domingo, 20 de febrero de 2022

03 LA SANTA LUISA

 

-Una de las cosas que quiero que entiendas, es que quien ha vivido el miedo, el pánico, como yo, en aquella etapa de mi vida, no lo olvida nunca, ni tan siquiera en los años de bonanza. El miedo es un sentimiento que te hace percibir las cosas de otra manera; además, esa emoción perdura con el tiempo y llega a traspasarlo. El miedo, el pavor, el horror, te persigue a lo largo de toda tu vida. Lo sientes siempre, tanto en el presente como en el futuro y hasta se retrotrae hasta el pasado. Cuando recuerdo aquellos episodios, de mí ya lejana infancia, no puedo evitar que un escalofrío recorra mi espalda.

-Pues no comprendo porqué sentías tanto miedo. -Le interrumpió el hijo de Andrés. -La señora era tu amiga ¿no?

-Me temo que no sabes nada. En primer lugar, te estás equivocando de señora. La que llegó en el coche no era la duquesa Natasha Ivanoff como has podido imaginar.

-Ah ¿no? Pensé que…

-Te precipitas al pensar que la suerte se encontraba de nuestra parte. Aquella señora a la que tan impacientemente esperaba Aurelio Tamallet y toda su cuadrilla, era la encarnación del mal; el mismísimo diablo.

-Eres un exagerado. -Bromeó su hijo ante las afirmaciones de su padre.

-Sé muy bien lo que me digo.

Andreu dejó de hablar. Introdujo los dedos en el pequeño bolsillo del chaleco, pero esta vez no sacó el trozo de puro caliqueño que antes había manoseado, sino una medallita. La sostuvo entre sus delgados dedos como si fuese la joya más preciada. Tras unos segundos, absorto en contemplarla y acariciarla, volvió a guardársela, en el mismo bolsillo, e hizo un gesto para regresar al tiempo actual. Miró a su hijo. Tomó aire y, con cierta calma, prosiguió su relato.

-Cuando ella se apeó del coche todos los gañanes y zafios secuaces de la banda de Aurelio Tamallet la rodearon con una manifiesta actitud servil, rastrera. Durante unos minutos estaban tan pendientes de ella y su criado, que no se percataron que Batiste y yo salimos corriendo en dirección a la puerta del tinglado para intentar escapar de aquellos energúmenos. Corrimos todo lo rápido que nuestras piernas nos lo permitieron, pero de nada nos sirvió puesto que en la puerta se encontraba uno de ellos. Todavía no lo conocíamos al que todos apodaban “El Melenas”, en honor a su alopecia. Como si fuésemos un par de moscas que caen en una telaraña, nos atrapó con sus desproporcionados brazos, más propios de un pulpo que de un ser humano. Nos arrastró como si fuésemos un saco de patatas para colocarnos delante del grupo.

-Melenas, ten cuidado con los pichones que los necesitamos. -Le gritó Ginés con sorna.

-Si no llega a ser por mí, echan el vuelo y no os dais ni cuenta. -Le respondió el Melenas sin soltarnos. -Siempre tengo que estar atento a todo.

Tanto Batiste como yo pensamos que teníamos los minutos contados. No sabíamos qué se discurría en esas cabezas que parecían estar solo preparadas para hacer el mal.

-Dejaos de tonterías y atender a la señora que tiene muchas cosas que contarnos y su tiempo es oro, ¿me equivoco? -Dijo Aurelio a sus secuaces como queriendo centrar la atención en la recién llegada.

-Así es. Debo solucionar otros negocios antes de que termine el día. Poned atención que solo lo explicaré una vez. En el navío que llegó ayer al puerto se encuentra algo muy valioso que me tenéis que conseguir ya.

-¿Se refiere al portugués? -Gritó Ginés.

-Sí, ese mismo. -Le indicó la señora con un mohín de disgusto por haber sido interrumpida. -En el portugués se han recogido los cofres rescatados del pecio español La Santa Luisa.

-¿Pecio? ¿Qué es eso? -Le interrumpió el Melenas.

-La Santa Luisa fue la goleta más rápida del mar Tirreno. Siempre se ha hablado de los piratas de los mares del Caribe, pero se han olvidado que el arte del robo, no sólo se ha llevado a cabo en ese lugar de los océanos, pues, en el mar Mediterráneo, también se ha practicado el noble arte del pillaje. Los barcos ligeros, como el caso de las goletas, se usaban como medio de transporte, digamos intermediario, para poder descargar los tesoros conseguidos de formas poco convencionales, sin tener que pasar los controles en los que les interceptaban, bien las autoridades o bien los propios piratas, cuando llegaban a los puertos. La goleta La Santa Luisa, adquirió una gran popularidad por ser muy rápida y ligera y capaz de escapar de situaciones comprometidas ante los barcos mayores, pero, aunque sus tripulantes demostraron gran habilidad para esquivar los ataques en los cortos trayectos, no pudieron evitar el que le propinó un barco inglés digno heredero de los corsarios de otros mares. Aquel ataque terminó por hundirla cerca de la isla de Sicilia. Se ha hablado mucho de su naufragio y, no han sido pocos los que la han buscado sin ningún éxito. Se especuló sobre si no hubiese existido nunca y de que se tratase solo de una leyenda más de las que tanto han crecido a expensas de los piratas de ese momento, sin embargo, algunos no han desistido de buscarla hasta encontrar el pecio próximo a la costa de Cefalú, una de las ciudades más bellas de Sicilia. -En ese momento la señora hizo una pausa en su relato y miró al Melenas que la escuchaba con cara bobalicona. Continuó con una sonrisa de complicidad. –Los portugueses han recuperado buena parte de los tesoros que se encontraban en sus bodegas. Aunque no se ha hablado mucho de ese viaje ni de su llegada a nuestro puerto, eso no ha sido ningún impedimento para que llegase a mis oídos su recalado aquí por unas horas. Espero que ahora comprendáis la importancia de que se actúe con rapidez y discreción. ¿Lo habéis entendido, atontados?

