martes, 16 de agosto de 2016

EL DIENTE DE MI VECINA SORDA



El número de timbrazos delatan su presencia. Al abrirle la puerta mi vecina sorda me ha saludado con la frase habitual:
-¿Estabas durmiendo?
A lo que le he contestado:
-Para usted siempre.
Ni me ha prestado atención a mi respuesta tirante. Se ha dirigido hacia mis macetas y me ha sentenciado:
-Nena, estas plantas no beben suficiente. No las riegas bastante y por eso no las tienes bonitas.
Evidentemente no le he contestado ¿Para qué?
Al cruzar la puerta ha iniciado su soliloquio. Mientras intentaba escucharle me he fijado que le faltaba el incisivo derecho. No he podido evitarlo y le he preguntado por la pérdida.

-Ay, nena, el otro día me visitó mi hija mayor. ¡Hacía tanto tiempo que no la veía! Salimos a la calle para pasear un poco. Mientras caminábamos, le estaba contando no sé exactamente qué cuando, en ese instante, ¡Pluff! saltó el diente. Mira la cosa resultó casi cómica. Nos pusimos a buscarlo, pero había desaparecido. Fue visto y no visto. En ese pequeño jardín que tenemos en la entrada se escondió. Parecía que se lo hubiese tragado la tierra. La verdad es que tampoco me hacía mucha falta encontrarlo. Según me ha dicho el mecánico del dentista una vez roto ya no me lo podía atornillar. Bueno tendré que gastarme el dinero y ya te puedes imaginar lo caras que resultan estas cosas. Ya ves, total es un tornillo, lo enroscan y ya está.
Mientras decía esto ha dado, con la mirada, un rápido repaso a mi casa.
-¡Vaya!  Ese es un cojín nuevo. Veo que me has hecho caso. No te hagas tantos suéteres que con el peso que estás cogiendo no te los vas a poder usar nunca.
(¿Qué hago? ¿Le contesto que se meta en sus cosas? Pero no, no puedo perder la paciencia con tanta facilidad. Es demasiado mayor como para lograr que cambie.)
Durante un buen rato ha seguido repasando mis habilidades ganchilleras. Por suerte, se ha cansado pronto. Al fin se ha decidido y me ha hecho una confesión:
-No me gusta el nuevo inquilino que tengo. Eso de que viva solo me crea prevención, además, no riega el jardín.
Al escuchar esto he sentido que había llegado el momento de practicar una pequeña venganza. Le he interrumpido y le he dicho con tono alto y claro:
-Ahora que lo dice, es verdad. Su inquilino no riega las plantas y tiene un perro que no deja de ladrar día y noche. Seguramente, cuando él se vaya de su casa, usted tendrá que replantarlo todo y hacer una buena limpieza porque nunca saca a pasear al perro y debe de habérselo ensuciado todo.
Durante unos segundos ha permanecido atenta a mis palabras, quizá estaba calibrando los daños en su vivienda.
-Tienes razón. Es un cochino, pero no puedo echarlo. Todos los meses me paga.
Por el espacio de unos minutos ha calculado, en voz alta, cuáles serían sus pérdidas si lo mantenía en la casa o lo echaba.
Cuando se ha cansado de hablar sola me ha dicho que se iba a su casa. La he acompañado a la puerta y, como es habitual en ella, me  ha dejado alguna frase para el recuerdo:
-Me voy nena, yo de ti no cenaría y así podrás perder los kilos que tienes de más. Hasta mañana. 
Me ha sonreído mientras me lo decía, al hacerlo me ha mostrado el hueco de su diente perdido. No he podido evitar pensar que la compostura tampoco debía de soportar tantos reproches brotando de esa boca y, por eso, decidió saltar en busca de la tranquilidad.

