sábado, 15 de agosto de 2015

LA FÁBRICA DE SACOS DE YUTE


A ma mare.
Sólo tenía catorce años cuando comenzó a trabajar en la fábrica. Nunca olvidó aquel primer día. El sereno le despertó dando unos golpes en su ventana.
"Ya son las tres. ¡Vamos fabriqueras, ya no se espera a nadie!"
A partir de ese momento, esta advertencia, le acompañaría todos los días de su vida laboral, es decir, de lunes a sábado. Ese día, por ser el primero, el aviso le sonó casi más a un rezo que a una advertencia, con el tiempo, cobraría otros matices.
Su madre le encargó a otra trabajadora, más mayor, que le tutelase:
"María, cuida de ella y enséñale a trabajar".
Esta petición resonó en la cabeza de la niña durante todo el día. Tenía que complacer a su madre. Era su obligación.
Fábrica de sacos de yute.
En realidad, no sabía muy bien qué era el yute. Le habían explicado que se extraía de una planta y que se usaba para tejer la tela de los sacos. Su textura era áspera y pegajosa. Tenía un olor peculiar, dulzón. Decían que era tan sutil  que, sin darse una cuenta, se respiraba hasta que aturaba los bronquios.
Aún era muy de noche cuando llegaron a la entrada de la fábrica. Como si de un riachuelo de se tratase, las jóvenes, eran tragadas hacia el interior de la nave. Las jornadas eran continuas. La producción no se paraba, por eso se había creado un sistema de turnos dividido por colores. Ella entró a formar parte del turno rojo. El otro turno, el del color verde, alternaba la franja horaria, de manera que nunca se cruzaban las trabajadoras salvo en los breves instantes del cambio. Compartían maquinaria, material y espacio pero jamás llegaron a conocerse. 
El ruido de los telares, ese sonido machacón y constante, junto con la nube de pelo de yute que flotaba por la gran nave y el ambiente color verdoso viscoso sería lo que siempre recordaría de esos años de falta de sueño y trabajo duro. 
María, su tutora, la llevó ante un hombre grueso que parecía más viejo de lo que era. Le explicó que la niña era la nueva aprendiza. El maestro de sala asentía mientras María le explicaba que se haría cargo de que aprendiese lo antes posible. Ya en el telar le mostró cómo debía colocar las canillas, controlar la lanzadera y los contadores, luego le indicó que probase a hacerlo ella sola. Aprendió rápido, sin equivocaciones, como si lo hubiese hecho toda su vida. 
Sin casi darse cuenta, llegó el momento del descanso. Las trabajadoras se detenían, unos minutos, para tomarse el almuerzo de sus cestas. 
"¿Cómo va la novata? -Le preguntó el maestro de sala a su tutora- ¿Se adapta?
-¿Qué? Pero si lo ha aprendido todo en seguida. Ya puede estar en un telar sola."
La niña se sintió orgullosa de ese comentario. Podía decirle a su madre que ya sabía trabajar.
El descanso fue muy corto, sólo lo justo para reponer fuerzas. Volvieron al trabajo.
Telares para sacos de yute.
Su tutora llamó a otras trabajadoras. Esta vez le puso a prueba con la intención de ver si, realmente, sabía la técnica o sólo había sido un momento de éxito. Intentó burlarse de su juventud. No lo consiguió. 
«Bien, creo que ya estás preparada para mañana  ponerte a trabajar sola en un telar. Ahora ve a la fuente y tráeme una taza de agua que tengo sed.»
A la muchacha le pareció una taza muy pequeña para beber pero la tomó y se fue a cumplir su orden. La llenó. Parecía que se le fuese a derramar en cualquier momento. Se concentró en el movimiento del líquido y caminó, lentamente, entre los telares. No apreció las risas, mal disimuladas, de las otras chicas y sólo reparó en ellas cuando faltaban unos pocos metros para llegar al telar donde se encontraba su tutora. Levantó la mirada de la pequeña taza y, en ese instante, fue cuando comprendió las risas respecto a su pericia. Se paró. Les miró a la cara. Sin decir nada vertió el agua frente a sus sonrientes observadoras.
A partir de ese momento ya estaba preparada para trabajar como todas. 





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