-Ahora claro que lo comprendo todo. Podía haberlo dicho desde el principio. -Soltó el Melenas con su voz chillona.

Tamallet, con el semblante muy serio y sin mediar palabra, sacó el revólver, que llevaba oculto en la cazadora, y con la culata golpeó al Melenas en la boca. El ladrón, que se encontraba desprevenido, con el golpe, perdió el equilibrio y se cayó arrastrándonos a nosotros también hasta el suelo.

-Continúo que el tiempo se me echa encima. -Apremió la señora que no prestó ninguna atención al Melenas que sangraba abundantemente por la boca, ni a nosotros que nos habíamos ovillado en el suelo para evitar el próximo golpe. – Uno de los cofres recuperados está lleno de piedras preciosas y monedas de oro. Quiero que lo descarguéis y llevéis al hangar número 7.

-Eso es fácil. -Le interrumpió Ginés que no parecía haber comprendido que tenía que mantener la boca cerrada si no quería recibir otro culetazo de su jefe.

-Una vez lo hayáis hecho, quiero que alguno de vosotros lleve una de las monedas de oro a una dirección que solo te daré a ti, Aurelio, porque de estos bobalicones no me puedo fiar. Allí os darán instrucciones para el resto del cargamento que, mientras tanto, vigilaréis y protegeréis si es preciso con vuestra vida. Pero venga, no os quedéis ahí parados. Tenéis mucho trabajo que hacer y el tiempo apremia.

La señora hizo mención de subir al coche, pero retrocedió para dirigir la mirada hacia nosotros que seguíamos tumbados en el suelo, acurrucados. Regresó sobre sus pasos y con un amago de lo que parecía ser una sonrisa nos habló.

-¿Cómo os llamáis, pequeños? -Nos preguntó con una voz que sonó almibarada para un rostro tan duro.

-Batiste y Andreu, señora. -Le contesté con rapidez.

La señora me miró con detenimiento, después, como si hubiésemos desaparecido para ella, dirigió su atención a Tamallet.

-Estos dos me sirven para llevar el paquete. Los niños pasarán desapercibidos con facilidad, porque estos tontorrones de tus hombres atraerán a los guardias al instante.

-Pensaba usarlos para otra cosa -Dijo Aurelio con un tono neutro- Pero tampoco es mala idea que hagan de mensajeros con las joyas.  

 

 

 

 


sábado, 5 de febrero de 2022

02 EL TINGLADO

           



            Ginés, que era así como se llamaba el lugarteniente de Tamallet, semejaba ser un auténtico gigante. Aquel montón de carne con huesos, nos cogió, a Batiste y a mí, por el pescuezo como si fuésemos un par de gazapos. Nos colocó a cada uno de los lados de sus caderas y comenzó a caminar, con paso firme, hacia uno de los tinglados del puerto. Batiste me miró con el terror dibujado en su cara, más tarde, cuando pudimos hablar sin que nadie nos viese, me confesó que temió que, aquel energúmeno, tuviese la intención de descuartizarnos y guisarnos para su almuerzo. En el interior de aquel cobertizo se encontraban el resto de la banda de Aurelio, más conocido por Tamallet; el ladrón y asesino más popular y temido de la ciudad de Valencia y alrededores. Aquel hombre se decía que había cometido los delitos más atroces que se pueda uno imaginar. No tenía escrúpulos de ningún tipo, Podía degollar a un anciano como a un niño sin inmutarse. Se decía de él que había asesinado a más de veinte personas por encargo y que otras tantas víctimas lo habían sido por encontrarse en el lugar equivocado en el momento menos oportuno. También se rumoreaba que había amasado una gran fortuna a lo largo de su carrera de delincuente y que, debido al volumen de ésta, se había visto obligado a contratar a un administrador para que pusiese orden en sus finanzas. Se dijo que el contable era diestro en los negocios y, ante el gran volumen de ganancias de Tamallet, había creado una especie de empresa con que compraba propiedades y que, incluso, se dedicaba a dar préstamos, a alto interés, de manera que, usaba a los secuaces de Tamallet para cobrar los beneficios cuando no le pagaban. A pesar de que ese ejercicio de usura aumentaba la fortuna del asesino, a éste no parecía gustarle esa forma de administrar su dinero y cuando se enteró de algunas de las operaciones donde intentaba estafarle en las cuentas, un día, sin previo aviso, lo despidió con su particular estilo; le disparó cuatro tiros sin ninguna contemplación. A partir de ese momento, el propio Aurelio, se encargó de controlar su patrimonio. El asesino, se volvió más hermético de lo que había sido hasta entonces; no contó a nadie el volumen de sus ganancias por el crimen. Aquel secretismo alimentó la leyenda de que Tamallet había escondido gran parte de su fortuna enterrándola en un huerto. Se especuló sobre dónde se podría encontrar o si, en realidad, todo era falso y no disponía de nada, salvo lo conseguido en cada golpe que daba porque, el administrador se lo había robado todo.