VENDEDORES AMBULANTES: MELONES A RAJA Y CATA


"Aquí está el tío de los melones, nenas ¿no queréis comprar mis melones?"
A principios de verano es la cantinela que se escucha. Cuando los
pueblos eran pueblos el que más o el que menos tenía una pequeña huerta, los melones no se compraban sino que se recogían de la propia cosecha. Los tiempos cambian con tanta velocidad que no somos conscientes de esos pequeños cambios que dicen si avanzamos o no aunque tampoco se sabe si el avance es hacia lo peor.
El vendedor de melones suele llegar con su furgoneta hasta la esquina de la calle. Se anuncia con el megáfono al grito de: "Aquí está el melonero,  nena estamos ofreciéndote los mejores melones manchegos. De piel de sapo, directos de las huertas manchegas. Si no tienes dinero te lo fío.  A raja y cata, nena, ¿te lo vas a perder?" 
El vendedor es un muy avezado con la venta de todo tipo de hortalizas. Siempre ofrece sus productos con el gracejo de su forma de expresarse tan natural. ¿Quién no cae en la tentación de comprarle uno aunque no le haga falta?


ENRIQUE RAMBAL UN ACTOR VALENCIANO DEL SIGLO XX.





En la primera mitad del siglo XX, en los escenarios de toda España, y, en especial, en los de la ciudad de Valencia, se forjó un actor, un director de escena, un autor y un empresario del teatro: Enrique Rambal. Sus espectáculos se caracterizaron por crear nuevas tecnologías y nuevas formas de entender el teatro de ese momento. En su repertorio incluyó una gran variedad de géneros aunque el que verdaderamente le definió, a lo largo de su carrera, fue el melodrama. Si por algo se le reconoció su originalidad fue por una puesta en escena llena de trucos y golpes de efecto. Sus espectáculos se personalizaron hasta el punto de que el público los denominó con sus propios calificativos: rambalescos o rambalianos. Dedicó su vida por y para el teatro. A su muerte y sin motivo aparente desapareció de las historias del teatro contemporáneo. Hasta ahora, su trabajo artístico, sólo ha permanecido en el ideario del público que lo vio y disfrutó de sus innovaciones escénicas.
Enrique Rambal nació en Utiel (Valencia). Su fecha de nacimiento exacta no se conoce, en parte porque el propio Rambal fomentó este tipo de equívocos. La disparidad de opiniones entre periodistas y escritores a cerca de su edad así como la imposibilidad de encontrar un documento legal que la acredite no permite descartar ninguna de las opciones encontradas.
Transcurrió su infancia en Utiel donde la familia se había trasladado por motivos del trabajo de su padre quien era jefe de estación de la línea de ferrocarriles. Pocos años después, se trasladó a la ciudad de Valencia. Allí, Enrique Rambal, comenzó su vida laboral como cajista de una imprenta. Este trabajo le dio la oportunidad de completar su educación con el material que se insertaba en la prensa, en especial, alimentó su imaginación con la lectura de los folletines y las novelas que, a modo de suplementos semanales, se publicaban junto al periódico. No se sabe muy bien cómo, a edad temprana, se inició en el mundo teatral. Entró a formar parte de la compañía del actor valenciano Manuel Llorens (18?-1910) especializado en los sainetes de Eduardo Escalante. En febrero de 1910, Manuel Llorens, primer actor y director de la compañía, falleció en plena campaña teatral. La compañía se quedó sin director y estuvo a punto de desaparecer. Las noticias son confusas sobre quién asumió el liderazgo. La situación de la compañía valenciana fue un tanto a la deriva hasta que hubo un factor determinante para la compañía y que fue el matrimonio entre Enrique Rambal con la primera actriz de la agrupación: Justa Revert Ramón. La unión de ambos y la cohesión de la compañía sólo duró un año.
En 1915, Rambal formó a parte una nueva agrupación teatral. En esta compañía figuraba como primera actriz la valenciana: Carlota Plá. Esta actriz era muy conocida, en la ciudad de Valencia, por sus actuaciones en el teatro Eslava. A partir de ese momento, Enrique Rambal se convirtió en el responsable de sus propias compañías y comenzó a adquirir popularidad su nombre como actor.
Tras realizar unas cuantas campañas, por toda España y el norte de África, Rambal se asoció con el empresario andaluz: Tomás Álvarez Angulo. La sociedad empresarial Angulo-Rambal se denominó: Compañía dramática de obras policíacas, norteamericanas y de gran espectáculo Rambal. Con esta formación adquirió su mayor popularidad como actor de obras truculentas y melodramas policíacos. En 1920, junto con su socio, llevó a cabo su primer viaje a América. La campaña americana duró tres años hasta que Rambal dio por disuelta la sociedad y regresó a España en enero de 1923. El joven director-actor regresó de su experiencia americana con muchos beneficios y nuevas ideas escénicas.
