sábado, 13 de septiembre de 2014

EL LICENCIADO MATARIFE


Si algo da autoridad en un pueblo o en una vecindad es la licenciatura en medicina y su consabido ejercicio habitual en una consulta como médico de familia.  Así lo pensó desde siempre mi vecino, médico ya retirado, acostumbrado a la pleitesía de sus pacientes como si de un párroco con su feligresía se tratase. Para demostrar su gran poder hacia los demás, solía pasear por la calle, desafiante, con su perro. Aquel animal nos tenía a todos los vecinos atemorizados. Gruñía ante nuestro paso y no dudaba en atacar y mordernos si lo creía conveniente. Su propietario nunca lo detenía ante esas agresiones, sino que lo jaleaba para que impusiese el terror y conseguir su voluntad.

Aquel día, lo que sólo había sospechado, lo reafirmé cuando llamó a la puerta de mi casa. Cuando fui a abrirle, confieso que su aspecto me desconcertó. Vestía su cotidiana bata blanca pero esta vez aderezada con unas cuantas manchas de sangre que acompañaba con unos guantes de látex sucios de la misma sustancia encarnada.
En ese momento, intenté recordar si alguna vez había cruzado una palabra con él. Nada. Ni un simple ¡buenos días! ni con su esposa (¡la pobre!) ni con alguno de sus incontables hijos. Ese día, sin embargo, me sonrió y habló con toda amabilidad. Dijo con un tono casi neutro.
-Buenas tardes, ¿se encuentra el cabeza de familia en casa?
Se refería a la autoridad máxima de mi lar, cargo que ostentaba, dentro de sus cánones, el varón de cada casa. No quise darle ninguna explicación privada y le contesté:
-No ¿qué deseaba?
Mientras decía esto sentí un escalofrío por la espalda, pues fue en ese instante cuando fui consciente del bermejo tono de las manchas que salpicaban su pechera más propias de una película de corte granguiñolesco de serie B que de un médico de familia. No fue con rodeos.
-¿Me podría dejar pasar? Sé que están de obras dentro de la casa y necesito verlas.

Rápidamente busqué en mi memoria si este médico había franqueado, alguna vez, la entrada de mi casa por cualquier motivo profesional y la respuesta fue no, ni para diagnosticar una gripe. En unos breves segundos que resultaron eternos, activé un mecanismo de defensa por lo que reaccioné e interpuse mi cuerpo con su corpulencia manchada de sangre para impedirle la entrada.

-Lo siento pero no.
Su mano viscosa se posó sobre mi hombro, como un ave de rapiña que ataca a su presa así que la miré horrorizada.
-Verá sé que están haciendo obras de acceso al conducto del desagüe general y necesito saber cómo lo están llevando a cabo. -Con tono autoritario prosiguió- Yo debo verlo. No sé hasta qué punto ustedes pueden estar aprovechándose de todo el vecindario. Hay unas reglas que cumplir.
Su despotismo directo me sorprendió y reaccioné con energía.
-Sus dudas me ofenden, caballero- protesté- No creo que tenga ningún derecho a opinar sobre lo que desconoce. Además, retire su mano de mi hombro. Guarde las distancias conmigo y no intente intimidarme. Se lo agradecería.
Creo que fue en ese instante cuando reparó en sus manchas de la sangre o tinta roja que adornaba su pechera y manos.
-Usted perdone, pero es que estaba en mi casa, donde de vez en cuando practico alguna autopsia. Hoy le tocaba a mi perro. Lo encontré ayer muerto a la puerta de mi garaje. Creo que lo han envenenado y, aunque me imagino quien ha podido ser, necesito la prueba material para acusarle.
En ese instante recordé que su perro nos tenía a todos atemorizados por atacar a cualquiera, sin miramiento. Se lo habían dicho muchas veces que no podía tenerlo suelto, sin control, pero nunca había prestado el menor respeto por la convivencia entre vecinos. Continuó con su discurso.
-He salido tan precipitado, por los golpes que he escuchado desde su casa, que he olvidado adecentarme un poco. No se preocupe, sólo es sangre.
Entre el estupor y el horror le pregunté:
-¿Autopsia? Yo creía que usted sólo era médico de familia.
-Y lo soy. Es curioso, soy licenciado y todo el mundo me llama doctor.- Rio con sarcasmo. -Reflexionó en voz alta. -En realidad a mí me gustaba más la medicina forense, pero no tuve bastante puntuación para poder estudiar esa especialidad. Aunque visto desde otra perspectiva y ahora que ya estoy jubilado, ser médico de familia no anda tan lejos de los certificados de defunción como podía imaginar.
Volvió a reír pero esta vez creo que lo hizo para sí mismo, sin pensar en que estaba yo delante.
Sentí que me temblaban las rodillas, pues comenzaba a confirmar todo aquello que había sospechado desde siempre: que estaba completamente majareta.
Intenté sortear la situación como pude. 
-Mire, la obra que estamos llevando a cabo es correcta. Tenemos todos los permisos y lo único que pretendemos es evitar las fugas de agua que tenemos por el mal estado de las cañerías. Ya sabe que nos ha subido el precio del agua...
Como si hubiese activado un resorte con mis palabras y algo se activase dentro de su cabeza, cambió la expresión de su cara y se puso a gritar con más energía.
-¡Precio! ¡Precio! Dirá robo. ¿Por qué tenemos que pagar residuos sólidos en un recibo de líquidos? ¿Es que acaso no nos han robado bastante con las depuradoras públicas? Si estos políticos que tenemos, hubiesen sido más honrados, no pagaríamos tanto.
Estuvo por el espacio de muchos minutos despotricando él solo sobre los gobiernos autonómicos que en las dos últimas décadas destrozaban nuestra comunidad.
Me mantuve en silencio. No tenía intención de interrumpirle pero cuando, él mismo, me confirmó que les había estado votando desde siempre, no puede evitar mi comentario.
-Y será capaz de volver a hacerlo para que continúen con su latrocinio.
Me miró con una mirada completamente ida. Cerró la boca y luego los puños que levantó contra mi cara para luego decirme.
-No adelante acontecimientos.
Dio media vuelta y se marcó sin pronunciar ninguna otra palabra.

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