El rudo gigante que cargaba con los dos asustados niños, se dirigió hacia el centro del cobertizo. Allí ardía una hoguera que tres hombres alimentaban lanzando cajones de madera vacíos y pajas que se amontonaban desordenados por todo el lugar. El crepitar de las llamas semejaba una queja que se saciaba con la virulencia con la que, los secuaces de Tamallet, la golpeaban en cada uno de los cajones que tiraban. Con un par de zancadas, Ginés se aproximó al punto de luz y calor. Durante unos eternos minutos, nos mantuvo suspendidos en el aire, como si barajase la idea de lanzarnos a aquella seductora hoguera.

-¡Qué cargado que vas! ¿Nos traes la cena? A mí me gustan tiernos como esos que llevas ahí. A esos dos casi me los comería como aperitivo.

El energúmeno que hizo ese comentario era otro malhechor al que llamaban Gaspar, apodado ‘El Manco’ porque tenía fama de tener las manos muy hábiles para robar cualquier cosa sin ser visto. Era del mismo tamaño que Ginés, pero mucho más delgado. Hablaba a golpes. Juntaba los labios de manera que, al soltar el aire creaba un siseo final como si se tratase de una serpiente dotada con la cualidad del habla. Gaspar se acercó con la intención de descargar a su compinche de nuestro peso, pero Ginés lo detuvo.

-¡Quita, animal! Estos niños son de Aurelio. Me ha pedido que les dé comida y que no les pase nada. Saca un par de platos y sírveles las sobras de lo que cocinamos ayer.

Gaspar emitió lo que parecía ser una risa y, mientras se dirigía hacia una de las cajas que había tiradas en uno de los rincones, dijo:

-Sí, está bien pensado. Primero los cebamos y cuando estén algo más gorditos, nos los comemos, jijiji.

Ginés nos descargó junto a la hoguera. Batiste se abrazó a mí. Estaba muerto de miedo. Le temblaba todo el cuerpo. Aquel energúmeno nos ofreció un pedazo de pan duro y un plato en el que se adivinaban unas patatas con unos pequeños trozos de carne de pollo. A pesar de nuestro miedo, comimos con avidez. Ni recordábamos cuándo había sido el último día que habíamos tenido oportunidad de tomar bocado. Gaspar no dejaba de mascullar palabras que ininteligibles se escapaban, de entre sus labios finos, como silbidos. Intenté no prestarle atención a sus comentarios para evitar que el miedo hiciese mella en mí también.

-Ya está bien de tanta cháchara. –Gritó Aurelio, Tamallet. –Sois una pandilla de vagos. Todo lo tengo que hacer yo. Tú, recoge esos bártulos que hay en ese rincón y apaga la hoguera. A este paso, los guardias de asalto, nos van a encontrar y pescar en menos que canta un gallo.

Tanto Gaspar como los otros dos delincuentes saltaron ante la voz de mando del pistolero. Apagaron la hoguera y se dispusieron a recoger los fardos disimulados tras los cajones.

-Quiero que lo dejéis todo limpio como si no hubieseis estado aquí nunca. –Les gritó con una voz seca y autoritaria. –La señora no tardará en llegar y esto parece una pocilga.

Mientras hablaba, Andreu había tomado a Batiste de una mano y, haciéndole una seña, lo había llevado hacia unos cajones más apartados, de donde estaban los ladrones. Batiste temblaba como una hoja, pero, al mismo tiempo, tenía la seguridad de que su amigo, Andreu, lo protegería de aquellos asesinos.

-Venga, que es para hoy. Barre esas cenizas y que no quede ni una ascua de la hoguera. –Les gritaba Tamallet con rudeza.

Ginés corría de un lado para otro apartando las cajas y cajones. Parecía haberse olvidado de los niños que se escondieron esperando la oportunidad de salir corriendo de allí en el momento más adecuado. De pronto se escuchó el motor de un coche que se acercaba. Uno de los malhechores corrió hacia la entrada del tinglado y al instante, regresó y jadeante dijo:

-Se acerca el coche de la señora.