Respecto a su vida privada, se sabe que durante esos años había establecido una relación estable con la también actriz de la compañía: Concepción Sacía Landi (?-1931).  Tuvo dos hijos con ella: Enriqueta Rambal Sacía (1920-2002) y Enrique Rambal Sacía (1924-1971). Conchita Sacía falleció en Valencia en 1931. A los ojos de todos, Enrique Rambal era viudo, aunque legalmente seguía casado con la actriz Justa Revert.
Pero volviendo a su carrera artística, los éxitos, tanto personales como los profesionales, parecían irle parejos. Uno de los más destacados fue la puesta en escena de El mártir del Calvario, una adaptación escénica sobre la pasión de Cristo.
Rambal hizo su primera y única incursión en el cine sonoro en 1934. Protagonizó la película titulada: El desaparecido. El director italiano afincado en Barcelona: Antonio Graciani fue el encargado de dirigir aquella versión escénica de un melodrama rambalesco. No obstante, el propio Rambal desestimó su futuro cinematográfico.
Durante todo el año 1935 el actor viajó por toda España. En su repertorio llevaba una  combinación de los espectáculos de siempre con los de su nueva creación. En junio de 1936 regresó a Valencia presumiblemente para su descanso vacacional. Le sorprendió el inicio de la Guerra Civil Española en su ciudad. Desde el principio se decantó por el gobierno legítimo de la República. Intervino en los espectáculos solidarios y a beneficio de la resistencia gubernamental. Rambal se convirtió en el responsable de las compañías que actuaban en los teatros  Principal y de la Libertad de Valencia.
Una vez finalizada la guerra, retomó su carrera en la misma ciudad con una cierta normalidad que resultó casi insólita. En julio de 1939 viajó a Sevilla donde permaneció hasta casi finalizar el año. Continuó sus giras por otras ciudades españolas y no regresó a Valencia hasta el mes de octubre de 1942. 
Durante los años de la posguerra la crisis social y económica fue muy aguda en todo el país, por supuesto, el teatro no fue ajeno a ella. Junto a esa precariedad se unió el creciente auge de un nuevo competidor por el público: el cine. A pesar de todo Rambal supo usarlo a su favor. El retraso técnico de los locales de proyección cinematográfica le sirvió para poder continuar con su repertorio melodramático alimentado de los estrenos de la gran pantalla que al país tardaban en llegar. Sus nuevos montajes se fundamentaban en los estrenos del cine que aún no se veían en los cines españoles.
A su vez, poco a poco, su hijo Enrique fue asumiendo una mayor relevancia en la compañía como primer actor del repertorio. Rambal comenzó a dedicarse más a las labores de administración. Su hija Enriqueta, que continuaba siendo una de las primeras actrices de la compañía, contrajo matrimonio con el también actor valenciano: Roberto Pérez Carpio, quien, desde el principio, ostentó la dirección artística de la compañía.
Con el paso del tiempo, los espectáculos se fueron encareciendo cada vez más. Había una menor afluencia de público. En los últimos años de su carrera, la crisis, tanto familiar como artística, le llevó a la quiebra.  Enrique Rambal hizo un último esfuerzo de recuperación económica con una nueva campaña americana entre 1950 y 1951, pero el resultado económico no fue el deseado. La compañía familiar se desmembró. Su hijo Enrique se quedó en México donde consiguió gran popularidad, tanto como actor de teatro, como de cine donde, posteriormente, su carrera profesional, le llevaría hacia la posición de ser el actor referente de las telenovelas de la televisión mexicana.
En 1952, ya de regreso a España, Enrique Rambal estaba acosado por las deudas. Intentó retomar su carrera teatral, pero sin el éxito deseado. A finales de ese año, volvió a la ciudad de Valencia donde sabía que su público siempre le era fiel, sin embargo ya nada fue como antes. Los espectadores no acudían en masa a sus espectáculos. La llegada del color al cine junto a una mejor calidad técnica de las salas de cine españolas y una mayor rapidez en la distribución de las nuevas producciones fílmicas, fueron factores decisivos para que el público prefiriese ver cine a acudir a sus espectáculos.
El 10 de mayo de 1956  murió a causa de las heridas que sufrió al ser atropellado por una motocicleta en la ciudad de Valencia.

