sábado, 29 de agosto de 2015

LA VISITA A LA ESPIRITISTA





Fue a partir de esa noche cuando comenzó a notar que el dinero le mermaba. Al principio, pensó que era ella la que lo había contado mal, pero, después de varios recuentos, se cercioró de que le faltaba un billete de mil pesetas. Alguien le estaba sisando su capital. A partir de ese instante se volvió una obsesa del control. Cada céntimo lo metía en su sitio. Contaba las monedas una y otra vez pensando en mil y una sinrazones sobre ese dinero que tan fácilmente se le evaporaba.
Casi no dormía pensando en quién o qué podría ser el que le robase su dinero. Era suyo. Ella lo había aportado al matrimonio y, desde que enviudó, ya no lo había compartido con nadie.
Aquella noche, sin dejar de dar vueltas en la cama, andaba pensando en eso y otras cosas, cuando oyó un golpe seco dentro de la casa. A oscuras saltó del lecho  y se dirigió hacia el lugar de donde provenía el sonido. No necesitaba encender la bombilla porque conocía cada rincón, pero eso no le evitó tropezar con una de las sillas. Alguien o algo las había echado en el centro del comedor. Las sorteó y se dirigió a la puerta para comprobar los cerrojos y las cerraduras. Todas estaban tal y como ella las había dejado antes de acostarse. Durante un buen rato agudizó el oído intentando escuchar algún ruido anormal, pero todo estaba silencioso. Se asomó a la habitación de su hijo y este roncaba ajeno a todo. Se encaminó hacia la cómoda donde en su interior guardaba su dinero. Sacó la bolsa. Por lo abultada que parecía estar permanecía tal como la había dejado antes de acostarse, no obstante, decidió comprobar su contenido. Con ella en la mano se dirigió a la cocina. Removió un poco la lumbre del fogón con las tenazas; sacó una brasa que aún quedaba del fuego de la cena y prendió un cabo de la palmatoria para iluminarse. Vació el contenido del saquito sobre la mesa y contó, una por una, todas las monedas y luego los billetes. Estaba todo el dinero. Lo volvió a introducir en la bolsita y la guardó en la cómoda otra vez. Era todo muy extraño. Recordó que cuando en la casa había alguna alma en pena se mostraban signos de ese tipo para demostrar la desazón de ese espíritu. ¿Sería algún mensaje que le enviaban del más allá? Dudó de que fuese su marido porque ya hacía demasiado tiempo que había fallecido, además, era imposible le había hecho todas las misas que le correspondían. Dejó de pensar en él. Colocó las sillas en su sitio y volvió a la cama aunque ya no pudo dormir. 
Por la mañana, cuando comenzó a clarear, fue cuando su cabeza ya no pudo soportar el cansancio de tanto cavilo y cayó en un sueño, casi febril, que apenas duró una hora. Cuando entró la luz por la ventana de su habitación se levantó sobresaltada. Oyó el sonido de los aperos del caballo que su hijo estaba enganchando y pensó que estaría maldiciendo, como hacía  siempre, porque no tenía el desayuno preparado. Por mucha prisa que se dio cuando entró en la cocina ya lo encontró sentado cortándose, con su navaja, un trozo de pan y queso. En la casa no eran de muchas palabras así que ella le preguntó si tardaría mucho en volver del campo y él le contestó que cuando acabase. Aquella contestación escueta e indefinida no aclaraba nada, aunque ella comprendió que la jornada era para todo el día. Cuando volvía solía estar muy cansado y eso hacía que estuviese más huraño. Tenía la costumbre de quitarse la ropa de trabajo y colgarla en una cuerda de la cuadra, junto a los aperos del caballo, luego se lavaba un poco para a continuación reclamar la cena. Su cansancio se notaba cuando gruñía si por cualquier razón se retrasaba y hasta lanzaba alguna blasfemia, entre dientes, para demostrar más su malhumor. Siempre estaba malhumorado, sin embargo, su madre había observado que llevaba unas semanas que ya no parecía tan agresivo. Venía un poco más pronto del campo y se daba mucha prisa en cenar. Después, ya no se sentaba en el porche a fumar mientras charlaba con el vecino, sino que se vestía con una muda limpia y se iba al pueblo. Pensó que igual es que iba detrás de alguna moza y que por eso el mal carácter se le había sosegado. Todo eran suposiciones pues no se atrevía a preguntarle nada.