Aurelio no dijo nada. Se levantó el cuello de la cazadora y se caló la gorra. Cruzó los brazos y esperó a que el coche entrase hasta situarse cerca del montón de cajas donde se habían escondido los dos niños. Batiste miró a su amigo para intentar averiguar si debían permanecer allí o, por el contrario, huir. Andreu no sabía muy bien qué hacer, sin embargo, la curiosidad de ver quién llegaba en aquel lujoso coche, pudo más que el miedo a los bandidos. Le hizo un gesto de silencio a su asustadizo amigo y asomó la cabeza para poder ver quien se apeaba del vehículo.

-Estimada señora. Nos volvemos a encontrar, aunque no en las mismas circunstancias.

 

 

 

 

 

 


sábado, 29 de enero de 2022

01 LA HUÍDA


-Dame la mano.

-No puedo.

-Da un salto y coge mi mano. Tú puedes hacerlo, Batiste.

Andreu se encontraba sobre la tapia, ligero, como si fuese un gorrión.

-No mires abajo. Da un salto con los brazos extendidos. Yo te cogeré.

Batiste estaba muy asustado. Se sentía inseguro. Él no era tan decidido y valiente como su amigo Andreu. Pero tampoco era un cobarde. Le había dado su palabra de que le seguiría allá donde fuese. No podía perder la confianza de la única persona que lo trataba como si fuese su familia, su hermano. Subió las manos por encima de su cabeza, se dio impulso y saltó. Cerró los ojos para no ver la oscuridad que le rodeaba. Tenía pánico a caerse desde tan alto. Lo más probable es que se pudiese romper un brazo o una pierna, en el mejor de los casos. Con los ojos cerrados sintió más confianza en lo que su amigo Andreu le pedía que hiciese. Fue un instante. Cuando los abrió su amigo tiraba de sus manos. Lo sostenía con fuerza.

-Sube una pierna que ya estás casi arriba.

Siguió sus indicaciones y, tal como le había dicho, se encontró encima de aquella tapia.

-¡Lo he conseguido!

Gritó Batiste alborotado.

-Baja la voz -Le indicó Andreu. - No andan muy lejos y nos pueden oír.

En ese instante Batiste volvió a la realidad. Se había fugado del hospicio junto a su amigo Andreu. Era la segunda vez que lo intentaban. La primera fue un auténtico desastre porque los atraparon por su culpa.

-¡Venga! Salta y no te despegues de mí. -Le gritó Andreu.

Batiste, esta vez, no lo pensó. Tomó impulso y se lanzó al vacío.

Los cuerpos de ambos golpearon la mojada hierba por el rocío. Por un momento, se quedaron quietos escuchando el susurro del viento gélido de enero.

-No se oye a nada. Vamos. El río está cerca.

Andreu le tendió la mano para ayudarle a levantarse. Batiste ya no quiso soltarse.

-Si no me falla la memoria, en esa ocasión, tampoco conseguisteis escaparos.

-No, no pudimos conseguir nuestra meta, pero la aventura duró más tiempo que en el primer intento.  Pero veo que te aburren mis historietas. Será mejor que no siga contándote nada.

-No, no, por favor, sigue con tu narración. Quiero saber a dónde os llevó aquella desesperada huida.

Andreu, con una media sonrisa en los labios secos por los años, miró a su hijo. Metió la mano en el bolsillo de su chaleco y extrajo de éste una colilla de caliqueño. La contempló como si estuviese dudando en volverla a guardar de donde la había sacado, pero no lo hizo hasta no haber jugueteado con ella durante unos segundos y, a continuación, la escondió en el pequeño bolsillo.

-Batiste era más niño que yo. -Prosiguió. -Había permanecido pegado a las faldas de su madre hasta que ella lo había llevado al hospicio. Tenía miedo de todo y por todo. No sabía defenderse de nada, por eso, cuando se vio solo y desamparado, buscó mi protección.

-Pero si era tan niño, ¿por qué te seguía en todas tus locuras por huir del hospicio?

-No eran locuras. Debíamos irnos de allí. Nos habían abandonado como si fuésemos dos cachorros que estorbasen a los mayores.

-No creo que fuese ese el motivo por el que lo hiciesen. -Le interrumpió su hijo.

-Puede que sí o puede que no, pero, en nuestra cabeza, de niños de siete y nueve años, no entraba otra explicación. Aquella noche corrimos y corrimos hasta que nos flaquearon las piernas. No sabíamos muy bien en qué dirección íbamos. Queríamos volver a nuestras casas. Regresar a esas barracas que, aunque pequeñas y pobres, eran las únicas que habíamos conocido como hogar. Deseábamos volver con nuestras madres. En el hospicio estaban los niños que habían perdido a sus padres, pero nosotros teníamos algo en común, tanto Batiste como yo teníamos una madre que nos había abandonado a nuestra suerte.

Rendidos e incapaces de dar un paso más, nos dejamos caer bajo un olivo. Necesitábamos descansar y serenarnos. Aunque prometimos hacer guardia y estar atentos, el cansancio nos venció a los dos. Nos dormimos profundamente.

-Eh, chavales ¿estáis vivos o muertos?

