sábado, 3 de octubre de 2015

FUERA DE ESE TIEMPO VIVIDO



Todos los años, cuando llegaba la feria de Sant Miquel de Llíria, mi padre movilizaba a toda la familia para preparar la visita.
«Vamos a la feria
Ese era uno de los principales argumentos que nos repetía. No hacía falta que nos animase mucho pues en la casa todos queríamos ir. 
La fiesta era sencilla. Suponía toda una experiencia para los más pequeños de la casa, es decir, yo. La víspera, mi madre, se pasaba todo el día cocinando aquellas comidas que tanto nos gustaba y que resultaba fácil de transportar en fiambreras y en bolsos. Debían de ser comidas que se conservasen bien fuera de la nevera durante varias horas.
Como mi padre trabajaba toda la semana, sólo se podía ir el domingo. El día del patrón se celebraba el 29 de septiembre, pero, en Llíria, la feria duraba ocho días. Ese domingo nos levantábamos pronto y con todo ya preparado del día anterior nos desplazábamos hasta allí con el trenet. En la estación Pont de Fusta se realizaba el trasbordo para tomar el trenet hasta Llíria. A mí me resultaba muy divertido tener que cambiar de tren y subir, aunque fuese en el mismo tipo de vagón, en otra línea. En realidad, los nuevos paisajes tampoco eran muy bellos ni resultaban ser tan bonitos como los que yo veía entre mi pueblo y la ciudad, pero tenían el encanto de la novedad.
Ya en la estación de la ciudad de la música  la fiesta ya comenzaba. Era estupendo ver a los vendedores ambulantes con sus globos de colores o los puestos de dulces de azúcar como preludio de lo que se avecinaba en la calle de la subida a la ermita. 
No recuerdo cual era la distancia entre la estación y la ermita, sin embargo, en mi memoria, sí que están los puestos de la feria, quizá fuese lo único que, en ese momento, me interesaba. Las turroneras lucían sus blancos delantales con puntillas almidonadas como queriendo competir, entre ellas, en blancura y luminosidad. Todos los años, mi padre compraba dulces para los pequeños de la casa y granadas para los postres de toda la familia. Siempre nos decía lo mismo: «Las granadas son un fruto divino que sólo se puede tomar en septiembre para la fiesta del arcángel.»
Por mi parte yo permanecía con los ojos muy abiertos y escuchaba las voces alegres de los que paseaban entre los puestos como algo extraordinario mientras nos aproximábamos a la subida de la ermita. Par mí, lo más impactante era observar a los mendigos que pedían una caridad a los devotos del santo.
«Una almoina per l’amor de Déu», era la cantinela que acompañaba la ascensión hacia el santuario. Me fascinaban sus caras tristes y ennegrecidas por haber pasado muchas horas al sol. Mostraban sus manos oscuras que extendían, junto con las voces entrecortadas pretendiendo incitar a la caridad a los que cruzábamos por delante de ellos.
Subir aquella cuesta era duro. Mi padre bromeaba para animarnos en la ascensión diciendo que como el santo poseía alas a él no le había importado subirse tan alto.
La ermita lujosa y dorada guardaba una hermosa imagen del arcángel. Se trataba de un atractivo joven con cara de niño que mataba a un inmundo diablo el cual se retorcía a sus pies. Su belleza realzada por aquella corona dorada y las blancas alas, instintivo de su condición de arcángel, contrastaban con las ofrendas de exvotos de cera que se arremolinaban junto a su altar. Cabezas, manos, brazos, pies, tórax, todos se exhibían colgados de la pared para mostrar las plegarias desesperadas de los devotos que allí acudían con sus males a cuestas.
Una vez cumplido el ritual de la ascensión, nos entregábamos a la bajada del camino, pero, esta vez, con el aliciente de dirigirnos hacia el Parque de Sant Vicent. Ese paraje estaba a dos kilómetros y medio de la ciudad. El camino hacía allí nunca se nos hacía largo. Nuestra alegría por la fiesta continuaba durante todo el trayecto. 
En ese parque también había una ermita erigida en honor al santo predicador, sin embargo, no recuerdo el haberla visitado pues, ese día, el joven alado le robaba el protagonismo al terrestre sermoneador.
 En el parque el agua fluía limpia, sana y hasta se podía ver alguna que otra carpa que se movía en busca de las migas de pan que los niños no cesábamos de lanzarles.
Nos distribuíamos por las mesas de madera del propio parque o las del merendero que regentaba una mujeruca de aspecto desaliñado. Aquella mujer llevaba un curioso peinado cardado donde parecía anidar alguna que otra golondrina despistada que estuviese a punto de partir hacia las costas africanas.
La fiesta parecía finalizar cuando las viandas, siempre tan sabrosas y llenas de los sabores caseros conferidos por las manos expertas de mi madre, se terminaban. Se remataba la comilona con el agradable sabor de las dulzonas granadas que nos recordaban el  matiz otoñal de la fiesta del final del mes de septiembre.
Es curioso, con el paso del tiempo, dejamos de ir a la fiesta de Llíria. Ya teníamos coche y, sin embargo, ya no nos resultaba atractiva. Algunas cosas tienen sentido en su momento justo y nunca fuera de ese tiempo vivido.

 



4 comentarios:

  1. Hola! Te felicito por lo bien que escribes y la descrpción que haces del ambiente festivo y sobre todo los prolegómenos que son lo que más se disfruta. Yo también recuerdo cuando mi Padre nos llevaba a mi hermana y a mí, sólo que la de mi pueblo era más pequeña, pero nosotras lo pasábamos en grande. Felicidades también por el blog en general, que tiene entradas muy interesantes. Ya tienes una seguidora más. Un abrazo

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  2. Gracias Mariángeles por tu lectura, comentario y amistad. Creo que es bello regresar a nuestro pasado, seleccionar aquello que nos ha marcado el carácter y rememorarlo con cariño y veracidad, pero ese es mi punto de vista, claro. Un abrazo.

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  3. Acabo de terminar de leer , enterito, todo tu blog. Me ha encantado. Hay entradas divertidas, otras nostálgicas, otras reflexivas pero todas muy amenas. Ya casi conozco a la vecina dura de oido junto con parte de su familia, a la niña que recuerda su infancia y aprovecha para hacernos pensar. He visto sitios que ya no existen desde hace años pero que al describirlos parecía que estaba allí. Me he convertido en lector incondicional de tu blog y espero que sigas regalándonos entradas lo más a menudo que puedas.

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  4. Muchas gracias por tus comentarios sobre mi blog y el interés que has mostrado, Lurio. No puedo ser muy regular en mi escritura pero lo intento. Gracias, de nuevo por seguirme.

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