Saludos cordiales a todos los lectores del blog titulado Detrásdelaestanteríailustrada. Os dejo mis relatos con la esperanza de que os gusten como para dejar un comentario en mi correo. Gracias.
lunes, 23 de octubre de 2023
SPANISH BRASS Y PORQUE NO SÓLO DE TEATRO NOS ALIMENTAMOS.
viernes, 20 de octubre de 2023
RAMÓN MARÍA VALLE-INCLÁN EN BOCA DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA.
Ramón Gómez de la Serna presumió y ejerció de buen orador. Uno de sus libros titulado Ramón María Valle-Inclán ha servido de base para el espectáculo que Xavier Albertí ha presentado esta nueva temporada.
MONTAJE DE AL CAPONE EN 1934. COMPAÑÍA DRAMÁTICA DE ENRIQUE RAMBAL
Lo he clasificado de misterioso y es porque él mismo se empeñó en crear su propio mito y entre mentiras y medias verdades se forjó su biografía. Con el paso del tiempo y el deterioro provocado por el olvido, no resulta fácil demostrar la verdad de la mentira de su vida. Ayer mismo se publicó un artículo en un popular periódico valenciano, Las Provincias, donde un anónimo autor, cuenta, a gusto de su paladar, alguna de sus "batallitas" escénicas. Es una lástima que quede sólo en eso: batallitas y anécdotas. Rambal se merece algo más. Publiqué un libro-estudio sobre él y su carrera escénica. Quizá fue prematuro. He buscado la oportunidad de ampliarlo y volverlo a reeditar, pero todavía no he tenido la oportunidad. Tal vez, con el tiempo se presente otra oportunidad. Nunca lo descarto. Soy una optimista.
Me gusta esta foto. No es de mucha calidad, pero creo que es un gran documento. Se trata de una foto hecha en el escenario del desaparecido teatro Ruzafa de Valencia. En 1934, el dramaturgo valenciano Fausto Hernández Casajuana, escribió una obra titulada Al Capone. Ni que decir tiene que versaba sobre la figura del mafioso. Entre los números bailables, como así lo llamaba el autor, se contaba una historia trepidante Capone. Este número era el central de toda la función. Un gran brazo negro, símbolo del mal, asomaba desde el escenario hasta la tercera fila del patio de butacas. Entre sus dedos se sentaba la protagonista, vestida con ropa de cabaret.
KABUL, València, octubre de 2023
Textos de Rodolf Sirera.
Coreografía de Rosángeles Valls
Interpretación de la actriz Rebeca Valls junto a un grupo de bailarinas. Música de violonchelo.
Espacio: Monasteri de Sant Miquel dels Reis (València)
Vuelvo a ver Kabul un espectáculo de Rosángeles Valls con textos escritos por Rodolf Sirera e interpretados por Rebeca Valls y siento que un escalofrío recorrer mi espalda.
viernes, 9 de junio de 2023
LIBROS CALLEJEROS
Ricardo no suele madrugar.
Sabe que nadie le va a quitar su puesto de libros ambulantes. Como anda mal de
las rodillas suele dejar su mercancía arrinconada junto la verja de la entrada
de la facultad de filosofía. ¿A quién le puede interesar unos libros de segunda
mano?
Cuando ha tendido la
sábana y ha ordenado los libros por temática, despliega su silla plegable y se
sienta a contemplar a los viandantes. A veces, para matar el tiempo, toma uno
de los libros y lee algunas páginas y en otras ocasiones entona alguna canción
revolucionaria. Una de las cosas que más le gusta hacer es hablar con los
estudiantes que se paran a contemplar los títulos que ofrece. No son muchos,
pero siempre hay alguno al que le pueda dar su opinión sobre una novela o
alguna que otra explicación sobre lo que pasó en el Imperio romano o durante la
Segunda Guerra Mundial.
Pero para Ricardo, el
mejor momento del día es cuando salen las niñas del colegio cercano a su
puesto. Le gusta hablar con ellas. Se ha hecho amigo de tres niñas de pocos
años que siempre se detienen en su puesto.