-Esa fue la frase que nos sacó del profundo sueño en el que nos habíamos sumergido en nuestra desesperada huida. El que nos hacía esa pregunta era el hombre más extraño que he conocido en toda mi vida.

Andreu, dejó de hablar unos instantes. Fijó la mirada en un punto indefinido y, por un momento, volvió a revivir aquella escena que ocurrió en el invierno de 1934.

-¡Espabila! Tú y el pequeñajo lleváis un buen rato durmiendo. Creí que estabais muertos.

Batiste se pegó a mí. Notaba cómo temblaba ante aquel hombre que no parecía tener alma.

-Tú, pequeñajo, deja de temblar como si hubieses visto al mismísimo diablo, aunque, bien pensado, para algunos lo soy de verdad.

El hombre soltó una risotada tan estruendosa que nos convenció de que sí era lo que había dicho ser.

-No nos haga daño. -Me atreví a suplicarle- No hemos hecho nada.

-¿Nada? ¿Y por qué huías? ¿Sois unos ladrones? Dime la verdad si no quieres que te parta la espalda en dos.

Batiste no puedo evitarlo y comenzó a sollozar.

-Tú, mocoso, deja de llorar que no te he hecho nada. -Le gritó el hombre. -Me pone nervioso escuchar gemidos y lloros. No los soporto. No me deja pensar. A ver, tú que pareces ser más espabilado, habla, me estáis haciendo perder la paciencia.

-Somos Andreu y Batiste, nos hemos fugado del hospicio de Sant Vicent. Vamos a buscar a nuestras madres.

-Dos huérfanos que buscan a su madre. Eso tiene gracia.

El hombre nos miró durante unos segundos y, al poco, como si hubiésemos dejado de tener ningún interés para él, se dio la vuelta y comenzó a andar junto a unas vías de tren que se dibujaban como un camino hacia lo desconocido. Por un instante, tuvimos el impulso de salir corriendo en dirección contraria, sin embargo, algo nos empujó a seguirle. Batiste se agazapó a mí y caminamos detrás de aquel malvado hombre. Llevaba un buen paso, pero lo hacía de tal manera que nos permitía seguirle sin mucha dificultad. Los raíles, solitarios, serpenteaban caprichosos como si se dirigiesen hacia ningún lugar. De repente a aquellas vías se desdoblaron en otras vías que parecían conducir a otras y otras. El hombre apretó el paso de manera que ni Batiste ni yo podíamos seguir el acelerado ritmo. Nos detuvimos para recuperar la respiración y es cuando vimos al resto de la banda.

Las vías terminaban en los tinglados del puerto de la ciudad de Valencia.

-Aurelio, ¿dónde te habías metido?

Un hombre más rudo y grande que el que nos había increpado y al que habíamos seguido por inercia, había salido de uno de los vagones que se encontraban parados en una de las vías muertas.

-He estado de excursión por los alrededores y mira lo que he encontrado.

De repente, se dio la vuelta y nos señaló con un objeto que nunca habíamos visto hasta ahora. Se trataba de un revólver de grandes dimensiones.

-¿Vas a practicar puntería con esos dos? -Dijo, entre risas, el bruto que le había interpelado.

-No, no voy a desperdiciar ni una bala. Nada de eso. Dales algo de comer que luego los vamos a necesitar.

Por muy ágiles que fuésemos nos vimos incapaces de huir de allí. Los hombres de Aurelio, alias Tamallet, nos rodearon como si fuésemos unos conejillos acorralados en medio de una cacería.

 

 

 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

María Casares & Albert Camus

 Algunos franceses dijeron que la musicalidad de su lengua se encontraba en su bello acento gallego. Se referían a María Casares, conocida en Francia como Maria Casarés. La actriz coruñesa triunfó en los escenarios franceses hasta convertirse en un hito de la escena gala. Hija del político Santiago Casares Quiroga, ministro del gobierno de Manuel Azaña, se vio obligada a exiliarse a Francia en 1936. En el país vecino, desarrolló su carrera como actriz dando a conocer el teatro de Federico García Lorca al interpretarlo traducido al francés. No regresó a España hasta 1976 y sólo fue una breve estancia, pues su país ya no la reconocía ni ella tampoco alcanzaba a comprenderlo.

Su nombre se vio ligado con el del escritor Albert Camus. Según dijo ella, en su vida sólo habían existido dos hombres, su padre, que le solía llamar por el nombre de Vitola (su nombre completo era María Victoria) y Camus al que amó profundamente. Se ha publicado la correspondencia entre los amantes, unas vidas fascinantes y olvidadas con el paso del tiempo.


sábado, 17 de abril de 2021

LA LIBERTAD DE LOS PÁJAROS

 Siempre me han gustado los pájaros. Quizás su vida sea corta, pero seguro que es tan intensa. Cuando era pequeña paseaba muchísimo con mi padre por la huerta. A él le encantaba explicarme detalles sobre las plantas que veíamos, los árboles y me enseñaba a distinguir el canto de los pájaros para poder apreciarlo. ¡Quién pudiese regresar a esa época y sentir esos momentos de infancia con los ojos de la experiencia de los años!  Puede que sea imposible, pero, al menos nos queda la fantasía para evocarlo a nuestro antojo.


