domingo, 30 de agosto de 2015

LA PELUQUERÍA



Si algo enloquecía a las madres de mi niñez era la primera comunión de sus hijos. Mi madre no iba a ser una excepción a esa tendencia. Cuando llegó ese momento echó la casa por la ventana. Desde primeros de año estuvo estudiando qué cambios haría para ese señalado día y mi peinado formaba parte de ellos. Siempre he tenido una cabellera vigorosa y abundante.
Un día de febrero, (nunca lo olvidaré os lo aseguro) mi madre decidió que teníamos que pasar el día literalmente en la peluquería donde ella solía ir.
Lo de pasar el día no era una frivolidad. La peluquería se llamaba «Las Mañanas» aunque por su actitud y lentitud se les podría haber tildado como «Las Tardanas».
Ante los ojos de una niña de siete años resultaba muy curiosa aquella peluquería. Estaba situada en un segundo piso de un edificio sin ascensor. La regentaban dos hermanas que además tenían otras dos más que acudían a la peluquería a las horas de la comida. Éstas decían que venían para ayudar a las otras, pero, en realidad, no hacían nada salvo conversar con todas las clientas.
La peluquera se llamaba Tere. Ante mis ojos de niña observadora tenía un aspecto avejentado. Mi madre, casi como si me estuviese confesándome un secreto, me contó que había tenido un novio. A continuación añadió que era paisano de Antonio Machín, pero (el pobre) falleció en vísperas de su cercano enlace. Aquel relato me parecía muy curioso. Las clientas cuando hablaban del finado, a continuación, siempre se apostillaba el nombre del cantante. Muchos años después, comprendí el motivo de esa extraña asociación: el novio de la peluquera era mulato. En la sociedad pueblerina en la que vivíamos no estaba muy bien visto el color de su piel. Para evitar censuras, se citaba al popular cantante a modo de justificación y así se demostraba que a los angelitos negros también los quería Dios.
Pero vuelvo al relato que me ocupa sobre mi peculiar experiencia en aquella peluquería. Tras pasar más de tres horas mi madre y la peluquera decidiendo mi aspecto de comulgante. Se debatían entre si debía ser un ángel con tirabuzones o un ángel con grandes rizos (mi pelo no es liso y permite, desde siempre, realizar cualquier moldeado) Tere convenció a mi madre de que lo mejor sería  hacerme una suave permanente para fijar los rizos en las siguientes semanas. La sesión de torturas a mi cuero cabelludo comenzó en ese instante.
En primer lugar fue el lavado. Se esa operación se encargó su hermana que se consideraba peluquera. Era más joven que Tere. No era tan parlanchina pero tomaba las decisiones con la misma lentitud que la titular. Tras mojarme la cabeza con agua fría (era el mes de febrero y no había calefacción. Para los que no sois valencianos os diré que siempre se ha alimentado el mito de que no hace mucho frío en las tierras levantinas) Me dejó unos largos minutos a mi suerte con la cabeza mojada a la espera del champú. Tuve la mala fortuna de que en el instante en el que iba a aplicarme el jabón entró uno de sus sobrinos. Ambas lo adoraban. Repetían su nombre, Justo, como si fuese una cantinela. Y justo en ese instante quedó la botella de champú en suspenso sobre mi enfriada cabeza. Volvió a ser depositada en la pila y quedó el enjabonado pendiente para otro instante incierto. Ambas peluqueras cumplieron su ritual de besos, abrazos, caricias y carantoñas propinados a aquel niño, de aspecto malhumorado. Cuando se libró de ellas pasó por delante de mí sin mirarme. Una vez ese niño taciturno desapareció del salón de la peluquería, por fin, llegó el gel a mi cabeza. A continuación me propinó tales enérgicos manotazos que me hizo rechinar los dientes. Tiró de mi pelo sin contemplaciones y para rematar el lavado entre las costumbres de la casa se encontraba la de usar un peine de púas metálicas con el que arañaban el cuero cabelludo hasta arrancarte los cabellos que ellas consideraban sobrantes. (Aún puedo sentir el dolor de cabeza que me provocaron aquellos tirones.)
