con sus amigas. 
La película de ese sábado era de amor, de esas que tanto les gustaban a las muchachas. Le divertía ver como todas lloraban cuando el chico se quedaba con la chica. Su novia, ya no derramaba ni una lágrima, quizá tenía pudor de mostrar su sensibilidad delante de él.
Cuando salían del cine siempre hacían lo mismo: daban unas vueltas por el centro del pueblo y saludaban a todos los amigos y amigas. A su vez, intentaban hablar casi a voces. Ese día, su novia intentó decirle algo más privado. Se acercó a él. Le susurró al oído que quizá podían ir a otra calle más tranquila. No quería hablarles a gritos. Cruzaron el paseo, pero en las calles adyacentes al cine ocurría lo mismo. Resultaba imposible mantener una conversación discreta.

-¿Por qué no te acompaño? –Le preguntó solícito. –Si quieres, podemos ir dando un paseo por la huerta. Hoy hace una tarde muy bonita. Podemos hablar por el camino. 
Los senderos, entre los campos, se convirtieron en sus cómplices. Conversaron. Planearon. El tiempo pasó más rápido de lo que deseaban ambos. Él se deleitó mirando como el sol del atardecer de octubre jugueteaba con los cabellos castaños de su novia. Llegaron a la entrada del pueblo. Esta vez le acompañaría hasta su casa. Nunca lo había hecho.
-Alguna vez tenía que ser la primera, ¿No crees? –Le tomó la mano.
Se adentraron en el pueblo. Cogidos de la mano. Había unas mujeres sentadas en la calle. Jugaban a las cartas. Cuando los vieron acercarse pararon un momento. Les miraron con curiosidad.
-Debe de ser su novio. –Susurró una a las otras indiscretas. –Es un chico muy apuesto. Contestó una en voz más alta.
Se rieron los dos novios. Una de las jugadoras, en ese instante, estaba limpiándose las gafas y al escuchar el comentario, se dio tanta prisa por colocarse los anteojos que se incrustó el pañuelo en las lentes. Quedó cegada momentáneamente. Todas las demás rieron por su falta de pericia. Los novios no pudieron reprimir una sonrisa. Ahora ya todo el pueblo sabía que su noviazgo era formal.
No quedaba mucho trayecto para llegar a su calle. Él guardó las formas. Se despidió de su novia antes. Le prometió que volvería al día siguiente, el domingo, después de la misa. La despedida fue sencilla. Ella le acarició la mejilla. Él regresó feliz por el camino que había andado. Las jugadoras ya se retiraban hacia el interior de la casa, cuando pasó por delante de ellas. Lo saludaron risueñas mientras guardaban las sillas.
Había oscurecido tan rápido que el sendero se ennegrecía a cada paso. Se adentró por los campos. Las penumbras se posaron sobre él. La sombra de los naranjos se cernía por el sendero. Sus pasos eran ahora más rápidos y ansiosos por llegar al camino abierto. Al fondo se adivinaba una luz. Semejaba ser la señal de la ruta. Ya casi había llegado al límite del sendero cuando se quedó paralizado. En la oscuridad, unos ojos brillantes le miraban con gran interés. Escuchó el gruñido. Sin tiempo para reaccionar notó el aliento del perro que se abalanzó sobre él. El miedo le paralizó. Se quedó quieto, clavado en el suelo. Aquel perro había encaramado sus patas delanteras sobre sus hombros. Ladraba, con fuerza, moviendo la cabeza a cada lado de su cara. Le mostraba sus dientes amenazantes. Durante esos eternos segundos sintió pánico. Se angustiaba al imaginar el daño que le causaría al morderle en la cara. Oyó un reclamo que salía de entre los naranjos. Era una voz aguardentosa y hueca que llamó al animal una sola vez. El can obedeció. Bajó sus patas y se mantuvo delante de él vigilante, a la espera de otra orden de su amo.
-No tengas miedo. No hace nada.
La voz tuvo cara. Un hombre, vestido con el uniforme de la Guardia Civil, se le acercó calmosamente. Era un rostro curtido por el sol. Detrás de él estaba el otro compañero. Éste no habló. Lo miraba. Llevaba un mosquetón colgado del hombro.
-¿Qué haces a estas horas por aquí?
Le costó bastante farfullar una respuesta. Había perdido el último trenet. Durante unos eternos y pesados segundos, ambos, estuvieron contemplándolo. Fueron unos segundos que se alargaron como minutos. Se convirtieron en verdaderas horas. Al fin apartaron el perro de su camino. Entre risas le dieron un empujón para que reaccionase.
-Anda, vete que llegas tarde.
No se detuvo. Aún pudo oír sus risas durante varios segundos. Tampoco volvió la cabeza para comprobar si el perro le seguía. No pensó en otra cosa que no fuese salir al camino y abandonar la senda donde tanto miedo había sentido.
Cuando llegó a su casa todavía estaba nervioso. Se lo contó a su padre. Le habló del pánico que había experimentado. Le confesó que se sentía dolido en su orgullo por la burla que le habían hecho aquellos hombres.  Su padre no dijo nada hasta que él terminó. Cuando por fin, habló le dijo dos frases que él jamás olvidó.
-Ellos mandan. Tú no puedes hacer nada.
A pesar del paso del tiempo, en su mente continuaban apareciendo las fauces del can; aquellos segundos de pánico se convirtieron en sempiternos.