Cuando era pequeña tenía un vecino que criaba pajaritos. Un día, me regaló un gafarrón o verdecillo. Aquel pajarillo era tan pequeño, tan poquita cosa que parecía perderse en la jaulita. Durante un buen rato lo estuve observando para aprender sus movimientos y observar su hermoso plumaje de color verdoso. Tras la intensa observación decidí verlo de cerca. Abrí la puerta de la jaulita e introduje mi manita para cogerlo. Debió de asustarse mucho al ver algo tan grande que se le acercaba peligrosamente. El gafarrón corrió de un lado a otro del espacio hasta encontrar un resquicio por el que poder huir de la posible amenaza que era mi mano. Fue visto y no visto. Salió volando. Me desilusioné porque no pude verlo de cerca. Mi padre me explicó que era mejor escucharlos cantar por la huerta y disfrutar de su alegría de ser libres.

Mi padre no tuvo mucha suerte durante su infancia. Como a todos los de su generación, la maldita guerra les destrozó el futuro, aunque, como muy bien él mismo decía, fue peor la posguerra llena de hambre y miserias. No me contó mucho. Prefería callárselo para sí mismo y ahora siento mucho no haberle tirado de la lengua para que me contase más cosas. Creo que me han faltado muchas facetas de su vida por descubrir y que he necesitado sin saberlo.

sábado, 20 de marzo de 2021

MI FAMILIA: MI PADRE

 

Mi padre era inventor. Se inventó una vida en medio de la nada. También fue artista. Representó la belleza con sus únicas manos. Se dejó la piel por construirlos un mundo un poco más justo y digno. Fue explorador, pues buscó la felicidad donde ésta parecía encontrarse. Todos los homenajes que le pueda hacer serán pocos, puesto que él me lo regaló todo.

sábado, 13 de marzo de 2021

8 DE MARZO DEDICADO A MI MADRE

 

Un día como hoy se podría y se debería hablar de cada una de las mujeres trabajadoras que han formado parte de nuestras vidas, pero me temo que la lista sería larguísima. Cada uno tendrá su propio ejemplo, yo pondré a mi madre. Es una mujer infatigable ante las adversidades; curtida por la sinrazón de una guerra y por la cruel posguerra que tanto le robó, se ha reinventado más de cien veces para hacerle frente a la vida. Esta es mi dedicatoria para este día de la mujer trabajadora.



domingo, 7 de marzo de 2021

MI FAMILIA: PAQUITA Y TONET

 


Esta fotografía no es nada de lo que aparenta. La joven de luto sólo tiene 17 años. Viste de negro porque ha fallecido su madre. El niño que tiene sentado sobre sus rodillas es su hermanito más pequeño. La cara de tristeza del bebé refleja la situación de la madre ausente.
Podéis pensar que me lo estoy inventando, pero no, no es ese el caso. Tanto la jovencita avejentada como el bebé triste eran los hermanos de mi abuela paterna. Ella, Paquita, era la hija mayor y murió de fiebres tifoideas y él, el bebé Tonet, murió al poco tiempo también.

MI FAMILIA PERDIDA: FELIX Y CARMEN


 Félix y Carmen son dos de mis antepasados familiares. Estos dos niños, que sonríen al fotógrafo, vivieron una juventud accidentada como todos aquellos a los que les tocó sufrir la Guerra Civil. Felix combatió en el frente marino. Resulta curioso, siempre se habla de la contienda terrestre o aérea, pero pocas veces se narra la que tuvo lugar en alta mar.
Carmen sufrió el exilio. Huyó, junto a su padre, ya viudo, y una tía materna, a Francia. Allí, como muchos, se vio atrapada por el estallido de la Segunda Guerra mundial. Fueron momentos difíciles para todos, aunque imagino que a ella le resultarían más complejos cuando tuvo que elegir entre regresar a España, junto con su padre, o emprender una aventura hacia Yugoslavia, el país de uno de los refugiados a quien conoció y del que se enamoró.
Las vidas de estos hermanos se distanciaron, pero, a pesar de todo, nunca perdieron el contacto entre ellos. Hubo muchos reencuentros que deben ser recordados, o al menos así lo considero yo
.

Familias fracturadas que nunca se reencontraron y se desconocen por completo. A Félix tuve la gran suerte de conocerlo. Era una persona maravillosa. No tenía nada propio porque adoraba todo aquello que uniese a la familia. A Carmen nunca tuve la oportunidad. Era la figura familiar que se vio atrapada tras el telón de acero.

sábado, 12 de diciembre de 2020

DOBLE JUEGO


La acción transcurre en un bar. Es un local lleno de mesas y con mucha gente. Al fondo hay una barra con dos camareros que sirven y reparten copas y tazas de café continuamente. Hay mucho humo en el local porque los clientes fuman constantemente. Hablan casi todos a la vez. Sanchis y Baixterra están sentado en una de las mesas. Sanchis es un hombre de unos cuarenta años. Viste traje de chaqueta muy gastado por el uso. Baixterra debe de estar por la treintena. Viste un traje de chaqueta raído. Sus zapatos están muy desgastados. Sobre la mesa tienen muchas cuartillas esparcidas junto a dos tazas de café.