lunes, 15 de agosto de 2016

VENDEDORES AMBULANTES: EL AFILADOR

Si hay un oficio ambulante que no se ha perdido, con el tiempo, es el del afilador. Por mi barrio, con una cierta periodicidad, llega un coche con el desafinado sonsonete de una armónica a medio tocar y , a continuación, la siguiente cantinela:
"Nenas, el afilador, ha llegado el afilador, nenas."
Siempre me hace gracia el tono en el que se anuncia. Parece que sea el bálsamo de nuestros males. Creo que debería decir:
"Afile sus cuchillos y cocinará mejor." o bien "Con unas tijeras bien afiladas se cortará las uñas en un santiamén."

Cuando era pequeña a mi pueblo venía un afilador, pero éste ya  se había modernizado en el vehículo de transporte, pues llegaba en moto, pero no era una cualquiera ésta era del modelo la mobylette campera. Durante los años setenta ese fue el vehículo más popular que existía en la huerta valenciana. Este vendedor ambulante llevaba el torno de afilador sobre la rueda trasera. Estabilizaba la moto y después, arrancando el motor, hacía girar el torno a su compás. Nunca tenía una palabra amable, al contrario, siempre estaba de malhumor. Verlo con un cuchillo en la mano y eternamente enfadado no era cuestión de hacerle impacientar, así que todas sus clientes, mientras él trabajaba, permanecían calladas a la espera de que terminase el trabajo y les devolviese la herramienta que necesitaban afilar.

Ya no lo he vuelto a ver. Quizá se ha jubilado. Ahora sólo se dejar escuchar, de vez en cuando, al nuevo afilador que nos tutea, con megáfono,  desde su coche.

domingo, 14 de agosto de 2016

VENDEDORES AMBULANTES: SE ARREGLAN MÁQUINAS DE COSER

No estoy segura. El tiempo desdibuja la memoria y cuando el recuerdo es un acento resulta más fácil incurrir en el error.
Aquel hombre venía un día a la semana. Se paseaba por las calles anunciando su oficio:
"Se arre-glan -má-qui-nas de cosÉ"
Su habla andaluza hacía que no pronunciase la 'r' final. Aquella cantinela se repetía como una música matutina. 
Un día, mi madre lo llamó. La máquina Singer se había atascado y no había forma de hacerla funcionar. El vendedor entró en casa. Ese día la voz tuvo un rostro. Se trataba de un hombre de avanzada edad. Vestía de traje de chaqueta negro. Llevaba un maletín. De donde extrajo unas tenacillas y un martillo pequeño. Con mucha habilidad desmontó el cabezal de la máquina y encontró el pequeño muelle que, por el uso, se había partido. El arreglo fue rápido, aunque, según mi madre, un poco caro.

Un año dejó de oírse la cantinela del arregla máquinas. Nadie más tomó ese oficio.