–¡Hola Ricardo! –le
saludan las tres con entusiasmo.
–Hola mis princesas. Como
os había prometido, hoy os he traído un regalo. –les responde con tono cariñoso.
Su madre lo miraba con recelo, pero cambió la expresión
de su cara cuando Ricardo les sacó unos cuentos y se los regaló.
–Me dijisteis que os
gustaba Prometeo; y os he traído un cuento para que podáis leer su mito.
–Muchas gracias –le
contestan las tres a coro animadas por su madre.
Contemplé la escena desde
la acera, junto al semáforo. Me asombró que Ricardo les hubiese hablado de
Prometeo, ese mito griego que desafió al mismísimo Zeus y consiguió robar el
fuego a los dioses. Espero que las niñas, cuando crezcan, recuerden a Ricardo
como ese hombre que les explicó que el fuego tenía origen divino.
domingo, 20 de febrero de 2022
03 LA SANTA LUISA
-Una de las cosas que quiero que entiendas, es
que quien ha vivido el miedo, el pánico, como yo, en aquella etapa de mi vida,
no lo olvida nunca, ni tan siquiera en los años de bonanza. El miedo es un sentimiento
que te hace percibir las cosas de otra manera; además, esa emoción perdura con
el tiempo y llega a traspasarlo. El miedo, el pavor, el horror, te persigue a
lo largo de toda tu vida. Lo sientes siempre, tanto en el presente como en el
futuro y hasta se retrotrae hasta el pasado. Cuando recuerdo aquellos
episodios, de mí ya lejana infancia, no puedo evitar que un escalofrío recorra
mi espalda.
-Pues no comprendo porqué sentías tanto miedo.
-Le interrumpió el hijo de Andrés. -La señora era tu amiga ¿no?
-Me temo que no sabes nada. En primer lugar, te
estás equivocando de señora. La que llegó en el coche no era la duquesa Natasha
Ivanoff como has podido imaginar.
-Ah ¿no? Pensé que…
-Te precipitas al pensar que la suerte se
encontraba de nuestra parte. Aquella señora a la que tan impacientemente esperaba
Aurelio Tamallet y toda su cuadrilla, era la encarnación del mal; el mismísimo
diablo.
-Eres un exagerado. -Bromeó su hijo ante las
afirmaciones de su padre.
-Sé muy bien lo que me digo.
Andreu dejó de hablar. Introdujo los dedos en
el pequeño bolsillo del chaleco, pero esta vez no sacó el trozo de puro
caliqueño que antes había manoseado, sino una medallita. La sostuvo entre sus
delgados dedos como si fuese la joya más preciada. Tras unos segundos, absorto
en contemplarla y acariciarla, volvió a guardársela, en el mismo bolsillo, e
hizo un gesto para regresar al tiempo actual. Miró a su hijo. Tomó aire y, con
cierta calma, prosiguió su relato.
-Cuando ella se apeó del coche todos los
gañanes y zafios secuaces de la banda de Aurelio Tamallet la rodearon con una
manifiesta actitud servil, rastrera. Durante unos minutos estaban tan
pendientes de ella y su criado, que no se percataron que Batiste y yo salimos
corriendo en dirección a la puerta del tinglado para intentar escapar de
aquellos energúmenos. Corrimos todo lo rápido que nuestras piernas nos lo
permitieron, pero de nada nos sirvió puesto que en la puerta se encontraba uno de
ellos. Todavía no lo conocíamos al que todos apodaban “El Melenas”, en honor a
su alopecia. Como si fuésemos un par de moscas que caen en una telaraña, nos
atrapó con sus desproporcionados brazos, más propios de un pulpo que de un ser
humano. Nos arrastró como si fuésemos un saco de patatas para colocarnos
delante del grupo.
-Melenas, ten cuidado con los pichones que los
necesitamos. -Le gritó Ginés con sorna.
-Si no llega a ser por mí, echan el vuelo y no
os dais ni cuenta. -Le respondió el Melenas sin soltarnos. -Siempre tengo que
estar atento a todo.