Sanchis

¿Cómo has podido hacer una cosa así?

Baixterra

No tuve otra opción.

Sanchis

¡Eres un irresponsable!

Baixterra

No, no, te equivocas.

Sanchis

No lo niegues. ¿Has actuado por tu cuenta?

Baixterra

(Toma un papel que hay sobre la mesa y lo hace a tiras) En cierta manera sí.

Sanchis

¿Cómo que en cierta manera?

Baixterra

Tú lo desconoces todo. No sabes lo que es vivir con el miedo a cuestas.

Sanchis

¿Pero lo has comunicado al resto de compañeros del sindicato?

Baixterra

Estar en la ruina total te hace tomar algunas decisiones que, hasta entonces, ni habías imaginado.

Sanchis

¿Lo sabe Zacarías?

Baixterra

Es muy sencillo ser valiente cuando tienes una cama y un plato de comida aseguraos cada día, pero cuando te encuentras en medio de la nada ¿qué crees que es lo que te ves obligado a hacer? Pues, claro… ante la presión, uno hace lo que sea con tal de seguir vivo.

Sanchis

Déjate de escusas. Tienes que hablar con Zacarías o con cualquiera del sindicato para resolver el grave problema que nos has creado.

Baixterra

Me miro al espejo cada día de vuestras caras y sólo veo a un pobre desgraciado al que mantenéis por lástima y porque os llamáis solidarios. Sí, sí, ya sé que no está nada bien lo que he hecho, pero, tampoco quiero justificarme con lo que digo, aunque, compréndelo, es lo único que podía hacer para salvarme. Sí, salvarme. Eso es lo que he hecho.

Sanchis

¿Pero comprendes la gravedad de la situación? Con tu proceder nos has hundido a todos.

Baixterra

No, no es para tanto. Estoy seguro de que si lo explico con calma todos me entenderán. Si yo fuese un traidor, ahora mismo, me encontraría bien lejos de aquí para evitar vuestra represalia, ¿no crees?

Sanchis

Has actuado sólo pensando en ti y en nadie más.

Baixterra

¿Cómo te atreves a juzgarme?

Sanchis

Yo no te juzgo. Eres tú el que ha provocado toda esta situación.

Baixterra

Me parece increíble que me reproches nada. No sabes nada de mí. Ni te has molestado en conocer cuál es mi situación. Estas juzgándome sin saber los motivos que he tenido para hacer una cosa así.

Sanchis

Todos venimos del mismo sitio.

Baixterra

¡Qué sabes tú de dónde procedo! Mi vida siempre ha sido un infierno. Nunca he tenido ni un minuto de felicidad ni desde el primer momento en el que abrí los ojos a este mundo. Me he partido la cara para poder sobrevivir y llegar hasta donde he llegado. Nunca he conocido a mi padre y mi madre. Me vendieron al mejor postor en cuanto pudieron deshacerse de mí. Me crie en medio de una pocilga y sólo logré salir de ella gracias a la ayuda y simpatía que desperté en uno de los hijos del amo que me tomó como criado. Yo hacía todo aquello que a él no le apetecía. Iba a los lugares que él despreciaba y que, sin embargo, yo añoraba. Puede aprender a leer y escribir porque el amo odiaba madrugar para ir a las clases de su maestro. Y así, poco a poco, con aquello que el rico desperdiciaba, adquirí los conocimientos que nunca habría conseguido por mi condición de desheredado de la tierra. Recogí todo aquello que el rico haragán tiraba y lo convertí en algo mío, algo útil sólo para mí con el fin de así poder salir de la condena de la miseria. Aunque no te lo parezca, no me resultó sencillo. Tuve que estafar y robar hasta conseguir el título que me avala y que sin él nunca me habrías admitido en vuestro sindicato. Permanecí de criado de aquel rico haragán hasta conseguir todo lo que necesitaba; un día decidí abandonar a mi amo, pero para ello tracé una pequeña venganza. Tenía que devolverle todo el dolor que, en más de una ocasión, me había causado sin ningún motivo. Una noche, cuando estaba dispuesto a reunirse con sus amigos de juergas, le preparé una pequeña emboscada para que lo detuviesen y lo enviarán a la cárcel. Sabía que no tardaría mucho en salir, porque llamaría a su padre, el gran prócer de la jurisprudencia de la ciudad, lo que no imaginaba era que las cosas no saliesen como las había planeado, sino que se complicarán tanto y el asustadizo señorito, terminase muerto por uno de los delincuentes que había en los calabozos.

Sanchis

¿Te refieres al asunto del hijo de los duques?