Tomó las cazuelas en las que pensaba preparar la comida, aunque la idea de su dinero  volvió a su mente. Se acercó a la cómoda para volver a comprobar su dinero y cerciorarse de que estaba tal y como lo había dejado la noche anterior cuando, en ese instante, le llamó su cuñada y tuvo que dejarlo todo para acudir a su encuentro.
Durante todo el día no consiguió tener un rato libre para contar su caudal así que esperó a hacerlo después de la cena y su hijo se hubiese ido al pueblo. Se sentó en la mesa de la cocina y vació el contenido de la bolsita. Contó y volvió a contar y esta vez eran cinco duros lo que le faltaban. ¡No era posible! Durante todo el día nadie había tocado la bolsa de su sitio, estaba cerrada tal y como ella la había dejado. Mientras andaba pensando esto, oyó un fuerte golpe en el piso superior de la casa. Se levantó de un salto y subió los escalones de dos en dos, quizá se tratase del ladrón que buscaba la oportunidad de poder llevarse todo el dinero. Cuando subió a la cámara, donde se guardaba el grano, no vio nada extraño. Observó durante un buen tato y salvo una de las cribas que se había caído y era la que había causado el estruendo que tanto le había asustado todo estaba igual.
Con la prisa de intentar atrapar al ladrón había dejado el dinero sobre la mesa de la cocina, en seguida se dio cuenta de que le faltaban otros cinco duros. Aquello comenzaba a ser una locura. No había nadie en la casa y el dinero se evaporaba. Debía hacer algo porque sino su caudal se evaporaría por arte de magia.  Tomó la determinación de ir a visitar a la espiritista que en alguna que otra ocasión complicada de su vida le había ayudado. Tampoco durmió esa noche aunque estaba algo más tranquila porque había tomado una determinación.
Al día siguiente, cuando su hijo se fue al campo, ella se arregló y se fue a tomar el trenet hacia Valencia. Conocía muy bien las calles por donde tenía que transitar para llegar lo más rápido posible a la casa de la espiritista. En el último tramo aceleró el paso y se alegró cuando, de lejos, observó que no había nadie en la calle. Llamó  a la estrecha puerta de la escalera donde vivía la vidente y escuchó el ¡Ya va! de la criada. Ésta era algo lenta al bajar la escalera debido a su pie deforme que arrastraba como si fuese una gran bola de hierro sujeta a su pierna.  La chica le hizo pasar a la sala de la consulta y le indicó que se sentase en una de las sillas de enea. No se sentía muy cómoda en esa habitación donde se percibía un olor concentrado a incienso, como el que usaba el cura en la iglesia, junto con otro aroma extraño más picante y que casi le mareaba. Ya estaba al borde de quedarse dormida, quizá por el cansancio de las dos noches casi en vela o por el aroma concentrado de aquella habitación, cuando entró la espiritista. Iba vestida toda de negro y en su cuello destacaba una gran medalla de oro. Sus ojos grandes y pintados para que aún lo pareciesen más resaltaban, junto con sus cabellos blancos, por encima de cualquier rasgo de su cara. Sin decirle nada le hizo un gesto con la mano para indicarle que se adelantase hacia la mesa camilla que estaba en el centro de la sala y tomase asiento frente a ella. En medio de la mesa había una bola de cristal que parecía insignificante por su tamaño y opacidad. La mujer miró intimidada a la espiritista. A lo largo de más de media hora, la médium, estuvo preguntándole sobre el motivo de su consulta, sobre su familia, su pasado, su presente y su futuro. La astuta mujer le estaba dando un  buen repaso a su vida sin que ella fuese consciente de ello. En un momento dado, la espiritista se levantó de la silla como si le empujasen y, en ese instante, la bola de cristal comenzó a lanzar destellos intermitentes. La espiritista extendió los brazos y cambió de tono de voz. Invocó a algún extraño que estuviese en la sala:
"No nos hagas daño espíritu en pena; antes de hablar da unos golpes y después dinos quién eres" En ese instante se escucharon unos fuertes golpes en una de las paredes de la habitación que aún tensaron más el ambiente. La vidente se sentó y rodeó con sus manos la bola de cristal que no había dejado de brillar desde el instante en el que había entrado en trance.