Tanto Batiste como yo pensamos que teníamos
los minutos contados. No sabíamos qué se discurría en esas cabezas que parecían
estar solo preparadas para hacer el mal.
-Dejaos de tonterías y atender a la señora que
tiene muchas cosas que contarnos y su tiempo es oro, ¿me equivoco? -Dijo
Aurelio a sus secuaces como queriendo centrar la atención en la recién llegada.
-Así es. Debo solucionar otros negocios antes
de que termine el día. Poned atención que solo lo explicaré una vez. En el
navío que llegó ayer al puerto se encuentra algo muy valioso que me tenéis que
conseguir ya.
-¿Se refiere al portugués? -Gritó Ginés.
-Sí, ese mismo. -Le indicó la señora con un
mohín de disgusto por haber sido interrumpida. -En el portugués se han recogido
los cofres rescatados del pecio español La Santa Luisa.
-¿Pecio? ¿Qué es eso? -Le interrumpió el
Melenas.
-La Santa Luisa fue la goleta más rápida del
mar Tirreno. Siempre se ha hablado de los piratas de los mares del Caribe, pero
se han olvidado que el arte del robo, no sólo se ha llevado a cabo en ese lugar
de los océanos, pues, en el mar Mediterráneo, también se ha practicado el noble
arte del pillaje. Los barcos ligeros, como el caso de las goletas, se usaban como
medio de transporte, digamos intermediario, para poder descargar los tesoros
conseguidos de formas poco convencionales, sin tener que pasar los controles en
los que les interceptaban, bien las autoridades o bien los propios piratas,
cuando llegaban a los puertos. La goleta La Santa Luisa, adquirió una gran
popularidad por ser muy rápida y ligera y capaz de escapar de situaciones
comprometidas ante los barcos mayores, pero, aunque sus tripulantes demostraron
gran habilidad para esquivar los ataques en los cortos trayectos, no pudieron
evitar el que le propinó un barco inglés digno heredero de los corsarios de
otros mares. Aquel ataque terminó por hundirla cerca de la isla de Sicilia. Se
ha hablado mucho de su naufragio y, no han sido pocos los que la han buscado
sin ningún éxito. Se especuló sobre si no hubiese existido nunca y de que se
tratase solo de una leyenda más de las que tanto han crecido a expensas de los
piratas de ese momento, sin embargo, algunos no han desistido de buscarla hasta
encontrar el pecio próximo a la costa de Cefalú, una de las ciudades más bellas
de Sicilia. -En ese momento la señora hizo una pausa en su relato y miró al
Melenas que la escuchaba con cara bobalicona. Continuó con una sonrisa de
complicidad. –Los portugueses han recuperado buena parte de los tesoros que se
encontraban en sus bodegas. Aunque no se ha hablado mucho de ese viaje ni de su
llegada a nuestro puerto, eso no ha sido ningún impedimento para que llegase a
mis oídos su recalado aquí por unas horas. Espero que ahora comprendáis la
importancia de que se actúe con rapidez y discreción. ¿Lo habéis entendido,
atontados?
-Ahora claro que lo comprendo todo. Podía
haberlo dicho desde el principio. -Soltó el Melenas con su voz chillona.
Tamallet, con el semblante muy serio y sin
mediar palabra, sacó el revólver, que llevaba oculto en la cazadora, y con la
culata golpeó al Melenas en la boca. El ladrón, que se encontraba desprevenido,
con el golpe, perdió el equilibrio y se cayó arrastrándonos a nosotros también hasta
el suelo.
-Continúo que el tiempo se me echa encima.
-Apremió la señora que no prestó ninguna atención al Melenas que sangraba
abundantemente por la boca, ni a nosotros que nos habíamos ovillado en el suelo
para evitar el próximo golpe. – Uno de los cofres recuperados está lleno de
piedras preciosas y monedas de oro. Quiero que lo descarguéis y llevéis al
hangar número 7.
-Eso es fácil. -Le interrumpió Ginés que no
parecía haber comprendido que tenía que mantener la boca cerrada si no quería
recibir otro culetazo de su jefe.