Baixterra

Sí. Nunca olvidaré aquella noche. Me había refugiado en los alrededores de la cárcel. Quería ver su rostro cuando saliese. Quería ver su expresión de miedo y asco por haber tenido que pasar una noche entre los peores tipos de la ciudad, sin embargo, cuando vi el revuelo que, en pocos segundos, se formó, comprendí que mi plan no había salido cómo lo había imaginado. Me impresionó el rostro de su padre, blanco como la cera, acompañando a uno de los policías de la comisaría. Me enteré de que se habían dado todas las premisas para un desastre y yo las había propiciado. Lo primero que pensé fue en huir, pero sabía que no me serviría de nada el hacerlo, su padre era muy poderoso y me encontraría con toda facilidad. No, no podía ni quería huir. Debía hacer frente a la situación. Salí de la penumbra y caminé hasta donde se encontraba el duque. Al verme no se extrañó, pero tampoco pensó que yo tuviese algo que ver con la desgracia de su linaje.

Sanchis

Te regodeaste con su dolor.

Baixterra

¡Te equivocas! Yo no soy una mala persona. Ni guardo rencor a nadie por ser más rico que yo lo pueda ser nunca.

Sanchis

No sólo eres un cínico, sino que también eres un gran embustero. Nos has engañado a todos. Llegaste al sindicato haciéndonos creer que te importaba la solidaridad con los desfavorecidos, pero, en realidad, lo único que hacías era jugar a un doble juego. No te importa nada que no concierna a tus intereses. He sido un estúpido al confiar en ti y creerme toda tu palabrería, porque, de eso andas bien servido. Las clases que el desgraciado de tu amo no tomó, bien que las aprovechaste tú. Con tu apostura de persona cortés y sensata has sabido engañarnos y hacernos creer tienes grandes ideales, aunque lo único que te mueve es el ansia de ganar dinero y poder. Tu única aspiración siempre ha sido la misma y es la de conseguir el estatus quo que no tenías por circunstancias de la vida.

Baixterra

¿Qué hay de malo en procurar salir del fango al que la vida me había condenado?

Sanchis

Nada, salvo si para lograrlo hundes a otro en él de forma que llegue a perder su vida.

Baixterra

Yo no tengo nada que ver con lo sucedido.

Sanchis

Por supuesto que eres culpable.

Baixterra

¿Vuelves a acusarme?

Sanchis

No soy juez, pero los hechos te delatan.

Baixterra

Tú, el que presume de una moral intachable y que no dudó en abandonar a sus propios hijos por sus ideales.

Sanchis

¡Qué! ¿Cómo te atreves a decirme eso?

Baixterra

Duele la verdad cuando tienes que asumirla.

Sanchis

Eres un infame.

Baixterra

No hay tanta diferencia entre tú y yo. Tú has barnizado tu vida de una apariencia agradable, pero estás igual de podrido que yo.

Sanchis

No, no vas a conseguir involucrarme en tus tejemanejes.

Baixterra

No hace falta. Ya lo has hecho tú mismo.

Sanchis

¿Cómo? ¿Qué es lo que quieres decir?

Toma a Baixterra por las solapas de la chaqueta. El barullo que hay a su alrededor se para. Se hace el silencio. Todas las miradas se posan en ellos dos. Baixterra le toma las manos. Ambos se levantan de la mesa. Se aguantan la mirada.

Baixterra

No te hagas el inocente. ¿Recuerdas aquella carta que escribiste?

Sanchis

¿De qué me hablas?

Baixterra

Sabes perfectamente de qué te estoy hablando.

Sanchis

(Vuelve a tirar de la chaqueta de Baixterra.) ¿Dónde la tienes? Dámela.

Baixterra

(Tira de sus manos para que lo suelte. Se alisa las solapas arrugadas.) No te alteres. La tengo muy bien guardada. Esas cosas las protejo porque sé que, de alguna manera, ellas también me protegen.

Sanchis

No serías capaz de…

Baixterra

Ten por seguro que sí lo haría llegado el momento. (Sanchis Levanta un puño de manera amenazadora.) ¿Vas a pegarme, tú, Sanchis Gálvez, el secretario general del sindicato la Confianza? (Mueve un dedo negando) No, no, no, eso no es un buen ejemplo para tus colegas, tus camaradas, tus hermanos en el espíritu de la no acción de la paz.

Baixterra se separa de la mesa y de Sanchis. Habla al público.

Baixterra

Todos han sido testigos de lo que ha ocurrido. Sanchis Gálvez, el que presume de su talante de buena persona, termina de mostrar su verdadero rostro violento al querer golpear a una persona indefensa.

Sanchis de aleja de Baixterra. Mira a todos los que se encuentran en el local y con la cabeza baja sale.

Baixterra

¿Habéis visto? No ha hecho ninguna falta mostrar el documento que le he nombrado. Lleva la culpa escrita en el rostro. Yo, Tino Baixterra he sido capaz de desenmascararle con una sola frase. ¿Quién es el cínico tú o yo?

Baixterra se vuelve para mirar, con la cabeza alta, a todos los que están en escena. Ríe. Se arregla el nudo de la corbata. Se coloca la chaqueta en el sitio e inicia su retirada hacia uno de los laterales del escenario cuando se escucha un disparo. Se lleva la mano al pecho. La muestra llena de sangre. Se encoge y cae.

Oscuro.