VENDEDORES AMBULANTES: FEMETER


Cuando nadie lo espera, un sigiloso y reiterado trote acompaña el trabajo de recogida de las basuras anunciándose al son de una corneta: El 'femeter'.
Hay un bello cuento de Vicente Blasco Ibáñez donde se describe el trabajo de recogida de las basuras que se realizaba en la ciudad de Valencia a finales del siglo XIX y principios del XX. Lo realiza a través de una historia de amor imposible.



sábado, 13 de agosto de 2016

VENDEDORES AMBULANTES: SE ARREGLAN SILLAS Y HOJALATAS


Cuando era pequeña el mundo andaba a otro ritmo. Nunca se tiraba nada si podía ser reparado. Las sillas de enea cuando se desvencijaban de tanto usarlas, era el 'cadirer' quien las arreglaba. El    que ejercía ese oficio en mi pueblo era un matrimonio. 
Al grito de: "s'arreglen sillas", resultado de la mezcla de lenguas que convivían y se entrelazaban formando nuestra sociedad, se iniciaba la oferta de un trabajo vendido como un producto de venta ambulante frente a la posible demanda. El matrimonio llevaba un pequeño carrito donde colocaban las sillas para ser reparadas y así las llevaban hasta su casa que, en realidad, también era su taller.
Esa cantinela se dejó escuchar, por las calles de mi pueblo, hasta bien entrados los años ochenta. Con los noventa la idea de reparar lo cotidiano se transformó en la ilusión de sustituir lo antiguo para estrenar lo endeble y caduco.

Para ilustrar mi breve relato he usado una fotografía donde hay un hombre arreglando una silla y, a su vez, otro trabajador arregla un cacharro de aluminio. Este artesano ambulante es el 'llanterner'. Sin soplete y con una pequeña fragua portátil, arreglaba los cubos, sartenes, jarras, incluidos los orinales que todavía podían ser reutilizados.
Con el paso del tiempo vamos cambiando nuestro concepto de vida, nuestra forma de conservar los objetos y con ello cambian los oficios, su demanda y su oferta.



viernes, 12 de agosto de 2016

VENDEDORES AMBULANTES: PAJARITOS Y RANAS


"Dos pardales a una 'aguileta',
d'eixos que van en bicicleta,
xiquets ploreu que pardalets tindreu"

Esta canción popular valenciana que cantaban cuando era niña, hace referencia al vendedor de pajaritos. El vendedor los llevaba insertados en un palito. Ya estaban pelados y a punto de ser fritos para su consumo. El vendedor cantaba su reclamo dirigido a los niños porque el pajarito frito era comida de dientes blandos. El precio: un 'aguileta' equivalía a cinco céntimos de peseta. A veces, el género que vendía eran ranas. Las ancas de las ranas son un manjar.
Hoy en día nos parece un delito pensar que se vendían los pajaritos como golosinas y las ranas para hacer una sopa 'remedia-tripas'. Los tiempos cambian aunque no sabemos exactamente en qué dirección.
En la foto ilustradora hay un niño vendiendo pajaritos, aunque éstos son de madera.



https://www.youtube.com/watch?v=rsD0TavcoBM

miércoles, 10 de agosto de 2016

VENDEDORES AMBULANTES: ARROP I TALLAETES


Uno de los gritos típicos de las calles era el que lanzaba la vendedora ambulante de "arrop i talantes". Para los que no sois valencianos puede que no os suene de nada este producto típico de estas tierras. El Arrop i tallaetes es un dulce tradicional valenciano. Consiste en una especie de almíbar (el arrop) concentrado, hecho de mosto de uva muy dulce, oscuro y espeso. Al arrop se le añade, durante el proceso de ebullición, un poco de cal para neutralizar la acidez del mosto. Tras el largo proceso de cocción se agregan las tallaetes (en valenciano) 'cortaditas o rodajas' (en castellano) que suelen ser de calabaza, aunque también se puede usar ciruela, melocotón o trozos de parte blanca de la sandía. Estas rodajas previamente han sido sumergidas durante la noche anterior en agua con cal para mejorar su textura. 
La típica vendedora llevaba un delantal muy blanco y en sus brazos unos manguitos igual de blanqueados y almidonados. Solían llevar el producto en un recipiente de barro tapado y, a su vez, dentro de una gran cesta que facilitase su transporte.
Su grito: "dones compreu arrop i tallaetes" era la cantinela de los veranos de antaño que ya se ha perdido con el paso del tiempo. 
El producto se puede encontrar en los mercados tradicionales, aunque el encanto de oír vociferar la mercancía a las vendedoras ya ha desaparecido.