-Una vez lo hayáis hecho, quiero que alguno de
vosotros lleve una de las monedas de oro a una dirección que solo te daré a ti,
Aurelio, porque de estos bobalicones no me puedo fiar. Allí os darán
instrucciones para el resto del cargamento que, mientras tanto, vigilaréis y protegeréis
si es preciso con vuestra vida. Pero venga, no os quedéis ahí parados. Tenéis
mucho trabajo que hacer y el tiempo apremia.
La señora hizo mención de subir al coche, pero
retrocedió para dirigir la mirada hacia nosotros que seguíamos tumbados en el
suelo, acurrucados. Regresó sobre sus pasos y con un amago de lo que parecía
ser una sonrisa nos habló.
-¿Cómo os llamáis, pequeños? -Nos preguntó con
una voz que sonó almibarada para un rostro tan duro.
-Batiste y Andreu, señora. -Le contesté con
rapidez.
La señora me miró con detenimiento, después,
como si hubiésemos desaparecido para ella, dirigió su atención a Tamallet.
-Estos dos me sirven para llevar el paquete.
Los niños pasarán desapercibidos con facilidad, porque estos tontorrones de tus
hombres atraerán a los guardias al instante.
-Pensaba usarlos para otra cosa -Dijo Aurelio
con un tono neutro- Pero tampoco es mala idea que hagan de mensajeros con las
joyas.
sábado, 5 de febrero de 2022
02 EL TINGLADO
El rudo gigante que cargaba con los dos asustados niños, se dirigió hacia el
centro del cobertizo. Allí ardía una hoguera que tres hombres alimentaban
lanzando cajones de madera vacíos y pajas que se amontonaban desordenados por
todo el lugar. El crepitar de las llamas semejaba una queja que se saciaba con
la virulencia con la que, los secuaces de Tamallet, la golpeaban en cada uno de
los cajones que tiraban. Con un par de zancadas, Ginés se aproximó al punto de
luz y calor. Durante unos eternos minutos, nos mantuvo suspendidos en el aire,
como si barajase la idea de lanzarnos a aquella seductora hoguera.
-¡Qué cargado que vas! ¿Nos traes la cena? A mí me gustan tiernos como
esos que llevas ahí. A esos dos casi me los comería como aperitivo.
El energúmeno que hizo ese comentario era otro malhechor al que
llamaban Gaspar, apodado ‘El Manco’ porque tenía fama de tener las
manos muy hábiles para robar cualquier cosa sin ser visto. Era del mismo tamaño
que Ginés, pero mucho más delgado. Hablaba a golpes. Juntaba los labios de
manera que, al soltar el aire creaba un siseo final como si se tratase de una
serpiente dotada con la cualidad del habla. Gaspar se acercó con la intención
de descargar a su compinche de nuestro peso, pero Ginés lo detuvo.
-¡Quita, animal! Estos niños son de Aurelio. Me ha pedido que
les dé comida y que no les pase nada. Saca un par de platos y sírveles las
sobras de lo que cocinamos ayer.
Gaspar emitió lo que parecía ser una risa y, mientras se dirigía hacia
una de las cajas que había tiradas en uno de los rincones, dijo:
-Sí, está bien pensado. Primero los cebamos y cuando estén algo más
gorditos, nos los comemos, jijiji.
Ginés nos descargó junto a la hoguera. Batiste se abrazó a mí. Estaba
muerto de miedo. Le temblaba todo el cuerpo. Aquel energúmeno nos ofreció un
pedazo de pan duro y un plato en el que se adivinaban unas patatas con unos
pequeños trozos de carne de pollo. A pesar de nuestro miedo, comimos con
avidez. Ni recordábamos cuándo había sido el último día que habíamos tenido
oportunidad de tomar bocado. Gaspar no dejaba de mascullar palabras que
ininteligibles se escapaban, de entre sus labios finos, como silbidos. Intenté
no prestarle atención a sus comentarios para evitar que el miedo hiciese mella
en mí también.
