martes, 9 de agosto de 2016

VENDEDORES AMBULANTES: EL VENDEDOR DE REGALIZ


Otro de los vendedores ambulantes era el de las raíces de regaliz. ¿Recordáis ese sabor entre dulce y amargo que dejaba una boca áspera?

Mi padre, un fumador empedernido, decía que ayudaba a dejar de fumar. Cuando él dejó de fumar nunca la probó. Un día, cuando lo vi nervioso y con ganas de encender un cigarrillo, le dije que tal vez un poco de regaliz le calmaría el ansia del tabaco a lo que me contestó: Todo está en mi cabeza. El regaliz es cosa de niños.

VENDEDORES AMBULANTES: EL VENDEDOR DE MERCERÍA


Mi madre me contaba que cuando ella era pequeña había un vendedor ambulante que casi todos los días pasaba por delante de su casa. El hombre cantaba una cancioncilla que él mismo había inventado para publicitar su mercancía. Las simples estrofas decían : 'El palillero y el palillero, vendo palillos finos para el sombrero, para el sombrero'. A continuación el vendedor recitaba todos los objetos que llevaba dentro de su pequeña caja de mimbre.
Mi madre se los sabía todos de memoria. Ayer le dije que me los recitase, pero ya no recordaba todas las agujas que llevaba el pobre hombre. Algo que no había olvidado era el final, pues terminaba diciendo: im-per-di-bles!!! y gemía de cansancio y además, según mi madre, por el hambre atrasada que sus tripas le recordaban.

No tengo foto de ese vendedor ambulante, pero os dejo unas cestas de mimbre y esparto como referencia y homenaje.

VENDEDORES AMBULANTES: FERREIRO EL PESCADOR


Ferreiro llegó al pueblo como todos los demás gallegos que llegaron al pueblo y fue con el ejército durante la Guerra Civil. Pertenecía a la última quinta de jóvenes que marcharon obligados al frente. Luchó en el flanco de los vencedores que no de los convencidos. Cuando terminó, oficialmente, todo no se decidió a volver a su pueblo. No tenía nada que hacer allí. Aquí conoció a una moza. Le impresionó porque, aunque no se distinguía por su hermosura ni por su garbo, sin embargo, era robusta y fuerte. Ella trabajaba en el mercado. Era capaz de levantar un cordero ella sola y cargárselo al hombro sin la ayuda de nadie. Ferreiro no lo pensó dos veces y se casó con la moza. Cuando se afincó en el pueblo montó un puesto de pescado fresco. Todas las madrugadas, invierno y verano, recorría la distancia, a pie, desde su casa hasta el puerto donde compraba el género, a continuación lo pregonaba por las calles con el reclamo de "'peixe', dones". (Lo gritaba mitad en gallego y mitad en valenciano)


Era hombre de pocas palabras. Los domingos se colocaba su traje y corbata con su sombrero de fieltro  y sus zapatos bien lustrados. Sus ropas eran todas de negro. Lo primero era lo primero. Acudía a la primera misa y después al casino a beber unos vinos hasta que el cuerpo aguantase.

Nunca jugaba a las cartas, decía que eran traicioneras. Charlaba con quien le diese conversación, pero no era el primero en entablarla. El día de su muerte mi padre fue a su entierro. "Ferreiro vivió y murió como a él le gustó. Era todo un caballero." Ese fue el comentario que hizo mi padre después del sepelio.
Después de Ferreiro nunca más hubo un vendedor ambulante de pescado fresco en mi pueblo.

* * *
Dones, peix! 
Ante este reclamo las vecinas ya sabían que la 'grauera' había llegado. Aquella mujer de aspecto frágil proteaba dos cubos, uno en cada mano y pregonaba su género de pescado recién llegado de la pesca nocturna por las calles del pueblo. Era tan fresco que aún coleaba. La vendedora llevaba su mercancía desde los pueblos marítimos hacia los del interior de la huerta. A través del 'trenet', el transporte que unía el mar con el interior se unían dos formas de vida tan cerca y tan lejos a la vez.

domingo, 7 de agosto de 2016

VENDEDORES AMBULANTES: EL PUESTO DE CAMBIO, COMPRO Y VENDO LIBROS Y TEBEOS



Desde siempre se ha montado un mercadillo todos los martes. Allí la gente no sólo se reúne para comprar y vender, sino que también lo hace para intercambiar experiencias vitales. Se encuentra dividido en secciones, aunque éstas semejan ser regidas por una lógica particular. En un sector se encuentra la fruta y la verdura, a continuación, se disponen las de los animales vivos vendidos para ser recriados en las casas. En otro sector está la ropa y los zapatos además de los utensilios domésticos. No obstante, si había alguien que captaba la atención de todos era el intercambiador. Con sus gritos de reclamo, captaba la atención de todos.
«Cambio, compro, vendo cromos, tebeos, novelas de Estefanía, Corín Tellado y cuentos infantiles.»
Ese era el reclamo para que todos se fijasen en él y su parada de destartalados cuentos.
Mi madre nunca se acercaba a su parada porque decía que era perder el tiempo escucharle, sin embargo, un martes, ante su reclamo pareció estar interesada por uno de sus cuentos. Se trataba de Miguel Strogoff, el correo del zar. Aquella edición tenía una parte con letra impresa y la otra con viñetas. Después de haberlo leído varias veces decidí que debía cambiarlo, sin embargo, aunque el mercadillo continúa celebrándose, hace tiempo que el intercambiador ha dejado de venir. Ya nadie vocifera su mercancía como él lo hacía.



