sábado, 12 de diciembre de 2015

ENVENENADA POR EL TEATRO


A Josep Lluís Sirera, que sempre  va alimentar el meu verí del teatre.



-Quería entradas para la función de mañana.


La taquillera levantó la mirada del talonario de entradas para observarme. Se tomó varios segundos en la tarea hasta que, por fin, me espetó:

-¿Son jóvenes tus acompañantes?

Me sorprendió la pregunta de aquella mujer. 

¿Por qué me lo haría? ¿Era tan relevante nuestra edad? ¿Sería para ofrecernos algún descuento? o ¿tendría alguna censura el espectáculo y no se nos permitiría la entrada a los más jóvenes? 

Todas esas preguntas pasaron por mi imaginación en menos de tres segundos. Por fin le contesté.

-Sí, lo somos.

La respuesta fue como un verdadero impulso para la taquillera  que, de inmediato, volvió a su actitud de trabajo, es decir, la de vender entradas. Mientras las cortaba del talonario me dijo con tono firme:

Estupendo! Te voy a dar las mejores. Nunca olvidarás esta obra.

Comencé a dudar como una adolescente indecisa, pensé que mi falta de experiencia de ir al teatro había hecho que me endosaran unas entradas de sospechosa validez. Antes de irme de la taquilla le pregunté tímidamente:

-¿Qué fila es?

Rápidamente me contestó.

-¡Ah! No te preocupes. Las entradas no están numeradas. Es el mejor sitio del teatro.

Fue entonces cuando me preocupé más que nunca. Me convencí de que me estaba engañando. Pensé que seguro que me había visto la cara de novata y, por eso, me vendía unas entradas que nadie quería y que, debido a mi timidez, sabía que no le protestaría. A pesar de mi inseguridad tomé las entradas y me alejé. Soportaría las posibles quejas de mis acompañantes. Alegremente habían confiado en mis dotes de avezada compradora y ese había sido el resultado.

En mi cabeza no dejaba de dar vueltas una pregunta: ¿Desde cuándo un teatro vendía unas entradas sin numerarlas y sin una fila definida ni un sitio exacto?

Llegó el día de la representación. A la curiosidad por un texto con un magnífico título: El veneno del teatro, se unía la oportunidad de ver a los actores: José María Rodero y Manuel Galiana juntos, en el escenario, en vivo, sin el filtro de una pequeña pantalla. En realidad, como siempre he confesado en repetidas ocasiones, en ese momento, el nombre del autor: Rodolf Sirera quedó ensombrecido ante la fama de los intérpretes. Sería muchos años después, cuando conocí a Josep Lluís Sirera, mi maestro, cuando comprendí la justa importancia, no sólo de los intérpretes sino también del autor, pero eso sería otro relato para otra ocasión.

Algo nerviosa por la novedad y deseosa de comprobar que esas «magníficas» entradas así lo eran en realidad, tanto mis acompañantes como yo, nos dimos mucha prisa por entrar.

El veneno del teatro, 1983
Una vez franqueada la puerta del teatro Principal mi asombro, casi infantil, iba en aumento. Aunque había pasado infinidad de veces por delante de su neoclásica entrada nunca había tenido la oportunidad de acceder a su interior hasta ese instante. Todo me parecía majestuoso y lleno de glamour. Aquel teatro, según me habían dicho, tenía el distintivo de ser el más importante de Valencia. Su refinada entrada de marmóreos adornos daba paso a unos elegantes tapizados de tonos granate en las butacas del amplio patio. A medida que avanzábamos por el pasillo central la distribución de las butacas nos resultó extraña. El escenario se encontraba dispuesto entre las butacas del patio y, a su vez, unas cuantas filas estaban situadas donde debería estar el escenario. Mientras contemplábamos esa rara disposición, la acomodadora,  con destreza, nos abordó solicitándonos las entradas. Comprobó que no tenían ni fila ni butaca asignada y con la simple indicación de  un "Síganme" nos mostró donde podíamos sentarnos. Las butacas estaban en el propio escenario. Nosotros, nos dijo, éramos el verdadero público. Aquella deferencia me impactó. En ese instante, comprendí los comentarios de la ya, para entonces, encantadora taquillera anónima que había confiado en mi juventud.  Me había proporcionado el privilegio de poder ver la obra de teatro desde la mejor perspectiva posible, es decir, desde el mismo escenario.

Sentada en mi butaca, junto a los actores, viendo cada detalle de la interpretación de los admirados actores, mi emoción iba en aumento. Me introduje tanto en la obra hasta llegar al punto de ingerir el veneno no sólo lo hizo el más joven e ingenuo de los personajes, sino que también lo tomé yo, que era la más novata en las lides del público teatral. A partir de ese instante, ya nada fue igual. El veneno surtió su efecto. Quizá fuese la sorpresa o quizá sólo fuese el azar, pero lo cierto es que el veneno sigue actuando hasta este mismo instante en el que escribo estas líneas. Nunca me imaginé que fuese tan decisiva aquella función que efectuaría un cambio en el rumbo en mi vida.