-Ya está bien de tanta cháchara. –Gritó Aurelio, Tamallet. –Sois una
pandilla de vagos. Todo lo tengo que hacer yo. Tú, recoge esos bártulos que hay
en ese rincón y apaga la hoguera. A este paso, los guardias de asalto, nos van
a encontrar y pescar en menos que canta un gallo.
Tanto Gaspar como los otros dos delincuentes saltaron ante la voz de
mando del pistolero. Apagaron la hoguera y se dispusieron a recoger los fardos
disimulados tras los cajones.
-Quiero que lo dejéis todo limpio como si no hubieseis estado aquí
nunca. –Les gritó con una voz seca y autoritaria. –La señora no tardará en
llegar y esto parece una pocilga.
Mientras hablaba, Andreu había tomado a Batiste de una mano y,
haciéndole una seña, lo había llevado hacia unos cajones más apartados, de
donde estaban los ladrones. Batiste temblaba como una hoja, pero, al mismo
tiempo, tenía la seguridad de que su amigo, Andreu, lo protegería de aquellos
asesinos.
-Venga, que es para hoy. Barre esas cenizas y que no quede ni una
ascua de la hoguera. –Les gritaba Tamallet con rudeza.
Ginés corría de un lado para otro apartando las cajas y cajones.
Parecía haberse olvidado de los niños que se escondieron esperando la
oportunidad de salir corriendo de allí en el momento más adecuado. De pronto se
escuchó el motor de un coche que se acercaba. Uno de los malhechores corrió
hacia la entrada del tinglado y al instante, regresó y jadeante dijo:
-Se acerca el coche de la señora.
Aurelio no dijo nada. Se levantó el cuello de la cazadora y se caló la
gorra. Cruzó los brazos y esperó a que el coche entrase hasta situarse cerca
del montón de cajas donde se habían escondido los dos niños. Batiste miró a su
amigo para intentar averiguar si debían permanecer allí o, por el contrario, huir.
Andreu no sabía muy bien qué hacer, sin embargo, la curiosidad de ver quién
llegaba en aquel lujoso coche, pudo más que el miedo a los bandidos. Le hizo un
gesto de silencio a su asustadizo amigo y asomó la cabeza para poder ver quien
se apeaba del vehículo.
-Estimada señora. Nos volvemos a encontrar, aunque no en las mismas
circunstancias.
sábado, 29 de enero de 2022
01 LA HUÍDA
-Dame la mano.
-No puedo.
-Da un salto y coge mi mano.
Tú puedes hacerlo, Batiste.
Andreu se encontraba sobre
la tapia, ligero, como si fuese un gorrión.
-No mires abajo. Da un salto
con los brazos extendidos. Yo te cogeré.
Batiste estaba muy asustado.
Se sentía inseguro. Él no era tan decidido y valiente como su amigo Andreu.
Pero tampoco era un cobarde. Le había dado su palabra de que le seguiría allá
donde fuese. No podía perder la confianza de la única persona que lo trataba
como si fuese su familia, su hermano. Subió las manos por encima de su cabeza,
se dio impulso y saltó. Cerró los ojos para no ver la oscuridad que le rodeaba.
Tenía pánico a caerse desde tan alto. Lo más probable es que se pudiese romper
un brazo o una pierna, en el mejor de los casos. Con los ojos cerrados sintió
más confianza en lo que su amigo Andreu le pedía que hiciese. Fue un instante.
Cuando los abrió su amigo tiraba de sus manos. Lo sostenía con fuerza.
-Sube una pierna que ya
estás casi arriba.
Siguió sus indicaciones y,
tal como le había dicho, se encontró encima de aquella tapia.
-¡Lo he conseguido!
Gritó Batiste alborotado.
-Baja la voz -Le indicó
Andreu. - No andan muy lejos y nos pueden oír.
En ese instante Batiste
volvió a la realidad. Se había fugado del hospicio junto a su amigo Andreu. Era
la segunda vez que lo intentaban. La primera fue un auténtico desastre porque
los atraparon por su culpa.