No me extenderé más en la descripción de la agónica tortura que sufrí durante el lavado. A continuación hubo una larga sesión de tirones con cada uno de los mechones de mi pelo que fueron colocados dentro de los bigudíes. Esos artilugios permanecieron adheridos a mi cabeza con una redecilla durante todo el día.
Llegó la hora de la comida de la familia. Las peluqueras comieron en la parte reservada de la casa. Las clientas se quedaron en el salón comiendo sus propias viandas. Mi madre estaba prevenida y sabía lo que suponía ir a la peluquería de «Las Mañanas», por eso también llevaba la comida para las dos. Entrar en su casa era una excursión hacia la inseguridad de un final incierto en el tiempo.
Avanzaba la tarde, me quitaron los bigudíes. En esta operación los mechones de mi cabello se partían quemados por el fuerte líquido y la presión que habían sufrido durante tantas horas. Aquello era un desastre. Los restos  de mi pelo languidecían sobre el suelo de aquella peluquería más propia de una sala de baile del Mambo que de un salón de belleza. No lloré en ese instante. Tampoco protesté, pero creo que mi cara de pena, por el resultado del experimento, les indujo, a mi madre y a Tere, la peluquera, a tomar una decisión drástica: «Hay que cortar». Esa operación no era tan simple como parecía. Debían lavarme el cabello otra vez. Los restos del líquido de la permanente se eliminarían de esta manera. Esta vez no hubo un peine de púas de acero que me torturase aunque sí una buena dosis de tirones sobre mi maltrecha cabeza. Misteriosamente la peluquería se fue quedando vacía. A última hora de la tarde sólo quedábamos mi madre y yo. Fue en ese instante cuando Tere sacó unas enormes tijeras y cortó por lo sano nunca más bien dicho. Mi pelo se había salvado del líquido fijador a la altura del lóbulo de mi oreja. Una vez cortado y después de tantas horas mi cabello, de forma natural, se había vuelto a secar (era la segunda vez que ocurría en ese día de febrero). Tere volvió a mojármelo con agua fría, por supuesto, para así podérmelo secar e intentar ordenarlo de alguna manera.
Durante todo el camino de regreso a casa no dejé de llorar y de repetir ¡Me habían cortado el pelo! el símbolo de todas niñas que tomaban la Comunión. Junto al disgusto de haber perdido el preciado cabellos, además sentía frío. Era un frío horrible que me había entrado por la cabeza después de tantos lavados. Ya en casa me lamenté, a mi padre, de lo que me habían hecho. Él, siempre conciliador, intentó calmarme diciéndome que no me preocupase que me volvería a crecer y que estaría muy bien para ese día tan importante.
Así fue, me creció aunque no tanto como a mí me hubiese gustado. Cuando miro las fotografías de ese día pienso que tampoco estuve tan mal.
Nunca más volví a esa peluquería.
Cuando pude decidir cómo quería que estuviese mi cabello me lo dejé crecer hasta la cintura.








2 comentarios:

  1. Qué experiencia tan macabra!. No te creas, todas tenemos algún episodio de esta naturaleza. En mi caso, con el pelo más tieso que el palo de una escoba, mi madre se empeñó en hacerme tirabuzones para la boda de su hermano. Me los hicieron con unos rulos calientes que me quemaron hasta la punta de las orejas. Así que cada vez que iba a la pelu y veía esa maldito aparato con sus rulitos puesto como si fueran columnas, me entraban sudores.
    Gracias por tu relato. Me ha gustado mucho.
    Un beso, princesa.

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  2. Gracias Elisenda por leer y comentar mi relato. Nunca me he vuelto a hacer una permanente porque siempre he llorado mi cabello de Comunión. Tengo amigos que me conocieron con el pelo por la cintura y al leer este relato han entendido mi ilusión por mantener aquella melena. Hoy en día no la llevo y la echo de menos. Un abrazo Elisenda.

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