miércoles, 19 de agosto de 2015

LA DECISIÓN

El susurro del viento en las hojas pendulares del chopo alba, me sumergió en un pensamiento continuo. Observé su movimiento como quien mira las olas del mar. Su vaivén y revoloteo de las hojas me hizo caer en la cuenta de que la mayoría de las veces, nuestras decisiones, son tan volátiles como el viento que agitaba las trémulas hojas. Perdido en el ritmo constante del viento que arremolinaba todo el follaje, en ese mismo instante, es cuando tomé la decisión de decírselo. Era el momento apropiado. Súbitamente me incorporé y di la espalda a aquel árbol que tanto me había ensimismado. Me alejé de allí, con paso decidido y, aunque seguía oyendo el sonido de las hojas, continué mi camino porque si volvía mi mirada ya sería una nueva forma de retroceder a mi pasado y, entonces, tendría que tomar otra decisión que ya no deseaba.
Maquinalmente, mis pasos me llevaron a la casa. Sabía que ella estaría allí. Por fin había tomado mi decisión. Imaginé su cara al escuchar mis palabras y un sabor amargo me llenó la boca, sabía que le iba a hacer daño.
Puse la llave en la cerradura y me detuve un instante, imaginé la expresión de su cara cuando me viese entrar. ¿Notaría mi ánimo? Seguro que sí. Ella poseía la cualidad de adivinar todos mis pensamientos. Después de tanto tiempo, ya no poseía ningún misterio que pudiese ocultarle, pensé.
Entré en la casa y me sorprendió la penumbra. Me dirigí hacia al comedor pero no estaba allí. Encendí la luz y, en ese instante, es cuando noté que algo sucedía. Sobre la mesa había un sobre sin cerrar, en él ponía mi nombre.
Lo abrí y saqué una escueta nota que leí, como una letanía, una infinidad de veces.

"Lo siento. No soporto tus ausencias. Yo he tomado mi decisión."

Ni una frase que demostrase cariño. Nada que resumiese nuestra convivencia. Comprendí que ella ya sabía lo que iba a ocurrir antes que yo mismo. Ella siempre debía ser la primera en tomar la decisión.

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