-¡Venga! Salta y no te
despegues de mí. -Le gritó Andreu.
Batiste, esta vez, no lo
pensó. Tomó impulso y se lanzó al vacío.
Los cuerpos de ambos
golpearon la mojada hierba por el rocío. Por un momento, se quedaron quietos
escuchando el susurro del viento gélido de enero.
-No se oye a nada. Vamos. El
río está cerca.
Andreu le tendió la mano
para ayudarle a levantarse. Batiste ya no quiso soltarse.
-Si no me falla la memoria,
en esa ocasión, tampoco conseguisteis escaparos.
-No, no pudimos conseguir
nuestra meta, pero la aventura duró más tiempo que en el primer
intento. Pero veo que te aburren mis historietas. Será mejor que no
siga contándote nada.
-No, no, por favor, sigue
con tu narración. Quiero saber a dónde os llevó aquella desesperada huida.
Andreu, con una media
sonrisa en los labios secos por los años, miró a su hijo. Metió la mano en el
bolsillo de su chaleco y extrajo de éste una colilla de caliqueño. La contempló
como si estuviese dudando en volverla a guardar de donde la había sacado, pero
no lo hizo hasta no haber jugueteado con ella durante unos segundos y, a
continuación, la escondió en el pequeño bolsillo.
-Batiste era más niño que
yo. -Prosiguió. -Había permanecido pegado a las faldas de su madre hasta que
ella lo había llevado al hospicio. Tenía miedo de todo y por todo. No sabía
defenderse de nada, por eso, cuando se vio solo y desamparado, buscó mi protección.
-Pero si era tan niño, ¿por
qué te seguía en todas tus locuras por huir del hospicio?
-No eran locuras. Debíamos
irnos de allí. Nos habían abandonado como si fuésemos dos cachorros que
estorbasen a los mayores.
-No creo que fuese ese el
motivo por el que lo hiciesen. -Le interrumpió su hijo.
-Puede que sí o puede que
no, pero, en nuestra cabeza, de niños de siete y nueve años, no entraba otra
explicación. Aquella noche corrimos y corrimos hasta que nos flaquearon las
piernas. No sabíamos muy bien en qué dirección íbamos. Queríamos volver a
nuestras casas. Regresar a esas barracas que, aunque pequeñas y pobres, eran
las únicas que habíamos conocido como hogar. Deseábamos volver con nuestras
madres. En el hospicio estaban los niños que habían perdido a sus padres, pero
nosotros teníamos algo en común, tanto Batiste como yo teníamos una madre que
nos había abandonado a nuestra suerte.
Rendidos e incapaces de dar
un paso más, nos dejamos caer bajo un olivo. Necesitábamos descansar y
serenarnos. Aunque prometimos hacer guardia y estar atentos, el cansancio nos
venció a los dos. Nos dormimos profundamente.
-Eh, chavales ¿estáis vivos
o muertos?
-Esa fue la frase que nos
sacó del profundo sueño en el que nos habíamos sumergido en nuestra desesperada
huida. El que nos hacía esa pregunta era el hombre más extraño que he conocido
en toda mi vida.
Andreu, dejó de hablar unos
instantes. Fijó la mirada en un punto indefinido y, por un momento, volvió a
revivir aquella escena que ocurrió en el invierno de 1934.
-¡Espabila! Tú y el
pequeñajo lleváis un buen rato durmiendo. Creí que estabais muertos.
Batiste se pegó a mí. Notaba
cómo temblaba ante aquel hombre que no parecía tener alma.
-Tú, pequeñajo, deja de
temblar como si hubieses visto al mismísimo diablo, aunque, bien pensado, para
algunos lo soy de verdad.
El hombre soltó una risotada
tan estruendosa que nos convenció de que sí era lo que había dicho ser.
-No nos haga daño. -Me
atreví a suplicarle- No hemos hecho nada.
-¿Nada? ¿Y por qué huías?
¿Sois unos ladrones? Dime la verdad si no quieres que te parta la espalda en
dos.
Batiste no puedo evitarlo y
comenzó a sollozar.