"Es tu marido quien quiere hablar contigo" y antes de que la mujer pudiese contestar la espiritista puso los ojos en blanco y habló con voy aguardentosa:
"No busques el dinero muy lejos. Lo tienes dentro de casa. Búscalo donde aún no has mirado. En el lugar más improbable que allí está.
En ese instante la médium se dejó caer sobre la mesa y la bola dejó de brillar. Unos segundos después se recuperó de su tránsito espiritual y, casi en un sollozo, confesó haber sido poseída por el espíritu de su difunto marido. Le explicó que él había pronunciado las palabras a través de su boca, pero que no sabía exactamente qué era lo que le había obligado decir. La mujer le repitió el mensaje del más allá. La médium le preguntó si había reconocido la voz de su esposo a lo que la mujer, algo asustada le comentó que no recordaba muy bien el tono de la voz de su marido pero que pensaba que era algo más aflautada. La espiritista le dijo que posiblemente se distorsionaría con el paso del más allá hacia acá. La espiritista no añadió nada a esos comentarios pero sí le  afirmó, muy severamente, que todo lo que había ocurrido era cierto. Sin decirle nada más, se volvió de espaldas a ella y desapareció por donde había entrado. Casi al instante, la criada, salió para pedirle los diez duros que valía la consulta a su ama.
En el viaje de regreso a su casa, comenzó a preguntarse dónde estaría el dinero. Pensó y repensó esos lugares improbables que le había dicho aquella voz misteriosa. Por la noche, dando vueltas por la casa y sin haber encontrado ese sitio improbable cuando, sin casi darse cuenta, se había metido dentro de la cuadra, junto al pesebre del caballo. Se detuvo y miró a su alrededor y volvió a pensar en los sitios improbables donde se podría esconder su dinero. Miró alrededor del animal y con la mano apartó la ropa de trabajo que su hijo colgaba todos los días cuando volvía del campo. Sin querer tocó el pantalón y notó algo extraño en el bolsillo. Hurgó en el interior y cuál fue su sorpresa cuando sacó, muy doblado, el billete de mil pesetas que le había desaparecido. No encontró el resto del dinero, pero tuvo la certeza de que no estaba muy lejos tal como le había dicho la espiritista. Estaba en el lugar más improbable.
Al día siguiente cuando volvió del campo su hijo ya tenía la cena preparada. Como siempre se mantuvo alejada de la mesa mientras éste cenaba. No se cruzaron muchas palabras, pero tampoco eran de mucho hablar, madre e hijo. Una vez vio que salía hacia el pueblo, se fue directa hacia la cómoda y tomó la bolsa. Vertió el caudal sobre la mesa y lo recontó. Introdujo el billete de mil pesetas que había recuperado del bolsillo del pantalón de su hijo. Pensó y pensó donde poder guardar su dinero para que su hijo no volviese a caer en la tentación del robo. Al fin concluyó que el lugar más seguro era el interior de la figura de la virgen que había heredado de su familia. Al fin y al cabo estaba dentro de su habitación y su hijo no entraba nunca allí. Aquella noche durmió más tranquila porque, aunque había perdido veinte duros, diez desaparecidos y diez invertidos en recuperar los otros, al menos, sabía que su caudal ahora andaba a buen recaudo.

2 comentarios:

  1. Hola Francisca, chica me has tenido en tensión hasta el final, qué curiosidad. La vidente muy vidente ella, nada que ver con Madame Santal jaja, que más que ayudar despista jaja. Me ha gustado mucho, esa mamá guardando celosamente el dinero y su hijo intentando ver donde lo guarda. Me recuerda a las historias que me contaba mi padre de su abuela (él siempre sabia donde lo guardaba, en el pajar) Gracias ha sido una forma más de seguir leyéndote. Un abrazo grande

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    1. Hola Joseme, lo más divertido de este relato fue ir construyéndolo con los recuerdos que mi madre me apuntaba. Los personajes son reales, por eso creo que la historia resulta más divertida. Las espiritistas de esa época eran así: observadoras y pícaras. Celebro que te haya gustado. Muchas gracias por la lectura y comentario.

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