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sábado, 30 de julio de 2016

MI VECINA SORDA CON AUDÍFONO NUEVO


Seguro que pensaréis que soy algo masoquista. No, no es tal, pero lo cierto es que cuando llevo unos días sin verla echo de menos su presencia. Se trata de mi vecina sorda ¿La recordáis? Sus visitas se acompañan de impertinencias del tipo:
“Nena, a ver si te cuidas un poco que estás engordando” o quizás ésta más directa como:
“Vaya, creí que seguías durmiendo, porque, la verdad, nunca sé cuando haces la siesta.”
Lindezas de este tipo hacen que sea un personaje de traca, con bombazo final en cada encendido.
La visita de ayer fue de esas que no se olvidan por mucho que pase el tiempo.
Llamó a mi puerta y por el número de timbrazos comprendí que se trataba de ella. En el fondo me alegré, pues hacía tantas semanas que no se dejaba ver, que empecé a preocuparme por su salud. Digo en el fondo, porque después me arrepentí de su visita.
-Nena, ¿estás despierta?
No le contesté. Le abrí la puerta y le franqueé la entrada. Antes de que pudiese preguntarle nada me anunció:
-Estoy muy contenta. Me he comprado un audífono nuevo. Éste dice que me dará más resultado, sin embargo, las pilas son tan caras que debo apurarlas al máximo. Ésta que llevo puesta empieza a agotarse. Lo más seguro es que me ponga a hablar y no te escuche. No hace falta que me contestes. Cuando me canse me voy y ya está.
Pensé que era la misma de siempre y que no importaba que oyese o no.
Tras dar un buen repaso a mi casa, a mis macetas y a mi falta de pericia hogareña retomó el tema que más le preocupa: el desgobierno.
-¿Te has dado cuenta de que a este pobre hombre, Rajoy, no le hace caso nadie? Ni los que tiene alrededor le hacen caso. Lo que tienen que hacer es dejarlo gobernar con ese tan guapetón y elegante catalán, aunque, no sé, no sé, ese jovencito es de los vecinos de arriba y esos nunca son de fiar porque todo lo quieren para ellos.
Opté por no contestarle, aunque el silencio es, a veces, un arma de doble filo. Me callé. Según su advertencia ahora podía oírme así que tenía que ser prudente y pensar muy bien mis palabras para que resultase lo menos dañino posible. Su conversación nunca pude ser discreta, pues aunque oía no dejaba de gritar al hablar y prueba de ello era que mi canario, ante los gritos que propinaba, no cesaba de cantar y así mi vecina me lo hizo saber. Cansada de su monólogo terminó por interrogarme directamente:
-¿Qué piensas tú de lo que está ocurriendo?
Casi me había decidido a contestarle cuando me atajó con otro comentario:
-Dicen que van a quitarnos la pensión. A mí no me pueden quitar más de lo que tengo así que quiten a otros como los que no tienen cargas familiares porque son solteros.
Al decir esto debió de caer en la cuenta de que ese era mi caso así que pretendió arreglar un poco su incómodo raciocinio:
-Bueno, que miren primero a ver si el balance les cuadra.
Por cambiar el tema de conversación, pues ya comenzaba a cargarme con sus comentarios sobre la economía actual, le pregunté por sus cuatro gallinas solitarias que tiene en un gallinero en la terraza. La pregunta le sobresaltó.
-¿Te han dicho algo las estudiantes que tengo alquiladas en el piso de debajo? Es que me han dejado anónimos diciendo que huelen mal, ensucian y provocan la proliferación de roedores.
Ante este comentario dije:
-Si son anónimos no puede afirmar que sean ellas o quizá otros vecinos ¿no cree?
-Sí, son ellas. Estoy segura. Lo sé porque una es votante ‘del coletas’ y la otra de los comunistas.
Al oír ese comentario me dio la risa. No lo puede evitar.
-No te reías. Lo sé perfectamente porque cuando vienen a pagarme siempre me dicen:
“Salud, señora, salud es lo único que necesitamos”
-Y claro eso sólo lo dicen los comunistas.
Me resultó imposible ahogar una carcajada.
Ella que es sorda, pero no tonta y comprendió que me estaba riendo de sus comentarios así que cortó por lo sano.
-Nena me voy que este aparatito parece que se queda sin pila.
Cuando ya estaba casi en la puerta y a modo de despedida me dijo:
-Bueno a ver si sales a caminar que no te veo nunca y eso no es bueno.
Cerré la puerta y pensé en las gallinas encerradas y en las estudiantes que las padecían.
¿Su situación sería una metáfora del actual galimatías político? Mejor lo pensaré en otro momento.