-Tú, mocoso, deja de llorar
que no te he hecho nada. -Le gritó el hombre. -Me pone nervioso escuchar
gemidos y lloros. No los soporto. No me deja pensar. A ver, tú que pareces ser
más espabilado, habla, me estáis haciendo perder la paciencia.
-Somos Andreu y Batiste, nos
hemos fugado del hospicio de Sant Vicent. Vamos a buscar a nuestras madres.
-Dos huérfanos que buscan a
su madre. Eso tiene gracia.
El hombre nos miró durante
unos segundos y, al poco, como si hubiésemos dejado de tener ningún interés
para él, se dio la vuelta y comenzó a andar junto a unas vías de tren que se
dibujaban como un camino hacia lo desconocido. Por un instante, tuvimos el
impulso de salir corriendo en dirección contraria, sin embargo, algo nos empujó
a seguirle. Batiste se agazapó a mí y caminamos detrás de aquel malvado hombre.
Llevaba un buen paso, pero lo hacía de tal manera que nos permitía seguirle sin
mucha dificultad. Los raíles, solitarios, serpenteaban caprichosos como si se
dirigiesen hacia ningún lugar. De repente a aquellas vías se desdoblaron en
otras vías que parecían conducir a otras y otras. El hombre apretó el paso de
manera que ni Batiste ni yo podíamos seguir el acelerado ritmo. Nos detuvimos
para recuperar la respiración y es cuando vimos al resto de la banda.
Las vías terminaban en los
tinglados del puerto de la ciudad de Valencia.
-Aurelio, ¿dónde te habías
metido?
Un hombre más rudo y grande
que el que nos había increpado y al que habíamos seguido por inercia, había
salido de uno de los vagones que se encontraban parados en una de las vías
muertas.
-He estado de excursión por
los alrededores y mira lo que he encontrado.
De repente, se dio la vuelta
y nos señaló con un objeto que nunca habíamos visto hasta ahora. Se trataba de
un revólver de grandes dimensiones.
-¿Vas a practicar puntería
con esos dos? -Dijo, entre risas, el bruto que le había interpelado.
-No, no voy a desperdiciar
ni una bala. Nada de eso. Dales algo de comer que luego los vamos a necesitar.
Por muy ágiles que fuésemos
nos vimos incapaces de huir de allí. Los hombres de Aurelio, alias Tamallet,
nos rodearon como si fuésemos unos conejillos acorralados en medio de una
cacería.
miércoles, 29 de diciembre de 2021
María Casares & Albert Camus
sábado, 17 de abril de 2021
LA LIBERTAD DE LOS PÁJAROS
Siempre me han gustado los pájaros. Quizás su vida sea corta, pero seguro que es tan intensa. Cuando era pequeña paseaba muchísimo con mi padre por la huerta. A él le encantaba explicarme detalles sobre las plantas que veíamos, los árboles y me enseñaba a distinguir el canto de los pájaros para poder apreciarlo. ¡Quién pudiese regresar a esa época y sentir esos momentos de infancia con los ojos de la experiencia de los años! Puede que sea imposible, pero, al menos nos queda la fantasía para evocarlo a nuestro antojo.
Cuando era pequeña tenía un vecino que criaba pajaritos. Un día, me regaló un gafarrón o verdecillo. Aquel pajarillo era tan pequeño, tan poquita cosa que parecía perderse en la jaulita. Durante un buen rato lo estuve observando para aprender sus movimientos y observar su hermoso plumaje de color verdoso. Tras la intensa observación decidí verlo de cerca. Abrí la puerta de la jaulita e introduje mi manita para cogerlo. Debió de asustarse mucho al ver algo tan grande que se le acercaba peligrosamente. El gafarrón corrió de un lado a otro del espacio hasta encontrar un resquicio por el que poder huir de la posible amenaza que era mi mano. Fue visto y no visto. Salió volando. Me desilusioné porque no pude verlo de cerca. Mi padre me explicó que era mejor escucharlos cantar por la huerta y disfrutar de su alegría de ser libres.








