domingo, 17 de noviembre de 2019

RELATOS CORTOS: EL PUENTE



«No, no es un círculo, es una O» comentábamos al cruzar por delante de aquel mendigo sentado en el lateral del puente.  A las niñas nos sonreía mirándonos sin vernos con aquellos pequeños y profundos ojos que se adivinaban dentro de su flaca cara.
Todos los días hacía la misma operación: dejaba su muleta tumbada sobre el suelo y sacaba un pañuelo de caballero que extendía con sumo cuidado. Como si éste fuese una almohadilla, se sentaba sobre él para no mancharse su traje de chaqueta gris impoluto. A continuación, iniciaba su ritual, se descalzaba la pierna ortopédica que depositaba a su lado. En el interior de la pernera se le podía adivinar el muñón a la altura de la rodilla. Esa falsa pantorrilla de madera hueca estaba rematada por un zapato negro donde había sido insertada una A dentro de un círculo. Ante mis ojos de niña, aquel símbolo me intrigaba más si cabe que su famélico aspecto. ¿Qué significaría? ¿Sería un mensaje cifrado, como los que Julio Verne usaba en su novela Matías Sandorf, que con tanto placer había leído el pasado curso? Pero no acertaba a adivinarlo. ¿Qué información críptica encerraría?
Una tarde, cuando regresaba del colegio, al pasar por el puente, vi a dos hombres que hablaban con el mendicante. Me detuve para mirarles. Semejaban ser oscuros, casi opacos. Todavía recuerdo su imagen densa frente al mendigo que les miraba, con sus pequeños ojos, como si no les entendiese. Uno de ellos lo tomó por los brazos intentando levantarle del suelo. El mendigo se calzó su pierna ortopédica y comenzó a andar rodeado por los dos hombres. Lo hacía con su ritmo lento, resignado. Nunca más volví a verlo.
Con el paso de los años comprendí el significado del símbolo. Una A dentro de un círculo o dentro de una O. Representaba la solidaridad de un orden social, ese que nunca lo habría dejado abandonado a su suerte.

jueves, 7 de noviembre de 2019

TAN PRONTO COMO SEA POSIBLE, TAN TARDE COMO SEA NECESARIO






«Tan pronto como sea posible, tan tarde como sea necesario»
Esa fue la respuesta de Elisabetta. Berta no esperaba que su hermana mayor llegase a tiempo al sepelio de su padre, No, no sería un acto de venganza o rencor. Sabía que lo había perdonado desde hacía mucho tiempo, aunque debía mantener el resquemor por haberla echado de casa.
Elisabetta era tres años mayor que Berta y tenía cinco más que Ana, la más pequeña de la casa. Nunca se comportó como una verdadera niña. Asumió el papel de la madre que no tuvieron. Al contrario que sus hermanas, no tuvo ninguna oportunidad de ir a la escuela. Por las tardes, mientras Berta y Ana emborronaban las libretas de los ejercicios escolares, ella escribía y escribía lo que semejaban ser textos interminables. Nunca consintió en leérselos en voz alta, incluso cuando Ana se lo rogaba, le respondía que no los entendería. Elsabetta los guardaba en un cajón bajo llave y, aunque sus hermanas intentaron abrirlo nunca lo lograron.
Durante su infancia, los días les semejaron ser eternos hasta que, un día, llegó una carta dirigida a la Srta. Elisabetta Méndez Kent. ¿Quién le escribiría?
En la cara de Elisabetta se dibujó una sonrisa. Fue la única que sus hermanas le pudieron ver mientras vivió en la casa. La leyó varias veces, después la introdujo en el sobre y la guardó en el bolsillo de su vestido.
Esperó a que su padre regresase del trabajo; cuando estuvieron los cuatro sentados a la mesa habló. Le habían ofrecido un trabajo en un periódico.
«¿Fuera de casa? ¡Imposible! Debía de cuidar a sus hermanas y de él. ¿Acaso les faltaba la comida?»
Su padre le gritó y amenazó con la esperanza de amedrentarla. Ni Ana ni Berta supieron qué hacer ni qué decir. Se encogieron en sus sillas. Elisabetta, impasible, se levantó. Recogió los platos. A continuación, sin mirar a su padre, advirtió a sus hermanas de que deberían ser más responsables porque ella ya no estaría allí siempre.
Les asustó el estruendoso golpe que dio sobre la mesa. Le amenazó con echarla de casa. Ella no le respondió.
Al día siguiente, cuando sus hermanas se despertaron, su cama permanecía ordenada. Se precipitaron hacia la cocina y sobre la mesa había una nota que decía:
«Sed obedientes.»


Llegó dos días después del entierro. No trajo ninguna maleta. Cuando le preguntaron si regresaba a casa respondió: «Tan pronto como sea posible, tan tarde como sea necesario.»