domingo, 2 de agosto de 2015

TIEMPOS DUROS Y DIFÍCILES PARA TODOS





Dicen que no se debe hablar de los muertos, porque ya no pueden defenderse de los posibles ataques que les confiramos, pero creo que a Jeremías no le importaría, en absoluto, si os cuento alguna cosa sobre él. Si no me equivoco, sería la única manera de que alguien le recordase.
Jeremías era un hombre hecho a sí mismo. Llegó al pueblo sin nada y al final de sus días había conseguido, una casa, una furgoneta y una familia. Su vida era simple. Se levantaba todos los días al amanecer y arrancaba su vehículo que precisaba de un calentamiento previo de casi una hora. Mientras lo cargaba, encendía la radio que, normalmente, a esa hora, tenía programado el rezo del Santo Rosario, por lo que, todos los vecinos éramos partícipes de su falsa devoción. Resultaba un verdadero descanso oír que arrancaba, de una vez, y se alejaba para no volver hasta la noche. Todos sabíamos cuándo regresaba por el peculiar sonido del motor de la furgoneta acompañado, por el boletín de noticias radiofónicas de los deportes. Así era todos los días laborables, es decir, de lunes a sábado incluido. Tiempos duros y difíciles para todos. 
El domingo ya era otra cosa. Por la mañana, no tan temprano como el resto de la semana, lo dedicaba a reparar la hastiada furgoneta. Jeremías pasaba horas y horas practicándole un mantenimiento que nunca se acertó a saber si era el correcto, pues el motor, tras sus maniobras, parecía quejarse con aquellos fuertes y agudos carraspeos enfermizos. Para evitar la soledad del trabajo mecánico, Jeremías lo amenizaba con una selección musical de uno de sus cantantes favoritos: Juanito Valderrama, insigne cantante español que dedicaba canciones tanto a la Virgen María como a la jovencita que iba a celebrar la Primera Comunión.
Pero no era esa la única afición dominguera de Jeremías, pues también le gustaban los animales, esta afición la demostró llenando la parte superior de su vivienda con todo tipo de animal plumífero. En ese improvisado corral se podía encontrar desde canarios, palomas, tórtolas, perdices, faisanes y demás aves montaraces sueltas que compartían espacio con gallos y gallinas. La combinación entre un trino, un arrullo, un cacareo o un graznido daba una sinfonía cacofónica difícil de expresar con palabras convencionales. 
He comprobado que el oído humano termina por acostumbrarse a extraños sonidos continuados, os lo puedo asegurar. Lo realmente curioso era ver que la cría de esos animales provocaba la afluencia de otros no tan exóticos ni deseados como era el caso de los ratones que acudían, deseosos de tomar parte de la comida de los enjaulados. A su vez, los gatos de toda la vecindad, también se reunían en las inmediaciones relamiéndose, con la esperanza de que, con las acrobacias de los roedores, que paseaban, por los cables de la luz y teléfono, enrollados a la fachada de la casa de Jeremías, alguno errase su patita y cayese al vacío. No era frecuente pero no improbable, por lo que la persecución estaba asegurada.
Este sainetesco espectáculo se completaba con la aparición de Jeremías con un impermeable amarillo, incluido el sombrero del mismo, y armado con una paleta. Su intención era la de exterminar los distintos avisperos que se formaban en las paredes de la terraza de aquel improvisado zoológico. Tenía la teoría de que a las avispas sólo podría exterminarlas a golpes. Si algún buen intencionado vecino le recomendaba el uso del insecticida, siempre respondía:
'¡No te preocupes, este año las mato a todas! Con el palo las asusto y ya no vuelven.'
Pero, lo cierto era que nunca lo conseguía, y el repiqueteo de los golpes sobre la pared y el zumbido, de las asustadas avispas, se eternizaba junto a los graznidos de un animal que nunca se pudo identificar y que destacaba sobre el resto de la nutrida colonia avícola.
Tiempos duros para todos los que éramos espectadores del improvisado circo doméstico, junto con el empeño de Jeremías por deshacerse de los insectos y sus colonias, fuese fallido. Aunque tuviese mucha constancia, no llegaba a su término con su intento de exterminio de la forma más ecológica posible.
 Todo aquello terminó cuando Jeremías ya no pudo cuidar de los alados ni tampoco arrancar su doliente furgoneta. Cuando se fue del vecindario, nadie volvió a nombrarlo, ni preguntó por él.
Quizá no haya sido justa con mis recuerdos, quizá lo haya recordado con cierta amargura, pero os puedo asegurar que yo tampoco lo añoro.

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